sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 4 La Búsqueda del Camino 1

 


IV. LA BÚSQUEDA DEL CAMINO

 

 

IV. Parte 1 – Sorteando el fantástico laberinto

 

Cuando llegué a orillas del río Ucayali, había playas… y mucha gente, yo no tenía idea de que el río fuese tan grande y que tuviese playas… Y que también pudiese ser de color profundamente marrón…, color de la tierra…, parecía agua enlodada… Había mucha gente con sus ropas de baño, todos bronceados…, era una mismísima playa como aquellas que hay frente al mar… Nunca lo había visto en un río…, había sombrillas de muchos colores, ambulantes de todo tipo… y más arriba… barcos… ¡Barcos!…, y, ¿de dónde?, me pregunté muy asombrada… Allí comprendí con emoción que había llegado a un puerto, a un puerto del río Ucayali y hacia él me dirigí…, preguntando a los vecinos todo sobre este puerto, yo había olvidado que también existían ríos navegables con sus puertos…, y este era el puerto de Pucallpa de donde salían los barcos a Iquitos… ¡A Iquitos!… ¡Iquitos!… ¡Ooh, diosas y dioses!… ¡Iquitos!… Recién fui consciente de esta realidad, de que Iquitos era mi próxima parada olímpica…, a menos que regresase por donde había venido… Para llegar a Iquitos no había más que dos vías, por avión o por barco, y allí estaban los barcos que iban a aquella legendaria ciudad… El próximo en salir sería El Titanic, un barco carguero de un solo piso, saldría en una semana, eso me dijeron y hacia él me dirigí. No estaba el dueño o el capitán, y en realidad, no sabían cuando saldrían. Regresé al puerto una vez más y a la tercera pude hablar con el hijo del dueño del barco carguero, un joven de diecinueve años que era quien llevaría la carga y algunos pocos pasajeros a Iquitos. Le pedí que por favor me llevara a Iquitos, explicándole que no tenía dinero para pagarle, que estaba en busca de trabajo, pero que a cambio yo podía ir como ayudante en su cocina (eso había escuchado que algunos hacían), lavaría los platos, asearía el barco…; pero el joven capitán se negó rotundamente…, y yo con gran paciencia de más, le insistí a intervalos..., hasta que… Fue al atardecer de ese mismo día que por fin el joven aceptó y también aceptó que desde ya pudiese instalarme en su carguero, porque partiríamos en cualquier momento… Fue la felicidad más grande de mi vida…, viajaría en un barco, ¿se imaginan my friends?… Viajaría en un barco por primera vez en mi vida…

 

Llegué a casa de Estela muy feliz a despedirme…, pero Estela no tenía por qué notarlo, solo le dije que había llegado el momento de internarme en la selva, sin ser aun consciente de que verdaderamente, ir a Iquitos era internarme aún más en la selva. También le pedí por favor que se quedase con Aleph cuando apareciese, porque yo no podía llevarlo, el pobre animal había desaparecido misteriosamente hacía un par de días, solo me faltaba buscarlo en los basurales… Estela aceptó, me dijo que se quedaría con Aleph hasta mi regreso y yo asentí por reflejo…, sin saber cómo decirle que tal vez yo no iba a volver… Los muchachos también se habían ido dos días antes de la casa de Estela, creo que se regresaban a Lima. Cuando arreglé mis cosas, reparé que me faltaban dos casetes, The Wall de Pink Floyd y Alturas de Machu Picchu de Los Jaivas… Le conté a Estela y juntas dedujimos que los muchachos eran los únicos que podían haberse llevado mis casetes… ¡Y que quizás también se llevaron a Aleph!…, ¿por qué no?…, ¡para venderlo, obvio!, concluimos… Porque eso sí, la pequeña cosa era muy agraciadita… Con Estela nos quedamos ¡plop! por nuestras especulantes deducciones… Sin embargo, ¡oh, diosas y dioses!…, así habría sucedido realmente. Cuando Estela me acompañó hasta la esquina de su casa-barco para despedirnos, nos salió al encuentro una vecina que nos contó que cada vez que yo salía sola, Aleph salía con los muchachos, sí, yo sabía eso, le dije; pero ahora esta dama aseguraba que fueron los muchachos quienes se llevaron a Aleph en sus brazos… Confieso que en mi corazón les agradecí inmensamente a esos muchachos, me alegré tanto de que Aleph se hubiera ido con ellos que sentí una gran liberación; cuidando de no exteriorizarla, por supuesto; en ningún momento iba a mostrarme como el desafortunado extranjero del escritor francés Albert Camus (1913-1960). Quien sabe que rumbos tomaría el pequeño bicho…, pero sin duda alguna, él estaría mucho mejor en cualquier cálido hogar del mundo que conmigo.

 

Instalarme en El Titanic fue de película… Fue maravilloso vivir unos días la vida del puerto, de los comerciantes, de los nativos y viajeros; yo entraba y salía del carguero como en mi casa, pero la mayor parte del tiempo me mantenía allí pues no quería que tal vez el carguero partiese sin mí, además tenía que cuidar mi querido equipaje por más simple que fuera… Todavía no cargaban…, de rato en rato, los tripulantes del barco me convidaban un vasito de café, el cocinero me convidaba algún panecillo… Por las noches, los tripulantes dormían en sus hamacas y yo dormía en mi bolsa de dormir, sofocada de calor por la maraña de crueles zancudos que revoloteaban precisamente justo sobre mi rostro, obligándome a cubrirme hasta los ojos y morirme de calor, por lo que prefería acostarme tarde, luego de observar la tranquilidad de la noche y sus estrellas, escuchando el suave rumor del río Ucayali…, del gran río Ucayali… Un río es todos los ríos, me había dicho el río Yauli…, y recordaba mi viaje y mis ríos y todos los ríos del mundo…; y…, poco a poco fui tomando conciencia, muy sorprendida (por no decir aterrada), que el río Ucayali desembocaba en el gran río Amazonas o se unía con él… ¡Oh, diosas y dioses!... Entonces comprendí que todos los ríos me habían estado llevando al gran río Amazonas… ¡Que era al famoso gran río Amazonas a donde me estaba dirigiendo!… Era el gran río Amazonas el poder mágico que me estaba llevando al interior de la selva para navegar por sus oscuras aguas…, con su corriente…, ¡no lo podía creer!, ¡no lo podía creer!… Nunca lo habría pensado, ni lo habría soñado, ni siquiera lo habría imaginado… Y era el gran río Amazonas el poder mágico que me estaba llevando al mar… ¡Al mar!… ¡Oh, diosas y dioses!…, ¡no lo podía creer!…, ¡no lo podía creer!… Yo estaba yendo hacia el mar… ¡El mar!… ¡El mar que tanto amaba era mi destino! ¡Aah, Javier Heraud!…

 

¡Pero si yo misma lo había deseado!, yo misma le había pedido al universo que me llevase al mar, yo misma lo había invocado desde el comienzo de esta mi increíble historia, mi mágica aventura errante… Mi sueño de llegar al mar estaba en camino de hacerse realidad… ¡Ooh, diosas y dioses!… Los ríos me estaban llevando al gran río y el gran río me llevaría al mar…, y el mar me llevaría a su otra orilla, a la orilla sagrada… donde no existe la muerte…

 

Hasta que llegó el día en que poco a poco fueron cargando la popa del barco (la parte posterior) de muchas cajas, de abarrotes, comestibles, cerveza, cigarros, telares… Ese mismo día de la partida también llegaron los dichosos pasajeros…; eran contados: un señor de edad con su esposa y dos nietos pequeños, una pareja de comerciantes, un extranjero, un hippie y yo, fuera de los tripulantes… Se anunció la salida para las diez de la mañana, y salimos a las tres de la tarde en medio del sonar prolongado de la bocina del barco. Nosotros, los pasajeros, íbamos pegados a la baranda para ver alejarnos del puerto y de la gente que nos hacía adiós con las manos, y yo también me despedía de Estela, de Aleph, de Mara, de la Maga…, de mis seres más queridos, de quienes me estaba alejando cada vez más y más…; recordando a mi madre, a mis herman@s, sobrin@s…; preguntándome por ellos…, recordando de cuando en cuando los innumerables cuentos de mi madre (ver Anexo 3).

