sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 6 La Preparación 1

 


VI. LA PREPARACIÓN

 

 

VI. Parte 1 – Nuestro gran rally en Brasil

 

En Fortaleza también nos hospedamos en una residencia universitaria, aunque solo por un par de días, pues todas las camas estaban ocupadas. Allí también un arquitecto me dijo: Si te graduaras sería mejor… Luego, nos fuimos con Mara a recorrer la gran ciudad y sus famosas playas. Recorrimos el centro, conocimos la catedral, sus plazas y malecones; después fuimos a la playa Iracema, y caminando por la ribera del mar llegamos al puerto Mucuripe, donde tampoco encontramos los famosos cargueros que fueran a India, tal vez solo era una leyenda…, mis sueños se desvanecían a favor de los de Mara… Luego, en algún lado de esta orilla del mar, encontramos unas hileras de casas muy pobres y provisionales, de gente de muy bajos recursos, donde encontramos a una señora de muy avanzada edad que parecía vivir sola, le pedimos albergue y ella nos lo dio; era una fantástica oportunidad para dormir al lado del mar y contemplarlo a tiempo completo… Cuando nos trasladamos, la señora nos cedió un rincón de su pequeña salita rústica para colocar nuestra hamaca azul donde dormiríamos Mara y yo.

 

Esa primera noche pasamos unas buenas horas frente al mar, yo sentada en la arena y Mara acostada, media adormecida sobre su bolsa dormir, escuchando las olas del mar… Esa fue una de las noches más oscuras de mi vida…, nítida, fuerte, fresca, silenciosa. No había más luces que las olas del mar ni más sonido que su misteriosa respiración. Los barcos del puerto habían apagado sus luces, se había ocultado el horizonte y mi corazón ilusionado buscaba anhelante una estrella. Hasta esa noche no había visto nunca tanta quietud ni tanta oscuridad en una playa, pero yo no sentía temor alguno, sentía que la arena y las palmeras nos protegían a Mara y a mí; que el mar, el viento y el cielo nos protegían; que tanto el día como la noche nos protegían…, que nuestra madre naturaleza nos protegía…, que el ritual alquimista nos protegía… Sentía que pronto yo cruzaría el mar como las estrellas cruzan el firmamento, y encontraría la luz divina que con tanto anhelo estaba buscando en esta terrible oscuridad…, la luz, la luz, ¡la luz es mi meta y mi destino!…, me repetía para mis adentros… De pronto…, como si yo la hubiera invocado con mi pensamiento…, miles y miles de estrellas aparecieron repentinamente suspendidas en el regazo del cielo infinito, y el horizonte se hizo tan claro como si fuera a salir el sol. De inmediato enderecé mi espalda plena de susto y quedé al acecho, en espera de algo terrible o increíble por suceder. Mi corazón se contrajo tembloroso, mi cuerpo se estremeció, el mundo todo quedó paralizado…, mudo y…, mi mente asombrada se prosternó ante aquella maravilla de luz que empezaba a emerger de los abismos del mar… ¡La luna!..., grité para mis adentros… ¡Es la luna!… ¡Era la luna!…, la luna inmensa… iluminando las aguas, el cielo, la noche estrellada, las palmeras, mi rostro empapado de lágrimas que no podía contener… Había descendido el majestuoso reino de la noche con su radiante luna dorada en medio de sus más espantosas tinieblas… Era el bendito universo diciéndome que yo encontraría esa codiciada luz, la luz…, la luz de la sabiduría yo la encontraría…; y apenas quería moverme para no interrumpir aquel idilio conmovedor, ni siquiera quería respirar…; tan fina y profunda era la calma de aquella noche encantada que no quería espantarla con mi tosca respiración, arrítmica, deplorable. Tampoco quería atreverme a recordar nada, a pesar que mis recuerdos eran como respirar y vivir…, no deseaba más que perpetuar esa noche o morirme…; mientras Mara descansaba… y yo notaba una escarcha dorada esparcirse sobre su frente y sus sienes… Cuando ella despertó se acurrucó a mi lado y me dijo soñolienta: Vámonos, mañana venimos de nuevo, y nos fuimos a dormir a nuestra humilde morada…; de donde salimos los días siguientes a recorrer un poco más aquella novedosa ciudad, que yo la encontraba un tanto irregular a pesar de su esplendorosa catedral con su luminoso rosetón tratando de ordenarla; con sus singulares casonas coloniales recubiertas de azulejos portugueses que brillaban con el sol, con sus calles de mucho comercio, más que en Manaus y Belém… La estructura de la ciudad estaba muy lejos de los dameros a los que yo estaba acostumbrada.




Una noche, llegó a la casa una muchacha joven, morena, a dormir también en su hamaca que la colocó en la cocina. Ella dijo que vivía allí porque no tenía donde vivir, pero que iba allí de vez en cuando y a veces le daba algo de dinero a la señora, cuando le iba bien en su trabajo. Uno de esos días, esta joven nos invitó a Mara y a mí, a una macumba de protección y prosperidad, que se celebraría a altas horas de la noche en la cima de una colina no muy lejana.

 

–¿Qué es una macumba? –le preguntamos Mara y yo a la joven.

