viernes, 3 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, I El Comienzo 2

PRIMERA PARTE

De la oscuridad a la Luz o
Del océano material a la orilla sagrada

(o, antes de Srila Prabhupada)

I. EL COMIENZO 2

00.00 - Introducción
01.03 - 4. Rumbo a la selva
20.02 - 5. Un río es todos los ríos
33.07 - 6. El clan familiar


I. Parte 4 – Rumbo a la selva

 

Pero el cobrador y el chofer me bajaron en plena carretera, pues por cincuenta centavos no iban llevarme hasta Chosica. Me bajé sin más argumentos, bien por Aleph porque apenas lo puse en el suelo vomitó todo lo que pudo, y encima, el muy torpe, ¡quería tragar su propio vómito! ¡Qué asco! Y no por hambre por supuesto, porque había tragado más de la cuenta, sino porque estaba nervioso, mareado, y, por último, no sabía lo que hacía el pobre perro…, solo había que esperar que se recuperase pronto. Yo no tenía ni idea de la hora pues hace mucho que había cambiado mi reloj por una brújula, ya que me bastaba con mirar el cielo… y el sol que aún estaba en lo alto, detrás de esa bruma espesa, como una inmensa bola de fuego ardiente, ansioso por estrellarse en el mar… Entonces me dispuse a caminar hasta que alguien me llevara a Chosica o La Oroya, para continuar con mi viaje rumbo a Pasco, Huánuco y la selva… Por fin conocería la selva…

 

Después de caminar y estirar el brazo por mucho tiempo, por fin se detuvo un gran camión. El chofer iba solo. Era un hombre viejo, bonachón, grueso, vestido con overol azul, casaca y gorro gris. Él dijo que iba a Huancayo, yo le dije que iba a Cerro de Pasco, así que me quedaría en La Oroya. El viaje de casi seis horas fue tranquilo, gracias a diosas y dioses nuestros silencios fueron más prolongados que nuestros breves intercambios. El hombre apenas se dio cuenta que yo viajaba con un pobre y diminuto perro cochino.

 

–¿Cuál es su nombre? –me preguntó ya muy lejos de la gran ciudad, donde el cielo se expandía libre de la niebla opresiva de Lima, y el fresco verdor empezaba a mostrarse en todo su esplendor… Estábamos entrando a Chosica… 

–Mara –le respondí con un agudo dolor en el pecho pues me acordé de Mara… y Elo, cuando veníamos a Chosica cada vez que podíamos huir del bullicio del mundo… Cuando una vez fuimos, de Chosica a la meseta de Marcahuasi en busca de nuestras raíces históricas, y nos topamos con los vestigios de una antigua ciudadela preinca, y un gran bosque de piedras extrañas que resplandecían enormes… entre el rocío de la luna, y se movían erosionadas por el viento y la lluvia… creando las formas más alucinantes que pudiéramos imaginar…

–¿Mara?… Primera vez que escucho ese nombre –dijo.

–Sí, es poco común –le respondí haciendo un gran esfuerzo para controlar mis recuerdos que se me atropellaban por salir…

–¿Tiene algún significado en especial?

–Si, Mara significa hija del mar o quien escucha el llamado del mar.

–Es lindo, Mara. Mucho gusto. Mi nombre es Julián.

–Igualmente, Julián. Mucho gusto y muchas gracias por su ayuda.

–No es nada, estoy para servirla.  

 

Luego, guardamos un largo silencio… y Mara ocupó todo mi pensamiento… Por supuesto que yo también me llamaba Mara, las dos éramos Mara porque las dos habíamos escuchado el llamado del mar: la iniciación heroica... Mara… A estas alturas, seguro que ya sabrías –por la Filo– que yo ya no estaba en tu casa (la casa de mi abuelo), y estarías tratando de sentir cómo fue mi partida y por dónde andaría… Lo único que sabrías al volver a tu cuarto es que estuve escuchando El Putkamayu de Raúl García Zárate, pues cuando salí lo dejé puesto en tu casetera a todo volumen; el resto, solo tu corazón te lo diría… Yo también trataba de sentir cómo sería tu regreso a Lima, a tu cuarto, donde volverías a lidiar sola con la soledad de la vida…, pero no sabrías por dónde yo habría enrumbado mis pasos, pues ni yo misma sabía exactamente hacia dónde iría. Nadie lo sabía ni lo sabría, ni siquiera mi querida madre, ni mis herman@s, ni tú ni nadie… Así yo lo había decidido. Quería vivir la experiencia de la soledad e independencia totalmente sola, sin depender de nadie, sin tener a nadie, sin pensar en nadie, sin extrañar a nadie... ni nada; porque sentía que los lazos me seguían atando y yo quería liberarme de toda cadena, de toda opresión… Ahora yo quería y tenía que ir sola por el mundo hacia lo real de la vida, por más inclementes que estos fueran, para demostrarme a mí misma que podía vivir o sobrevivir fuera de este intrincado sistema y encontrar mi propia esencia; sin padres ni herman@s, sin familia ni amigos, sin amores ni recuerdos, sin techo ni dinero, sin nada más que mi mochila con mis escasas pertenencias y mi raída bolsa de dormir… Sola…, sola…, completamente sola y vacía en este mundo…; solo para descubrirme a mí misma y poder por fin, ubicarme… Después de todo, este sistema había sido creado por el hombre; en cambio, la madre naturaleza nos ofrecía desde siempre su generoso abrazo bajo el cielo azul sin pedir nada a cambio… ¡Era como si nuestra madre naturaleza me estuviera llamando!

 

–¿A qué va a Cerro de Pasco, si no es indiscreción? –me interrumpió don Julián bruscamente.
–Voy en busca de trabajo… –le contesté por contestar, y recién cavilé que este era el escudo perfecto para proteger mis verdaderas intenciones…; porque, ¿cómo iba a decirle que yo estaba huyendo de la ciudad de las tinieblas?, ¿cómo iba a contarle la forma en que yo estaba viviendo, desde el día en que salí de la casa de mi madre, si cuando se lo dije a ella casi le da un infarto?… ¿Qué va a ser de tu vida sin dinero?…, me reprochó ella muy preocupada y yo le causé la mayor de las angustias, al responderle rudamente que el dinero era lo que menos me importaba…, que yo dormiría en la arena, en los pastizales o en las rocas de las grandes montañas mirando las estrellas, la luna o el sol; escuchando a los árboles, los pájaros, las olas del mar… Así caminaría hacia mi destino..., correría, escribiría, dibujaría…, ayunaría; y cuando tuviese sed, bebería el agua de los ríos y las lluvias; cuando tuviese hambre, cambiaría mi trabajo por comida…; y cuando estuviese temerosa, cantaría esta hermosa poesía que Mara me había dejado bajo la almohada: Nothing is imposible, escrita en el reverso de una hermosa fotografía que ella misma había tomado, la de la puerta abierta de su cuarto mirando hacia afuera; se veía el marco de la puerta y a lo lejos el gran centro de Lima con su maravilloso río hablador, el río Rímac. Podría decirse que yo había partido de ese cuarto, su cuarto, pero realmente yo había partido de la casa de mi madre... Y no me detendría mucho tiempo en ninguna parte…, quedarme casi un año en casa de Mara, entre ires y venires, había sido una maravillosa excepción.  

–Está muy difícil el trabajo en la capital, ¿verdad? –volvió a interrumpirme don Julián.

–Sí –le contesté.

–¿Soltera o casada?

–Soltera.

–¿A qué se dedica?

–Soy bachiller… –le respondí, felizmente no preguntó en qué, así que me ahorré el lujo de detalles, pero sí le conté que hacía más de medio año había dejado mi currículum en una misión cristiana, en el distrito de Miraflores de Lima, solicitando una plaza de profesora en la selva; pues en Arequipa, una prima me había dicho que allí había muchas vacantes, por lo que estaban aceptando personal incluso con solo quinto año de secundaria. En vista que no me habían contestado, había decidido hacer este viaje a la selva para ubicarme por mi cuenta. Este fue mi alegato, que no estaba muy lejos de la verdad, y lo seguiría siendo en adelante para no pasar como una vagabunda, aunque lo pareciese; porque después de conocer a Mara, cuando llegué a Lima, me había olvidado por completo que tenía esta carta bajo la manga. Y aunque me atraían las misiones aun sin ser creyente, no era mi intención –en el caso de aceptar ser profesora– comprometerme con ninguna por mucho tiempo…, solo lo suficiente como para sobrevivir... Entonces comprendí con gran asombro que la selva…, la selva ya se me había manifestado desde hace mucho como parte de mi destino… y hacia ella estaba yendo…    

–¿Qué misión cristiana? –me preguntó don Julián visiblemente curioso–, por aquí y en la selva hay muchas misiones y sectas –agregó, y yo quedé enmudecida, pues nunca había averiguado nada sobre esa misión, me había bastado con la recomendación de mi prima–. ¿Qué misión? –volvió a preguntarme don Julian tratando de mirarme mientras conducía su camión.

–Sinceramente, no lo sé –le respondí un poco avergonzada por mi falta de interés en saber siquiera el nombre de aquella misión.

–¡Tenga cuidado señorita!, no sea que caiga en manos de alguna de esas sectas fanáticas que le roban el alma a los muy confiados, para luego explotarlos e incluso abusarlos sexualmente –me advirtió don Julián como un buen conocedor del tema–. Y también tenga cuidado con los grupos guerrilleros y con la policía que anda detrás de ellos.

–¡Ooh! Nunca había pensado en ello –le respondí con asombro y un poco de temor–. Es muy desalentador que en pleno siglo XX continúen esas luchas o guerras por el poder, que los partidos políticos y religiosos no sean más que verdaderos nidos de (ratas, quise decir) mafia y corrupción..., en eso se ha convertido este vil patriarcado. Ojalá, de verdad, existiera un grupo que iniciara una gran revolución, un gran cambio, una gran transformación del corazón...

Un cambio de corazón –repitió don Julian–, ese es el cambio que necesitamos, un cambio de conciencia..., del egoísmo a la solidaridad, del individualismo a la comunidad.

–De lo profano a lo sagrado..., de lo mundano a lo divino –continué yo muy animada por su inesperada correspondencia.

–Tenemos que volver a nuestra sabiduría ancestral, a nuestra cosmogonía andina –concluyó don Julian muy seguro de que allí se encontraba la solución a todos los problemas de este mundo. Y cuando yo iba a preguntarle: ¿cómo podríamos cambiar el corazón?, porque una cosa es decirlo y otra cómo hacerlo; él me preguntó:

–¿Conoce usted la chakana o cruz andina?

–Sí, claro –le respondí muy admirada de lo que me estaba diciendo–. La chakana es un axis mundi...

–¿Un axis mundi? ¿Qué es eso? –volvió a preguntarme.

Un centro que ordena todas las direcciones.


–Pues eso mismo es la chakana –y cómo si continuara escuchando mi pregunta a flor de piel, me dijo muy complacido–. Para cambiar el corazón uno solo tiene que fijar su atención en el centro de la cruz andina, pues de allí emana la energía que opera dicho cambio. Increíble, ¿verdad? –dijo sonriendo y volteando a mirarme brevemente.  

 

Y callamos...




Yo quería asimilar lo que acabábamos de conversar..., un tema nada común..., hasta me pareció un poco raro haberlo tocado con otra persona que no fuera Mara..., porque mis amigos habían sido siempre tan superficiales y mis amantes tan efímeros... No había duda que don Julián y yo habíamos sido tocados por la inefable inspiración de un encuentro místico… Sí, un encuentro místico, porque místico es todo aquello que nos conecta con lo sagrado, eterno y divino de este mundo... Pero, no volvimos a tocar el tema..., nos bastó con ese instante de inconcebible comunión..., en que mi corazón resplandecía como un loto blanco recién abierto, y recité en silencio este hermoso verso del Brihadarnyaka Upanishad 1.3.27 de Los Vedas:


¡Oh, Amor Divino!

¡Oh, Divinidad Suprema del corazón!