 

Una vez que El Titanic hubo zarpado, marqué mi metro cuadrado entre unas cajas de la carga, acomodé mi mochila azul y mi bolsa de dormir color naranja enrollada dentro de su bolsa color marrón. Mi bolsa de dormir estaba raída, era la herencia que un extranjero le había dejado a Mara, cuando ella estuvo por Ica. El extranjero, de veinticuatro años, venía de Brasil, se conocieron recorriendo las líneas de Nazca. Mara me contó que todo el tiempo hablaron en inglés y que se hospedaron en el mismo cuarto cuando estuvieron en Paracas… En ese momento me llamó el cocinero para explicarme que mi trabajo consistía en limpiar la mesa, poner los cubiertos y tocar la campana llamando a los comensales a la hora del desayuno, almuerzo y cena. Luego, yo les pasaría los platos servidos y finalmente los recogería para lavarlos, no me dieron más trabajo, ¡hurraaa!… La cocina y el comedor eran pequeños, estaban ubicados en la proa del carguero, al igual que las hamacas. Desde ese mismo momento de la partida todo fue de otro sabor que aún puedo sentir en mi corazón… El paisaje de la selva era completamente nuevo para mí. Era la primera vez en mi vida que navegaba por un río, estaba rebosante de alegría…, me sentía una expedicionaria legendaria muy afortunada, como si me hubiera sacado la lotería…

 

De rato en rato se escuchaba el sonido fuerte de la bocina del Titanic anunciando su espectacular presencia…, como un pututo…, como aquellos pututos que escuchamos en el Círculo Sagrado (desde donde podemos armonizar el mundo) a orillas del río Huallaga, anunciando la llegada de la mística energía femenina inundando a la majestuosa madre tierra. Madre tierra es la diosa Pachamama, conocida en India como la diosa Bhumi. Bhumi es una manifestación de la diosa Lakshmi, la diosa de la fortuna o la fortuna personificada de Los Vedas; significa la que nutre o prodiga riquezas a sus hijos, tales como el aire, el agua, los alimentos, su maravilloso entorno…, y les otorga bienes materiales y espirituales... Hasta que de pronto nos vimos en medio de las aguas de este majestuoso río color marrón, con sus orillas verdes, verdes, verdes de distintas especies; por algunas zonas ya no había playas, solo una exuberante exhibición de hojas y troncos de todos los tamaños y tonalidades, de cuyos espacios ocultos salían pájaros cantores también de infinitas tonalidades y variados colores. Empecé a escuchar en mi interior a Norma Alvizuri cantando los bellísimos poemas de Javier Heraud… El canto de los ríos acompañaba mis pies, de tibio caminante… El río cantaba con mis brazos y en él yo miraba a la muerte y a la vida. Pero uno está siempre compuesto de un trozo de muerte y de camino, y uno siempre es río, o canto, o lágrima cubierta…”…, y mi corazón explotó en mil y mil pedazos… Lloré, no podía evitarlo…, era demasiado glorioso lo que yo estaba viviendo a costa del dolor de mi madre, de Mara y del mío propio… Yo era feliz, pero al mismo tiempo estaba sufriendo el terrible dolor de la separación, y el sentimiento de culpa y remordimiento que me embargaba por haberlos abandonado a todos… Sin embargo, yo tenía que hacerlo, tenía que salir de este espantoso laberinto para ir al centro de mí misma, a mi propia esencia; más allá del subconsciente, más allá de nuestra herencia familiar y sus tradiciones, más allá del inconsciente…, más allá… Se viaja afuera para viajar adentro, era el dicho…, hasta que una maravillosa armonía empezó a invadirme, y no solo a mí, sino a todo el entorno… Aparte de los sonidos típicos de la selva, de los bosques y ríos, se escuchaba solo el motor del Titanic… y de cuando en cuando, su bocina… ¡Qué lejos había quedado el ruido estruendoso de las grandes ciudades!… Qué calma, qué paz del mundo…, qué belleza… El río serpenteaba de vez en cuando…, se anchaba, se reponía, fluía… y nosotros fluíamos con su corriente… Qué maravilla de maravillas…, el día se fue haciendo noche y la noche se fue poblando de estrellas que se reflejaban en las aguas del río. El Titanic apagó el motor y el capitán dijo: Ahora nos dejaremos llevar por la corriente para ahorrar energía, y se hizo un espectacular silencio… Todos se instalaron en sus puestos y hamacas.

 

Yo me quedé en la proa mirando hacia adelante para no perder ni un minuto del camino… El Titanic se dejaba llevar lentamente por las estrellas que se reflejaban en las aguas del río…, de pronto vimos el reflejo de la luna… y no solo de una luna sino de dos…, de tres, de cuatro, ¡de cinco!… Cuando levanté mi rostro hacia el cielo de la noche, este estaba poblado de infinitas lunas y estrellas…, quedé sumamente sorprendida y aterrada por semejante panorama… ¡Estoy alucinando!, me grité para mis adentros… y los sonidos de la naturaleza se hicieron más evidentes… Se escuchaban diferentes cantos de aves, sonidos extraños, de animales, del roce de los árboles, del choque de las piedras, del correr del río, la brisa…, aromas profundos…, y la vista…, la vista era por demás sobrenatural… De repente vi un destello plateado que se ocultaba por entre unos juncos de la orilla derecha…, me quedé mirando largo rato en esa dirección… Se escuchaban chapuceos, risas… y aparecieron cientos de mariposas de claros colores, revoloteando por la hermosa cabeza de un unicornio plateado que intentaba (al parecer) cruzar el río, tenía casi todo su cuerpo sumergido en el agua…; al vernos, retrocedió…, pero no pudo esconderse… y el mundo todo quedó quieto…; a mi alrededor no había nadie, solo yo…, testigo de este hecho sin igual… Luego, aparecieron del bosque unas bellas mujeres con alas de mariposas que ingresaron al río, se acercaron al unicornio y le acariciaron el rostro, su hermoso cuerno resplandeciente…, él también tenía alas…, no sé por qué pensé en el unicornio plateado de mi madre… No, no era un cuento, no, los unicornios existen, existen de verdad…, en otra dimensión y a veces vienen a visitarnos…, a veces también uno entra en esa otra dimensión…, la de los seres sutiles… El cielo relampagueó repentinamente y empezó a llover…, aquellas mujeres con alas empezaron a bailar dentro del agua, en el centro del río…, chapucearon, dieron vueltas, se lanzaron agua entre risas, se tomaron de las manos, hicieron un gran círculo y aleteando al son de la música celestial de la naturaleza se elevaron luminosas, volando por el cielo. De pronto, el unicornio, que lo había visto todo, también se agitó entre las aguas, chapuceó y desplegó batiendo sus poderosas alas y salió volando del gran río, siguiendo el rastro de aquellas ninfas que se perdieron como lucecitas entre las tinieblas del firmamento… Después de un largo momento, en que todo se acalló sin dejar rastros…, y yo despertara o viniese de ese otro mundo… sobrenatural… y mágico…; me fui a acostar a mi metro cuadrado sin dejar de pensar en lo maravilloso e increible que había acabado de vivir… Los zancudos, extrañamente me dejaron en paz esa noche y las siguientes…, pero ya no volvieron a aparecer aquellos seres extraordinarios e irreales…, quien sabe de dónde habrían venido y a dónde habrían ido, quien sabe si volverían; todo era muy impredecible en esta mi nueva forma de vivir que yo había elegido… Vivir mi aventura errante es todo mi destino…, me decía el corazón.