–Es un ritual de encantamiento –dijo–. La palabra macumba significa encuentro de poetas y poetizas, magos y magas que encantan con danzas y conjuros, porque el mundo se desencantó con la luz de la razón –¡Ooh, diosas y dioses!... Mara y yo quedamos fascinadas y encantadas con esta hechizadora respuesta.  

 

Y partimos un martes, como a las diez de la noche rumbo a una loma no muy lejana, íbamos casi en silencio encaminándonos por la playa, luego en fila india al empezar la subida de esa enigmática colina. La zona era muy solitaria, desértica y oscura…, poco a poco empezó a escucharse, cada vez más cerca, una música diferente al son de tambores y cánticos en coro… La ceremonia ya había empezado. Arriba, sobre esa loma estaba la casa a la cual nos dirigíamos, estaba iluminada y decorada con raros símbolos de rituales conocidos y desconocidos, había gente por dentro y por fuera; las mujeres llevaban largas faldas blancas llenas de hermosos calados y cintas coloridas en el cabello, los hombres vestían pantalones cortos, la mayoría llevaba el pecho descubierto.

 

Al llegar nos invitaron una bebida aromática, Mara no quiso aceptar nada y yo la apoyé como siempre, era mejor que ella me cuidara pues yo quería seguir, aunque sea los últimos pasos de ese ritual, hasta el final. Bebí aquella agua que parecía de flores y un ardor me estremeció el cuerpo. Entramos a la sala y vimos un gran grupo de hombres y mujeres bailando y cantando acompasadamente en un gran ruedo. En el centro del gran círculo había una pareja de morenos bailando descalzos y zapateando a todo dar; el hombre llevaba un pantalón blanco a la canilla con una camisa celeste apenas abotonada, la mujer llevaba un vestido blanco con encajes y un turbante blanco en la cabeza (me hizo recordar a aquella sacerdotiza de Tingo María)…, ambos lanzaban fuertes conjuros que eran respondidos por armoniosos coros… Son místicos, le dije a Mara… ¿Serán?, me respondió ella… ¡Claro!, le aseguré llevada por una intuitiva deducción… Estaba claro que eran una bella comunidad, fuerte y consolidada, con una política cósmica y ancestral del ser y saber en el mundo, que restaura la vida, renueva el axé o energía vital y comprende el sentido de nuestra existencia.

 

Cuando llegó mi turno ingresé al ruedo y bailé dejándome llevar por la música y sus acordes… Bailé por dentro y fuera del círculo, incluso con la muchacha que nos había llevado allí, pues Mara no quiso entrar al ruedo; pero yo no dejé de bailar…, y también lancé mis propios conjuros y flechas terribles a todo aquello que quisiese privarnos de tan encantador encantamiento… Lo contrario a la vida no es la muerte, sino el desencanto, nos había dicho aquella joven, y esta era una hermosa invitación a todos los que queríamos lanzar colectivamente nuestros gritos y flechas para plantar vida, sembrar vida, cosechar vida…; como una gran batalla contra el desencanto y la escasez… Al cabo de un par de horas más o menos, las tres abandonamos el lugar, sonrientes… Mara y yo, cómplices de haber traspasado una vez más el umbral de lo conocido, racional y convencional; felices de haber sido encantadas por aquella impensable ceremonia mística…, aun cuando Mara no hubiese querido beber ninguna pócima ni danzar en el ruedo; aun cuando ambas sintiésemos que otro era nuestro andar... A la mañana siguiente nos fuimos a la carretera para esperar un camión que nos llevase a Canoa Quebrada, antes de proseguir nuestro gran viaje por la costa sur del Brasil; pues sentimos con Mara que Fortaleza tampoco era nuestro próximo hogar, y que más bien Natal, donde nace el Sol, podría ser, por lo hermoso de su nombre…; desde ya, Natal era nuestra siguiente gran parada olímpica… Nos guiábamos con el gran mapa que me había regalado Massoud...  

 

Canoa Quebrada era en ese entonces una playa muy concurrida por hippies, viajeros, artesanos, vagabundos…; donde se hacían tatuajes de la luna, del sol y del mar; se fumaba un poco libremente el canabis…; y en sus dunas estaba el símbolo de la estrella y la luna que tanto me gustaba dibujar y contemplar, y que era un símbolo de oriente –donde nace el sol–, la dirección a la que me estaba dirigiendo. Había muy pocas casas, todas provisionales, tanto…, que uno podía moverlas a su antojo. Arrendamos con Mara un cuartito por dos días, a cinco dólares por día, era un solo cuartito, pero era como una casa… Me encantó este cuarto, aunque no así el entramado rudimentario del pequeño pueblo que más bien era una aldea de pescadores…; pero no era como yo la había soñado, eso lo vería después en una de las islas más hermosas de Grecia, la isla de Mikonos. Sin embargo, en Canoa Quebrada volví a soñar, dormida y despierta, con cuidar una de aquellas casas pitucas de la playa que estaban desocupadas, mientras yo escribía la novela de mi vida, esta…, Los Místicos…, que estoy escribiendo… En Canoa Quebrada, me puse a dibujar en plena playa, pequeños afiches con mensajes varios… “Yo soy el río”… “¡Ama el mar… para meditar!” “¡Despertar!”, “Renacimiento”, “¡Yo soy el mar!… sin destino y loco...”, y tantos otros que fluían de mi corazón sin detenimiento…, como un río… La gente, rodeándome, miraba y apreciaba mis dibujos hechos con pasteles, y yo seguía mostrándoles mis mares, mis barcos, mis lunas, soles…, palmeras…, montañas, ríos… No faltó quien me diera hasta una propina por mis dibujos… Luego, cuando regresamos a Fortaleza nos enrumbamos hacia el sur por la costa atlántica, siguiendo la carretera y el mapa…, fue apoteósico… A pesar que yo era feliz de viajar con Mara, no lo era al mismo tiempo… porque había postergado mi propio destino a favor del suyo…; pero aun así me gustaba nuestro nuevo rally, y yo la complacería…, era importante que ella fuera feliz porque yo todavía la amaba, con amor puro.