Por favor, llévame de lo irreal a lo real, del dolor a la felicidad

De la muerte a la inmortalidad, de la oscuridad a la luz

Y de la luz a tu Morada Suprema, nuestro último hogar

¡Mi dulce hogar amado y eterno!

 

Ahora estábamos subiendo por la parte más hermosa del trayecto, bajé un poco la ventana y en el acto fui golpeada fuertemente por un hálito fresco de fragancias exquisitas, dulces, sanadoras… que venían de un vasto jardín de rosas, jazmines, girasoles, claveles, hortensias, gladiolos, dogos, azucenas…; apareciendo Huamachuco en mis recuerdos…, jugando en mi horizonte con aquellos aromas y sabores que marcaron mis primeros años de infancia…: la mantequilla recién batida, el café con leche, el té con canela y clavo de olor recién reposados; hasta las más variadas frutas que acompañaban mis recreos de escuela…: el mango, la lima, el capulí… Recogíamos tantos limones y duraznos en el campo…, y tantas flores que luego deshojábamos para después lanzar sus pétalos a manos llenas –desde el segundo piso del Gran Hotel donde vivíamos–, a la hermosa Virgen de Altagracia que pasaba en procesión con su banda de músicos… Cómo expandíamos por las nubes esa gran algarabía de aromas, colores y texturas que luego terminaban volando o cubriendo delicadamente aquella santa litera… Esas eran estas flores que ahora me miraban desde sus laderas y bosques, serpenteando junto con el río Rímac y la carretera, encajonados por quietas montañas húmedas, estilizando un paisaje cada vez más íntimo y estrecho como el de mi amada sierra del norte. El viento por demás diáfano y vigoroso jugaba con los árboles y mis largos cabellos negros, y el cielo profundamente azul volvía a salpicarnos con su fina lluvia. Pasaron los túneles, puentes, barrancos, vizcachas, pequeñas comarcas, lagunas, las minas… bordeando curvas cada vez más empinadas, y mi río se fue perdiendo por aquellas grietas montañosas jaspeadas de pájaros y arcoíris. Llegamos al Ticlio casi al atardecer… Era la cúspide de la cordillera… ¡La cumbre! ¡Qué victoria! ¡Qué belleza!… El Ticlio enfundado de hielo parecía un ser de otro mundo, con su enorme pampa de altísimas torres de piedras multicolores, erosionadas por los siglos… Luego vinieron los grandes lagos color del cielo, la puna con sus ichus, las tímidas vicuñas, las llamas ancestrales, patos silvestres, colinas cubiertas de aromáticas yerbas…; y nuestro descenso se vio colmado con la fastuosa corriente del río Yauli que ahora nos guiaba hasta La Oroya.  

 

Tuvimos que parar y bajar por un momento porque Aleph seguía indispuesto. Yo estaba preocupada por él y por mí, pues lo menos que esperaba era que se enfermara y fuera un impedimento para mi viaje. Era seguro que Filonila le había dado de comer más de la cuenta creyendo que nos hacía un gran favor (craso error), ya que se imaginaba (y con razón) que pasaríamos largos días de ayuno. El pobre bicho ya no tenía más que vomitar, ni siquiera podía mantenerse de pie, le temblaban las cuatro patas, estaba tonto, jadeaba… No había nada más que hacer, solo volver a subir al camión y continuar –de nuevo los tres– entregados al incontenible mundo del pensamiento, que iba y venía de un lugar a otro, de la cabina del camión a la carretera, y de la carretera al paisaje que me remontaba a mis maravillosos juegos de niña, al pesar rebelde de mi adolescencia, a la aventurada elección que acababa de hacer ahora que era bachiller en arquitectura… Hasta que por fin llegamos a La Oroya casi entrada la noche. Don Julián me dejó sus bendiciones en el puente que cruza el río Yauli y siguió su camino, y yo…, yo había llegado a mi primera parada olímpica, sana, salva y agradecida…  

 

I. Parte 5 – Un río es todos los ríos

 

El puente… El puente estaba un poco oscuro… El hombre es un estrecho puente entre materia y espíritu…, me dijo la noche estrellada levantando mi rostro y miré a la luna creciendo luminosa entre las tinieblas… No quise sentir temor, no…, era el momento de dejar atrás todo temor y dolor porque cruzar un puente es dejar un mundo viejo para entrar a otro nuevo, más vigoroso y resplandeciente…, más lleno de dicha y soltura… Saludé al río Yauli con una tosca reverencia que hizo sonreír a todos los presentes y yo me sonrojara, lo que provocó que el río saltara fresco al centro de su puente con sus míticos peces y yo lo abrazara… Lo abracé más, lo besé… y mi frente fue iluminada con el beso de sus aguas… Dancé con él, con el río, quien me dijo ser el mismo Rímac… Un río es todos los ríos… me cantó al oído…; tal como dijo Plotino, filósofo neoplatónico (205-270), todo en el cielo inteligible está en todas partes, cualquier cosa es todas las cosas…; y Jorge Luis Borges lo diría parafraseando, un hombre es todos los hombres… Y me llevó de los ojos por sus orillas fragantes de guirnaldas perpetuas, a la quietud de sus manantiales sublimes donde descansa el ombligo del mundo…, y descendió la luna dorada con su corte de estrellas errantes para danzar todos pletóricos de dicha…, con mi corazón que viajaba agradecido hacia el cielo… Así fue que crucé el río e ingresé apoteósicamente al otro lado del puente… Mientras resonaba glorioso el eco de Javier Heraud con el más prometedor horizonte… Yo soy un río…

 

(2) “... un río, un río cristalino en la mañana. A veces soy tierno y bondadoso. Me deslizo suavemente por los valles fértiles, doy de beber miles de veces al ganado, a la gente dócil. Los niños se me acercan de día, y de noche trémulos amantes apoyan sus ojos en los míos, y hunden sus brazos en la oscura claridad de mis aguas fantasmales. (…)”.

 

Luego de la apoteosis…, la oscuridad… que amenazaba con un fuerte viento, lluvia y frío… Ya no era posible continuar caminando por la carretera, en espera de un alma piadosa que cargase conmigo y mi pequeño Aleph. Más bien, tenía que buscar urgente un refugio donde pasar la noche antes que se nos cerrasen todas las puertas…, y a lo lejos vi un extraño cortejo de luces parpadeantes que me invitaban a seguirlas como si yo fuera una luciérnaga… Sin pensarlo dos veces fui tras ellas por un camino muy sinuoso, hasta que desaparecieron en un anuncio apenas luminoso y por demás insólito que estrujó mi corazón…, Kuntur Wachana… Era el nombre de una rústica chingana a la que llegué a duras penas, y me sostuve de su pared de adobe para no caer; era inaudito, no podía ser…, Kuntur Wachana no solo era el nombre de la montaña más alta de la sierra del norte, bajo cuyas faldas había nacido mi madre…, sino también el título de una de mis cantatas favoritas, Donde nacen los cóndores, se trataba sin duda de una mística señal… La puerta estaba entreabierta, me sobrepuse, me enderecé y entré. El salón era pequeño, sencillo, con pocas mesas y un par de comensales que ya se iban. Detrás del mostrador estaban dos señoras conversando animadamente. Me acerqué a ellas y pregunté por la dueña o el dueño..., Doña Flora, me dijeron…, y una de ellas, doña Flora, me sonrió piadosamente y yo le pedí albergue. Solo preciso de un pequeño rincón para mí y mi perro, le supliqué volteándome hacia el salón del restaurante, buscando con la mirada un pequeño rincón entre aquellas mesas y sillas solitarias, y ella accedió como si hubiera estado esperándome.

 

¡Aah, doña Flora! Me hizo recordar a mi madre querida mientras descargaba mi mochila en un rinconcito que yo había elegido, esperando a que cerrasen el restaurante para poder tender mi bolsa de dormir. Luego, doña Flora me indicó que la siguiera para mostrarme el baño en caso de necesitarlo durante la noche. Salimos del pequeño salón por detrás del mostrador hacia un estrecho corredor iluminado por la luz de la luna, hasta encontrarnos en un patio con la noche del campo y sus estrellas flotando en el mar del firmamento; después bajamos despacio por unas cuantas gradas que me parecieron cientos y cientos de siglos de silencio… De pronto, ya no vi a doña Flora sino a mi madre envuelta en un tosco manto negro que le cubría hasta la cabeza…, casi me llené de terror…, las piernas me flaquearon…, quise gritar…, grité…, pensé que grité…, pero no pude articular palabra alguna…, el pavor empezó a invadirme… ¡Aquella no era mi madre! No, no podía ser mi madre… Mi madre era una mujer elegantemente vestida, de finos modales y hablar melodioso… En cambio, esta…, esta era una vieja andrajosa vestida de negro, que arrastraba un faldón muy largo por el suelo, y que en vez de linterna llevaba una antorcha toda destartalada… Cuando ella se detuvo y volteó para verme se me paralizó el corazón, ¡claro que no era mi madre!, en una fracción de segundo vi su rostro arrugado, con unos espantosos dientes largos y torcidos que me decía con voz de ultratumba…

 

–¿Qué te pasa? ¿Por qué te detienes? –Estuve a punto de desmayarme, cuando sentí que ella dio un salto mortal hasta mí, sujetándome con tal fuerza sobrehumana que evitó que me desplomara…

–Madre –creo que musité, y en ese momento recordé mi mágica novela Metamorfosis que había estado leyendo la noche anterior. Había una escena tan parecida a esta que acababa de vivir…, que me aterraba el solo pensar que todo lo que yo estaba escribiendo o dibujando, estuviese de verdad haciéndose realidad, porque eso era lo que venía aconteciendo… ¡Oh, diosas y dioses!… Ahora sentía unas palmaditas en mi rostro… Era mi madre… ¡Ah! Mi madre…, esta sí que era mi madre, aquella noble dama fina, delicada y amorosa quien me estaba acariciando…

–¿Se encuentra bien? –me preguntó doña Flora un poco preocupada.

–Sí, sí –le respondí vagamente volviendo en mí–… Estoy bien, gracias… ¡Casi me caigo!… –exclamé.

–Es la altura, el soroche –me dijo ella sosteniéndome… El solo hecho de que en ese momento me enfermase o muriese de susto, me espantaba más que cualquier cuento o novela de terror…, porque apenas había empezado a vivir mi camino y era imposible echarme atrás…; además, ya estaba metida en mi propio cuento y todo se había vuelto una extraña y fascinante aventura…

 

Cuando regresamos al salón, doña Flora me alcanzó un cartón grueso para colocarlo debajo de mi bolsa de dormir y protegerme del frío, luego me convidó una taza de café caliente y un pan que yo no supe como agradecerle. De nuevo vi a mi madre allí conmigo, generosa, atenta, cariñosa, dulce…; yo la abracé una y otra vez con mis lágrimas, y sus ojos se evaporaron tiernos en el negro sabor de mi café… Aleph no quiso comer nada, seguía medio aturdo, pero apenas vio a otro perro diminuto que apareció por el corredor, se puso a coquetear y corretear con él como si fuese el bicho más sano del mundo; así que lo dejé libre como una mariposa para que durmiese con quien se le antojase, mejor que mejor. En tanto, se apagaron las luces y yo prendí una vela, quería bosquejar un paisaje nocturno para la pequeña poesía que Mara me había regalado… Nothing is imposible

 

Too shy!

¡Se sobrevive!

