VI.
LA PREPARACIÓN
VI.
Parte 1 – Nuestro gran rally en Brasil
En Fortaleza también nos hospedamos en una
residencia universitaria, aunque solo por un par de días, pues todas las camas
estaban ocupadas. Allí también un arquitecto me dijo: Si te graduaras
sería mejor… Luego, nos fuimos con Mara a recorrer la gran ciudad y sus
famosas playas. Recorrimos el centro, conocimos la catedral, sus plazas y
malecones; después fuimos a la playa Iracema, y caminando por la ribera del mar
llegamos al puerto Mucuripe, donde tampoco encontramos los famosos cargueros
que fueran a India, tal vez solo era una leyenda…, mis sueños se desvanecían a
favor de los de Mara… Luego, en algún lado de esta orilla del mar, encontramos
unas hileras de casas muy pobres y provisionales, de gente de muy bajos
recursos, donde encontramos a una señora de muy avanzada edad que parecía vivir
sola, le pedimos albergue y ella nos lo dio; era una fantástica oportunidad
para dormir al lado del mar y contemplarlo a tiempo completo… Cuando nos
trasladamos, la señora nos cedió un rincón de su pequeña salita rústica para
colocar nuestra hamaca azul donde dormiríamos Mara y yo.
Esa primera noche pasamos unas buenas horas frente
al mar, yo sentada en la arena y Mara acostada, media adormecida sobre su bolsa
dormir, escuchando las olas del mar… Esa fue una de las noches más oscuras de
mi vida…, nítida, fuerte, fresca, silenciosa. No había más luces que las olas
del mar ni más sonido que su misteriosa respiración. Los barcos del puerto
habían apagado sus luces, se había ocultado el horizonte y mi corazón
ilusionado buscaba anhelante una estrella. Hasta esa noche no había visto nunca
tanta quietud ni tanta oscuridad en una playa, pero yo no sentía temor alguno,
sentía que la arena y las palmeras nos protegían a Mara y a mí; que el mar, el
viento y el cielo nos protegían; que tanto el día como la noche nos protegían…,
que nuestra madre naturaleza nos protegía…, que el ritual alquimista nos
protegía… Sentía que pronto yo cruzaría el mar como las estrellas cruzan el firmamento,
y encontraría la luz divina que con tanto anhelo estaba buscando en esta
terrible oscuridad…, la luz, la luz, ¡la luz es mi meta y mi destino!…,
me repetía para mis adentros… De pronto…, como si yo la hubiera invocado con mi
pensamiento…, miles y miles de estrellas aparecieron repentinamente suspendidas
en el regazo del cielo infinito, y el horizonte se hizo tan claro como si fuera
a salir el sol. De inmediato enderecé mi espalda plena de susto y quedé al
acecho, en espera de algo terrible o increíble por suceder. Mi corazón se
contrajo tembloroso, mi cuerpo se estremeció, el mundo todo quedó paralizado…,
mudo y…, mi mente asombrada se prosternó ante aquella maravilla de luz que
empezaba a emerger de los abismos del mar… ¡La luna!..., grité para
mis adentros… ¡Es la luna!… ¡Era la luna!…, la luna inmensa…
iluminando las aguas, el cielo, la noche estrellada, las palmeras, mi rostro
empapado de lágrimas que no podía contener… Había descendido el majestuoso
reino de la noche con su radiante luna dorada en medio de sus más espantosas
tinieblas… Era el bendito universo diciéndome que yo encontraría esa codiciada
luz, la luz…, la luz de la sabiduría yo la encontraría…; y apenas quería
moverme para no interrumpir aquel idilio conmovedor, ni siquiera quería
respirar…; tan fina y profunda era la calma de aquella noche encantada que no
quería espantarla con mi tosca respiración, arrítmica, deplorable. Tampoco
quería atreverme a recordar nada, a pesar que mis recuerdos eran como respirar
y vivir…, no deseaba más que perpetuar esa noche o morirme…; mientras Mara
descansaba… y yo notaba una escarcha dorada esparcirse sobre su frente y sus
sienes… Cuando ella despertó se acurrucó a mi lado y me dijo soñolienta: Vámonos, mañana
venimos de nuevo, y nos fuimos a dormir a nuestra humilde morada…; de donde
salimos los días siguientes a recorrer un poco más aquella novedosa ciudad, que
yo la encontraba un tanto irregular a pesar de su esplendorosa catedral con su
luminoso rosetón tratando de ordenarla; con sus singulares casonas coloniales
recubiertas de azulejos portugueses que brillaban con el sol, con sus calles de
mucho comercio, más que en Manaus y Belém… La estructura de la ciudad estaba
muy lejos de los dameros a los que yo estaba acostumbrada.
Una noche, llegó a la casa una muchacha joven,
morena, a dormir también en su hamaca que la colocó en la cocina. Ella dijo que
vivía allí porque no tenía donde vivir, pero que iba allí de vez en cuando y a
veces le daba algo de dinero a la señora, cuando le iba bien en su trabajo. Uno
de esos días, esta joven nos invitó a Mara y a mí, a una macumba de protección y prosperidad, que se
celebraría a altas horas de la noche en la cima de una colina no muy lejana.
–¿Qué es una macumba? –le preguntamos Mara y yo a
la joven.
–Es un ritual de encantamiento –dijo–. La palabra macumba
significa encuentro de poetas y poetizas, magos y magas que encantan con danzas
y conjuros, porque el mundo se desencantó con la luz de la razón –¡Ooh,
diosas y dioses!... Mara y yo quedamos fascinadas y encantadas con esta hechizadora
respuesta.
Y partimos un martes, como a las diez de la noche
rumbo a una loma no muy lejana, íbamos casi en silencio encaminándonos por la
playa, luego en fila india al empezar la subida de esa enigmática colina. La
zona era muy solitaria, desértica y oscura…, poco a poco empezó a escucharse,
cada vez más cerca, una música diferente al son de tambores y cánticos en coro…
La ceremonia ya había empezado. Arriba, sobre esa loma estaba la casa a la cual
nos dirigíamos, estaba iluminada y decorada con raros símbolos de rituales
conocidos y desconocidos, había gente por dentro y por fuera; las mujeres
llevaban largas faldas blancas llenas de hermosos calados y cintas
coloridas en el cabello, los hombres vestían pantalones cortos, la mayoría
llevaba el pecho descubierto.