 

Aquella noche, volví a soñar con un espantoso laberinto…, ese también era otro de mis sueños frecuentes como mis sueños con el mar… Era un sueño lleno de túneles secretos, callecitas intrincadas, escaleras descomunales sin metas ni objetivos, verdaderos callejones sin salida, abismos tenebrosos sin fin…; y yo, caminando a tientas… muy asustada por uno de esos extraños y oscuros túneles…, húmedos…, fríos…; no comprendía de dónde había venido ni a dónde me dirigía…, solo me movía…; luchando con seres de la oscuridad o de las tinieblas que me acechaban…, luchando por detenerme…, querían apresarme, acabar conmigo…, obligarme a ser uno de ellos…; pero no lo conseguían porque yo no les permitía ni permitiría nunca, ni que se me acercaran..., ¡yo era la más fuerte!... Yo seguía muy firme con mis pasos hacia adelante buscando una luz divina que me alumbrara el camino y me guiase a mi destino… A veces yo tenía que taparme muy fuerte los oídos para no dejarme vencer por este desgarrador dolor de la separación que me estaba asfixiando, y me tentaba fuertemente a volver al hogar, al nido…, a mi madre…, a la madre que es parte de uno mismo…; ¡oh, madre mía!... De pronto, veía una pequeña lucecita que parpadeaba señalándome el camino, yo apretaba el paso para alcanzarla y no perderla… Luego, la lucecita se detenía heroica entre las más densas tinieblas…, y lentamente, como una hermosa flor que se abre a la vida, esta lucecita se iba transformando en una hermosa niña de rostro muy resplandeciente que llevaba una estrellita en su frente, y me decía muy cerca al oído: ¡Busca un guía! ¡Un guía que te ayude a llegar al centro de este espantoso laberinto! ¡No te quedes girando en su eterno ciclo de muertes y nacimientos!… De nuevo yo despertaba angustiada porque sentía que aquella niña, no solo podía ser Mara, sino también la Maga, o alguna otra niña del cielo estrellado; y que aquel laberinto de mis sueños era el mismo laberinto que vivía en mi vida real…, el laberinto de las infinitas posibilidades…

 

Un día, estuve caminando por una callecita apenas iluminada. No pensaba en nada, no tenía en que pensar… Me senté sobre una piedra e intenté escribir…, quería expresar de una u otra forma el dolor profundo que me estaba causando mi nauseabunda y absurda degradación… Pero, ¿qué hago yo aquí? ¡¿Qué estoy haciendo?!…, me preguntaba a mí misma… ¿A dónde me conduce todo esto?… Tanta arquitectura llenándola al bolsillo por el mero gusto de tener en qué, sin saber por qué ni para qué…, ¿acaso yo pondré un ladrillo más en esa vil pared?… ¡No!… ¡Noo!… exclamé muy decidida a los cuatro vientos… ¡Ya estamos llenos de muros por doquier, lo que nos falta es construir puentes de amor y de amistad!… Y al bajar la vista me topé con una pared al frente y una pequeña niña de ojos rutilantes, muy tranquila e inocente, que también estaba sentada sobre una piedra delante de esa pared baldía…, parecía que también estaba escribiendo… o dibujando… Por supuesto que al instante se esfumaron los improperios de mi desagradable desesperación, apareció un distraído puente y toda mi atención se concentró en aquella presencia angelical.

 

–¿Qué haces hermosa niña? –le pregunté acercándome a ella y levantando un poco mi voz con tono curioso, para sacarla de su profundo ensimismamiento, y ella con su mirada muy dulce y bella me contestó:

–Escribo y dibujo todo lo que quiero encontrar en mi camino.

 

¡Ooh, diosas y dioses!…, no hubo caso…, yo me perdí entre miles y miles de sentimientos y reflexiones que me llevaron casi al borde del colapso; y cuando quise preguntarle sobre aquella magia que hace realidad los más caros deseos, ella ya había desaparecido dejándome aterrada en aquel espacio vacío, con una soledad más fría y dolorosa que antes… ¡Pobre de mí!…, ella escribiendo sobre la realidad de sus sueños y yo, tratando de resolver el más grave de todos los conflictos que no tiene solución… Somos seres duales, duales, no hay vuelta que darle… Soy un ser dual… ¡dual!…, dentro de un cuerpo moribundo en un mundo ilusorio, relativo y temporal…, ¿cómo dejar de serlo?… En mí mora lo bueno y lo malo, el yin y el yang, el principio femenino y el principio masculino…, ¡mi mente es dual!…; pero, ¿cómo hacer que deje de serlo?... Entonces escuché una palabra sutil, como un grito desgarrador que venía de lo más profundo de aquel gran túnel oscuro y sombrío…, de una lejana lucecita que se perfilaba en la distancia muy diminuta, en medio de la temible oscuridad... ¡Trascendeerr!..., decía la misteriosa voz como un eco ensordecedor… ¡Trascendeerr!… Y yo repetía horrorizada... ¡Trascender! ¡Trascender la dualidad de la mente es el camino para lograr la unidad de la mente!… Descubriendo maravillada que de eso se trataba este terrible juego (algo diabólico y divino) de la vida… Pero, ¡¿cómo trascender esta dicotomía?!… ¡¿Cómo trascender esta dualidad que me agobia?! ¡¿Cómo?!…, y vino a mí la esotérica imagen del opus alquímico…, la unión de la luna y el sol, del yin y del yang…, del yo irreal con el yo primigenio…, esta era la integración de la que tanto hablaban los místicos… Entonces, de inmediato, como impelida por la misteriosa mano del destino, empecé a dibujar el rostro de aquella misteriosa y bella niña de ojos rutilantes y mirar profundo… Fueron muchos y muchos dibujos los que hice, muchos los intentos fallidos. No podía conseguir aquella expresión tan pura y ajena a este mundo. De pronto me di cuenta que era otro el rostro que estaba dibujando. Las facciones eran de otra niña, aunque la expresión angelical era la misma… ¡Era la niña de mis sueños con una estrellita en su frente!…, que de nuevo, con su delicada vocecita me decía al oído: ¡Busca un guía! ¡Un guía que te enseñe a trascender este espantoso laberinto de la mente o de las infinitas posibilidades! ¡Ve a su centro que es tu propio centro y el de todos!

 

Desperté con el horror de haber encontrado esta espantosa verdad: trascender la dualidad de la mente es lograr la unidad de la mente o llegar el centro de este espantoso laberinto; pero, ¿cómo?, ¿cómo lograr esa integración?… Y me retorcí con el mismo dolor fuerte de la separación…, me contraje con el mismo temor que me agobió al dejar la casa de mi abuelo materno, pues afuera me esperaba quien sabe qué vicisitudes de la vida… o quizá la muerte…


 

IV. Parte 2 – El gran río Amazonas

 

El primer amanecer en El Titanic fue grandioso, a las seis de la mañana ya estuve en el baño matutino, y a las siete estuve tocando la deliciosísima campana de bronce que estaba en el umbral de la cocina, mientras los comensales terminaban de asearse y se acercaban a la mesa. Ese día ingresamos por un ramal que desembocaba en el río Ucayali, el ramal era más angosto, el paisaje casi el mismo…, íbamos de subida, o sea… más lento, con el motor a toda marcha… Llegamos a un remoto poblado… de unas cuantas casas de madera y paja construidas sobre buenas estructuras de madera, que rodeaban un gran espacio central jaspeado por la grama. Se veía la cruz andina, la chakana, por todo lado, pintada en las puertas, adornando las paredes, sus vestidos. Bajamos todos y nos estiramos allí en el pasto refrescante, mientras los pasajeros compraban algunas artesanías a los nativos, tejidos, collares de semillas y huesos, plumas, sombreros, canastas, abanicos…, hasta yo les compré una hoja de tabaco enrollada, por lo barato. Los nativos nos dieron a probar el comentado masato, pero yo no acepté, me fue imposible probarlo luego de haber visto como todos los presentes masticaban la yuca para luego lanzarla al gran perol del cual servían. El extranjero y los comerciantes sí se compraron su botella de masato. Volvimos a embarcarnos después que el carguero desembarcara algunas cajas y cargara otras. Fueron varios los poblados que visitamos de la misma forma durante nuestro trayecto, lo cual era de gran alegría para mí porque yo no tenía ninguna prisa por llegar a ninguna parte, porque si de mí se trataba, yo me quedaba embelesada a vivir en este maravilloso barco indefinidamente... De repente, no más que de repente se escuchó como venido del cielo…, las notas amantes del Canto del Calahuayo de Los Urus del Titicaca, para llorar con los recuerdos…


En una de esas bajadas y subidas a los poblados me encontré conversando con el hippie, su largo cabello negro estaba medio amotinado (estilo Bob Marley), tenía barba y bigote, no era muy alto, era trigueño, delgado… Fue una sorpresa para mí saber que tampoco fumaba… Me contaba que, en algunos países de Europa, había nuevos grupos de jóvenes que ya no querían tomar alcohol ni fumar, que no les gustaba esa costumbre patriarcal y a él tampoco, así que se había unido a ellos… Él, al igual que la Maga me estaba diciendo que fumar, tomar alcohol, comer carne, ser promiscuo, jugador… eran costumbres patriarcales ordinarias y mortales. También me decía que la gente lo encontraba a él algo loco, pero que no era así, o quizá sí…, todo porque él veía lo que otros no veían. Me contó, por ejemplo, sumamente confidencial, que la primera noche que zarpamos, él había presenciado algo colosal… Se encontraba acurrucado en su hamaca mirando la orilla, él me había visto en la proa mirando hacia el frente. Luego, cuando él se levantó para ir al baño, vio moverse algo gigantesco entre los árboles…; se quedó quieto esperando largo rato a que algo o alguien apareciera, hasta que, por fin, vio a un unicornio plateado nadando entre los juncos con su cuerno resplandeciente y sus alas como aletas de un pez descomunal… Lo he visto, me dijo…, lo he visto. No miento ni estoy loco…, pero, ¿acaso tú me creerías?, me preguntó curioso… ¡Claro!, le contesté… y agregué: Y, ¿tú me creerías si te dijera que yo también vi lo mismo que tú; pero que además, vi a unas ninfas con él?…, ¿me creerías?… El muchacho me miró de reojo y sonrió como queriendo descubrir que yo le estaba tomando el pelo… ¿O sea que también viste a las ninfas?, me preguntó. Si, le respondí. No te creo, me dijo escéptico…, ellas nunca se dejan ver…; entonces sonreí, no le conté más.