Solo con montañas especiales

Solo con sol y luna

Solo con soledad

Y el misticismo del mar

 

Y mientras yo dibujaba una gran montaña con sus faldas floreadas y una cueva secreta que llamaba a voces a su amada luna, mi mente errante me arrastró por los confines más lejanos de mi idílica infancia…, y más lejos aún…, mucho más…, hasta tocar el corazón o el alma de aquella gran montaña cautivadora... De pronto, surgió como un río, desde lo más profundo de mi ser, aquella voz misteriosa, invisible, inmaterial que me hablaba desde siempre, de vez en cuando; era una voz prodigiosa, primigenia, divina, cálida, nítida, fuerte, serena, segura…; tal vez era mi propia voz, mi voz interior, la de mi otro yo, mi verdadero yo, mi alma...; o esa otra voz enigmática, la del río de la vida, que también me respondía desde ese otro espacio… sin tiempo…, desde otro mundo, más íntimo y secreto, donde no calza la mente ni inteligencia alguna… sino tan solo el corazón… 

 

En el principio…, me ordenaba a cantar aquella voz…, en el principio fue el amor, solo el amor, no el verbosino el amor... El Amor que se dividió en dos para saborear su propia dulzura y placer, pues en cosas de amor se necesitan dos…; y me quedé pasmada ante esta fantástica revelación que brotaba como un torrente de ecos, de aquel túnel profundo y oscuro, donde apenas llegaban mis esplendorosos rayos lunares… Tuve que tomar la luz de la vela para introducirme en aquella boca curiosa que me llamaba a ser devorada…, y me deslicé despacio por aquellos senderos laberínticos que poco a poco yo había ido atisbando en otras noches de luna… Luego vinieron cientos de gradas sinuosas…, miles..., en medio de puentes que me obligaban a descender cada vez más por el abismo de una inconcebible chakana, alucinante en forma y tamaño... Repitiéndome en silencio a cada paso que daba, que yo no tenía miedo, no tenía nada que temer… ¡Yo soy la más fuerte! ¡Yo soy la más fuerte!…, me alentaba a cantar como cuando era niña, me alentaba a no sentir temor de las cosas ocultas ni de las tinieblas que solo quieren detenernos o destruirnos… Y corrí como un río loco por llegar a su fantástica fuente de extáticos cánticos que se ordenaban en exaltadas e infinitas bibliotecas..., iluminando al mundo entero con su fulgor… Era el hogar, el dulce hogar eterno y amado, el hogar de todos los hogares, el hogar de la Divinidad Suprema que nace del corazón: el amor, el Amor Divino manifestado en una pareja, la Pareja Divina, Diosa y Dios Supremos, deslizándose eternos e intensamente por nuestros corazones, de boca a oído, de corazón a corazón… en infinitud de cuentos secretos y pasatiempos inigualables de un gran amor apasionado, mitos y leyendas sin igual, en versiones innumerables…

 

 

I. Parte 6 – El clan familiar

 

Una de esas infinitas bibliotecas diseminadas por el mundo era la de mi padre, enorme…, que abarcaba toda una pared de su dormitorio, de extremo a extremo, de piso a techo…, y muchos de esos fantásticos cuentos eran los que me contaba mi querida madre… A mis ojos de niña, esa inmensa biblioteca y esos maravillosos cuentos se mostraban infinitos y llenos de misterio, porque alojaban el mundo del pensamiento y del conocimiento, y yo sentía que estos eran infinitos…, y lo infinito me causaba terror…; sobre todo en las noches, cuando en mi cama cerraba los ojos y volaba por sus espacios siderales sin fin…, sin ver nada más que tinieblas, vacío, dolor y muerte… ¡Ooh, la muerte!… ¡Cómo me desgarraba la sensación de la muerte irrevocable por doquier!… Sentía tanto temor…, sobre todo por aquellos a quienes amaba tanto…: mi madre…, mi padre…, mis herman@s… Porque un día vendría la muerte inexorable y se los llevaría a todos… ¡Nos llevaría uno por uno quien sabe a dónde!…, y yo no podría hacer nada para impedirlo… ¡Nada!… ¡Aaah! ¡Mejor era quedarse sin ojos que sin madre! ¡Sin brazos que sin herman@s! ¡Oh, madre, madre!… cadena… madre... cadena... padre... cadena… herman@s… cadena… cadena…

 

Esa biblioteca era el tesoro más preciado de mi padre que compartía con mi madre, pues ambos eran muy amantes de la buena lectura. Un gusto que heredaríamos mis dos hermanas mayores y yo, pues siempre los veíamos leer sus libros de cabecera y luego comentarlos generalmente en la sobremesa. Pero nadie hacía nunca ninguna alusión importante a la Divinidad Suprema o a la Verdad Absoluta… Mi padre era ateo, confiaba en el poder y progreso de la ciencia para resolver todos los problemas de la tierra, mar y cielo; mejorando las condiciones de vida de la humanidad, y llevándonos de la ignorancia al conocimiento o de la oscuridad a la luz de la razón…; ese era su estandarte, la razón; lo demás, pura superchería… Y su ideal de vida era la vida burguesa imperante en aquella época, de la que había adoptado sus costumbres más habituales: fumar pipa y vestirse finamente con terno, corbata y sombrero… Le gustaba comprar telas importadas para mandar a confeccionar sus ternos junto con los vestidos de mi madre, según sus gustos y medidas… Mi madre era católica, devota de la Virgen María, especialmente de la Virgen de Fátima y de Fray Martín de Porres; y si bien, también confiaba en el progreso de la ciencia, confiaba más en que ambos unidos, ciencia y religión, lograrían el bienestar definitivo de la humanidad. Mi padre respetaba su postura o no se incomodaba por ella, porque después de todo, mi madre no era muy asidua practicante ni muy afecta a la iglesia y sus curas, en esto concordaba con mi padre: eran imperdonables las aberraciones que la iglesia católica había cometido en nombre de la religión y aún seguía cometiéndolas… Sin embargo, ni mi madre ni mi padre nos inculcaron estrictamente sus convicciones; más bien, nos enseñaban que en los libros y en los cuentos podíamos encontrar el conocimiento más elevado que nos ayudase a elegir lo mejor para nuestras vidas; por lo tanto, nos manteníamos en término medio, ni muy católicas ni muy ateas… Mi madre también aspiraba a la más completa independencia de las mujeres en la familia y en la sociedad, y mi padre la apoyaba porque le gustaba que ella fuera diferente, muy segura de sí misma, aunque de vez en cuando le traicionaba y gruñía su ridículo y absurdo complejo patriarcal; pero sobre todo la apoyaba por nosotras, sus cuatro hijas mujeres; así que ambos aspiraban a la igualdad entre hombres y mujeres. Su sueño más preciado era que llegásemos a ser profesionales, libres, felices, no nos inculcaban a casarnos…, esa especie de credo era social a pesar de parecer natural la atracción entre hombres y mujeres, pero los tiempos estaban cambiando… y esos temas los iría descubriendo y comprendiendo poco a poco en la vorágine de mi crecimiento…

 

Era el año 1960…, cuando vivíamos en el norte del Perú, en el hermoso pueblo de Huamachuco, departamento de La Libertad, en el Gran Hotel de la señorita Zarela Torres Vargas, ubicado frente a la misma Plaza de Armas del pueblo, en la calle Balta número 69. Mis padres habían llegado del sur, luego de vivir casi diez años entre Juliaca, Puno y Cuzco, donde habíamos nacido sus cuatro hijas mujeres.

 

El hotel era una inmensa casa colonial antigua de dos pisos, de adobe, cubierta de tejas a dos aguas, cuyos ambientes se distribuían alrededor de dos patios. En el primer patio había un esplendoroso jardín y estaban los aposentos de doña Zarela y otras habitaciones para alquilar; y en el segundo patio había un baño-letrina, una lavandería y un tendedero de ropa, de uso común; también había otras dependencias de servicio y una huerta. Su fachada asimétrica tenía tres puertas grandes en el primer piso y cuatro balcones franceses en el segundo, todas de color marrón; sus paredes eran blancas y sus zócalos eran grises. La primera puerta era de la oficina de mi padre; la del centro, más alta que las otras dos, era la puerta principal; y la tercera puerta era del CIPA, una dependencia gubernamental. La puerta principal era un gran portón de dos hojas con una pequeña puerta que se mantenía abierta durante todo el día, por la que ingresábamos todos, a través de un amplio zaguán, al primer patio o patio principal del hotel.









Terminando el zaguán, a la derecha, se encontraban las escaleras que daban al segundo piso, y a la izquierda del zaguán estaban las dos habitaciones contiguas que había alquilado mi padre y que se conectaban entre sí. La primera habitación daba directamente a la Plaza de Armas, era su oficina de escribano, y la segunda habitación, que a su vez se conectaba con este primer patio, era nuestro dormitorio (el de todos), donde mis padres tenían su enorme biblioteca. Antes de entrar al dormitorio, en la esquina de este patio principal, mi padre había construido una cocinita-comedor provisional donde estrenábamos nuestra flamante cocina a gas de kerosene, marca Phillips, último modelo; y teníamos dos mesas: una pequeña para los mayores y otra más pequeña y bajita para las niñas, con sus tres silletitas desplegables color azul, que mis padres habían traído desde Juliaca entre otras cosas. Esta fue nuestra primera casa que yo recuerdo… Nuestra sala de estudio era la oficina de papá, cuando él cerraba la atención al público por las tardes teníamos acceso a ella hasta la noche; todo era nuestro, sus escritorios, sus máquinas de escribir, sus plumas fuente, tinteros, lápices, reglas, cuadernos, papeles y demás enseres… Cómo me encantaba el olor del lápiz recién tajado, cómo me encantaba aprender a leer, escribir y dibujar bajo la guía de mis queridos padres, sobre todo de mis hermanas mayores, América (Mery) que ya iba a cumplir diez años y Silvia (Silvana) ocho; yo iba a cumplir cuatro años y mi hermana Edith dos; Víctor estaba por nacer y mis otros hermanos no habían nacido todavía.

 

Este primer patio era el corazón de la casa alrededor del cual todos girábamos bajo los deslumbrantes rayos del sol, de la luna y las estrellas. En su centro había un exuberante jardín de las más variadas flores y exquisitos aromas; pájaros, gusanos, caracoles y otros insectos habían hecho allí también su reino..., hasta mi madre tenía allí sus plantas mimadas a las que regaba o limpiaba diariamente… ¡Cómo no recordar el color favorito de sus flores!... ¡El cíclame!... ¡Ooh, madre!, te veo siempre hermosa, bronceada, delgada, caminando entre las flores del jardín con tu cabello ondulado, algo oscuro, rozándote los hombros y alborotándose por las diligencias, siempre presta en tus quehaceres con la ayuda de alguna muchacha; mientras mi padre trabajaba en su oficina y mis hermanas estudiaban en el colegio. Veo a mi padre elegantemente vestido, siempre impecable, algo grueso, trigueño, con su cabello escaso, atento con todos y muy querido por la gente. Veo a mis hermanas delgadas, de cabello corto, muy bellas, inteligentes, estudiosas, traviesas, despiertas… Yo me veo a mí misma muy pequeña, gruesa, de cabello negro, corto, sujeto con una vincha negra, de vestido claro y un saquito verde de paño; buscándote jadeante por donde quiera que te encontraras, ya en la cocina, en el dormitorio o en uno de los patios… para decirte, dibujando, con mis pequeños brazos extendidos, el círculo más grande que pudiera hacer: ¡Te quiero como toda la mundooo!..., y tú feliz me abrazaras, me besaras y me preguntaras una y otra vez: ¿Cuánto me quieres?, porque te causaba mucha gracia esa forma en que te respondía o te lo decía o expresaba mi gran amor por ti... ¡Ay, mi madre!..., mi madre Elvira...

 

–¿Qué observas con tanta atención ñatita? –me preguntó un día mi madre muy curiosa, mientras limpiaba esmeradamente las hojas y flores de sus plantas en el jardín.

–Dos gusanos abrazándose…, están colgados… –le contesté con mi lenguaje incipiente. Mi madre se acercó a mí para presenciar este singular fenómeno.

–¡Qué curioso! –exclamó sonriente–. Parecen larvas gemelas –dijo y ambas nos quedamos quietas observando cómo se abrazaban las dos oruguitas…

–¡Se están encogiendo!…, ¡se están reventando! –exclamé angustiada viendo cómo las orugas abrazadas se envolvían en un manto viscoso que nacía de sus propios vientres, como si estuviesen devorándose a sí mismas…, hasta que se quedaron transformadas en un capullo colgado de esa ramita que las mecía con el viento…

–¡Es increíble! –volvió a exclamar mi madre– ¿Será posible que nazcan dos mariposas gemelas?… Nunca he escuchado de esto…

–¿Dos mariposas?…, ¿cómo?… –le pregunté asombrada y mi madre me explicó el increíble proceso de metamorfosis que sufren estos maravillosos seres alados.