Al llegar nos invitaron una bebida aromática, Mara
no quiso aceptar nada y yo la apoyé como siempre, era mejor que ella me cuidara
pues yo quería seguir, aunque sea los últimos pasos de ese ritual, hasta el
final. Bebí aquella agua que parecía de flores y un ardor me estremeció el
cuerpo. Entramos a la sala y vimos un gran grupo de hombres y mujeres bailando
y cantando acompasadamente en un gran ruedo. En el centro del gran círculo
había una pareja de morenos bailando descalzos y zapateando a todo dar; el
hombre llevaba un pantalón blanco a la canilla con una camisa celeste apenas
abotonada, la mujer llevaba un vestido blanco con encajes y un turbante blanco
en la cabeza (me hizo recordar a aquella sacerdotiza de Tingo María)…, ambos
lanzaban fuertes conjuros que eran respondidos por armoniosos coros… Son
místicos, le dije a Mara… ¿Serán?, me respondió ella… ¡Claro!,
le aseguré llevada por una intuitiva deducción… Estaba claro que eran una bella
comunidad, fuerte y consolidada, con una política cósmica y ancestral del ser y
saber en el mundo, que restaura la vida, renueva el axé o energía vital
y comprende el sentido de nuestra existencia.
Cuando llegó mi turno ingresé al ruedo y bailé
dejándome llevar por la música y sus acordes… Bailé por dentro y fuera del
círculo, incluso con la muchacha que nos había llevado allí, pues Mara no quiso
entrar al ruedo; pero yo no dejé de bailar…, y también lancé mis propios
conjuros y flechas terribles a todo aquello que quisiese privarnos de tan
encantador encantamiento… Lo contrario a la vida no es la muerte, sino el
desencanto, nos había dicho aquella joven, y esta era una hermosa
invitación a todos los que queríamos lanzar colectivamente nuestros gritos y
flechas para plantar vida, sembrar vida, cosechar vida…; como una gran
batalla contra el desencanto y la escasez… Al cabo de un par de horas más o
menos, las tres abandonamos el lugar, sonrientes… Mara y yo, cómplices de haber
traspasado una vez más el umbral de lo conocido, racional y convencional;
felices de haber sido encantadas por aquella impensable ceremonia
mística…, aun cuando Mara no hubiese querido beber ninguna pócima ni danzar en
el ruedo; aun cuando ambas sintiésemos que otro era nuestro andar... A la
mañana siguiente nos fuimos a la carretera para esperar un camión que nos
llevase a Canoa Quebrada, antes de proseguir nuestro gran viaje por la costa
sur del Brasil; pues sentimos con Mara que Fortaleza tampoco era nuestro
próximo hogar, y que más bien Natal, donde nace el Sol, podría ser,
por lo hermoso de su nombre…; desde ya, Natal era nuestra siguiente gran parada
olímpica… Nos guiábamos con el gran mapa que me había regalado Massoud...
Canoa Quebrada era en ese entonces una playa muy
concurrida por hippies, viajeros, artesanos, vagabundos…; donde se hacían
tatuajes de la luna, del sol y del mar; se fumaba un poco libremente el
canabis…; y en sus dunas estaba el símbolo de la estrella y la luna que tanto
me gustaba dibujar y contemplar, y que era un símbolo de oriente –donde nace el
sol–, la dirección a la que me estaba dirigiendo. Había muy pocas casas, todas
provisionales, tanto…, que uno podía moverlas a su antojo. Arrendamos con Mara
un cuartito por dos días, a cinco dólares por día, era un solo cuartito, pero
era como una casa… Me encantó este cuarto, aunque no así el entramado rudimentario
del pequeño pueblo que más bien era una aldea de pescadores…; pero no era como
yo la había soñado, eso lo vería después en una de las islas más hermosas de
Grecia, la isla de Mikonos. Sin embargo, en Canoa Quebrada volví a soñar,
dormida y despierta, con cuidar una de aquellas casas pitucas de la playa que estaban
desocupadas, mientras yo escribía la novela de mi vida, esta…, Los Místicos…, que estoy escribiendo… En Canoa Quebrada, me puse a dibujar
en plena playa, pequeños afiches con mensajes varios… “Yo soy el río”…
“¡Ama el mar… para meditar!” “¡Despertar!”, “Renacimiento”, “¡Yo soy el mar!… sin
destino y loco...”, y tantos
otros que fluían de mi corazón sin detenimiento…, como un río… La gente,
rodeándome, miraba y apreciaba mis dibujos hechos con pasteles, y yo seguía
mostrándoles mis mares, mis barcos, mis lunas, soles…, palmeras…, montañas,
ríos… No faltó quien me diera hasta una propina por mis dibujos… Luego, cuando
regresamos a Fortaleza nos enrumbamos hacia el sur por la costa atlántica,
siguiendo la carretera y el mapa…, fue apoteósico… A pesar que yo era feliz de
viajar con Mara, no lo era al mismo tiempo… porque había postergado mi propio
destino a favor del suyo…; pero aun así me gustaba nuestro nuevo rally, y yo la
complacería…, era importante que ella fuera feliz porque yo todavía la amaba,
con amor puro.
Viajábamos de trecho en trecho, de camión en
camión, mirando el mar…, conociendo diversos tipos de viajeros que también eran
hijos del mar; aunque ligados, de una u otra manera, a este sistema que se
hacía muy difícil de abandonar porque se había impuesto en el mundo entero, se
había normalizado el sistema patriarcal “ateo-capitalista-degenerado”…
Conversábamos un poco con aquellos viajeros, los conocíamos otro poco y
continuábamos nuestro gran viaje sin detenernos con ninguno ni en ningún lugar…; escuchando en sus radios El Camionero del brasileño Roberto
Carlos (1941), ¡en portugués!, y Polvo en el viento de la banda
estadounidense Kansas… En tres
ocasiones, los choferes de los camiones nos invitaron a cenar en esos
restaurantes de la carretera, con baños y duchas públicas; donde pudimos ver
con mucha pena a niñas ofreciendo sus servicios sexuales en la calle... Y en
una de esas veces tuvimos que dormir en uno de los baños de esos restaurantes
de la carretera, porque no hubo camión que nos llevara hasta Natal. Acomodamos
el sleeping y la hamaca en el suelo, al lado de la puerta del baño, sobre unos
cartones y nos cerramos con seguro. Al día siguiente, luego de ducharnos
salimos a la carretera para esperar a alguna alma misericordiosa que nos avanzase
en nuestro camino.