 

Viajábamos de trecho en trecho, de camión en camión, mirando el mar…, conociendo diversos tipos de viajeros que también eran hijos del mar; aunque ligados, de una u otra manera, a este sistema que se hacía muy difícil de abandonar porque se había impuesto en el mundo entero, se había normalizado el sistema patriarcal “ateo-capitalista-degenerado”… Conversábamos un poco con aquellos viajeros, los conocíamos otro poco y continuábamos nuestro gran viaje sin detenernos con ninguno ni en ningún lugar…; escuchando en sus radios El Camionero del brasileño Roberto Carlos (1941), ¡en portugués!, y Polvo en el viento de la banda estadounidense Kansas…  En tres ocasiones, los choferes de los camiones nos invitaron a cenar en esos restaurantes de la carretera, con baños y duchas públicas; donde pudimos ver con mucha pena a niñas ofreciendo sus servicios sexuales en la calle... Y en una de esas veces tuvimos que dormir en uno de los baños de esos restaurantes de la carretera, porque no hubo camión que nos llevara hasta Natal. Acomodamos el sleeping y la hamaca en el suelo, al lado de la puerta del baño, sobre unos cartones y nos cerramos con seguro. Al día siguiente, luego de ducharnos salimos a la carretera para esperar a alguna alma misericordiosa que nos avanzase en nuestro camino.

 

Nos encontrábamos esperando de pie o sentadas sobre una piedra, no caminábamos mucho por el peso del equipaje que llevábamos…, cuando un par de jóvenes muy emprendedores que iban en un minibús, se detuvieron y se ofrecieron a llevarnos rumbo a Natal, era poco más del mediodía. Cerca de Natal se quedó el copiloto y proseguimos con el piloto nuestra marcha a la ciudad. A la entrada de Natal, el joven se detuvo en un motel y nos preguntó si queríamos pasar allí la tarde y la noche… Con Mara nos miramos de reojo un poco desconcertadas e intrigadas. Pues claro, me dijo Mara con un gesto más que evidente, ¿quién no va a querer pasar aquí la noche?… Y las dos lo miramos a él esperando que nos dijera algo más… concreto…, pero el muchacho no dijo nada, pagó la entrada y entramos a una cochera; bajamos los tres del minibús con nuestras cosas y subimos directo a una habitación amplia, cinco estrellas, el baño tenía jacuzzi. El muchacho era rubio, delgado, ojos grandes, guapo, estatura mediana, muy bien vestido, tenía dinero. ¿Será que quiere acostarse con las dos?, pensé… o tal vez quiere acostarse solo con Mara… Yo esperaba que Mara me dijera lo que pensaba o que él se manifestara, se pronunciara, pero ella seguía revisando el lugar y él se sentó en la cama como todo un caballero bien educado y prendió el televisor. En ese momento llamaron por teléfono y él contestó pidiendo champán, cigarros y la sección de películas para ver en el televisor. Seguimos conversando, Mara hablaba con él más que yo, hablaban en portugués. Llegó el champán, tomamos, fumamos, el joven puso la sección de películas; luego, sacó una cajita de canabis, armó un par de porros y nos regaló uno… Después nos dijo que ya se iba, dijo que todo estaba pagado y que podíamos quedarnos hasta el mediodía del día siguiente, y se despidió de nosotras ante nuestro gran asombro y estupor, estábamos de una pieza, no lo podíamos creer… Mara y yo, teníamos toda una pieza de lujo para nosotras solas; nos abrazamos, saltamos de contentas y nos metimos en el jacuzzi, Mara no quiso fumar el canabis, yo sí y vimos una película cuyo título encajaba muy bien con el increíble momento que estábamos viviendo, Ricas y Famosas. No tuvimos necesidad de salir para nada del motel, nos quedamos descansando, viendo otras películas y relajándonos a nuestro regalado gusto hasta el mediodía del otro día; porque, aunque ustedes no lo puedan creer –mis queridos amigos, amigas–, a la hora del crepúsculo nos llegó al cuarto el menú de la cena, con una tarjetita que decía que podíamos pedir lo que quisiéramos, que todo estaba pagado hasta el desayuno del día siguiente… ¡Ooh, diosas y dioses! ¡Nos quedamos estupefactas!, mudas de asombro... ¿Y si este muchacho fuese Fausto?, me dijo Mara un poco alarmada y mi cuerpo se erizó… No lo creo, le contesté convencida como para no tener miedo…, porque nosotras no éramos de los que venden su alma al diablo por riquezas, por tanto, no lo habíamos invocado… Mas bien, me parece que que ese muchacho es un ángel enviado por nuestras diosas y dioses para que nos entregue sus bendiciones, le dije resuelta… Yo sentía que una mano divina estaba protegiéndonos y nos estaba llenando de bendiciones y regalos…, era la mano divina de nuestra madre naturaleza, de la luna, de mi madre Elvira, de la energía femenina y todas las buenas energías del mundo…; además, habíamos hecho el ritual alquimista de protección y habíamos participado del ritual de protección de una macumba. Esa noche tomé la decisión de reportarme a mi querida madre. Al día siguiente, cuando pasamos por la oficina de correos, le envié una postal a mi madre después de casi de medio año de silencio… imperdonable…