 

Otro día, los vi a los dos, al extranjero y al hippie conversando. Yo estaba sentada a la mesa del comedor, donde a veces me quedaba a dibujar o a escribir o leer; ahora estaba leyendo La Historia del Surrealismo de Maurice Nadeau. De todos los libros que yo había tenido (de los míos), solo seis llevaba conmigo (los demás los había dejado en la biblioteca de Mara)… La muerte de Artemio Cruz…, Existencia, espacio y Arquitectura…, Lo sagrado y lo profano…, El I Ching..., En busca de Abraxas… Abraxas era otra forma de la Divinidad Suprema, quizá la verdadera forma o forma original…, un andrógino, me había dicho la Maga, y ya antes yo lo había escuchado de Hermann Hesse; porque Abraxas une lo divino y demoníaco, lo bueno y lo malo, lo femenino y masculino, el día y la noche… La unión sagrada de la dualidad es la unidad, un andrógino, otra manifestación de la Divinidad Suprema; porque también es una pareja, la Pareja Divina. Sin embargo, ella, la Maga, había postergado esta importante búsqueda para enfocarse solo en su tesis…, su investigación sobre la misoginia del patriarcado le daría más luces sobre esta divinidad que ella estaba buscando, y que los hombres necios habían enterrado… Abraxas era uno de sus miles de nombres…

 

–¿Y por qué quieres ir a India? –me preguntó la Maga muy extrañada cuando le revelé uno de mis más caros deseos–. ¿Vas en busca de un guru? ¿Te gusta el yoga? ¿Te gustan sus diosas y dioses, su mística…?

–¿Un guru? –le pregunté yo más extrañada aún–, ¿un guru? –volví a preguntarle revelándome neófita en ese asunto, pues apenas me acordaba de ese tema que había leído en El Mundo Pintoresco y otros libros. Lo que sí, tenía más presente era su yoga y sus diosas y dioses.

–Sí, un maestro espiritual –me respondió ella con paciencia.

–¡Ooh! –exclamé llena de asombro– ¿Un maestro espiritual es un guía? –tuve que volver a preguntarle después de un largo silencio.

–Claro –me respondió la Maga–. India también es la tierra de los gurus… Hoy en día existe el gran negocio del guru o mercado de los pseudo gurus o canguros que se hacen pasar por gurus auténticos (personas autorrealizadas). Por eso hay que tener mucho cuidado, hay que saber reconocerlos, a través de un feeling o atracción mística–… Y mi mente se trasladó aterrada a mis sueños con el laberinto de las infinitas posibilidades, donde una niña de ojos rutilantes me decía muy quedo al oído: Busca un guía… ¡Un guía!… ¡Un guru!… ¡Qué increíble!…  Ahora sentía que esa niña de mis sueños era esta misma Maga… ¡Sentía que esa niña se había materializado en la Maga!… ¡La Maga era la niña de mis sueños!… ¡No lo podía creer!… Mi corazón se aceleraba diciéndome que así había sucedido…, mi corazón y mi mente la reconocían…, aunque ella no se daba cuenta, o quizá sí… ¿Sería cierto?… o yo estaba loca…

–Un guía es un guru –repetí como un susurro–. Un feeling o atracción mística…

–Yo también fui a India en busca de un guru o una guía –me dijo ella–, pero no l@ encontré…, mas, en el camino encontré dos sabios proverbios, entre otros: “Cuando el aspirante está listo, aparece el guía o la guía”; y, “El maestro o maestra espiritual aparece bajo diversas formas”…

Un maestro espiritual –repetí sin entender exactamente lo que significaba espiritual; pero sí sentí que la Maga había sido mi guía al enseñarme que la gente también iba a India en busca de un guru o una guía espiritual, y que también este podría ser mi caso; pero solo agregué–. Yo solo busco otra forma de vivir.

–Todas las ciudades son las mismas, pérfidos laberintos de caos que succionan la vida de sus habitantes…

–¡Ooh! –exclamé admirada de su respuesta…, ¡ese era mi propio sentir!… La Maga era otra Mara, era como yo, queríamos cambiar el mundo, esta forma descabellada y mortal de vivir, donde la gente está estrellándose vertiginosamente en las fauces dolorosas de la muerte– Yo solo quiero fluir –le dije finalmente…, no tenía otra opción hasta ese momento, solo estar totalmente dispuesta, abierta a mi destino, así tuviese que pasar por otras grandes ciudades, pero ya nada me rozaría siquiera… Ahora comprendía que solo se trataba de armonizar el mundo interno con el mundo externo, el yin y el yang…; colosal tarea que la Divinidad Suprema nos ha dejado…, este es el codiciado ingreso al mismo centro del universo infinito donde los opuestos se concilian…, ese centro que es la Morada Suprema a dónde todos debemos dejarnos llevar atraídos por su fabulosa y fantástica existencia…; pero, ¿cómo llegar a él?...  

–Haces bien –dijo la Maga acariciando una ramita que había tomado de la grama–. Por mi parte creo que primero debo terminar mi tesis, luego me ocuparé de lo trascendental –agregó, riéndose relajadamente–; aunque no sé si sea lo correcto, pero por ahora lo siento así.  

 

¡Ooh, Maga! ¡Maga!…, cómo a veces recordaba tus pensamientos, tu sonrisa, tu mirada ausente…, tu cuerpo, toda tú… con tus lentes de sol…, sobre todo cuando yo pintaba, de muchas formas (con los pasteles que Mara me había regalado), el bello paisaje que transcurría ante mis ojos como una película mágica… Pintaba los árboles con el sol, los pájaros, el reflejo de la luna en el río, las casas flotando sobre las aguas, las canoas surcando habilidosas haciendo pequeñas olas…; también dibujaba el mar con el sol y un barco surcando sus aguas, ambos en diversas posiciones, acompañados por el cielo y pájaros volando… Página tras página…, pero lo que más me nacía dibujar, en esos momentos, era el opus alquímico, la luna y el sol juntos, en un solo círculo…, la ansiada unidad o el ser andrógino… O la luna y una estrella… señalando a oriente…, y escribiendo: Todo mi destino”… sobre las aguas del río… O, Desearás, elegirás… la medalla ya no tendrá dos caras” –como había dicho el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-1912) en su novela La muerte de Artemio Cruz–, sobre las aguas del mar… No había duda que yo estaba dibujando la luz que estaba buscando en esta terrible oscuridad…, la unidad o Divinidad Suprema en su manifestación de Verdad Absoluta…

A veces, yo también intercambiaba otros temas con los comensales que allí se quedaban, en la proa, después de tomar los alimentos. El señor de edad, que vivía en Iquitos, me ofreció su casa por unos días, hasta que yo encontrara trabajo, se lo agradecí con el alma; por lo menos ya podía sentirme segura de tener un lugar dónde llegar en Iquitos, el resto se vería después. Así pues, poco a poco los presentes se fueron enterando de mi largo viaje, de mis estudios…; incluso el piloto del barco, cuando se enteró que yo era bachiller en arquitectura, no perdió ni un minuto para preguntarme si podía hacerle los planos de su propio barco… ¡Un barco!…, ¡diseñar un barco!…, no lo podía creer…, yo, que venía dibujando tantos barcos surcando los ríos y el mar… No podía creer que yo me encontrase de repente dibujando un barco en sus distintas dimensiones…, un barco de verdad… Cuando acepté el proyecto, de inmediato me relevaron de mis funciones; en adelante, solo me ocuparía de diseñar el famoso barco del piloto del Titanic. Fue una bella aventura, con mis herramientas de dibujo hice varios bosquejos que el piloto fue depurando, y entre sus indicaciones y mi fantasía, terminamos el anteproyecto antes de llegar a Iquitos. Yo ya no volví a lavar los platos…, llegué como una pasajera más a esta bella capital de nuestra profunda selva peruana…