–Es como si un día –continuó ella–, estas simples orugas que se arrastran por el suelo, escucharan de repente el llamado divino del cielo y atendieran ese llamado aislándose del mundo entero…, envolviéndose en un capullo… para renacer con alas y poder volar hacia el cielo… Santa Teresa de Ávila dice que así es nuestra alma, que después de vivir como un gusano debemos morir para renacer como una mariposa, nuestro cuerpo terrenal ha de sufrir una metamorfosis transformándose en un cuerpo espiritual para poder volar hacia la Divinidad Suprema…

–¡Ooh! ¡Yo quiero ser una mariposa! –exclamé con efusión… Mi madre me sonrió feliz y colmándome de besos me dio su santa bendición…

–Sí, tú serás una bella mariposa… Tú alcanzarás tu última madurez…, tu última forma…

 

Así fue que nació mi novela mágica Metamorfosis (ahora titulada Los Místicos), que fue tomando forma durante mi adolescencia y madurando con los años; y sobre eso quería escribir, sobre mí misma… Un testimonio que me sanara y fuera la huella para otros viajeros que, como yo, añoraban y soñaban con otro destino, y esto sería posible solo cuando me encontrase ante mi última forma y ante la salida de este mundo mortal… Ahora había llegado ese momento…, ahora, en que de nuevo estoy surcando este mismo río, aunque sus aguas que ya no sean las mismas…

 

Las habitaciones del segundo piso del hotel se alquilaban todas, generalmente en el mes de agosto, a los peregrinos que venían por la famosa fiesta de la Virgen de Altagracia, patrona de nuestro pueblo. Desde sus balcones, todos los presentes le lanzábamos pétalos de flores a esta hermosa virgen que nos prodigaba sus bendiciones al pasar en procesión, con su banda de músicos… ¡Cómo no recordar aquellas flores fragantes!… Recolectábamos tantas rosas, hortensias, jazmines, dogos, margaritas, lirios, geranios, pensamientos, claveles… ¡Cómo no recordar sus aromas y colores!… Donde quiera que aún sienta estas fragancias me traslado de inmediato al Huamachuco de mi infancia…, a su bella Plaza de Armas con su fastuoso campanario, su hermosa pileta, glorietas, bancas, árboles, flores...; su ermita San José; su cine teatro donde veíamos películas de Marisol, Joselito, Cantinflas, Viruta y Capulina...; incluso con su iglesia entonces derruida por un terremoto… Y su famosa radio sonora desde donde el joven Carlos Flores nos hacía escuchar a todo volumen los últimos hits de la nueva ola: Gracias; Adiós mundo cruel; Non, je ne regrette rien; Venecia sin ti; Tú eres mi destino; Love me do; Diana; ¡Oh, Carol!; Vestida de novia; Fanny; Perdóname; La tómbola; La campanera… Y en medio de ellos también nos hacía escuchar el nuevo vals del grupo Los Cinco, que recién estaban estrenando: Fina Estampa de Chabuca Granda.

 

Cómo me gustaba recoger y contemplar las semillas de sus pinos tan altos que me hacían mirar el cielo, atesoraba su forma tan peculiar de pequeñas grietas que ocultaban el misterio de la vida, que me hacía guardarlas junto a mis semillas de eucalipto y otras semillitas, para aprender a contar con ellas… Huamachuco huele a flores, a pino, a eucalipto… En realidad, toda la Plaza de Armas era como una expansión de este magnífico hotel donde vivíamos, era como nuestro patio o parque de juegos por donde nos deslizábamos libremente sin temor alguno; y todo este gran hotel era como una expansión de nuestra pequeña vivienda.



Esta era mi visión mágica de todos los días: este maravilloso patio o corazón de la casa, y el corazón de Huamachuco o su enorme Plaza de Armas por donde todos paseábamos, jugábamos y correteábamos hasta más no poder… Estos eran los escenarios de mis juegos de niña y el de mis hermanas mayores, a quienes yo seguía muy empecinada en su andar con las hermanas Torres (Lila y Gracia) y sus amigos de barrio… Nuestros juegos eran interminables, desbordantes de imaginación… Jugábamos a todo, a las escondidas, a la pegapega, a la soga, a la rayuela, a las cartas, a los yaks, a la mata gente, al circo, a los carnavales, a los vampiros, trepábamos los árboles, hacíamos trampas en el suelo, construíamos nuestras tiendas con palos y mantas como los siux o los beduinos, y nadie nos cuestionaba… También nos gustaba ir de paseo a los cerros Sazón y Cacañán, al río Grande, al Agua de los Pajaritos y otros puquios (manantiales), para regresar a casa con un buen botín de rayansimbas y capulí, luego de haber luchado a muerte con los duendes y piratas que merodeaban por los bosques y asolaban la región… Nuestra vida era solo un juego, un juego constante, incluso el estudio era parte de ese juego… Pero de todos estos juegos, el que más me gustaba era el de escuchar y contar cuentos…, cuando nos reuníamos en nuestras tiendas o carpas (que construíamos) bien apretujaditos, haciendo un círculo alrededor del fuego sagrado y abriendo muy grandes nuestras pequeñas orejas como si fueran de elefante, para escuchar los cuentos más insólitos que los más ancianos y sabios discurrían sin parar… Esa era nuestra alucinación…, que estábamos frente al fuego sagrado, y que eran ancianos y sabios quienes nos contaban aquellos exuberantes cuentos sin cesar, donde la imaginación se desbordaba por las aventuras más disímiles e insospechadas…, donde Blanca Nieves y la Cenicienta ya no tenían cabida, pues nadie estaba interesado en encontrar a la princesa encantada o al príncipe azul para casarse con ellos; todos queríamos recorrer otros mundos…, otras aventuras… nuevas…, más fantásticas, más extravagantes, más terroríficas, más sobrenaturales, más mágicas… que pudieran hacer volar la imaginación de unas niñas y niños entregados por completo al juego, solo al juego…

 

Y por las noches, yo me entregaba a mis viajes interestelares vestida con ropas y poderes especiales para hacerle frente al vacío, al dolor y a la muerte por doquier… ¡Ooh, la muerte!… ¡Cómo me desgarraba el corazón sintiéndola que me devoraba hasta dejarme sin vida, cómo muerta!… Entonces jugaba con la muerte intentando sentir como si realmente estuviera muerta, me imaginaba muerta..., simulaba estar muerta..., sin aliento…; y me sentía como sumida en un profundo sueño…, caminando por largos pasadizos oscuros…, apenas iluminados…, atisbando por puertas secretas y tenebrosos túneles…, abismos insondables…, escaleras interminables que subían y bajaban por todas las direcciones…; perdida entre extraños laberintos de infinitas posibilidades… y sus consabidos minotauros…  Hasta encontrarme subiendo despacio por una estrechísima rampa sin baranda, que bordeaba las entrañas de un gran túnel vertical, oscuro y profundo…; con mi cuerpo pegado de espaldas a sus altísimas paredes…, sosteniéndome a duras penas con mis manos… de ese espeluznante abismo cuadrangular…, imperceptiblemente espiralado…; tratando de llegar a aquel pequeño círculo que apenas se vislumbraba allá arriba…, muy arriba…, como un punto…; esperando impávida, a que de pronto apareciese en algún momento, por algún lado, la añorada luz… y me volviese a la vida…; a pesar de la monstruosa sombra de la muerte y sus temibles minotauros que languidecían mis movimientos… Eran extrañas experiencias o sensaciones íntimas que perduraron vívidamente en mi interior, hasta casi el final de mi adolescencia…, desapareciendo de repente, casi sin darme cuenta tal vez por mis nuevas actividades sociales entre amigos y efímeros amantes; mas, dejándome el anhelo de su existencia en alguna parte de mi ser; por lo que yo sentía que en algún momento de mi vida aparecerían de nuevo y yo tendría que enfrentarlos, sí o sí, aun sin saber cómo ni cuándo. Hoy, puedo decir que aquellas extrañas experiencias fueron verdaderas meditaciones... espontáneas…, que yo meditaba sin saberlo…

 

Sin embargo, de todas esas historias que contaban mis hermanas y sus amigos, incluso de los mitos y leyendas que también nos contaba mi padre, me gustaban más los cuentos de mi madre… Me hacía alucinar con todo lo que ella me relataba, me hacía reír, llorar, me estimulaba, refrescaba, aliviaba, me iluminaba, me hacía sentir importante porque todo lo que escuchaba venía de una persona mayor…, mi madre; pero sobre todo me hacía sentir amada porque ella compartía su tiempo conmigo… Los cuentos que más me gustaba que me contara eran los de Las mil y una noches, de los cuales mis preferidos eran: “Alí Babá y los cuarenta ladrones” y “Aladino y la lámpara maravillosa”. También me gustaba que me contara de la vida de los santos, mis preferidos eran: Santa Teresa de Ávila, Santa Rosa de Lima y Fray Martín de Porres; porque yo soñaba en ser como ellos... Me atraía la virtud, la perfección, la santidad..., la vida monástica…, quería ser monja… Pero de todos, de todos mis preferidos, el cuento que más me gustaba que me contara era “Elvira y su alfombra mágica” (ver Anexo 1), que con el correr del tiempo descubrí que no era más que el relato de su propia infancia… En ese entonces yo no relacionaba que el nombre de mi madre era Elvira y el de mi padre, Donato

 

Así transcurría nuestra mágica infancia bajo la mirada atenta de nuestros padres…, un verdadero paraíso en el que ellos eran nuestros ángeles guardianes y guías, y nosotras solo teníamos que obedecerles dejándonos guiar por ellos; a lo que yo accedía de muy buena gana porque sentía que ellos me amaban y yo también los amaba, porque confiaba en ellos, porque eso les hacía muy felices y cuando ellos eran felices yo también lo era. Mi amor por mis padres era simplemente amor, amor puro; nunca sentí celos de mi padre ni de mi madre, ni por las preferencias que a veces ellos les prodigaban a mis hermanas y hermanos; por el contrario, yo era feliz con que ellos recibiesen tales atenciones, precisamente por ser las mayores y los menores. Así, nosotras fuimos creciendo y fueron naciendo mis hermanos Víctor, Jorge y Rafael. Enrique, el último, nacería después en Santiago de Chuco.     

 

Estos son mis primeros recuerdos de niña, desde cuando yo tenía apenas cuatro años y mi mundo giraba alrededor de mis padres y herman@s, alrededor de la gigantesca biblioteca de mi padre y de los fabulosos cuentos de mi madre, alrededor de ese oloroso jardín del Gran Hotel y del hermoso pueblo de Huamachuco donde nos tocó vivir… Pero, sobre todo, mi mundo giraba alrededor de mi madre, ella fue el centro mágico de mi maravilloso mundo infantil. De hecho, ella fue la primera persona que vi cuando abrí por primera vez mis ojos al mundo, ella fue la primera persona que me alimentó. La primera palabra que aprendí a balbucear fue mamá. Ella fue el primer amor de mi vida, mi primera felicidad, en ella empezaba y terminaba todo mi mundo. Ella fue mi primer nido, mi primer hogar..., su amor me tenía cautiva…, hacía que yo no me fuera de su lado; a cada paso que daba lejos de ella yo volvía de inmediato, no podía separarme de mi madre ni de mis herman@s… Solo la Divinidad Suprema sabe cuánto la amé de niña, cuánto la amé de adolescente…; y luego, cuánto sufrí para liberarme de ese amor porque sentía que me encadenaba e impedía ser yo misma…, y por supuesto que nunca dejé de amarla…, nunca… Otros amores hubieron en mi vida, pero ninguno fue igual a este que yo sentía por mi madre, y tampoco nunca nadie me amó tanto como ella me amó. Su amor por mí fue único, maravilloso, real, de total entrega… Su amor por mí me dio la seguridad y felicidad necesarias para crecer y desenvolverme en este mundo. Tengo tanto, tanto que agradecerte querida madre; sin embargo, tuve que abandonarte… ¡Perdóname!, perdóname madre querida…

 

 

 

Fin de EL COMIENZO



LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, I El Comienzo 1

PRIMERA PARTE

De la oscuridad a la Luz o
Del océano material a la orilla sagrada

(o, antes de Srila Prabhupada)

I. EL COMIENZO 1

00.00 - Introducción
01.03 - 1. Huyendo de la ciudad de las tinieblas
30.33 - 2. El axis mundi de mi partida
56.42 - 3. Desolación



I. EL COMIENZO

 

 

I. Parte 1 – Huyendo de la ciudad de las tinieblas

 

Amaneció muy oscuro y frío el día en que partí de Lima sin saber a dónde..., externamente, porque internamente sí sabía a dónde yo quería dirigirme, al encuentro de mí misma y de la verdad absoluta..., aunque tampoco supiese cómo ni por dónde...   