Nos encontrábamos esperando de pie o sentadas sobre
una piedra, no caminábamos mucho por el peso del equipaje que llevábamos…, cuando
un par de jóvenes muy emprendedores que iban en un minibús, se detuvieron y se
ofrecieron a llevarnos rumbo a Natal, era poco más del mediodía. Cerca de Natal
se quedó el copiloto y proseguimos con el piloto nuestra marcha a la ciudad. A
la entrada de Natal, el joven se detuvo en un motel y nos preguntó si queríamos
pasar allí la tarde y la noche… Con Mara nos miramos de reojo un poco
desconcertadas e intrigadas. Pues claro, me dijo Mara con un gesto
más que evidente, ¿quién no va a querer pasar aquí la noche?… Y las
dos lo miramos a él esperando que nos dijera algo más… concreto…, pero el
muchacho no dijo nada, pagó la entrada y entramos a una cochera; bajamos los
tres del minibús con nuestras cosas y subimos directo a una habitación amplia,
cinco estrellas, el baño tenía jacuzzi. El muchacho era rubio, delgado, ojos
grandes, guapo, estatura mediana, muy bien vestido, tenía dinero. ¿Será
que quiere acostarse con las dos?, pensé… o tal vez quiere
acostarse solo con Mara… Yo esperaba que Mara me dijera lo que pensaba o
que él se manifestara, se pronunciara, pero ella seguía revisando el lugar y él
se sentó en la cama como todo un caballero bien educado y prendió el televisor.
En ese momento llamaron por teléfono y él contestó pidiendo champán, cigarros y
la sección de películas para ver en el televisor. Seguimos conversando, Mara
hablaba con él más que yo, hablaban en portugués. Llegó el champán, tomamos,
fumamos, el joven puso la sección de películas; luego, sacó una cajita de
canabis, armó un par de porros y nos regaló uno… Después nos dijo que ya se
iba, dijo que todo estaba pagado y que podíamos quedarnos hasta el mediodía del
día siguiente, y se despidió de nosotras ante nuestro gran asombro y estupor,
estábamos de una pieza, no lo podíamos creer… Mara y yo, teníamos toda una
pieza de lujo para nosotras solas; nos abrazamos, saltamos de contentas y nos
metimos en el jacuzzi, Mara no quiso fumar el canabis, yo sí y vimos una
película cuyo título encajaba muy bien con el increíble momento que estábamos
viviendo, Ricas y Famosas. No tuvimos necesidad de salir para nada
del motel, nos quedamos descansando, viendo otras películas y relajándonos a
nuestro regalado gusto hasta el mediodía del otro día; porque, aunque ustedes
no lo puedan creer –mis queridos amigos, amigas–, a la hora del crepúsculo nos
llegó al cuarto el menú de la cena, con una tarjetita que decía que podíamos
pedir lo que quisiéramos, que todo estaba pagado hasta el desayuno del día siguiente…
¡Ooh, diosas y dioses! ¡Nos quedamos estupefactas!, mudas de asombro... ¿Y
si este muchacho fuese Fausto?, me dijo Mara un poco alarmada y mi cuerpo se
erizó… No lo creo, le contesté convencida como para no tener miedo…,
porque nosotras no éramos de los que venden su alma al diablo por riquezas, por
tanto, no lo habíamos invocado… Mas bien, me parece que que ese muchacho es
un ángel enviado por nuestras diosas y dioses para que nos entregue sus
bendiciones, le dije resuelta… Yo sentía que una mano divina estaba
protegiéndonos y nos estaba llenando de bendiciones y regalos…, era la mano
divina de nuestra madre naturaleza, de la luna, de mi madre Elvira, de la
energía femenina y todas las buenas energías del mundo…; además, habíamos hecho
el ritual alquimista de protección y habíamos participado del ritual de
protección de una macumba. Esa noche tomé la decisión de reportarme a mi
querida madre. Al día siguiente, cuando pasamos por la oficina de correos, le
envié una postal a mi madre después de casi de medio año de silencio…
imperdonable…
Natal, Joao Pessoa eran bellas ciudades, modernas;
pero ninguna le gustó a Mara como para quedarnos a vivir allí; yo me había
propuesto a dejar esta decisión en manos de Mara, a mí me daba lo mismo
cualquier ciudad, pues todas yo las veía iguales; aunque Salvador me gustó más,
aquí nos quedamos tres días, también en una residencia universitaria, era
increíble cómo solo mostrando nuestros carnets universitarios se nos abrían
maravillosamente estas puertas… A cada lugar que llegábamos, íbamos a conocer
su Plaza de Armas y su mercado; luego, Mara le ponía su toque de estudio…; nos
íbamos a conocer las bibliotecas, los museos, las galerías de arte y artesanía,
los centros culturales, las reservas ecológicas; ya sea a pie o en buses, yo
era quien les pedía a los choferes que nos llevasen sin pagar… Pero cuando
llegamos a Recife, ya no pude más, el desánimo intentó apoderarse de mí, pues ya
venía sintiéndome –cada vez más– de mal en peor, apabullada por el estruendoso
ruido de las grandes ciudades; realmente, yo ya no quería estar en ninguna más…
Felizmente a Mara tampoco le gustó Recife, por lo que salimos de allí casi
volando y nos fuimos a Río de Janeiro; afortunadamente, tampoco nos gustó Río y
nos fuimos a Sao Paulo… Total, nada era imposible para nosotras…, pero no
veíamos que alguna de esas grandes ciudades pudiese ser nuestro nuevo hogar…,
dulce hogar…
En Recife nos había albergado una joven madre
soltera en su casita a la entrada de esta gran ciudad. En Río de Janeiro, un
muchacho moreno nos hospedó en su apartamento, dijo que él también había mochileado
y siempre le habían ayudado, y que esa era la consigna de todo gran viajero, ayudarnos
unos a otros en nuestro gran peregrinaje por la vida. En Sao Paulo sí
tuvimos que hospedarnos en un hotel, para recorrer, todo lo que fuera posible
en tres días, una de las ciudades más populosas de Latinoamérica; para luego
regresarnos a Perú porque ya lo teníamos claro, así lo habíamos decidido,
regresaríamos a Perú... Mara extrañaba Lima, extrañaba su casa, su cuarto, sus
cosas, la buena comida… Me gusta el dinero, me dijo un
día hiriendo mi corazón, ahora lo sé, me gustan los
restaurantes finos, la ropa cara, elegante…, la vida materialista…; y yo,
nuevamente quedé en shock, muda de asombro, porque en ese momento ella, sin
darse cuenta, estaba sembrando la semilla de nuestra inconcebible separación…
Mara regresaría a continuar sus estudios y yo a hacer mi tesis, por fin yo
seguiría el sano consejo de mi madre, de los amigos arquitectos y de la Maga,
quien con su ejemplo de regresar a París para hacer su tesis, me estaba
señalando que yo también debía terminar definitivamente mi profesión. Mara daba
por hecho que yo haría mi tesis en Lima, que trabajaría y viviría en Lima con
ella, en casa de mi abuelo…, lo cual era una grata invitación de lo más
conveniente para aceptar; pero yo terminé elaborando mi tesis en mi querida y
recordada ciudad de Arequipa, junto a mi madre y mis hermanos.