 

El último día de viaje sentí mucha pena de volver a mi triste realidad de encontrarme de nuevo sin rumbo y sin destino…, viviendo de nuevo esos raros momentos en que me embargaba el temor de la partida hacia lo desconocido, por más que supiese que mi destino era el mar y la exótica India a donde me dirigía, ciertamente, en busca de un guru o una guía para resolver las preguntas más acuciantes de mis asuntos existenciales… Miraba con tanta pena el camino recorrido, que no reparé mucho en el puerto a donde habíamos llegado, solo me acuerdo que lo vi todo más grande…, el puerto, los barcos…, el río… Habían sido diez días…, ¡diez días!… de solaz esparcimiento en un mundo verdaderamente encantado; mas, ahora yo no tenía que perder de vista al señor de edad que me había invitado a pasar unos días en su amable casa, así que me apresuré con mis cosas y salí tras este señor que también apuraba a su familia a salir del barco; apenas pude despedirme de los demás pasajeros… Tomamos un taxi hasta la casa del caballero que quedaba por las afueras de la ciudad, un poco lejos… Era una hermosa casa de adobe, con tarrajeo de barro, techo de paja y tejas…; se sentía agradable el olor a tierra húmeda, a vaca, a gallinas…, y Santiago de Chuco se hizo presente en mi memoria…; no sé por qué se me vino a la memoria aquella hermosa excursión que hicimos con mi hermana Mery y el padre Antonio Nicolau Truyol a Suruvara, donde ella estaba reemplazando a una profesora de la escuelita primaria por unas cuantas semanas.

 

Fuimos a pie con el padre Antonio, fue una larga y hermosa caminata… Mery y el padre iban conversando todo el tiempo, mientras yo iba contemplando el paisaje a mi regalado gusto… A veces los tres cantábamos los dos últimos hits de Raúl Vásquez: La plañidera, la plañidera… que sus lágrimas vendió… y, La tierra, la tierra no era fértil, si el río se secaba, sus siembras se perdían; pero él con un poco de amor hacía que brotara aunque sea una flor…, y otras canciones que el padre había traído de España, su tierra, como… Isla de Mallorca, isla del amor…, qué bonita eres de noche y de día… de Los Javaloyas; incluso cantamos esta pequeña canción que ese querido amigo me enseñó aquel día: ¡Oh, Señor! mueve mi alma… ¡Oh, Señor! mueve mi alma… Tan fuerte que me sacuda, tan suave que me consuele, tan hondo que ame la vida… ¡Ooh, hazlo Señor!… Cuando llegamos a Suruvara, el párroco se fue a casa del gobernador luego de dejarnos a mi hermana y a mí en donde ella se hospedaba. Al día siguiente, Mery me llevó a la escuela donde fui su alumna junto con los demás niños. Aquella fue toda una oportunidad para conocer más de cerca a aquellos niños tímidos y humildes que se corrían de mí, eran más tímidos que yo… Lo que más me llamó la atención fue que esos niños venían de muy lejos a estudiar, trayendo en su alforja casi nada de almuerzo, solo un poco de cancha o maíz tostado y un pedazo de queso… Pero lo que más, más me llamó la atención fue cuando uno de esos niños por fin rompió el hielo y me preguntó curioso e inocente: ¿Es verdad que en Santiago hay luz?, y trató de esconderse detrás de otro niño… Sí, le respondí un poco desconcertada por la (aparentemente) absurda pregunta… Y, ¿cómo es la luz?…, volvió a preguntarme el mismo niño…, quedé muda e inmóvil de asombro ante este inesperado hecho… Aquellos niños no conocían la luz eléctrica, aquellos caseríos se iluminaban solo a la luz de una vela o de la luna dorada… Yo, ni en sueños había imaginado esta triste o afortunada realidad… Luego de unos días nos regresamos con mi hermana a Santiago, de nuevo a pie, pero esta vez sin el joven cura que tan amenamente nos había escoltado…

 

El señor de edad me instaló en un rincón de su pequeña salita. De allí partí durante tres días a conocer Iquitos y a ver que me deparaba el destino… Cada vez iba comprendiendo un poco más que yo, ciertamente, había llegado a la misma Amazonía, específicamente a la región donde confluyen los dos poderosos ríos que dan nacimiento al uno…, el único…, al grandioso, al más grande de todos los ríos del continente americano…, el río más largo y caudaloso del mundo que desemboca en el Océano Atlántico…, el gran río Amazonas… formado por el famoso Ucayali que nace en la Gran Montaña del Colca (donde estuve con Mara, en Arequipa), y el famoso Marañón que recorre mi dulce sierra del norte, pasando por Santiago de Chuco y Huamachuco… Yo me encontraba completamente admirada por esta magia, por esta revelación de los hechos…

 

Ir al puerto principal fue todo un ritual, fue muy místico encontrarme con el poderoso río que me había llevado hasta sus aguas para fluir con su corriente hacia el mar… Era demasiado sobrenatural que el gran río Amazonas me estuviese llevando al mar… ¡Al mar!… ¡Era el mar a donde yo me estaba dirigiendo! ¡El mar!… El mar que tanto amaba desde niña… y yo estaba yendo allí…, ¡allí!…, ¡como un río!… ¡Aaah!… 

 

(6) “Yo soy el río que viaja en las riberas,

árbol o piedra seca

Yo soy el río que viaja en las orillas,

puerta o corazón abierto

Yo soy el río que viaja por los pastos,

flor o rosa cortada

Yo soy el río que viaja por las calles,

tierra o cielo mojado

Yo soy el río que viaja por los montes,

roca o sal quemada

Yo soy el río que viaja por las casas,

mesa o silla colgada

Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,

árbol fruta

rosa piedra

mesa corazón

corazón y puerta

retornados. (…)”.


Era increíble esta hermosa nueva visión de la realidad, la trascendencia de esta dolorosa dualidad…, dos ríos uniéndose en uno solo corriendo hacia el mar sin límites… Era hermosa esta nueva comprensión que estaba llenándome de un poco de locura y un poco de terror…, a veces se mezclan sus aguas, a veces se separan… Me sentía poseedora de un extraño hechizo, de una misteriosa magia… ¡Ooh, diosas y dioses!…; y de repente…, apareció Brasil en mi horizonte… ¡Brasil!…, estaba demasiado claro que Brasil era mi próximo destino, Brasil era mi próxima parada olímpica…, ¡no lo podía creer!… ¡No lo podía creer!… Brasil…, ¡esa era mi ruta!…, el destino me señalaba salir del Perú para internarme en el Brasil, no había otro camino que navegar por el Amazonas para llegar al mar…; y así yo lo había pedido…, porque el mar es el destino del río…, y…, yo soy un ríoEntonces, ¡continuaría mi gran viaje a India por el Océano Atlántico!... ¡En barco!..., tal como lo venía haciendo en mis dibujos… ¡Oh, diosas y dioses!... De Brasil me iría en un barco a India…, al otro lado del mar… ¡Aaah! … ¡Esa era mi ruta! ¡Esa era la ruta que el destino tenía trazado para mí!… ¡Ooh!…, sentía que había logrado el tan deseado opus alquímico donde todos los deseos se hacen realidad… Por supuesto que hice de inmediato las respectivas averiguaciones del viaje hasta la frontera…, y allí, en el puerto de Iquitos me encontré hablando con el dueño del navío Las Tres Fronteras para que me llevase a las tres fronteras en vivo y en directo: Santa Rosa (Perú), Tabatinga (Brasil) y Leticia (Colombia); y yo a cambio, iría lavando platos. El dueño del barco aceptó sin dudarlo mucho, porque coincidentemente, le estaba faltando alguien para esta tarea; y también aceptó que yo me instalara de una vez con mi sencillo equipaje. Era un barco de pasajeros y carguero al mismo tiempo…, partiríamos en tres días más…, tenía tiempo suficiente para merodear por las calles de la ciudad, el mercado, su Plaza de Armas…

 