 

Natal, Joao Pessoa eran bellas ciudades, modernas; pero ninguna le gustó a Mara como para quedarnos a vivir allí; yo me había propuesto a dejar esta decisión en manos de Mara, a mí me daba lo mismo cualquier ciudad, pues todas yo las veía iguales; aunque Salvador me gustó más, aquí nos quedamos tres días, también en una residencia universitaria, era increíble cómo solo mostrando nuestros carnets universitarios se nos abrían maravillosamente estas puertas… A cada lugar que llegábamos, íbamos a conocer su Plaza de Armas y su mercado; luego, Mara le ponía su toque de estudio…; nos íbamos a conocer las bibliotecas, los museos, las galerías de arte y artesanía, los centros culturales, las reservas ecológicas; ya sea a pie o en buses, yo era quien les pedía a los choferes que nos llevasen sin pagar… Pero cuando llegamos a Recife, ya no pude más, el desánimo intentó apoderarse de mí, pues ya venía sintiéndome –cada vez más– de mal en peor, apabullada por el estruendoso ruido de las grandes ciudades; realmente, yo ya no quería estar en ninguna más… Felizmente a Mara tampoco le gustó Recife, por lo que salimos de allí casi volando y nos fuimos a Río de Janeiro; afortunadamente, tampoco nos gustó Río y nos fuimos a Sao Paulo… Total, nada era imposible para nosotras…, pero no veíamos que alguna de esas grandes ciudades pudiese ser nuestro nuevo hogar…, dulce hogar…

 

En Recife nos había albergado una joven madre soltera en su casita a la entrada de esta gran ciudad. En Río de Janeiro, un muchacho moreno nos hospedó en su apartamento, dijo que él también había mochileado y siempre le habían ayudado, y que esa era la consigna de todo gran viajero, ayudarnos unos a otros en nuestro gran peregrinaje por la vida. En Sao Paulo sí tuvimos que hospedarnos en un hotel, para recorrer, todo lo que fuera posible en tres días, una de las ciudades más populosas de Latinoamérica; para luego regresarnos a Perú porque ya lo teníamos claro, así lo habíamos decidido, regresaríamos a Perú... Mara extrañaba Lima, extrañaba su casa, su cuarto, sus cosas, la buena comida… Me gusta el dinero, me dijo un día hiriendo mi corazón, ahora lo sé, me gustan los restaurantes finos, la ropa cara, elegante…, la vida materialista…; y yo, nuevamente quedé en shock, muda de asombro, porque en ese momento ella, sin darse cuenta, estaba sembrando la semilla de nuestra inconcebible separación… Mara regresaría a continuar sus estudios y yo a hacer mi tesis, por fin yo seguiría el sano consejo de mi madre, de los amigos arquitectos y de la Maga, quien con su ejemplo de regresar a París para hacer su tesis, me estaba señalando que yo también debía terminar definitivamente mi profesión. Mara daba por hecho que yo haría mi tesis en Lima, que trabajaría y viviría en Lima con ella, en casa de mi abuelo…, lo cual era una grata invitación de lo más conveniente para aceptar; pero yo terminé elaborando mi tesis en mi querida y recordada ciudad de Arequipa, junto a mi madre y mis hermanos.




Nos regresamos por Bolivia, pasando por Corumbá donde, en la frontera, le dije a la policía que yo había perdido mi pasaporte, felizmente me dieron un salvoconducto, de esa manera cubrí mi estadía ilegal en Brasil. Pasamos por Santa Cruz, Cochabamba, La Paz… En uno de esos viajes, Mara tuvo que negociar nuestro pasaje con su reloj bañado en oro pues ya no teníamos dinero, y queríamos volver lo más pronto a Lima, sin la demora de esperar un aventón más; pues nos sentíamos cansadas y estábamos muy delgadas por nuestro ajetreado ritmo de viajar. Cuando llegamos a Puno, la madre de Mara, desde Lima nos compró los pasajes de Puno a Lima, pasando por Arequipa. Y cuando llegamos a Arequipa, mientras hacíamos cambio de bus, fui a ver de inmediato a mi querida madre quien estaba con mis dos últimos hermanos, Rafael y Enrique… Allí vi que mi silencio no había hecho bien a nadie… Ni mi madre ni mis hermanos pudieron evitar reprocharme con la mirada…, me sentí peor que un gusano… Le pedí perdón a mi madre…, quien seguía impasible, pero cuando le dije que había decidido hacer mi tesis, se quebró en una bella sonrisa de satisfacción… Voy a trabajar unos meses en Lima, le dije, voy a juntar dinero para poder pagar mi tesis y ayudarte como puedaquiero hacer mi tesis aquí, en Arequipa, si tú me lo permites. Por supuesto que mi madre, sin ocultar su contento, me respondió que sí, y nos despedimos con un fuerte abrazo, profundo y tierno… y miles de besos y palabras de aliento; desde ese momento nunca más dejé de escribirle…, de reportarme a ella… ¡Ooh, madre, madre querida!, ¡cuánto te amo!