Nos regresamos por Bolivia, pasando por Corumbá
donde, en la frontera, le dije a la policía que yo había perdido mi pasaporte,
felizmente me dieron un salvoconducto, de esa manera cubrí mi estadía ilegal en
Brasil. Pasamos por Santa Cruz, Cochabamba, La Paz… En uno de esos viajes, Mara
tuvo que negociar nuestro pasaje con su reloj bañado en oro pues ya no teníamos
dinero, y queríamos volver lo más pronto a Lima, sin la demora de esperar
un aventón más; pues nos sentíamos cansadas y estábamos muy
delgadas por nuestro ajetreado ritmo de viajar. Cuando llegamos a Puno, la
madre de Mara, desde Lima nos compró los pasajes de Puno a Lima, pasando por
Arequipa. Y cuando llegamos a Arequipa, mientras hacíamos cambio de bus, fui a
ver de inmediato a mi querida madre quien estaba con mis dos últimos hermanos,
Rafael y Enrique… Allí vi que mi silencio no había hecho bien a nadie… Ni mi
madre ni mis hermanos pudieron evitar reprocharme con la mirada…, me sentí peor
que un gusano… Le pedí perdón a mi madre…, quien seguía impasible, pero cuando
le dije que había decidido hacer mi tesis, se quebró en una bella sonrisa de
satisfacción… Voy a trabajar unos meses en Lima, le dije, voy a
juntar dinero para poder pagar mi tesis y ayudarte como pueda, quiero
hacer mi tesis aquí, en Arequipa, si tú me lo permites. Por supuesto
que mi madre, sin ocultar su contento, me respondió que sí, y nos despedimos
con un fuerte abrazo, profundo y tierno… y miles de besos y palabras de
aliento; desde ese momento nunca más dejé de escribirle…, de reportarme a ella…
¡Ooh, madre, madre querida!, ¡cuánto te amo!
VI.
Parte 2 – Subiendo la gran montaña
En Lima, Mara decidió cambiarse de universidad y de
facultad, tuvo que rendir nuevos exámenes de admisión en la facultad de
Literatura en la Universidad Nacional de San Marcos, e ingresó; y yo empecé a
trabajar casi de inmediato en una constructora que recién estaba perfilándose,
en tanto buscaba un tema para mi tesis. Me atraía la idea de diseñar un terminal
terrestre para Arequipa, puesto que aún no teníamos ninguno en Perú y nosotras
habíamos visto muchos en Brasil, por lo que podía decirse que, en cuanto a
arquitectura, Brasil nos llevaba años de ventaja, y también en cuanto a
industria, comercio y otros aspectos.
La empresa constructora donde empecé a trabajar,
estaba formada por un ingeniero civil y un empresario que habían unido la
profesión y el dinero, para construir y vender pequeños condominios, que recién
se construían en Perú; y necesitaban una arquitecta para hacer sus planos –ojo,
no un arquitecto–, después me enteré que era con el fin de pagarle menos, ¡habráse
visto!… En la entrevista les presenté el anteproyecto de nuestra casa familiar
que yo había empezado a diseñar; pues, por fin mi hermana Silvana había
conseguido el título de propiedad de un lote al que estábamos inscritos en la
urbanización Guardia Civil, segunda etapa, en el distrito de Paucarpata de
nuestra blanca ciudad de Arequipa, porque mi padre había sido guardia civil; y yo
me estaba ocupando del proyecto. A los dos socios les había gustado la casa que
estaba diseñando y les firmé un contrato por un año. Me quedé en el cuarto de
Mara, en la azotea, pues ella se había trasladado a dos habitaciones del
segundo piso para hacer su dormitorio y estudio; pero de vez en cuando
dormíamos juntas, ya sea en su cuarto o en el mío; y a veces ella también se
acurrucaba a mi lado y eso me encantaba...
Fue un buen año, tranquilo, estable… Aunque, lamentablemente,
yo trabajase a tiempo completo, de 8 a.m. a 5 p.m., con un descanso de dos
horas al mediodía para el almuerzo que me lo llevaba la mayoría de veces
(Filonila me ayudaba a prepararlo); y tres horas de viaje, una hora de ida y
dos de vuelta; por lo que tenía que tomar el bus a las siete de la mañana para
llegar a las ocho a la avenida Aviación en Surco; y el viaje de regreso se
aumentaba una hora más por ser la hora punta del crepúsculo, por lo que yo
llegaba a casa como a las siete de la noche. O sea que prácticamente salía
todos los días de siete de la mañana hasta las siete de la noche; y para
soportar este ritmo me dediqué a correr todas las madrugadas de ese año, durante
una hora, de cuatro a cinco de la mañana, descansando solo los domingos… A
veces me acompañaba la luna y otras… la oscuridad…, a veces me acompañaba la
Maga y otras aquel guru sublime que tanto ansiaba conocer…; aunque a veces
empezaba a dudar de la existencia de ambos y de todo cuánto me había acontecido
en aquel inolvidable gran viaje del ser o no ser…, todo se había vuelto de
nuevo tan insoportablemente efímero… que me causaba mucho dolor… ¿Había sido
real mi viaje por el gran río Amazonas? O solo había sido un sueño, una magia,
una ilusión… ¿Había sido real la Maga? O solo un producto de mi imaginación… No
tenía nada físico de la Maga que realmente me comprobase que nos habíamos
conocido y amado, solo tenía sus recuerdos, solo sus recuerdos…, momento a
momento…, momentos inolvidables y me aferraba a ellos porque eran toda mi luz,
mi guía y mi destino… Iba a correr al parque que quedaba a una cuadra de la
casa…, cantando mi mantra secreto… Quiero ir a India, quiero llegar a
India, quiero ir a India, quiero llegar a India…; pidiéndole a la luna que
me concedise ese caro deseo…, que era lo más preciado que tenía en la vida hasta
ese momento… Me tracé esa especie de disciplina para no caer en la monotonía
del trabajo, y poder cumplir ese mi sueño adorado cuando terminase mi tesis y
me graduase de arquitecta.