Llovía…

Pensaba en París…, Grecia, Egipto, India… y

también en aquella extraña ley de la correspondencia...

Como es adentro, es afuera...; como es arriba, es abajo...

Era el año 1983, tenía entonces veintiséis años…

Y las notas de Kashmir (de la banda inglesa Led Zeppelin) me estremecían…

 

Eran como las cinco de la mañana cuando me despertó la cálida voz de mi madre llamándome, insistiendo que subiera a tomar desayuno con mis herman@s, en la mesa solo faltaba yo que estaba tirada en la cama sin ganas de querer moverme hacia mi destino…, revolcándome en el nauseabundo temor a lo desconocido y el implacable dolor de la separación…, ahogándome en la frágil frontera del sueño y la realidad…, resistiéndome a subir o bajar por el valle de la muerte donde aparentemente reina la vida… y el amor… ¿El amor?… ¡Ooh, ya no quiero más amar, no quiero más sufrir!…, ¡así, ya no!… ¿Qué sentido tiene un corazón partido en infinitos yoes, o en ocho adorables hij@s como el de mi madre Elvira?… ¡Ayy, madre!… ¡Perdóname!... ¡Cómo vuela en pedazos tu alma y la mía, heridas, hacia la cueva de la gran montaña!… Y tu hermoso rostro fugaz como una estrella se fue hablando con el río del tiempo y del espacio… 

Fluye, te decía el río, ¿di?… 

¿No ves que la vida no es más que un dulce juego?

¡Un dulce juego!…

¿Qué juego?…

¿Quién juega?…

Me estrangulan mis palabras…

Y la noche anterior vino a mezclarse con las sombras de aquel día…

 

Llegaron las imágenes de Mara viajando hacia Trujillo para no presenciar mi muerte inevitable, mientras yo efectuaba en su pequeño cuarto el ritual de la partida a la luz de la luna creciente, y una vela blanca protegiéndome de las tinieblas, reduciendo con mucha dificultad mis pertenencias visibles e invisibles a un ligero equipaje, una simple mochila y una raída bolsa de dormir, el resto sería devorado por el fuego del sacrificio… No tenía otra alternativa, no; simplemente tenía que volver a abandonarlo todo para continuar con este misterioso viaje que ya había empezado hacia el encuentro de mí misma y de la verdad absoluta, aun sin saber cómo ni por dónde iría... Solo sabía que tenía que abandonar el hogar, el nido… que era mi madre; mis siete hermanos: América, Silvia, Edith, Víctor, Jorge, Rafael y Enrique (yo soy la tercera, después de Silvia); y la tierra que me vio crecer…; y encontrar ese famoso hilo dorado de Ariadna para salir de este enorme laberinto de la mente, de este angustioso túnel de la vida y de la muerte... y vivir mi propia transformación e inmortalidad… Esta es nuestra historia, mis querid@s amig@s, la historia de mi madre Elvira y la mía…, una historia que encarna el arquetipo del gran viaje del alma en busca de sí misma y de la verdad absoluta…  

 

Mi suerte estaba echada, ya había puesto mi pie al otro lado del río y no había más vuelta que darle. Solo tenía que luchar contra aquellas portentosas fuerzas que intentaban seguir aferrándome a mis seres más queridos, a aquella cama tibia, a aquel espacio cómodo, al hogar…, dulce hogar…, mi hogar amado; y también contra esas otras devoradoras que se desencadenaron a un nuevo llamado de mi razón enloquecida… machacando mis sentidos… ¡Trabaja! ¡Trabaja! ¡Haz tu tesis!… ¡Ooh!… Todo, todo se volvió tan amenazador e insoportable que mis fuerzas se redujeron a un llanto incontenible… Yo no quería hacer la tesis, no; y menos trabajar, al menos no de esa forma que nos tenía diseñado este sistema que seguía siendo patriarcal…, por eso yo ya no quería vivir aquí, no podía…, sentía asfixiarme…, sentía que tenía que irme, tenía que partir…, tomar otros rumbos… aunque fuesen desconocidos… Partir…, partir sin importar a dónde…, yo solo quería partir… huir… huir de estas modernas ciudades profanas…

 

¡Madre! ¡Madre! ¡Perdóname!… Me atormentaba el hecho de haberla abandonado en aras del destino… Me atormentaba el hecho que ella no pudiese comprender ni aceptar esta mi descabellada aventura… (en realidad, nadie podía entenderla…, ni siquiera yo, que era la protagonista principal de mi propia historia…). Pero lo que más me atormentaba era que ella estaba sufriendo mucho más que yo por nuestra separación, porque ella no podía soltarme de su regazo y yo no podía complacerla; al fin y al cabo, yo ya era feliz en mi nueva vida que había elegido, a pesar de sufrir con sus recuerdos; en cambio ella… ¡Oh, madre! ¡Madre!… Te habías quedado prácticamente sola en casa, en Arequipa, luchando sola por el pan de cada día… con mis dos últimos hermanos, Rafael de dieciocho años y Enrique de quince.



Éramos ocho herman@s, ella era una santa, eran ocho besos de cada mañana… ¡Ay, mi madre! ¡Mi madre Elvira!… Ella estaría destinada a ser el comienzo de un nuevo clan…, el clan de los Abarca Pereda…, pues, a pesar del sistema patriarcal imperante en nuestra sociedad, mi madre había terminado ante el abandono de mi padre haciendo el molde de sus hij@s; y mi madre era más Pereda que Marcelo, que era el apellido de su madre: mi abuela Zaroma Catalina Marcelo Padilla…, por eso tenemos más registro de la parte Pereda de mi madre que de los Marcelo; e incluso, tenemos más registro de mi madre que de mi padre.  

 

No sé cómo saqué fuerzas de este averno para desenredarme de las sábanas y fortalecerme con el baño frío al son del Putkamayu. Solo tenía media mañana para terminar con el ritual de mi partida, porque luego, yo tenía que tener resuelto a dónde iría a parar antes de llegar la noche… Estaba claro que ni la lluvia ni el frío serían pretexto para quedarme ni un día más en la casa de mi abuelo materno Santiago Marcial Pereda Hidalgo, que estaba ubicada en la calle Tahuantinsuyo 344, urbanización Zárate, distrito de San Juan de Lurigancho; por el contrario, también los invocaría junto a las cuatro direcciones como suelen hacer los grandes guerreros y viajeros de mi tierra, para que me protejan y ayuden a transitar por el camino insondable. Me vestí mirando hacia la cordillera, con pantalón, chalina y chaqueta de lana; solo llevaba cuatro mudas, una para cada estación, un buzo para dormir, un par de ojotas y mis sandalias de cuero arequipeño, modelo de monj@s; además, mis útiles de aseo (un cepillo de dientes, pasta dental, un frasquito de champú, un jaboncillo y jabón) y una toalla pequeña. Con dirección a la luna mastiqué lento una hoja de coca para no sentir frío, cansancio, hambre ni sed. Luego, cuando giré en dirección al río para cargar mi equipaje a cuestas…, me di de narices con otros grilletes inmensos…, poderosos…, inconmensurables… que surgían prodigiosamente de aquellas cuatro paredes al solo contemplarlas. Eran miles y miles de tentáculos dorados que nacían y se reproducían de todos los libros, escuadras, afiches, adornos, plantas…, de todos esos objetos habidos y por haber… Todos, todos intentando encadenarme por doquier… Todo el encanto, delicadeza, dulzura… ¡Todo el amor venía a aprisionarme de nuevo sin piedad ni compasión!… ¡Aaah! ¡Qué difícil era sacrificar ese pequeño mundo donde todo y nada tenía! ¡Qué difícil es partir cuando el amor se resiste a la separación y se ahoga en el ser o no ser!… Mi mente estalló en pedazos, mi corazón rodó hecho añicos por el suelo y yo… Yo quedé petrificada…, sin aliento, ahogándome de asombro… ¡El amor, la separación, el dolor, el temor, me estaban destruyendo! ¡Calcinando!… Me estaba muriendo… de nuevo…, estaba rompiendo mi cascarón…

 

¡Vete! ¡Vete ya! –me exigió Mara en uno de sus ruegos…

–¿Y tú? –le pregunté marchitándome, sentada en el suelo abrazando mis rodillas Tú también llorarás mi ausencia y yo no podré soportarlo…

–Si te quedas sufriré más –dijo ella sentada al borde de su cama–, viéndote morir con el recuerdo de tu sueño muerto…, abortado…

–¡Abortado! –la sola palabra me sacudió de espanto–… ¡No! ¡No! ¡Yo no quiero eso! ¡No! ¡Lo único que quiero es que nadie sufra más por mi absurdo empeño!

–Es inútil desear eso –dijo Mara, en la vida siempre alguien saldrá lastimado –mi rostro se hundió entre mis rodillas sin concesiones, me dolía sentir que Mara ya se hubiera separado de mí, pero al mismo tiempo me hacía feliz que ella hubiera empezado a romper mis cadenas…

 

Mara… Mara era mi mejor amiga…, la única amiga que yo tuve hasta ese momento, era menor que yo en siete años; sin embargo, parecíamos gemelas…, éramos muy parecidas en todo… Mara junto con Elo, su hermana menor, eran mis tías, medias hermanas de mi madre, las dos hijas únicas del último compromiso de mi abuelo Santiago. Yo llegué a querer mucho a Mara y sentía que ella también llegó a quererme mucho…

 

La noche anterior habíamos ido, Mara y yo, al cine del Museo de Arte de Lima. De toda la cartelera, lo único que teníamos para ver era Zorba, el griego (1964) del director Michael Cacoyannis con Anthony Quinn; ya habíamos visto Ana Karenina (1935) del director Clarence Brown, con la divina Greta Garbo; Cumbres borrascosas (1939) de William Wyler, con Laurence Olivier; Madame Bovary (1949) de Vincente Minnelli, con Jennifer Jones; El extranjero (1967) de Luchino Visconti, con Marcello Mastroianni; La Naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick, con Malcolm McDowell; La decisión de Sophie (1982) de Alan J. Pakula, con Meryl Streep; y, Carmen (1983) de Carlos Saura, con Laura del Sol y Antonio Gades; del ciclo de películas basadas en novelas clásicas que exploran, iluminando, cómo se manifiesta el alma en su compleja condición humana, ayudándonos a comprendernos a nosotros mismos. Era el tiempo de mi despedida…, en que por arte de magia yo tropezaba –sin proponérmelo– con aquellos lugares tan lejanos que mi alma ansiaba conocer…, ya sea en un anuncio, en un libro o en una película como la que acabábamos de ver… Sí, es verdad, me dijo Mara cuando salíamos por un costado de la cafetería, la película es un canto a la vida…; pero, ¿cómo estar un poco loco para cortar la cuerda y ser libre?…, esa, es la cuestión…, ¿cómo?… Yo le contesté casi sin pensarlo…: Jugando… o viajando… o danzando… Danzando, volví a decirle, levantando mis hombros desiguales y mis grandes cejas oscuras…; quise decirle que también, efectuando el opus alquímico, pero escuché que ella me dijo en su pensamiento: Tú y tus cursilerías…   