 

 

VI. Parte 2 – Subiendo la gran montaña

 

En Lima, Mara decidió cambiarse de universidad y de facultad, tuvo que rendir nuevos exámenes de admisión en la facultad de Literatura en la Universidad Nacional de San Marcos, e ingresó; y yo empecé a trabajar casi de inmediato en una constructora que recién estaba perfilándose, en tanto buscaba un tema para mi tesis. Me atraía la idea de diseñar un terminal terrestre para Arequipa, puesto que aún no teníamos ninguno en Perú y nosotras habíamos visto muchos en Brasil, por lo que podía decirse que, en cuanto a arquitectura, Brasil nos llevaba años de ventaja, y también en cuanto a industria, comercio y otros aspectos.

 

La empresa constructora donde empecé a trabajar, estaba formada por un ingeniero civil y un empresario que habían unido la profesión y el dinero, para construir y vender pequeños condominios, que recién se construían en Perú; y necesitaban una arquitecta para hacer sus planos –ojo, no un arquitecto–, después me enteré que era con el fin de pagarle menos, ¡habráse visto!… En la entrevista les presenté el anteproyecto de nuestra casa familiar que yo había empezado a diseñar; pues, por fin mi hermana Silvana había conseguido el título de propiedad de un lote al que estábamos inscritos en la urbanización Guardia Civil, segunda etapa, en el distrito de Paucarpata de nuestra blanca ciudad de Arequipa, porque mi padre había sido guardia civil; y yo me estaba ocupando del proyecto. A los dos socios les había gustado la casa que estaba diseñando y les firmé un contrato por un año. Me quedé en el cuarto de Mara, en la azotea, pues ella se había trasladado a dos habitaciones del segundo piso para hacer su dormitorio y estudio; pero de vez en cuando dormíamos juntas, ya sea en su cuarto o en el mío; y a veces ella también se acurrucaba a mi lado y eso me encantaba...

 

Fue un buen año, tranquilo, estable… Aunque, lamentablemente, yo trabajase a tiempo completo, de 8 a.m. a 5 p.m., con un descanso de dos horas al mediodía para el almuerzo que me lo llevaba la mayoría de veces (Filonila me ayudaba a prepararlo); y tres horas de viaje, una hora de ida y dos de vuelta; por lo que tenía que tomar el bus a las siete de la mañana para llegar a las ocho a la avenida Aviación en Surco; y el viaje de regreso se aumentaba una hora más por ser la hora punta del crepúsculo, por lo que yo llegaba a casa como a las siete de la noche. O sea que prácticamente salía todos los días de siete de la mañana hasta las siete de la noche; y para soportar este ritmo me dediqué a correr todas las madrugadas de ese año, durante una hora, de cuatro a cinco de la mañana, descansando solo los domingos… A veces me acompañaba la luna y otras… la oscuridad…, a veces me acompañaba la Maga y otras aquel guru sublime que tanto ansiaba conocer…; aunque a veces empezaba a dudar de la existencia de ambos y de todo cuánto me había acontecido en aquel inolvidable gran viaje del ser o no ser…, todo se había vuelto de nuevo tan insoportablemente efímero… que me causaba mucho dolor… ¿Había sido real mi viaje por el gran río Amazonas? O solo había sido un sueño, una magia, una ilusión… ¿Había sido real la Maga? O solo un producto de mi imaginación… No tenía nada físico de la Maga que realmente me comprobase que nos habíamos conocido y amado, solo tenía sus recuerdos, solo sus recuerdos…, momento a momento…, momentos inolvidables y me aferraba a ellos porque eran toda mi luz, mi guía y mi destino… Iba a correr al parque que quedaba a una cuadra de la casa…, cantando mi mantra secreto… Quiero ir a India, quiero llegar a India, quiero ir a India, quiero llegar a India…; pidiéndole a la luna que me concedise ese caro deseo…, que era lo más preciado que tenía en la vida hasta ese momento… Me tracé esa especie de disciplina para no caer en la monotonía del trabajo, y poder cumplir ese mi sueño adorado cuando terminase mi tesis y me graduase de arquitecta.

 

Ese año dejé de fumar…, tampoco aporté nada todo ese tiempo en casa de Mara; incluso, en algún momento se me ocurrió pensar que hasta podría ahorrar dinero para ir a India, pero no sucedió así…; sencillamente, no era mucho lo que podía ahorrar, el sueldo no era una maravilla; me gustaba el cine, comprar libros, y de vez en cuando, asistir a un teatro, una ópera…, un buen restaurante… con Mara y Elo; así que el dinero se desvanecía de mis manos…, pero el ahorro para hacer mi tesis era intocable, al igual que el poco dinero que le enviaba a mi querida madre de vez en cuando… Cumplí el año de trabajo y renuncié a la empresa…, realmente no quería trabajar más, esa fue la primera vez que trabajé por mucho tiempo… Me ofrecieron el oro y el moro, me dijeron que en dos años más yo podría tener un auto y en cinco podría obtener un préstamo para comprarme un departamento de los que ellos vendían, me harían una oferta…, Los pelos se me pusieron de punta…, tuve que renunciar de inmediato.