Uno de mis lugares favoritos era la Plaza de Armas donde tomaba de vez en cuando un chupete de aguaje, me encantaba… y me acordaba del pequeño Aleph, cuando le gustaba saborear el dulce helado para refrescarse, aunque sea del suelo… Sentía pena de que nadie de los míos estuviese conmigo para vivir esto sumamente maravilloso…, vivía tantas experiencias nuevas…; incluso la de prepararme yo misma mis propios cigarros de la hoja de tabaco enrollada que había comprado, solo tenía que rasparla; además, también podía fumarlo en mi pequeña pipa, regalo de mi padre, el tabaco que él usaba era el Amphora, ¡ah!, esos sobres fueron mis primeras carteritas de juegos… En esto pensaba cuando me encontraba sentada en una banca de la Plaza de Armas, enrollando mi cigarro… Apenas lo prendí, un hombre de mediana edad se acercó a mí y me preguntó con el ceño fruncido: Do you speak english?… (¡Un extranjero!, murmuré para mis adentros). Abrí muy grandes mis ojos y le respondí moviendo mi cabeza de un lado a otro: Com si, com sa…, y agregué al instante, riéndome de mi divertida respuesta: Why?…, tratando de dar una buena impresión… Mentira…, era muy poco el inglés que yo sabía, el del colegio, el más básico de lo más básico; pero aun así me lancé a la piscina sin saber nadar… El joven, ayudado por su libro de inglés-portugués (el portugués es similar al español), me hizo comprender que necesitaba ayuda, la policía de migraciones no quería sellarle el ingreso al Perú, y yo no tenía ni idea de visas; y para comprender el problema mejor nos fuimos de inmediato a la oficina de migraciones. Lamentablemente, él ha entrado al país sin visa y para entrar al Perú él necesita visa, dijeron ellos, él tiene que solicitar la visa en el consulado peruano de Leticia, en Colombia; o sea que el joven tenía que volver a la frontera de donde había venido…, no había nada más que hacer. Y cuando él me dijo que volvería a Tabatinga en Las Tres Fronteras, casi me da un patatús; sin duda alguna, este era otro hecho insólito… Yo también voy allí, le dije. Así que juntos regresamos a nuestro barco donde éramos los únicos pasajeros instalados, no teníamos casa, familia ni hotel…


Así fue como conocí a mi querido Massoud Khodabandelou, iraní, cuarenta y dos años, profesor universitario… El bello Massoud era moreno, parecido a Hernán en su color y facciones, un poco alto, delgado; él decía que normalmente era más grueso, pero por el viaje estaba muy delgado. Había salido de su patria ya casi medio año, llegando primero a Alemania (Berlín) donde estuvo tres meses en casa de unos compatriotas suyos, su destino era Canadá donde estaba esperándole un pariente, y luego llevaría a su novia y a otros familiares. Massoud venía huyendo del régimen autoritario de Ayatollah Khomeini (1902-1989) y de la guerra con Irak (1980-1988), y estaba muy pero muy temeroso porque Canadá ni ningún otro país quería darle la visa y porque se le estaba terminando su dinero ahorrado. Y en vista que ya se le había cumplido su visa de turismo en Alemania, no le había quedado más que venir a cualquier país de América para viajar de país en país hasta llegar a Canadá, porque de ninguna manera quería volver a su patria. Brasil fue el único país que le dio la visa y Massoud se vino de Berlín a Río de Janeiro, de allí se vino a la Amazonía y de aquí viajaría a Venezuela o Colombia, y luego por Centro América, México, USA y por fin Canadá; pero cuando supo que Perú sí le daba la visa, no dudó en tomar esta ruta, luego viajaría a Ecuador, Colombia, Panamá… No obstante, Massoud seguía temeroso de que también le negasen la visa en la frontera, por ello me pidió por favor, que cuando llegásemos a la frontera, lo acompañase al consulado. Claro que acepté, total, estábamos en la misma ruta.

 

En tanto, iniciamos nuestro viaje por el gran río Amazonas hacia la frontera… Yo, al igual que en El Titanic, tomé responsabilidad de mi trueque, de pasar (a las horas indicadas) los platos servidos a los pasajeros que retozaban en sus hamacas o en las bancas de las barandas alrededor del barco, y luego los recogía para lavarlos en la cocina. Massoud se sorprendió de mi forma aventurera de viajar, eso le daba ánimos, fue comprendiendo que él no moriría de hambre en el camino y que sea como sea llegaría a Canadá… Durante nuestro viaje, él también se animó a ayudarme a recoger los platos y a lavarlos junto conmigo, luego, me esperaba para comer juntos… Después de cumplir con mi trueque, a veces conversábamos, Massoud y yo, muy pegados a la baranda, mirando el río…, el paisaje…, a veces íbamos en silencio. A veces yo iba recitando El Río de mi querido Javier Heraud…

 

(7)   Yo soy el río que canta al mediodía y a los hombres, que canta ante sus tumbas, el que vuelve su rostro ante los cauces sagrados. (…)”.

 

Por las noches Massoud tendía su hamaca en el suelo, al lado de mi sleeping y así dormíamos juntos. Entendernos fue todo un juego de gestos, bromas y risas…, me parecía tan increíble que él hablase persa, que me parecía todo un personaje salido de Las mil y una noches vestido de jeans, polera celeste y botas marrones, pese al calor que hacía… Pero nos entendíamos…, me gustaba también que no hablase demasiado… Poco a poco fuimos haciéndonos amigos, poco a poco fuimos conociéndonos… Sin embargo, el hecho de que él fuera iraní me descolocaba sobre manera…, ¿cómo era posible que me hubiese encontrado con alguien que venía de oriente que era el lugar a donde yo me estaba dirigiendo? Era como si él viniese a darme la bienvenida y a orientarme…, entonces me hablaba de cuánto sabía de los hitos que marcaban mi nuevo trayecto, mi nuevo rally… Yo cruzaría el Atlántico… y llegaría al otro lado del mar…, a India… Llegarás al Taj Mahal, me dijo él tratando de resumir la espectacular historia del Shah Jahan y Mumtaz Mahal…, y me dijo que mi historia era la misma historia de un pececito que había escuchado alguna vez –cuando niño– de su abuela materna (ver Anexo 5)… Y yo quedé maravillada de aquel pececito que, al transformarse en una hermosa niña, también tenía una estrellita en su frente, como la niña de mis sueños… ¡Ooh, diosas y dioses!


IV. Parte 3 - Massoud Khodabandelou

 

Un día antes de llegar a la frontera, se me ocurrió mostrarle a Massoud mis dibujos…, y se quedó muy impresionado cuando vio la estrella y la luna juntas, repitiéndose en variados diseños… Es un símbolo de oriente, dijo…, y quedamos anonadados; y peor aún cuando le mostré mi moneda misteriosa no identificable, contándole que yo la había dibujado en mi collage, allá en Tingo María…; tal vez él pudiera conocerla… Cuando la vio, lo vi aterrado… Es la moneda de mi patria…, dijo doblemente sorprendido… Por supuesto que yo también quedé brutalmente impactada, porque…, ¿acaso no tenían nada que ver mis dibujos con su presencia?… ¡Claro que sí!... Estaba completamente segura que mi atracción por esta moneda y por la estrella y la luna, tenía que ver con su aparición… Massoud trataba de ocultar su terror… evidente sin conseguirlo…, y se fue alterando y aterrando cada vez más y más, dejándose llevar por sus temores y su paranoia, estallando en graciosas acusaciones hacia mi persona… Hasta que llegó a decirme que yo no era de este planeta, que a lo mejor era una bruja o una emisaria del mismo Khomeini para atraparlo y repatriarlo… Yo no lo podía calmar…, trataba de explicarle que yo misma estaba asombrada de mi propio arte, pero que eso nada tenía que ver con hechicería…, o tal vez sí…, porque sí tenía que ver con la magia…, lo cierto era que la materialización de los pensamientos o la premonición de los acontecimientos eran magia y ciencia al mismo tiempo o una ciencia mágica o una magia científica…; pero que no había nada que temer… Mas, Massoud no se calmaba…, tuve que dejarlo consigo mismo caminando sin control de un lado a otro, dejando su hamaca tirada en el suelo…; aunque no por mucho tiempo, porque luego tuve que soportar sus torpes disculpas cuando volvió a la normalidad… No era para menos comprender sus traumas y conflictos, él era un hombre antisistema; pero, de su patria, no del mundo, porque sí le atraían las grandes ciudades: París, una de las primeras grandes ciudades del mundo patriarcal moderno; Nueva York… Le gustaba la tecnología, la admiraba, soñaba con teléfonos unipersonales; para él, el mundo estaba en progreso continuo y nosotros éramos testigos de su cúspide tecnológica; a mi ver, él aún no era consciente, de que ese éxito era unilateral (por lo tanto, incompleto) porque había sido a costa de haber explotado (sin alma) a nuestra propia madre naturaleza, la diosa Pachamama, y a la mujer; y mucho menos era consciente que esa parte que él rechazaba (la mágica), era la otra parte de sí mismo, la energía femenina, mística, de su propio ser… Lo abracé como se abrazan los guerreros de mi tierra, con mucha fuerza para darle ánimo, y de paso… terminé besándolo fuertemente en la boca… Hicimos las paces y nos olvidamos de los dibujos, de las monedas y de Edith Piaf…, conservando en mi interior la certeza de que mi viaje a París, era un hecho…; pero no, no…, mis cinco francos y Edith Piaf ya me habían otorgado mi encuentro con París…, la Maga…, París era la Maga…, la Maga era París…, de ese París donde se gestan las más sonadas revoluciones…, dicen… De ese París surgiría mi querida Maga con su tesis (su aporte): La misoginia del patriarcado…, para hacerme consciente de esta visión que había estado oculta…, y yo me estaba haciendo cada vez más consciente de nuestra deplorable condición de seres doblemente condicionados…, mis ojos estaban desorbitados…