 

A la salida del Museo de Arte, mientras subíamos por la cuadra 16 de la avenida Wilson hoy avenida Inca Garcilazo de la Vega–, hacia el paradero del bus que nos regresaría a casa, nos atrajo un olor muy agradable de incienso, el cual seguimos casi como autómatas hasta ingresar a un pequeño restaurante vegetariano de comida india, nuevo para mí… Todo era nuevo para mí…, sobre todo, la música…, música de India…; sencillamente, no lo podía creer… Se trataba de un famoso Govinda de los “hare hare”, donde nos servimos una samosa (empanada) de queso y un vaso de lassi (bebida de yogurt) de mango…, observándolo todo… en medio de esa maravillosa música... En el intermedio me acerqué al joven que estaba atendiendo detrás del mostrador, y le pregunté sin ambages de quién era esa música tan bella que estábamos escuchando…, y él me contestó: es el Maha Mrityunjaya Mantra…, el mantra más poderoso del señor Shiva, uno de los tres semidioses principales que regentan este universo material. Los otros dos son Brahma y Vishnu, los tres, con sus respectivas consortes. Por supuesto, que de inmediato compré una copia de ese casete… aunque no comprendiese en nada su significado (y lo escuché durante mucho, mucho tiempo)… Luego, continuamos nuestro trayecto comentando de este lugar que Mara ya conocía y me había hablado de él y de otros Govinda, que eran auténticos pedacitos de India, donde también había un templo y un ashram o monasterio, y cuyo estilo de vida es “simple con pensamiento elevado para alcanzar la autorrealización”. Allí también se distribuían libros y se daban conferencias sobre una de las sabidurías más antiguas del mundo: Los Vedas, resumidos en su Bhagavad-gita, su corazón y esencia que abarca la sabiduría del yoga, de la meditación, el karma, la reencarnación, los cuatro principios regulativos básicos –ser vegetariano, evitar la promiscuidad, la intoxicación y los juegos de azar– y otros temas... esotéricos

 

Por fin yo acababa de conocer un famoso Govinda de los “hare hare” en Lima; porque dos meses antes, en Arequipa, Mara y yo, ya habíamos encontrado uno inesperadamente, en la calle Jerusalén 402, e ingresamos a él llenas de curiosidad. Esa fue mi primera vez en un Govinda de los “hare hare”, donde también, por primera vez, escuché cantar en vivo y en directo, el famoso maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare...; y de sus mágicos efectos y poderes…, algunos dicen, secretamente, que el canto de ese mantra concede todos los deseos de quien lo canta, pero el motivo primordial del canto es despertar amor divino por nuestra Divinidad Suprema personal, esa es la meta suprema de la vida, el summum bonum…, nuestra autorrealización. Yo había quedado encantada con este oasis espiritual y místico, pero al mismo tiempo no pude evitar llenarme de desconfianza y dudas, porque mucho se especulaba sobre el yoga, la meditación, el karma, sus gurus y demás temas que eran relativamente nuevos para nuestra sociedad occidental, moderna y profana; así que, con respecto a esos temas, me quedé más segura con los textos de Mircea Eliade (filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano, 1907-1986), Carl Gustav Jung (médico psiquiatra suizo, 1875-1961) y otros pensadores occidentales. Por eso yo también quería ir a India, para conocer en vivo y en directo esa cultura que tanto me atraía, quería verla con mis propios ojos. También quería ir a Grecia para conocer lo que había quedado de aquella civilización cuna de nuestra cultura occidental, principalmente el Partenón templo a la diosa Atenea, diosa de la sabiduría y el palacio de Cnosos con su célebre mito del Minotauro… A París, porque allí había estado la torre de Nesle con sus enigmáticos secretos a orillas del río Sena y porque en su catedral de Chartres también estaba el laberinto… Y también quería ir a Egipto, porque allí estaba la pirámide de Keops o gran pirámide y su misteriosa esfinge... Todos…, portales a otros mundos... Aunque en el camino conociese muchas otras cosas más...      

 

Cuando llegamos a casa de Mara o de mi abuelo Santiago, entramos por el pasaje de servicio, directo a la sala donde nos reuníamos cada vez que yo llegaba de visita, para escuchar nuestra música escogida…: lo mejor de Richard Villalón, Violeta Parra, Parenthesis, Los Uros, Gina María Hidalgo, Savia Andina…; al tiempo que conversábamos de lo más esencial que nos despertaba, nos cobijaba y nos unía…: la reivindicación de lo místico y lo sagrado..., de lo femenino…, de los obreros, los campesinos, los indígenas… Soñábamos con el fin del patriarcado, soñábamos con una sociedad justa, igualitaria dentro de sus diversidades, queríamos ser ciudadan@s libres pero con obligaciones y derechos, queríamos recuperar y proteger nuestro hábitat… Era un lenguaje nuevo, distinto, sobrenatural…, yo lo sentía así y sentía que ella también lo sentía así…; sobre todo cuando juntas leíamos un libro y nos identificábamos con sus héroes y heroínas…, o cuando juntas escuchábamos una cantata o una ópera de principio a fin, sin el menor asomo de cansancio ni aburrimiento… Estábamos enamoradas de Mozart, nos gustaba Bizet, Verdi, Puccini, Bellini, Offenbach… Sin embargo, a veces también vivíamos esos raros momentos en que nos separábamos como si un abismo colosal nos uniera…, como el de esa noche en que ella no quiso danzar conmigo cuando puse en el tocadiscos: Zorba, el griego del Gipsy de Werner Müller…; ella no quiso… no quiso…, me dijo que era demasiado... too shy (demasiado tímida)… Entonces, comencé a danzar sola, con Zorba, mientras ella nos lanzaba desde el sofá, su mordaz picardía con dardos que me hacían reír…, Tú y tus cursilerías, me decía, y yo seguía danzando… sola…, solo sintiendo la música…; cómo cuando bailaba con mis pequeños sobrinos: Vane, Kissy y Junior, y también con mi hermano Enrique… Así yo quería danzar o bailar con Mara, pero no podía conseguirlo…, no podía… Hasta que retumbaron hirientes aquellos pérfidos rugidos del segundo piso…: ¡Maraaa! ¡Teléfonooo!... Y ella se fue como jugando porque ya nos habíamos despedido…, y varias veces…, en la mente y en el corazón…; incluso nos habíamos abrazado como si nunca lo hubiéramos hecho…, era como una agonía, al menos, así yo lo sentía en mí y sentía que ella también lo sentía así… Era el fin de nuestros juegos, de nuestras risas entre paseos, helados, cineclubs, galerías de arte/artesanía, y búsquedas en los libros, poemas y canciones… Llevábamos días despidiéndonos para ir acostumbrándonos a vivir solas de nuevo, la una sin la otra… Y antes de la medianoche, Mara se embarcó en silencio (con Elo y sus padres) hacia la ciudad de Trujillo…, para no presenciar mi muerte inevitable, mi partida…; mientras yo me quedaba sola, soñando con ella, que éramos niñas..., dos niñas felices que jugaban y danzaban con la arena y el mar...

 

No había nada más que hacer… Ya había llorado, gritado y pataleado hasta desfallecer. Solo quedaba apurar el trago más amargo… Me incorporé con la ayuda de mi propio infierno, me levanté como si recién aprendiera a caminar, a duras penas logré abrir la pequeña puerta y por fin… miré el infinito cielo abierto… Desde la azotea, donde se encontraba el cuarto de Mara, también se divisaba el gran centro de Lima; su gente; sus árboles; sus edificios; sus parques; sus avenidas; sus calles; sus puentes; su río turbio, desolado, pobre, atormentado por las estrepitosas bocinas del día a día…, el río Rímac, el río hablador…, quien no hace mucho le había dicho a mi madre…: Fluye…, y yo le dije adiós… Adiós a todo ese panorama gris que tan inesperadamente me había albergado poco más de un año… Adiós…, hasta que bajé con mi equipaje a cuestas a ver que me deparaba el destino.

 

Filonila se había desgañitado llamándome, insistiendo que bajara a tomar desayuno; a ella le encantaba darnos de comer a mis tías, Mara y Elo, y a mí, todo el día si fuera posible, con tal de mantenernos a su lado, en su cocina, participando de nuestras risas y conversaciones. Yo no tenía hambre, no tomé nada, no quise hablar nada. Más bien, vi de repente a… ¡Aleph!… Allí estaba ese pequeño bicho, sentadito, quieto en una silla, mirándome curioso, gordo y bien peinadito… ¡Oh, diosas y dioses! Me había olvidado por completo que tenía que llevarlo conmigo, que había agregado un bebé a mi pesada carga. Había sido una locura aceptar esta descabellada idea de Mara, ¿cómo iba a cuidarme y protegerme un perro bebé de dos meses? Por más que creciese y madurase pronto, ¿cómo iba yo a cuidarlo y protegerlo a él?… ¡Aah Mara, Mara!… Pero ya estaba hecho, y a lo hecho, pecho… Aleph movía su cola, ahora me acariciaba los pies con sus patitas de algodón beige pidiéndome que lo cargue… Lo levanté como a una cosa y lo metí en una de las bolsas de mi alforja, mi alforja que era como una chalina larga, larga…; y en la otra bolsa guardé los panes, la fruta, una botella de agua y un vaso tapers con una cuchara. Abracé a Filo y…, no, no tenía ningún encargo que dejarle para Mara ni para Elo “ya todo estaba dicho”… Ahora yo estaba lista para cerrar el círculo… En el umbral que separa el calor del frío, giré en dirección al sol, y con los ojos cerrados me lancé a la gran intemperie del mundo…


I. Parte 2 – El axis mundi de mi partida

 

Con la mente en blanco apreté el paso para llegar lo más pronto posible al paradero, quería huir, desaparecer como por encanto de aquel patético drama que había hecho. Solo tenía un sol en el bolsillo. Subí al primer bus que se detuvo y abandoné el barrio con su parque solitario por la lluvia, iba en dirección al centro de Lima. Cruzando el río Rímac, desde el puente Ricardo Palma también se puede divisar el pequeño cuarto de Mara, allá arriba, en la azotea de la casa de mi abuelo. En mi fuerte conmoción había dejado la puerta abierta…, para fortuna mía…, podía escuchar nítidamente las notas del Putkamayu entrelazándose con la lluvia… Allá me vi de pie diciéndole adiós a todo este panorama gris donde ahora me internaba, y desde el bus también le dije adiós, adiós a todo ese inesperado refugio que me había cobijado y preparado para dar este salto mortal.

 

Con el pie al otro lado del puente ingresamos a la Avenida Abancay. Ninguno de los presentes tenía la más mínima idea de los terribles acontecimientos por los que yo estaba atravesando; bueno, yo tampoco tenía la más mínima idea de lo que había detrás de aquellos rostros gentiles…, serenos…, cansados…, felices…, idos…, febriles…, sombríos…, tensos…, débiles… En el espejo del bus mi rostro mestizo no decía mucho, solo había unos grandes y negros ojos tristes, empequeñecidos y enrojecidos por el llanto, desmejorados por una absurda cicatriz en plena raíz de mi nariz; pero, ¿qué más podía leerse en mi rostro? ¿Acaso alguien podía notar cómo me estaba muriendo por dentro para poder volver a vivir? No, nadie. Nadie podía saberlo ni adivinarlo, ni menos imaginarlo o soñarlo…, sencillamente imposible.