 

Al cabo de ese año me fui a Arequipa para hacer mi tesis, el tema ya había tomado forma en mi mente y corazón…, Conservación de edificios antiguos… En Arequipa tenía que buscar una vieja casona, en mal estado, para hacer un trabajo de conservación, lo que implicaba renovación, restauración, remodelación, etc. Por esos días también habían vuelto a casa, mi padre y Víctor con su familia; pues, casi terminando su carrera, Víctor se había casado con una guapa muchacha rusa, Svetlana Repina, con quien ya tenía una hermosa niña: Dasha o Dashinka; y mi madre les había dado el primer departamento, nuestra sala y dormitorio, para que allí se acomodasen. Mi padre había sido abandonado por la joven engañada, al enterarse que él no era viudo ni padre de solo cuatro hijas; y mi madre lo recibió por pedido de algunos de mis hermanos, tolerando incluso que le pagase su pensión como si fuera un pensionista. Pero cuando yo llegué le exigí a mi padre que realmente mantuviera la casa como debía ser, que éramos cinco personas: mamá, papá, Rafael, Enrique y yo; también me incluí ya que él no me había ayudado a estudiar mi carrera; ahora yo le pedía que me ayudara a hacer mi tesis, y yo me ocuparía del proyecto de nuestra casa familiar; además, él tenía su buen sueldo de jubilado; así lo convenimos todos y así fue. Y también hice el ritual alquimista de protección con mi madre y con cada uno de mis herman@s y sobrin@s.

 

La elaboración de mi tesis me tomó tres largos años. Elegí la Casa Wagner, propiedad de la UNSA, en el centro de la ciudad, y decidí hacerlo sola, sin compañero alguno… Esta casona había sido el comedor universitario, allá por 1970, cuando mis hermanas recién ingresaron a la universidad; ellas tomaban allí sus alimentos, antes de que mi madre concretase nuestro traslado definitivo de Santiago de Chuco a Arequipa; mientras yo tomaba el menú del mediodía en una picantería en la avenida Goyeneche, a la vuelta de la calle Puno, donde vivíamos. Luego, el comedor universitario se trasladó a sus nuevas instalaciones contruidas en la avenida Venezuela junto a nuevas facultades, y la Casa Wagner quedó en creciente deterioro, sin ningún programa de mantenimiento y sin dejar de cumplir otras funciones; así que para mí fue la casa ideal para hacer en ella un buen proyecto de conservación.



Fue un maravilloso viaje por la arquitectura de las viejas casonas del mundo, desde España hasta el lejano oriente y nuestro continente, lo que me ayudaba a comprender mejor las casas donde habíamos vivido mi familia y yo, y la huella que estas habían dejado en mí, y/o en nosotros. Trabajé bastante en mi tesis entre mis viajes a Lima para visitar a Mara, y recabar alguna información más sobre el tema en todas las bibliotecas posibles…, y entre nuestras cartas… En una de ellas, Mara me contó que había recibido una carta de Massoud, donde le contaba que por fin había llegado a Canadá, y también le había enviado una foto nuestra, donde estamos abrazados, Massoud y yo..., festejando su visa de ingreso a Perú...

 

Mi padre me había regalado dos libros que me sirvieron de mucho en este comienzo: Cómo hacer mi tesis, y Arquitectura Peruana de Héctor Velarde… A pesar que yo no lo había perdonado por su abandono, tema que tampoco llegamos a hablar en ningún momento… En ese tiempo no éramos conscientes de que las cosas debían hablarse…, habíamos aprendido a callar, a asumir todo, esa había sido nuestra herencia cultural…, nada saludable… Aunque a veces, yo sentía que mi padre de alguna forma nos había querido…, a su manera…, pero también sentía que hace mucho él ya no nos quería y nosotros tampoco; y yo ya no podía ni quería acercarme a él…, lo sentía todo un extraño para mí.


Yo trabajaba en mi tesis y al mismo tiempo hacía los planos y la maqueta de nuestra casa familiar; también había vuelto a fumar, aunque de vez en cuando hacía ejercicios, los que recordaba del yoga que hacíamos con mis hermanas en Santiago de Chuco, y también salía a correr al estadio de la UNSA. También de vez en cuando salía con uno que otro de mis amantes secretos, para ir a bailar al Olimpo o a otras discotecas como el Polaris, el Moon River, el Darling, el Papillón, Las Terrazas, o a la discoteca del hotel Premier… y a otras que aparecían y desaparecían entre la popularidad de la gente. En tanto, Víctor trabajaba en la empresa textil Inca Top (en la avenida Jesús) donde le estaba yendo muy bien; pero él y Svetlana decidieron de un momento a otro regresarse a Moscú, pues Víctor había ganado una beca para hacer un post grado en su carrera de ingeniero mecánico textil, en la Universidad Patrice Lumumba.