Ese año dejé de fumar…, tampoco aporté nada todo
ese tiempo en casa de Mara; incluso, en algún momento se me ocurrió pensar que
hasta podría ahorrar dinero para ir a India, pero no sucedió así…;
sencillamente, no era mucho lo que podía ahorrar, el sueldo no era una
maravilla; me gustaba el cine, comprar libros, y de vez en cuando, asistir a un
teatro, una ópera…, un buen restaurante… con Mara y Elo; así que el dinero se
desvanecía de mis manos…, pero el ahorro para hacer mi tesis era intocable, al
igual que el poco dinero que le enviaba a mi querida madre de vez en cuando…
Cumplí el año de trabajo y renuncié a la empresa…, realmente no quería trabajar
más, esa fue la primera vez que trabajé por mucho tiempo… Me ofrecieron el oro
y el moro, me dijeron que en dos años más yo podría tener un auto y en cinco
podría obtener un préstamo para comprarme un departamento de los que ellos
vendían, me harían una oferta…, Los pelos se me pusieron de punta…, tuve que
renunciar de inmediato.
Al cabo de ese año me fui a Arequipa para hacer mi
tesis, el tema ya había tomado forma en mi mente y corazón…, Conservación
de edificios antiguos… En Arequipa tenía que buscar una vieja casona, en
mal estado, para hacer un trabajo de conservación, lo que implicaba renovación,
restauración, remodelación, etc. Por esos días también habían vuelto a casa, mi
padre y Víctor con su familia; pues, casi terminando su carrera, Víctor se
había casado con una guapa muchacha rusa, Svetlana Repina, con quien ya tenía
una hermosa niña: Dasha o Dashinka; y mi madre les había dado el primer
departamento, nuestra sala y dormitorio, para que allí se acomodasen. Mi padre
había sido abandonado por la joven engañada, al enterarse que él no era viudo
ni padre de solo cuatro hijas; y mi madre lo recibió por pedido de algunos de
mis hermanos, tolerando incluso que le pagase su pensión como si fuera un
pensionista. Pero cuando yo llegué le exigí a mi padre que realmente mantuviera
la casa como debía ser, que éramos cinco personas: mamá, papá, Rafael, Enrique
y yo; también me incluí ya que él no me había ayudado a estudiar mi carrera;
ahora yo le pedía que me ayudara a hacer mi tesis, y yo me ocuparía del
proyecto de nuestra casa familiar; además, él tenía su buen sueldo de
jubilado; así lo convenimos todos y así fue. Y también hice el ritual
alquimista de protección con mi madre y con cada uno de mis herman@s y
sobrin@s.
La elaboración de mi tesis me tomó tres largos años.
Elegí la Casa Wagner, propiedad de la UNSA, en el centro de la ciudad, y decidí
hacerlo sola, sin compañero alguno… Esta casona había sido el comedor
universitario, allá por 1970, cuando mis hermanas recién ingresaron a la
universidad; ellas tomaban allí sus alimentos, antes de que mi madre concretase
nuestro traslado definitivo de Santiago de Chuco a Arequipa; mientras yo tomaba
el menú del mediodía en una picantería en la avenida Goyeneche, a la vuelta de
la calle Puno, donde vivíamos. Luego, el comedor universitario se trasladó a
sus nuevas instalaciones contruidas en la avenida Venezuela junto a nuevas
facultades, y la Casa Wagner quedó en creciente deterioro, sin ningún programa
de mantenimiento y sin dejar de cumplir otras funciones; así que para mí fue la
casa ideal para hacer en ella un buen proyecto de conservación.
Fue un maravilloso viaje por la arquitectura de las
viejas casonas del mundo, desde España hasta el lejano oriente y nuestro
continente, lo que me ayudaba a comprender mejor las casas donde habíamos
vivido mi familia y yo, y la huella que estas habían dejado en mí, y/o en
nosotros. Trabajé bastante en mi tesis entre mis viajes a Lima para visitar a
Mara, y recabar alguna información más sobre el tema en todas las bibliotecas
posibles…, y entre nuestras cartas… En
una de ellas, Mara me contó que había recibido una carta de Massoud, donde le
contaba que por fin había llegado a Canadá, y también le había enviado una foto
nuestra, donde estamos abrazados, Massoud y yo..., festejando su visa de
ingreso a Perú...
Mi padre me había regalado dos libros que me sirvieron
de mucho en este comienzo: Cómo hacer mi tesis, y Arquitectura
Peruana de Héctor Velarde… A pesar que yo no lo había perdonado por su
abandono, tema que tampoco llegamos a hablar en ningún momento… En ese tiempo
no éramos conscientes de que las cosas debían hablarse…, habíamos aprendido a
callar, a asumir todo, esa había sido nuestra herencia cultural…, nada
saludable… Aunque a veces, yo sentía que mi padre de alguna forma nos había
querido…, a su manera…, pero también sentía que hace mucho él
ya no nos quería y nosotros tampoco; y yo ya no podía ni quería acercarme a él…,
lo sentía todo un extraño para mí.