 

Estábamos muy cerca del Jirón Junín cuando de pronto mi mente voló repentinamente a la plaza central de Lima…, al mismo centro del centro de Lima, de todo el Perú, de todo un mundo… La Plaza Mayor…, ¿cómo se me había pasado?… La Plaza Mayor es un axis mundi, un centro que ordena y organiza todas las direcciones… ¡Es el punto central fijo del cual parten todas las direcciones! ¡Oh, diosas y dioses! ¿Cómo es que no había reparado que ese era mi punto de partida?… Fue como si un rayo fulminante atravesara mi corazón y abriera mis ojos de par en par… ¡Fue un despertar!… Por supuesto que alcancé a bajarme en el Jirón Huallaga y me encaminé de prisa hacia la Plaza Mayor… ¡Qué alivio!… Había recibido otra portentosa señal del universo… No solo había invocado a las cuatro direcciones de mi propio mundo, sino al axis mundi de toda la creación… ¡Qué increíble! ¡Qué increíble!… Volvía a operar la increíble magia del destino… No, no era descabellado querer ir a París, Grecia, Egipto, India, aun cuando estuviesen al otro lado del mar y yo solo tuviese cincuenta centavos en el bolsillo… En realidad, no me preocupaba el cómo ni cuándo llegaría por aquellos parajes tan lejanos, lo único que me importaba era cumplir con mi profundo deseo de cruzar otras fronteras, recorrer otros mundos…, encontrar el sentido de mi propia existencia…

 

La lluvia seguía acompañándome… sin tregua ni truenos… Fina, amable, tolerante, contemplando a la gente moverse pensativa por el gran damero cual piezas de ajedrez. Las casonas nos miraban de soslayo a través de sus puertas y balcones entreabiertos, para exhalarnos sus memorias enmohecidas por el viento. La gente al pasar también nos decía que detrás de sus rostros había un drama infinito…, de infinita variedad e intensidad, de la cual estos, sus rostros, apenas reflejaban una minúscula parte… Es verdad…, la vida es un drama… Un drama donde todos, todos sin excepción…, incluidas casas, calles, ríos, plantas, animales… damos vida al Gran Drama del Mundo… Lo admirable es el extremo realismo con que nos vemos impelidos a representar nuestro papel de nacer, vivir y morir así… sin más ni más… ¡y sin chistar!… ¡Qué tal resignación de tan excepcional elenco! ¡Qué tal autor de tan excéntrica obra!… Pero, ¿cuál es el fin de este melodrama? ¿Por qué no podemos sortear la fatalidad de la muerte si somos cocreadores, además de ser actores y espectadores?… ¿Existirá una partitura original? ¿Cómo conocerla y conocer al dueño de tan majestuoso ingenio?… ¿O será que la vida es realmente un juego y la muerte parte de ese juego?… De ser así, ¡qué juego para más macabro sería la vida! ¡Y cuánto más aquel que jugara tan malévolamente con nosotros! Porque nosotros, jugadores, ignoramos las reglas que todo juego tiene… ¿No será más bien que todos estamos locos tomando lo amargo por dulce?… O será que la vida es solo un sueño, una sombra, una ilusión, una quimera…, y yo… devanándome los sesos… mientras ingresaba al corazón de Lima…

 

La lluvia se fue… sin pena ni gloria…, dejando la plaza tan radiante como un espejo de plata recién pulido, donde muy bien podía el cielo gris abierto, verse su propio rostro límpido de aromas, sabores, colores y demás sonidos típicos del mundo capitalino. Mas, en cuestión de segundos el centro volvió a vestirse de sus consabidos ambulantes, transeúntes, policías, estudiantes, ejecutivos, desempleados, turistas, enamorados…, todos engranados… Aleph apenas se había hecho notar, durante el trayecto se había mantenido quieto, mudo, oculto dentro de la bolsa de mi alforja, pero con un ojo fuera, filmándolo todo… concentrado… A ratos lo sentía echarse y estirarse dentro de la bolsa… ¿Qué sentiría el desventurado perro? ¿Extrañaría jugar con el travieso de su hermano Frank y el fiel Terror, que eran los perros de Mara, y la súper delicada Charlot, que era de Elo?… Era la primera vez en su vida que había salido fuera del barrio… Lo sentía nervioso, temeroso…; sin duda yo le estaba proyectando mi temor de no saber a dónde ir ni cómo… Lo saqué de su agujero para que se despabilara, meara no sé dónde y caminara un rato, de paso jugara con las palomas que caían repentinamente del cielo…; en tanto yo… Yo ingresaba reverente a mi gran espacio universal atraída por su mística fuente de donde todo nace y todo vuelve… ¡El punto central fijo desde el cual yo emprendería mi camino!



Con el corazón más tranquilo me situé mirando al norte e invoqué la protección de la tierra, del mar, la luna, el viento, el sol, el cielo…; para que me ayuden a cumplir los tres deseos más caros de mi vida: salir de este espantoso laberinto, encontrarme a mí misma y la verdad absoluta, y llegar al país o al hogar donde no existe la muerte… Luego, pronuncié estas palabras mágicas que me salieron de lo más hondo del corazón: Desde el centro de esta gran ciudad, me dirijo al centro de este despiadado laberinto de la mente...; y apenas hube pronunciado la palabra “despiadado”, vislumbré repentinamente, una deslumbrante luz en el centro de ese laberinto, como si fuera el final de un gran túnel oscuro, pero al mismo tiempo vi una sombra maléfica que se movía acechante y grotescamente...; era nada más ni nada menos que el famoso Minotauro que estaba esperándome hambriento..., y yo tendría que matarlo para poder cruzar ese portal que lleva a otros mundos... más sublimes...  

 

Por eso me identificaba con el escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986); porque laberintos, bibliotecas, infinitos, tiempo..., eran temas recurrentes en él y..., en mí. Borges me ayudaba a encontrar muchas respuestas valiosas...; pero las que yo encontraba, gracias a él..., ¿cómo iba a compartirlas con él?... Por ejemplo, yo quería decirle lo que estaba significando para mí el Asterión, así también se llama al Minotauro, según la biblioteca mitológica del historiador Apolodoro de Atenas (180 a.C.-120 a.C.).

 

Fue en la Biblioteca Ateneo de la ciudad de Arequipa, calle Álvarez Thomas 312, que lo descubrí..., fue una tarde cuando me internaba en su bosque profundo de frondosos árboles; ausentándome del mundo por largas y largas horas..., intentado encontrar ese misterioso método para transmutar las energías humanas en divinas...; mientras transitaba por su temeroso laberinto de infinitas páginas de saberes ancestrales. Digo “temeroso” por su infinitud... y porque en todo laberinto existe un minotauro, ese misterioso guardián mitad toro y mitad hombre, que impide a los profanos llegar al primer templo sagrado de la Divinidad Suprema, el de Atenea, diosa griega de la sabiduría, adorada por los romanos como Minerva.

 

Yo quería llegar al centro de ese famoso laberinto, tesoro de toda sabiduría, pues no había otro camino para mí..., la periferia no...; yo caminaría hacia el centro de ese enorme laberinto, aunque me produjese terror... y solo hubiese una opción: matar a ese gigantesco minotauro o ser muerta por él… Y desde entonces vengo librando esa lucha feroz... En una de ellas (porque venimos librando varias batallas), le descubrí el rostro con un fuerte golpe de suerte que lo hizo tambalear, sin imaginar jamás lo que yo vería en su rostro... ¡Su rostro! ¡Ese rostro! ¡Ese rostro era el mío propio! ¡Era mi propio rostro! ¡Ambos estábamos mirándonos como en un espejo!… Este impacto fue tan fuera de toda lógica que hizo que yo rodara por el suelo… esquivando, a la velocidad de un rayo, su rudo golpe mortal… Aún me siento aturdida de sentir que ese minotauro es parte de mí, que ese minotauro soy yo, que él es mi otro yo…, justamente es el que no es..., es ese “ego falso” que me impide llegar al que verdaderamente es mi auténtico yo: el alma... o atma... o atman.

 

¡Oh, diosas y dioses!

Se me había revelado por un instante el ansiado encuentro con la luz después de tanta oscuridad... Porque, ¿no era acaso esa luz, ese centro, la salida de este espantoso laberinto de tinieblas, lo que yo estaba buscando?, ¿el hogar donde no existe la muerte? ¿El encuentro conmigo misma?, ¿con mi otro yo, mi alma?... Mi auténtico yo..., aquel interno y más real que este otro yo/ego que se pierde en la laxitud y distracciones del mundo aparente...; porque, ¿qué es sino el mundo de afuera? ¿No es acaso el mundo de las apariencias porque todo cambia, se transforma y nada permanece?... Y no solo se trataba de mi encuentro con mi otro yo, mi yo original, ¡mi alma!; sino también, mi encuentro con la última realidad: la verdad absoluta…, el todo..., la fuente de todo..., donde todo nace y todo vuelve… Este era mi encuentro con la luz, con el centro, la unidad, lo absoluto…, el hogar..., el último hogar, el hogar de todos los hogares, la comarca familiar…, el dulce hogar eterno y amado: el amor... ¡El amor!... ¡Oh, diosas y dioses!, ¡era el verdadero amor!, ¡el Amor Divino!, ¡el Éxtasis Supremo! ¡Era la Divinidad Suprema del corazón la que resumía todo lo que mi alma ansiaba encontrar!… Esta era la iluminación final, la liberación final, la transformación final…, la autorrealización… Y se me había mostrado que, para llegar a ella y su reino, tendría que vencer todos los peligros, todos los obstáculos, las tentaciones y pasar todas las pruebas, hasta acabar con el más temible de todos: el minotauro de la doble moral que es el mismo ego usurpador… del alma…, y asqueroso devorador de las ofrendas ajenas…

 

Y…, continué con mi ritual...     

 

Con mi mano derecha tomé un poco de agua de la mística fuente y la esparcí por los cuatro vientos pidiendo protección… Hacia el norte, por donde fluye el Rímac y se encuentra el palacio de gobierno; hacia la cordillera, por donde nace el sol y está la catedral; hacia el mar, por donde duerme la luna y está el municipio; y hacia el sur, donde vivía mi madre querida y estaban los portales del comercio… También invoqué a aquella misteriosa Diosa de la fuente (o Ángel de la Fama o de la Anunciación), la de los miles de ojos, oídos y lenguas, quien con su trompeta en alto está siempre anunciando la victoria o la derrota, concediendo la inmortalidad o la muerte… Tomando un poco más de su divino néctar, lo rocié una vez sobre mis pies para caminar con paso firme y no extraviarme, otra sobre mi cabeza para mantenerme siempre alerta y no bajar la guardia, y otra sobre mi cuerpo para protegerme de cualquier adversidad. Fue un momento magistral, único, sagrado… porque había invocado lo sagrado…, la victoria y la inmortalidad… Y apareció por el norte, en medio de un gran destello dorado, un esplendoroso puente de colores inauditos… cruzando el universo… ¡Oh maravilla de maravillas! ¡Qué visión tan irreal! Era el mágico arcoíris que unía la tierra y el cielo escalando el firmamento desde lo más recóndito del mar… Mi ser se estremeció tan solo de pensar que me encontraba ante el umbral de esos otros mundos tan añorados por nosotros…, los solos; y, sin embargo, tan oculto, y que podríamos cruzarlo en cualquier momento; y sin embargo… ¡Ooh, si mi madre pudiese ver esta maravilla!