 

Cuando conseguimos la licencia de construcción, mi padre consiguió un pequeño préstamo en el banco, no tuvo acceso a más por su edad, por lo que solo pudimos cimentar un par de cuartos; y, en vista que mis hermanos estaban ocupados, cada uno con su propia familia, responsabilidades y planes, nuestro proyecto familiar quedó varado; no me quedó más que continuar solo con la elaboración de mi tesis. Tenía todo el material, incluso la máquina de escribir de papá. Yo fui una de las últimas bachilleres que presentó su tesis tipeada en una máquina de escribir, los nuevos empezaron a presentar sus tesis hechas en computadoras. Recuerdo que el día de mi graduación, me presenté en la UNSA vestida con ropa informal y mis incansables ojotas. Mi asesor de tesis –el arquitecto Fernando Málaga Gonzáles– aceptó lo informal de mi ropa, pero no aceptó mi único calzado; así que de inmediato, me llevó a casa en su auto para cambiar mis ojotas por unos zapatos de vestir que Mery tuvo que prestarme. Aunque me sentí un poco incómoda con este nuevo look, me fue bien en la sustentación de mi tesis; fui felicitada por la originalidad del método teórico, aun cuando la parte del proyecto en sí, el de la conservación de la casa, no fue cosa de otro mundo. Aprobada mi tesis, todos en casa estábamos felices, más que felices, sobre todo mi madre y yo, ¡sobre todo yo!… ¡Yo!…, porque por fin, por fin yo era libre…, ¡libre!…, ¡libree!… Completamente libre, ¡como nunca!... Me sentía lista para expandir y despegar mis alas a cualquier parte del mundo… y sin regreso posible… Sin embargo, tendrían que pasar muchos meses todavía, después de que yo sustentara mi tesis, para que me encontrara viajando por Europa, y luego por India como por arte de magia…; comprendiendo que fue precisamente por mi renuncia al oro y al moro que me fue concedido este mi más caro deseo…, tal como dice el dicho: “Quien pierde el techo gana las estrellas”.

 

 

VI. Parte 3 – Europa a la vista

 

Luego de mi graduación decidí quedarme en Lima para trabajar independientemente. Hice mi taller de arquitectura, construcción y decoración en el ex cuartito de Mara, en la azotea de la casa de mi abuelo…; desde donde se veía –como si esta casa fuera un gran faro de luz– el gran centro de Lima, con su gente, sus árboles, sus edificios, sus parques…, con su resciliente río turbio, el río hablador, mi querido y solitario río Rímac… Y empecé ganarme la vida, olvidando o postergando el cumplimiento de mi más preciado sueño. Trabajé en una consultoría haciendo una tesis de arquitectura; al mismo tiempo que trabajaba como asistente del arquitecto Eddie Tafur Reina, profesor de universidad Ricardo Palma (quien había sido profesor de Mara), en la lotización de nuevos pueblos jóvenes y otros diseños. En tanto…, en casa, en Arequipa…, mi madre seguía la rutina de sus ventas y mi padre quería volver a ser un pensionista, sin ninguna responsabilidad con mi madre ni con mis hermanos; por lo que tuvo que irse nuevamente de la casa, y se fue a vivir con su amigo Siancas quien le alquiló un cuarto en su casa por el distrito de Cerro Colorado. Rafael estudiaba física en la UNSA y daba clases en un par de academias pre-universitarias; y Enrique, que ya había terminado sus estudios secundarios, incluso los de inglés, empezó a dar clases en el Instituto Peruano Norteamericano; obviamente, mi madre por fin se sentía más liberada de los gastos de la casa; incluso Rafael llegó a obsequiarle, a mi madre, un refrigerador y un pequeño televisor para que estuviera al tanto de sus noticias y novelas. Por aquellos días habían aparecido nuevos cantautores latinoamericanos, consolidando el rock en español, como Soda Stéreo, Hombres G, Prisioneros, Enanitos Verdes y otros.

 

Fue en un viaje que mi madre hizo a Lima para visitar a Silvana y su familia, que Enrique renunció al instituto y emprendió su propio gran viaje, inspirado en los viajes de algunos extranjeros que iba conociendo durante su práctica de inglés, y también en el mío y en el de Víctor y Jorge que se encontraban estudiando en la universidad Patrice Lumumba de Moscú. Enrique se fue a Puno donde unas amistades suyas le prestaron un cuartito, mientras él se desempeñaba como guía turístico en toda la zona sureña. Animado por algunos viajeros especiales que conoció durante esos recorridos, se dispuso viajar a Europa en busca de nuevos horizontes, Enrique tenía entonces diecinueve años. Cuando mi madre se enteró de esta decisión, estalló en llanto y resignación, pues tendría un hijo más… lejos de su nido…

 

Felizmente, nos enteramos por esos días que Víctor y Jorge se encontraban trabajando en Estocolmo, Suecia, y que ellos podrían ayudarle con el pasaje a Enrique y dándole las primeras orientaciones, pero no fue así. Esto, sumado al hecho de saber recién que Víctor y Jorge solían viajar en el verano a Estocolmo para trabajar con visa de estudiantes, y luego regresar a Moscú a gastar en sus diversiones como si fueran millonarios; fue causa de una gran decepción para toda la familia, ya que ellos tampoco habían apoyado económicamente a mi madre por estar dándose la gran vida; tal vez nosotras las mayores no les dimos ese buen ejemplo, pero eso no justificaba su tal indiferencia e irresponsabilidad. Así, cada uno terminó viendo por sí mismo, egoístamente, como mi padre, esa es la verdad; mientras nuestra querida madre veía siempre por sus ocho hij@s. Sería Enrique quien, después, nos ayudaría a todos a tomar conciencia de este hecho para tomar responsabilidad por nuestra madre y por todos nosotros al mismo tiempo, como una gran familia.