Yo trabajaba en mi tesis y al mismo tiempo hacía
los planos y la maqueta de nuestra casa familiar; también había vuelto a fumar,
aunque de vez en cuando hacía ejercicios, los que recordaba del yoga que
hacíamos con mis hermanas en Santiago de Chuco, y también salía a correr al
estadio de la UNSA. También de vez en cuando salía con uno que otro de mis
amantes secretos, para ir a bailar al Olimpo o a otras discotecas
como el Polaris, el Moon River, el Darling, el Papillón,
Las Terrazas, o a la discoteca del hotel Premier… y a otras que
aparecían y desaparecían entre la popularidad de la gente. En tanto, Víctor
trabajaba en la empresa textil Inca Top (en la avenida Jesús) donde le estaba
yendo muy bien; pero él y Svetlana decidieron de un momento a otro regresarse a
Moscú, pues Víctor había ganado una beca para hacer un post grado en su carrera
de ingeniero mecánico textil, en la Universidad Patrice Lumumba.
Cuando conseguimos la licencia de construcción, mi
padre consiguió un pequeño préstamo en el banco, no tuvo acceso a más por su
edad, por lo que solo pudimos cimentar un par de cuartos; y, en vista que mis
hermanos estaban ocupados, cada uno con su propia familia, responsabilidades y
planes, nuestro proyecto familiar quedó varado; no me quedó más que continuar solo
con la elaboración de mi tesis. Tenía todo el material, incluso la máquina de
escribir de papá. Yo fui una de las últimas bachilleres que presentó su tesis
tipeada en una máquina de escribir, los nuevos empezaron a presentar sus tesis
hechas en computadoras. Recuerdo que el día de mi graduación, me presenté en la
UNSA vestida con ropa informal y mis incansables ojotas. Mi asesor de tesis –el
arquitecto Fernando Málaga Gonzáles– aceptó lo informal de mi ropa, pero no aceptó
mi único calzado; así que de inmediato, me llevó a casa en su auto para cambiar
mis ojotas por unos zapatos de vestir que Mery tuvo que prestarme. Aunque me
sentí un poco incómoda con este nuevo look, me fue bien en la sustentación de
mi tesis; fui felicitada por la originalidad del método teórico, aun cuando la
parte del proyecto en sí, el de la conservación de la casa, no fue cosa de otro
mundo. Aprobada mi tesis, todos en casa estábamos felices, más que felices,
sobre todo mi madre y yo, ¡sobre todo yo!… ¡Yo!…, porque por fin, por fin yo
era libre…, ¡libre!…, ¡libree!… Completamente libre,
¡como nunca!... Me sentía lista para expandir y despegar mis alas a
cualquier parte del mundo… y sin regreso posible… Sin embargo, tendrían que
pasar muchos meses todavía, después de que yo sustentara mi tesis, para que me
encontrara viajando por Europa, y luego por India como por arte de magia…;
comprendiendo que fue precisamente por mi renuncia al oro y al moro que me fue
concedido este mi más caro deseo…, tal como dice el dicho: “Quien
pierde el techo gana las estrellas”.
VI.
Parte 3 – Europa a la vista
Luego de mi graduación decidí quedarme en Lima para
trabajar independientemente. Hice mi taller de arquitectura, construcción y
decoración en el ex cuartito de Mara, en la azotea de la casa de mi abuelo…;
desde donde se veía –como si esta casa fuera un gran faro de luz– el gran
centro de Lima, con su gente, sus árboles, sus edificios, sus parques…, con su
resciliente río turbio, el río hablador, mi querido y solitario río Rímac… Y
empecé a ganarme la vida, olvidando o postergando el cumplimiento de
mi más preciado sueño. Trabajé en una consultoría haciendo una tesis de
arquitectura; al mismo tiempo que trabajaba como asistente del arquitecto Eddie
Tafur Reina, profesor de universidad Ricardo Palma (quien había sido profesor
de Mara), en la lotización de nuevos pueblos jóvenes y otros diseños. En tanto…,
en casa, en Arequipa…, mi madre seguía la rutina de sus ventas y mi padre
quería volver a ser un pensionista, sin ninguna responsabilidad con mi madre ni
con mis hermanos; por lo que tuvo que irse nuevamente de la casa, y se fue a
vivir con su amigo Siancas quien le alquiló un cuarto en su casa por el
distrito de Cerro Colorado. Rafael estudiaba física en la UNSA y daba clases en
un par de academias pre-universitarias; y Enrique, que ya había terminado sus
estudios secundarios, incluso los de inglés, empezó a dar clases en el
Instituto Peruano Norteamericano; obviamente, mi madre por fin se sentía más
liberada de los gastos de la casa; incluso Rafael llegó a obsequiarle, a mi
madre, un refrigerador y un pequeño televisor para que estuviera al tanto de sus
noticias y novelas. Por aquellos días habían aparecido nuevos cantautores
latinoamericanos, consolidando el rock en español, como Soda Stéreo, Hombres G,
Prisioneros, Enanitos Verdes y otros.
Fue en un viaje que mi madre hizo a Lima para
visitar a Silvana y su familia, que Enrique renunció al instituto y emprendió
su propio gran viaje, inspirado en los viajes de algunos extranjeros que iba
conociendo durante su práctica de inglés, y también en el mío y en el de Víctor
y Jorge que se encontraban estudiando en la universidad Patrice Lumumba de
Moscú. Enrique se fue a Puno donde unas amistades suyas le prestaron un cuartito,
mientras él se desempeñaba como guía turístico en toda la zona sureña. Animado
por algunos viajeros especiales que conoció durante esos recorridos, se dispuso
viajar a Europa en busca de nuevos horizontes, Enrique tenía entonces
diecinueve años. Cuando mi madre se enteró de esta decisión, estalló en llanto
y resignación, pues tendría un hijo más… lejos de su nido…
Felizmente, nos enteramos por esos días que Víctor
y Jorge se encontraban trabajando en Estocolmo, Suecia, y que ellos podrían
ayudarle con el pasaje a Enrique y dándole las primeras orientaciones, pero no
fue así. Esto, sumado al hecho de saber recién que Víctor y Jorge solían viajar
en el verano a Estocolmo para trabajar con visa de estudiantes, y luego
regresar a Moscú a gastar en sus diversiones como si fueran millonarios; fue
causa de una gran decepción para toda la familia, ya que ellos tampoco habían apoyado
económicamente a mi madre por estar dándose la gran vida; tal vez nosotras las
mayores no les dimos ese buen ejemplo, pero eso no justificaba su tal indiferencia
e irresponsabilidad. Así, cada uno terminó viendo por sí mismo, egoístamente,
como mi padre, esa es la verdad; mientras nuestra querida madre veía siempre
por sus ocho hij@s. Sería Enrique quien, después, nos ayudaría a todos a tomar
conciencia de este hecho para tomar responsabilidad por nuestra madre y por
todos nosotros al mismo tiempo, como una gran familia.