 

Mucho tiempo estuve de pie sumida en este espectacular evento, tratando de encontrar aquellos peldaños que me sacarían de este mundo mortal; al mismo tiempo que mi mente se desbordaba en un mar de pensamientos, vagando de un lugar a otro sin ningún control…, igual que el viento… Tan pronto como recordaba mis últimos viajes por las solitarias tierras de mi infancia, ya estaba recordando a mi querida madre, a Mara, a mis herman@s y sobrin@s, en especial a mi hermano Enrique y a mis sobrinos: Vane, Kissy y Junior… Pero siempre sin dejar de mirar el arcoíris y el norte en busca de respuesta…, de orientación… ¿Será que de nuevo tengo que ir por Santiago de Chuco, Huamachuco, Cajamarca o más al norte?… Mis viajes por aquellos rincones de la sierra habían sido tan sorprendentemente mágicos…, que mi corazón aún quería guardarlos intactos sin volver a ellos por el momento… Hasta Arequipa volvía a cruzarse por mi mente…, incluso mis amigos más superficiales y efímeros amantes…, pero no me detenía en ninguno ni en ningún lugar… Tampoco quería detenerme en el drama de la separación y de lo desconocido…, pero sí en el cielo abierto, en el sol oculto por las nubes, en la lluvia que había danzado con el río turbio al son del Putkamayu… De pronto, me enderecé impulsada por la inesperada reacción de mi mente inquieta que se trasladó bruscamente al arcoíris…, al norte…, donde habita el río que habla…, el Rímac… Sí, ¡claro!… ¡El río!… El río era la respuesta… Tenía que ir a ver al río Rímac de cerca, tenía que escucharlo, abrazarlo…, despedirme de él… De inmediato guardé a Aleph en su bolsa y me dirigí con paso firme y seguro al río Rímac…



Desde niña, el río y el mar se habían hecho parte de mi vida, nos habíamos hermanado; si no soñaba con ellos, los encontraba en los libros, poemas, canciones, o en los malecones de la gran ciudad como parte troncal de nuestro hábitat, ya que la mayoría de nuestros pueblos y ciudades han sido erigidos a orillas de un río o a orillas del mar. En pocos minutos llegué a lo que es ahora la popular Alameda Chabuca Granda, desde donde puede contemplarse tranquilamente el río que habla… ¡Aaah, el río!…, el río hablador… Allí estaba mi río… mi putkamayu, mi río turbio…, y allí…, nuestra baranda tan sola y nostálgica…, donde compartíamos con Mara la más dulce chicha morada y el más tradicional de los buñuelos plenos de sabor a barro y leña… ¡Ooh, mi río turbio!… Aquí estás… ¡Ooh, Mara, Mara!… Cómo nos perdíamos con Javier Heraud (poeta y escritor peruano, 1942-1963) escuchándonos en la internidad… Yo soy un río…

 

(1) “Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas, voy bajando por las rocas duras, por el sendero dibujado por el viento. Hay árboles a mi alrededor sombreados por la lluvia. Yo soy un río, bajo cada vez más furiosamente, más violentamente bajo cada vez que un puente me refleja en sus arcos. (…)”.

 

–Haces bien en irte de aquí –me dijiste aquella vez lanzando mi piedrecilla tan lejos que cayó en el río, y nos quedamos quietas mirando esos círculos concéntricos que se formaron en el agua–… Lo único que lamento es que vayas por donde vayas, igual llegarás, tarde o temprano, al mismo lugar al cual todos llegamos…

–Nosotras no, Mara. Nosotras tenemos que salir de este mundo de dolor y muerte –me aventuré a decirte tratando de animarte–. Y hay una sola manera de hacerlo…

–¿Cuál? ¿Cómo? ¿No ves que todos los caminos conducen a la muerte? ¿No ves que este es el planeta de la muerte donde todos estamos condenados a morir?

–¡Oh, Mara, Mara! Si tan solo comprendieras que solo la magia puede obrar el más increíble de todos los milagros…, solo con la magia podremos cruzar los miles de portales...

–¡La magia! ¡La magia!… Tú y tus cursilerías… –sonreíste meneando la cabeza.

–¡En serio! Solo a través de la magia de tus poemas y mis dibujos –te aclaré, y te echaste a reír con una carcajada tan sonora y limpia, que ambas terminamos riendo y llorando por… nuestra despedida…

–Ya solo tu loco entusiasmo te salva –me dijiste secándonos los ojos con tus manos claras–… Basta de llorar, basta… Suficiente con nuestros suspiros… limeños…

 

Si Mara, basta de llorar… ¡Ooh! Ya vinieron de nuevo esos pájaros salvajes a robarte de mis recuerdos y a dejarme sola con el río…, mi río… Aquí está mi gran río hablador bajando descabellado desde Putka, la gran montaña reina de las cordilleras, para precipitarse majestuoso en las profundidades del mar…

Y allí...

Allí recién fui consciente de que…, la mayoría de ríos nacen en las grandes montañas y fluyen hacia el mar…

 

Sorprendida…,

vi que el río Rímac venía de esa gran montaña del este, jugando con su hermana gemela, la carretera central que viene desde La Oroya a Lima… Yo también había estado por el centro del Perú, por el departamento de Junín, en La Oroya, Jauja, Huancayo… Y mis pensamientos giraron hacia esa zona minera por donde yo había estado no hace mucho vendiendo libros (y toda la Editorial Planeta se me vino encima, incluso mi paso por Barranco como por arte de magia…), pero por ahora tampoco quería detenerme en ese tiempo ni volver por Huancayo… Podría ser Cerro de Pasco, nunca había ido por allí…, o tal vez Huánuco, tampoco había estado allí…, o tal vez la selva, pues nunca había estado en la selva…

La selva…

 

Y la selva quedó reverberando en mis oídos cual oriunda sinfonía del ser divino…, venida de lo más recóndito del bosque de árboles encantados, desconocidos, intrépidos, copiosos…, de animales salvajes, brillantes, fantásticos…, todos enmarañados… ¡La selva!… ¡Ooh, la selva!… Era como si la selva estuviese llamándome… ¡Como si nuestra madre naturaleza me estuviera llamando! ¡Sí!, ¡recorrería la selva!… ¡La selva es mi camino!…, ¡y viajaría con el río!… ¡Oh, diosas y dioses! ¡Viajaría con el Rímac! ¡Viajaríamos juntos hacia las más altas montañas de su glorioso nacimiento! ¡Allí, allí, donde nacen los grandes ríos que van a dar a la mar!… Yo iría de subida y él de bajada… Yo subiendo la gran montaña y él bajando a la inmensidad del mar…, pero siempre juntos… Era una sorpresa totalmente inesperada, un bálsamo para mi corazón herido, y, sin embargo, tan lleno de esperanzas por vivir un mundo nuevo… Otra vez el universo descorría su velo mágico para mostrarme el río como el mejor de los caminos…, ya desde la noche anterior cuando había soñado con el río y había despertado con el río diciéndole a mi madre…: Fluye… ¡Fluye!, nos estaba diciendo a las dos nítidamente…


 ¡Claro! ¡Claro que fluiría con el río para encontrarme con la selva y mi destino! ¡Él me acompañaría! ¡Él me protegería!… Y me encaminé muy oronda hacia el Parque Universitario para tomar un bus que me llevara a la carretera central.

 

 

I. Parte 3 – Desolación

 

Mas, el camino no fue fácil, de repente me sobrevino un estado de ánimo patético, desolador, destructivo…, el mismo que me agobiaba cuando caminaba sola por las calles de la gran ciudad… No, no podía deshacerme de esa insoportable sensación de vacío, de la vida carente de sentido, de lo efímero, relativo, de la muerte inevitable, del temor a lo desconocido, del dolor de la separación… Todo era tan absurdo y cruel…, y, sin embargo, parecía que solo yo sufría estos desvaríos pues a todos los veía tan tranquilos, tan seguros de sí mismos caminando hacia algún lugar, ¡su lugar!…; las tiendas, su trabajo, el estudio, el recreo, su hogar…; todos sabían a dónde iban…, todos tenían un lugar fijo a donde ir, menos yo… Yo no tenía a donde ir, no podía identificarme con ningún lugar, no pertenecía a ningún lugar… Hace mucho que no me sentía parte de nada ni de nadie, ya ni siquiera de la casa de mi madre y mucho menos de la universidad y mis amigos… Solo me sentía un miembro más…, extraño, transitorio, sin lugar y solo… Abismalmente sola y entregada por completo a esta infinita búsqueda de mí misma…

 

Pensé que al dejar la casa materna encontraría el paraíso o todo se volvería un paraíso, pero no fue así. El cielo seguía estando oscuro, vacío, oculto; el aire rancio, húmedo, insoportable; los árboles resecos, contaminados, moribundos; los edificios descuidados, enrejados, extraños; las calles sucias, congestionadas, malolientes; los autos violentos, ensordecedores, nefastos; y los ojos…, ¡ooh!…, esos ojos desolados, frívolos e insaciables de un placer que nunca se concreta… ¡Aah, la gran ciudad!… La gran ciudad sigue siendo un enorme laberinto…, un espantoso y estruendoso laberinto en expansión… Laberinto afuera, laberinto adentro… Mi mente vaga confusa entre este patético escenario enfermo de carteles viles, y el llanto de mi madre ausente, abandonada entre mis sueños y recuerdos… ¿Cómo es posible que yo no haya muerto en esta fría selva gris que aniquila los sentidos, endurece el corazón y nubla el pensamiento? ¡Solo la luna, el mar, el sol, el viento y las montañas son dignos de mi adoración!

 

Me he convertido en un ser de la calle cualquiera, sin oficio ni beneficio, un don nadie que prefiere dormir en los parques, en el pasto o en una banca que amanecer en una cama tibia o en un espacio cómodo sábelo diosas y dioses con quién… Prefiero ver las estrellas límpidas y rociadas de ensueños que rostros apáticos, impúdicos y descoloridos… Prefiero caminar sin rumbo escuchando el rugido del viento o el murmullo de las estaciones, que encorvarme detrás de un mostrador o en esa desvencijada oficina… ¡Qué me importa el hambre y el seguro social! ¡Qué me importan los años de servicio y la jubilación! ¿Cómo podrían importarme en este mundo transitorio donde todo acaba y termina con la muerte sin piedad?… ¡Yo quiero enderezarme a la luz del sol!… ¡Quiero ser libre como el mar! ¡Volar con el viento!… Sin mutilarme al son de unas manecillas que nos levantan para ir al baño, para comer, para ir a trabajar, para fornicar, para dormir… Mi madre teme por mí, ¿será que me estoy volviendo loca sin razón?… ¡Oh, madre!… ¡Madre!… Si todo en este mundo está sujeto a cambio y muerte, ¿cómo podríamos crear un hogar aquí o aferrarnos a alguien o a algo que aparece y desaparece en un dos por tres? ¿Acaso es posible vivir y amar así?… ¡No! ¡No es posible amar ni vivir así!… Y la vida es tan corta… tan corto el tiempo que aquí estamos como si fuera tan solo un breve fin de semana… Entonces, ¿qué es lo que quiero?… Yo solo quiero ir por el mundo y colmarme de magia divina en este breve fin de semana… Quiero hacer cosas únicas, heroicas, descabelladas, sobrenaturales… ¡Quiero pintar todos mis deseos y hacerlos realidad!… ¡Quiero saludar al sol y a la luna que nacen en el mar! ¡Quiero conocer y amar otros puertos, otros barcos, otra gente, otros hombres y mujeres, otros árboles, otros ríos y montañas! ¡Quiero cruzar este espantoso laberinto de muerte por doquier! ¡Sortear todos los peligros! ¡Conocer la verdad sobre la vida y la muerte!... ¡Encontrarme a mí misma!… Saber quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… ¡Quiero llegar a mi destino único, loco y sin fin! ¡Llegar al centro! ¡A la luz! ¡Al hogar! ¡Al último hogar! ¡Al hogar de todos los hogares! ¡El hogar donde no existe la muerte!... ¡Yo quiero lo absoluto, divino e inmortal!... ¡El amor!... ¡El Amor Divino!... ¡El Éxtasis Supremo!... ¡La Divinidad Suprema del corazón!... ¡Oh, madre! ¡Madre! ¡Déjame partir!… ¡Por favor, ayúdame! ¡Ayúdame a salir de este tétrico laberinto que nos tiene a todos atrapados!   

 

Casi sin darme cuenta había subido desesperadamente a un micro, que poco a poco me fue alejando de la gran ciudad atestada de seres y cosas que yo no podía comprender…; rumbo a la carretera central. Poco a poco se fueron alejando aquellos sentimientos dolorosos que querían detenerme, apresarme y acabar conmigo. Poco a poco volví a sentirme encaminada, con el espíritu abierto a cualquier acontecimiento maravilloso que me reservara el destino, porque sentía que verdaderamente el universo me protegía.