 

Fueron cinco días de maravilloso navegar. Fue muy bueno para mí llegar a Tabatinga con Massoud, porque al menos él ya conocía la ciudad, y yo poco a poco iba introduciéndome en el movimiento de esa zona fronteriza y su novedoso idioma, el portugués. Lo que más me gustaba de esta zona era que uno podía quedarse en cualquier embarcación, siempre y cuando los dueños de los barcos lo aceptasen hasta tomar el próximo navío. Así podíamos quedarnos con Massoud en alguno de esos barcos, pero él insistió en que fuéramos a un hotel para descansar como personas civilizadas, nos lo merecíamos luego de la incomodidad de un largo viaje a pesar de que él tenía su hamaca a cuadros, verdiblanco, y yo solo mi saco de dormir. Llegamos a un hotel sencillo de dos estrellas, tomamos un solo cuarto… con una cama, una mesa y una silla…; y allí nos quedamos por tres días… El pobre, realmente necesitaba descansar, en realidad, los dos necesitábamos relajarnos de toda la presión de nuestro largo viaje… Así, él me fue contando más de su familia, de su novia, de su país, de las costumbres de su tierra que algunas parecían tan arcaicas…; por ejemplo, que después de orinar o defecar se lavasen los genitales con agua y con la mano izquierda, o que la mujer mantuviese el rostro cubierto la mayor parte del tiempo…, ahora comprendía por qué él quería vivir más civilizadamente.

 

Y nos fuimos mostrando mutuamente nuestras pertenencias, desarmando nuestro equipaje de viaje… Massoud cargaba una maleta grande, una mochila y una bolsa de mano…, dijo que en el camino le había tocado regalar muchas cosas, que había salido con demasiadas cosas de su hogar y que ya se había deshecho de una maleta; ahora quería regalarme a mí algunas cosas que él ya no quería llevar, solo acepté su pequeño radiocasete y su Corán en versión diminuta… Por fin, él resumió su equipaje a su mínima expresión tanto como pudo, pues no conseguía despegarse de todo aquello cuanto amaba, llevaba hasta una cafetera de porcelana que me hacía recordar la maravillosa lámpara de Aladino… Esa primera noche nos amanecimos conversando y mostrándonos nuestras cosas, apenas dormimos…, nos acomodamos juntos en la cama como si fuera lo más natural…; yo pegada a su cuerpo con mi cabeza sobre su pecho, estábamos con pantalones cortos y poleras, cubiertos por una sábana blanca… El que Massoud tuviese novia me permitía abrazarlo fraternalmente como me abrazaba la Maga…, sin embargo…, yo sentía que tarde o temprano, los dos terminaríamos vencidos por el deseo sexual… porque él me gustaba…, me recordaba a Hernán…, mi Hernancito, con quien vibré casi de la misma manera en que lo hice con Mara…, aunque en forma distinta… Esa noche soñé con la Maga que me decía sonriente: tú y yo somos de la misma camada…, y yo quise preguntarle qué significaba eso, aunque en el fondo yo lo sabía, pero no me atreví…; empecé a temblar como una colegiala, queriendo mostrarme a su altura, pero no pude…, me avasallaba la pasión…, el deseo…, y me avergonzaba de ello, porque yo bien sabía que el deseo carnal es lo más básico y yo ya no quería estar para esas cosas básicas, y sentía que la Maga tampoco… Yo sentía que tenía que dominar esa poderosa energía de pasión sensual, para trascender esta efímera realidad del mundo físico y transmutarme…, y al mismo tiempo sentía que yo necesitaba de la Maga para hacerlo.

 

Al día siguiente, Massoud se vistió muy elegante para impresionar al cónsul peruano (ni siquiera tomamos desayuno), llevaba al cuello su cámara fotográfica y yo era su guía turística “a la que ya había pagado por adelantado para llevarlo a Lima y a Machu Picchu”, eso fue lo que le dijimos al cónsul. El cónsul ni se inmutó, a ojo cerrado le dio la visa y nos despidió, asegurándonos que ahora sí le sellarían en migraciones su ingreso al Perú. Salimos del consulado cantando, radiantes y felices… ¡Canadá! ¡Canadá!…, tarareaba Massoud besando su pasaporte…; nos fuimos a festejar con pollo asado al aire libre (en la calle)… En el camino saboreamos un helado de aguaje y luego nos tomamos una foto de cuerpo entero, bien abrazados…, en realidad nos hicimos tomar varias fotos… Esa noche, Massoud compró una botella de vino e hicimos nuestra propia fiesta en el pequeño cuarto del hotel…, ya no me importó abrazarlo desnudo aun sabiendo que tenía novia…, aunque me costó mucho dirigirlo por la senda del abrazo calmo, tierno, sereno, para que no caiga en el torpe jadeo del molde patriarcal… Entonces evocaba aquella mística asexualidad de los abrazos de Mara y de la Maga…, siendo inevitable que mi mente y mi corazón recordasen nuestros momentos más íntimos y extraordinarios; a la vez que yo pensaba…, tal vez, él también esté recordando a su novia…; entonces, yo le traía a la realidad de estar solo conmigo a solas…, los dos solos…, y él se dejaba llevar por nuestros abrazos fuertes que lo serenaban, lo calmaban y terminábamos satisfechos, pero más abrazados que nunca…, como verdaderos amigos, amantes, hermanos… como Mara y yo, como la Maga y yo…

 

Al amanecer…, nos dimos con la fantástica sorpresa de ver el cuarto poblado de mariposas de variados colores…, fue una visión muy irreal…, quien sabe a qué hora de la noche habrían entrado llenas de sigilo…; había mariposas en las cuatro paredes, en el techo, sobre la cama, la mesa, la silla, la maleta, las mochilas, el suelo… Apenas nos movimos, las mariposas revolotearon y nos quedamos abrazados, observando este mágico despertar hasta que el hambre y la sed nos sacaron de la cama…, para descubrir que ambos llevábamos casi las mismas cosas para el desayuno: un tarro de leche en polvo, un vaso tapers para pedir agua en el camino –ya sea en una casa o en un restaurante–, ya para tomarla o para preparar nuestra leche, también llevábamos azúcar para endulzarla y tomar con pan, eso nos gustaba…

 

Cuando llegó el momento de despedirnos, Massoud no se sintió seguro de retornar solo a Iquitos, entonces, me pidió que por favor lo acompañara en este viaje de regreso a Iquitos, es decir, a la oficina de migraciones, porque él sentía que esa era la única manera de asegurar su ingreso a Perú. Acepté, total, Massoud se comprometía a pagar mi pasaje de ida y vuelta para continuar con mi viaje destino a Manaus, la capital del estado de Amazonas en Brasil; incluso me regaló su mapa enorme de este enorme país y su diccionario de inglés-portugués, dijo que yo los necesitaría más que él, ya que él se compraría un mapa del Perú y Centro América, y un diccionario de inglés-español; eran cosas que nunca se me habría ocurrido comprar: el mapa del Perú, por ejemplo, me lo conocía de memoria…, y ahora, increíblemente, estaba explorándolo en vivo y en directo… Recuerdo que en la casa del señor Calonge en Santiago de Chuco, cuando todos estábamos sentados a la mesa, a la hora de almuerzo, mi padre nos tomaba la lección de todos los departamentos y provincias del Perú, con sus respectivas capitales; lo mismo que de todos los países del mundo y sus ubicaciones; nos preguntaba de sus principales selvas, cordilleras, montañas, ríos, mares, océanos… y de las maravillas del mundo… Con él estudiábamos geografía, él fue quien me regaló mi colección de trípticos turísticos, porque yo me encontraba más interesada en ellos que mis hermanas; y con mi madre estudiábamos historia…, a mí me encantaba cuando ella nos contaba de las revoluciones…, de la revolución francesa (1789-1799) con su punto culminante, la muerte de Marat por el puñal de Carlota Corday (1793)…; de las revoluciones de las sufragistas, de los obreros…, de la revolución del cubano Fidel Castro (1926-2016) y del argentino Ernesto Guevara (1928-1967)..., entre otras.