Era verano de 1989 cuando Enrique le pidió dinero
prestado a Jorge para su viaje a Estocolmo, ya que Jorge se encontraba allí,
pero Jorge le respondió que esperara hasta el próximo verano. Enrique no quiso
esperar, consiguió el dinero prestado de Mery y compró su pasaje a Estocolmo
para ese verano. Cuando partió de Arequipa a Lima lo despedimos como al niño
Goyito, entre lágrimas y recomendaciones, tan conmocionados estábamos
que hasta le robaron un maletín con sus ropas nuevas en esa despedida. Enrique
estaba desconsolado…, pero lo animamos asegurándole que era una señal
auspiciosa en su camino, que con ese robo se despejaba cualquier energía
negativa que quisiese interponerse en su camino. En Lima lo recibió Silvana y
su familia, y luego ellos lo despidieron en el aeropuerto… Y…, como en
cada comienzo hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir…, la
llegada de Enrique a Estocolmo fue muy pero muy auspiciosa y llena de buena
fortuna para todos, para él y toda nuestra familia; porque le fue muy fácil
conseguir trabajo, lo que nunca le faltó porque hablaba perfectamente el
inglés, aunque al comienzo tuvo que trabajar con los pasaportes de los amigos
de Jorge que tenían visa de trabajo para estudiantes; y también porque había
decidido quedarse a vivir en Suecia y llevarnos a todos, uno por uno. Por esos
días, Víctor también estaba en Estocolmo, había terminando su post grado en
Moscú y se había divorciado de Svetlana.
Yo estaba adaptándome a mi nueva forma de vida en
Lima cuando recibí el mensaje de mi hermano Enrique desde Estocolmo… Vente…,
me decía mi querido hermano, vente aquí, aquí hay un gran futuro para todos,
aquí también puedes trabajar y cumplir tu sueño dorado de ir a India… Me
sorprendió y no me sorprendió esta fantástica invitación, incluso me
envió el dinero (prestado) para comprarme el pasaje, “diciendo y haciendo”…, él
ya había terminado de pagar sus préstamos. Yo no lo podía creer, no lo podía
creer…, pero al mismo tiempo no lo podía aceptar, no lo podía aceptar, lo
descarté de inmediato. No podía ser. Yo ya tenía mi taller de arquitectura y me
encontraba haciéndome publicidad…, y estaba haciendo planes
con Mara para tener una casa frente al mar, como un gran faro… Cuando
Mara se enteró de esta invitación no dijo nada, quedó muda y todos guardamos silencio.
Así que no usé ese dinero que envió Enrique, y más bien, fue Rafael quien lo
tomó prestado para irse a Alemania con su amigo Edgar Zevallos, y no a
Estocolmo, por cierto, donde estaban mis hermanos, tal vez con el afán de
querer ser original en sus decisiones y proyectos. Este fue otro gran golpe
para mi madre quien por primera vez se quedaba sola en uno de los departamentitos
que habíamos tenido en la calle Puno, pues el otro ya lo había entregado a sus
dueños, quienes también le estaban exigiendo que les entregase este, donde
estaba actualmente, para hacer uso de su herencia familiar. Entonces mi madre
se quedaría con Edith que vivía en Arequipa, en la avenida Unión 511 de nuestro
distrito de Miraflores, con su marido y su bella hija Kissy, hija de ambos; cerca,
también estaría Mery que vivía en Umacollo, con su marido y con Vane, mi
sobrina engreída. Silvana vivía en Lima con su familia, yo también me
encontraba en Lima… y mis cuatro hermanos en Europa. Nuestra madre había
quedado prácticamente sola, completamente sola… sin su hogar, su nido, nuestro
nido…, todo se había desintegrado… como desaparecido…
Hoy, se me eriza la piel al solo recordarlo…, todos
habíamos emprendido vuelo…; y creo que ninguno de nosotros fue consciente de
ese gran dolor que le causamos a nuestra querida madre, ese gran dolor desgarrador
de quedarse sola, sin su hogar, su nido, aquel hogar que, tan llena de
ilusiones, había formado con mi padre y sus ocho hij@s…, todo se había como
desintegrado… No fuimos conscientes más que de nuestra propia felicidad de
empezar a vivir nuestros propios caminos… ¡Ooh, querida madre, perdóname!