 

El viaje de regreso a Iquitos fue de lujo, regresamos en el mismo navío que nos había llevado hasta Tabatinga, Las Tres Fronteras, sin que yo tuviese la necesidad de recoger platos ni lavarlos. No obstante, los temores no dejaban de asaltar a Massoud…, y él trataba de explicarme, bajo mi espeluznante asombro, cómo él se sentía dentro de un gran túnel oscuro y frío… o pozo profundo…, buscando una puerta… ¡La puerta!…, ¡la puerta!, ¿dónde está la puerta?, se preguntaba a sí mismo tomándose la cabeza con las manos, cubriéndose los oídos para no escuchar más esa atroz pesadilla en que ningún país quería recibirlo, todos le negaban la codiciada visa; se sentía atrapado…, sin salida…; esperando una noticia feliz que no llegaba, la muerte del AyatollahPara reconfortarlo, yo, maravillada de encontrarme con estos sinsabores conocidos, le mostré aquella hermosa fotografía que Mara me había regalado, la de la puerta abierta de su cuarto que ella misma había tomado desde el interior de su habitación hacia afuera, se veía el marco de la puerta, el centro de Lima y su río…; aunque apenas podía distinguirse ese maravilloso río hablador…, el río Rímac, donde yo había iniciado mi gran viaje al otro lado del mar, al otro lado del mundo… Aquí está la puerta, le dije, y la puerta está abierta… Massoud quedó perplejo ante esta otra muestra de la magia del pensamiento y del poder de las palabras… Al reverso de la foto Mara había escrito su hermosa poesía Nothing is imposible… Con este mensaje yo había salido del cuarto de Mara, con toda la seguridad de que yo cumpliría los tres deseos más caros de mi vida… Y ahora, yo misma le estaba entregando este mensaje a Massoud, tal como hacen los atletas o chaskis de mi tierra cuando recorren de un lugar a otro, para entregar la antorcha olímpica o el mensaje al nuevo mensajero que irá al nuevo lugar… Massoud estuvo muy de acuerdo con esta idea nada loca; y por supuesto que con mucha pena le regalé mi foto diciéndole que ya no tenía nada que temer: él llegaría a Canadá y yo llegaría a India, y así fue…

 

Obviamente, cuando llegamos a Iquitos, en migraciones, la policía no puso ningún reparo en sellarle el pasaporte y Massoud ya se encontraba legalmente en tierras peruanas. Ahora yo me encontraba en el deber de ayudarle a llegar a Lima para conseguir su próxima visa: la de Ecuador. Tuve que explicarle todo el trayecto y tranquilizarlo con una cartita para Mara, donde iba anotada su dirección, el número de su teléfono y le pedía, por favor, que ella también le ayudase a conseguir la visa ecuatoriana en Lima; prácticamente a hacer lo mismo que habíamos hecho Massoud y yo en Tabatinga, excepto lo del hotel, por supuesto, ¡ja!… De esta manera rompí mi silencio con Mara…, aunque no era mi deseo, si lo era íntimamente…; tal vez porque presentía que ella no se encontraba del todo bien, que al igual que yo, ella estaba sufriendo por nuestra separación y mi silencio, lo mismo que mi querida madre… Ahora me correspondía darle a Mara la oportunidad de responderme, pero yo tenía que buscar un lugar donde quedarme el tiempo necesario para recibir su respuesta y saber cómo se encontraba… Así llegó el momento de despedirnos, Massoud y yo…, él me embarcó en el navío El Emperador y no se movió del muelle hasta que mutuamente nos vimos desaparecer… ¡Ah, Massoud!… Además de comprar mis pasajes, él me había regalado treinta dólares, para lo que fuese, dijo. Diciéndome también que era muy poco lo que me daba para ayudarme, pero es que no tenía más; sin embargo, ahora, él sabía que podía cambiar su trabajo por comida, ya no tenía miedo de que se le terminasen los pocos ahorros que le quedaban consigo, él llegaría a su meta y su destino. Al despedirnos, volvió a insistirme, por última vez, que me fuera con él a Canadá, lo cual volvió a ser en vano porque mi camino era otro sin duda alguna; lo último que le acepté fue su bella hamaca, ya que él alegaba que yo la necesitaría más que él en mi nuevo trayecto.

 

Mi regreso a Tabatinga fue la continuación de mi propio viaje… Massoud me había distraído mucho de mi propio panorama y también de mi dolor por la separación de mis seres queridos… Ahora, pensaba en Mara más que nunca, en cómo recibiría a Massoud y mi mensaje donde le contaba brevemente por dónde me encontraba…, era seguro que Massoud le pondría al tanto de nuestro encuentro y sus detalles… Guardé muy bien los treinta dólares que Massoud me había regalado y me acordé de mi querida madre…; no, yo no podía darme el lujo de gastar ni un céntimo en algo que no fuera comida o algo muy esencial, no podía gastar más de lo necesario, sabiendo sobre todo, que mi madre tal vez estuviese pasando hambre con mis hermanos… Pero no, eso no estaba pasando ni pasaría, mi madre nunca nos hizo pasar hambre…, ella era una valiente guerrera que aprendió muy bien el arte de ganarse la vida, aprendió el arte de vender en este descomunal mundo del comercio…, y lo hizo muy bien, se volvió una experta… Ya antes, fue ella quien me impulsó a que yo vendiera los productos Yanbal para ayudarme en mis gastos personales (sobre todo)…, pero solo vendí una temporada en que nosotros y los vecinos fuimos los únicos compradores. Después, no pude hacerme cargo de este rubro porque mis estudios en la facultad no me dejaban mucho tiempo libre…, hasta que mi madre decidió tomar, ella misma, el toro por las astas…, y se volvió una excelente distribuidora de la línea de cosméticos Yanbal… Fue todo un aprendizaje para ella, doña Cinthya Sierra fue quien la entrenó a tocar puertas y a vender los productos de persona a persona. Mi madre nos contaba que al comienzo le daba mucha vergüenza hacerlo, pero poco a poco fue venciendo su timidez y se lanzó a ese competitivo mundo del mercado, incursionando también en la compra y venta de ropa; donde también la ayudaron Aída y su madre, doña Mery, quienes ya eran expertas en este trabajo. Con ellas, mi madre también aprendió a viajar a Arica, frontera con Chile, para traer ropa, cosméticos, conservas y demás productos a Arequipa y a venderlos a buenos precios… Recuerdo que Enrique la acompañó algunas veces y creo que Rafael también alguna vez…, incluso mi madre viajó con Vanita, mi sobrina engreída, hija de Mericucha.

 

Más adelante, mi madre también incursionó sola por Juliaca, donde rememoró su estancia con papá y el nacimiento de sus cuatro hijas, hospedándose en casa de Clorinda, una de las hermanas de Justo Pachari. Luego incursionó por el Desaguadero, frontera con Bolivia, para traer sus variados productos a pedido, especialmente de los trabajadores del Ferrocarril, entre ellos de su clienta favorita, a quien le estaba muy agradecida, Elizabeth Mardini, ex compañera de Mery en la UNSA; le estaba muy agradecida porque la primera vez que mi madre llegó a su oficina, ella, Elizabeth, les dijo a sus compañeros de trabajo: A ver amigos, ahora todos a comprarle todo a doña Elvirita... De esta manera, mi madre hizo su nueva clientela y su propio capital, y viajaba de cuando en cuando a traer su negocio…, no era malo hacerlo…, pero me daba inmenso dolor que tuviera que hacerlo mientras que cada uno de nosotros, sus hijos, había decidido buscar su propio destino por el mundo… Cuando llegamos al puerto de Tabatinga, fui de inmediato en busca de un barco que me llevase lo más pronto a Manaus, no quería esperar más. Tabatinga ya la había recorrido con Massoud, así que no precisaba recorrer más calles…, mi destino era el mar de Belém, capital del estado de Pará…, y de allí… India…



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