¡Perdóname! ¡Perdónanos!... Esta era una prueba más de lo efímero y transitorio
de este mundo temporal y doloroso…; y que, por lo tanto, ahora más que nunca yo
tenía que encontrar la salida de este mundo mortal, tenía que encontrar el
verdadero hogar, el último hogar, el hogar de todos los hogares donde no existe
la muerte…; para llevarla allí a mi madre, a todos mis seres queridos y vivir
allí todos juntos felices… eternamente…, en amor sublime con nuestra Divinidad
Suprema del corazón…
Sin más palabras…
Pasado un mes de esta increíble invitación… se fue
manifestando mi arrepentimiento de haberla rechazado…; pero, ¡¿qué
hice?! ¡¿Qué hice?!…, me preguntaba a mí misma insistentemente… Hasta que
Mara, tal vez notando mi desconcierto, me dijo que aceptara la invitación, que
me fuera… ¡Vete!, me dijo de nuevo, ¡Vete!, sino te va
a dar un patatús, lo dijo sonriendo con su ironía particular… No
dejes pasar esta oportunidad de cumplir el sueño adorado de tu vida…; y
sentí que nuevamente había llegado el momento de separarnos y que Mara también
lo sentía así… Estaba escrito…, yo iría a Estocolmo y allí juntaría dinero para
irme a India. Mas, en vista que Enrique no tenía en ese momento más dinero para
enviarme, consiguió que Víctor y Jorge me hicieran el préstamo, miti
miti. Y cuando llegó el dinero, yo no lo podía creer…, no lo podía creer… ¡Por
fin!…, por fin me acercaba a la gran meta de mis sueños, India, para encontrar
a mi sublime guía que me ayudase a subir por la gran montaña hacia el cielo, o
me enseñase a evaporarme en el mar para poder volar hacia el cielo, nuestro
origen, nuestro hogar, dulce hogar de ensueño..., la comarca familiar…, la
aldea mágica…, mística…, el paraíso…; aun sin saber lo que todo eso significaba
exactamente…
Y empecé los preparativos de mi próximo gran viaje…
Sería un viaje distinto…, en avión… a Escandinavia y con dinero en la mano…,
parecía un sueño… Poco a poco fui despidiéndome de mi Arequipa querida, de Lima,
de Mara…, de todo un mundo… Yo sentía que ya se habían roto nuestras cadenas y
sentía que ella también lo sentía así…; pero lo más atroz de lo más atroz era
sentir que nuestro tiempo juntas, nuevamente estaba terminando, quien sabe por
cuánto tiempo o quizá para siempre…; por ello sentimos la necesidad de estar
más cerca que nunca, la una de la otra…, en las pocas noches o pocos días que
nos quedaban juntas…
Fue una de esas noches que sucedió lo increíble, lo
añorado tanto..., tanto tiempo..., el abrazo inconmensurable, interminable, trémulo,
desnudo..., lleno de pasión...; mientras escuchábamos un casete de Joan Báez…
bajo la luz de la luna creciente… Mara me había dicho: quédate a dormir conmigo…,
y yo asentí llena de contento, aun sin imaginar que esa noche sería la
única entre todas... Casi más de las veces, Mara y yo dormíamos abrazadas como
buenas amigas que se aman; mas, sin ningún tinte de la pasión sexual...; pero
esa noche..., yo solo fui haciendo con ella todo lo que ella fue haciendo
conmigo y me fui haciendo una con ella..., ante mi estupor de cumplir un sueño
largamente acariciado… Ella se acostó en la cama y yo me acosté a su lado, ella
se acurrucó a mí y yo me acurruqué a ella..., ella me acarició el cabello y yo
también le acaricié el suyo..., nos miramos y sonreímos... La luna estaba
mirándonos sonriente por la ventana..., y el viento entró por aquella rendija
luminosa acariciándonos el rostro..., y nosotras también nos acariciamos el
rostro... Te vas, me dijo Mara
fijando su mirada en la mía..., esa es
otra de tus locuras... Yo le respondí abrazándola fuerte, tengo que encontrar la salida de este mundo
mortal y ella rio desparpajadamente, ¿por
qué eres tan cursi?, me dijo; y yo también me reí de mí misma, así como
ella... Entonces, le besé una de sus mejillas muchas veces..., como se besa a
un niño o a una bebé, luego le besé la frente, la otra mejilla, y ella..., ella
también me besó en las mejillas, en la frente...; y..., sorpresivamente me besó
en los labios..., suavemente, quietamente..., y la temida corriente de la
pasión se me encendió en el cuerpo y en la mente como una llamarada…; que creo,
perdí la razón… Entonces sentí que la Maga me decía: Calma..., calma..., calma...; y dejé que Mara me desnudara
lentamente en el pensamiento, besándome sin parar...; y yo también, besándola
sin parar, la fui desnudando completamente en mi pensamiento... hasta que nos
quedamos quietas, muy juntas en un beso y abrazo interminable... Fue una
sensación única, fresca, eterna, limpia, palpitante...; sentir su cuerpo como
si estuviera realmente desnudo pegado al mío..., mientras nos acariciábamos casi
imperceptiblemente con la pasión más dulce de todas...; no fue un abrazo como
el que nos dimos con la Maga, pero también fue único y maravilloso... Fue un
abrazo y un beso nuevo, muy tiernos..., sin ningún deseo de la burda
penetración... porque no había nada que penetrar..., solo amar y sentir...; sentir
nuestras palpitaciones, nuestras respiraciones..., nuestros cuerpos..., nuestras
desnudeces, nuestras almas entrelazándose... Mientras Mara medio loca me repetía
al oído: Je t'aime, je t'aime...,
como queriendo retenerme para siempre en sus dominios..., pero yo ya la
escuchaba inmune a todo llamado que no fuera el mío propio...; mas, yo la
escuchaba eufórica de tanto sentimiento desbordado... porque me sentía libre...,
totalmente libre de cualquier cadena, de toda opresión... No somos ni hombre ni mujer, me decía Mara, Virginia Wolf está en lo cierto, somos una unidad, somos andrógin@s, la
mente no tiene sexo. Solo somos seres
que se aman más allá de lo carnal y físico... El sexo físico de la penetración es
solo para tener hijos, si no, solo nos degrada... Y así, hicimos que ese
momento perdurara para siempre..., abrigándonos quietamente..., sintiéndonos
dulcemente..., abrazándonos y besándonos hasta morir y quedarnos dormidas... Felices
de saber que pese a ser distintas nos amábamos con un sentimiento puro, único,
asexual, místico…, el mejor de todos, el amor de amig@s, pero con el sentimiento fraterno de la pasión del amor...;
confirmando que ese amor de amig@s es
muy superior al amor de amantes, y que esta experiencia es única e
irrepetible... Entonces comprendí que yo también había sido un instrumento en
la vida de Mara, para que ella también realizase su gran viaje (al Brasil) y
definiera su vida…, porque nuestros caminos volvían a separarse..., y yo sentía
que Mara ya no estaba atada a mí, ni yo a ella...
Y ella apagó la luz…
Mientras Joan Báez nos susurraba al oído… Plaisir
D'amour (Placer de amor), a la luz de la luna creciente…
Viajé a Estocolmo con la bendición de mi madre y de
mis herman@s…, y con mi equipaje de siempre..., mi mochila, mi seeleping, mis
contadas pertenencias…, y entre ellas, mi maquetita El Sortilegio del
Destino… Lo que más me causaba admiración era que mis sentimientos hacia
Mara se habían acallado o tal vez transmutado o sublimado en nuestras últimas
despedidas…, habían cumplido su ciclo por la ley de la impermanencia de la vida
y estaban desapareciendo como por arte de magia…; y yo, para tristeza y/o
contento mío… no lo podía creer…



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