 

Era verano de 1989 cuando Enrique le pidió dinero prestado a Jorge para su viaje a Estocolmo, ya que Jorge se encontraba allí, pero Jorge le respondió que esperara hasta el próximo verano. Enrique no quiso esperar, consiguió el dinero prestado de Mery y compró su pasaje a Estocolmo para ese verano. Cuando partió de Arequipa a Lima lo despedimos como al niño Goyito, entre lágrimas y recomendaciones, tan conmocionados estábamos que hasta le robaron un maletín con sus ropas nuevas en esa despedida. Enrique estaba desconsolado…, pero lo animamos asegurándole que era una señal auspiciosa en su camino, que con ese robo se despejaba cualquier energía negativa que quisiese interponerse en su camino. En Lima lo recibió Silvana y su familia, y luego ellos lo despidieron en el aeropuerto… Y…, como en cada comienzo hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir…, la llegada de Enrique a Estocolmo fue muy pero muy auspiciosa y llena de buena fortuna para todos, para él y toda nuestra familia; porque le fue muy fácil conseguir trabajo, lo que nunca le faltó porque hablaba perfectamente el inglés, aunque al comienzo tuvo que trabajar con los pasaportes de los amigos de Jorge que tenían visa de trabajo para estudiantes; y también porque había decidido quedarse a vivir en Suecia y llevarnos a todos, uno por uno. Por esos días, Víctor también estaba en Estocolmo, había terminando su post grado en Moscú y se había divorciado de Svetlana.

 

Yo estaba adaptándome a mi nueva forma de vida en Lima cuando recibí el mensaje de mi hermano Enrique desde Estocolmo… Vente…, me decía mi querido hermano, vente aquí, aquí hay un gran futuro para todos, aquí también puedes trabajar y cumplir tu sueño dorado de ir a India… Me sorprendió y no me sorprendió esta fantástica invitación, incluso me envió el dinero (prestado) para comprarme el pasaje, “diciendo y haciendo”…, él ya había terminado de pagar sus préstamos. Yo no lo podía creer, no lo podía creer…, pero al mismo tiempo no lo podía aceptar, no lo podía aceptar, lo descarté de inmediato. No podía ser. Yo ya tenía mi taller de arquitectura y me encontraba haciéndome publicidad…, y estaba haciendo planes con Mara para tener una casa frente al mar, como un gran faro… Cuando Mara se enteró de esta invitación no dijo nada, quedó muda y todos guardamos silencio. Así que no usé ese dinero que envió Enrique, y más bien, fue Rafael quien lo tomó prestado para irse a Alemania con su amigo Edgar Zevallos, y no a Estocolmo, por cierto, donde estaban mis hermanos, tal vez con el afán de querer ser original en sus decisiones y proyectos. Este fue otro gran golpe para mi madre quien por primera vez se quedaba sola en uno de los departamentitos que habíamos tenido en la calle Puno, pues el otro ya lo había entregado a sus dueños, quienes también le estaban exigiendo que les entregase este, donde estaba actualmente, para hacer uso de su herencia familiar. Entonces mi madre se quedaría con Edith que vivía en Arequipa, en la avenida Unión 511 de nuestro distrito de Miraflores, con su marido y su bella hija Kissy, hija de ambos; cerca, también estaría Mery que vivía en Umacollo, con su marido y con Vane, mi sobrina engreída. Silvana vivía en Lima con su familia, yo también me encontraba en Lima… y mis cuatro hermanos en Europa. Nuestra madre había quedado prácticamente sola, completamente sola… sin su hogar, su nido, nuestro nido…, todo se había desintegrado… como desaparecido…

 

Hoy, se me eriza la piel al solo recordarlo…, todos habíamos emprendido vuelo…; y creo que ninguno de nosotros fue consciente de ese gran dolor que le causamos a nuestra querida madre, ese gran dolor desgarrador de quedarse sola, sin su hogar, su nido, aquel hogar que, tan llena de ilusiones, había formado con mi padre y sus ocho hij@s…, todo se había como desintegrado… No fuimos conscientes más que de nuestra propia felicidad de empezar a vivir nuestros propios caminos… ¡Ooh, querida madre, perdóname! ¡Perdóname! ¡Perdónanos!... Esta era una prueba más de lo efímero y transitorio de este mundo temporal y doloroso…; y que, por lo tanto, ahora más que nunca yo tenía que encontrar la salida de este mundo mortal, tenía que encontrar el verdadero hogar, el último hogar, el hogar de todos los hogares donde no existe la muerte…; para llevarla allí a mi madre, a todos mis seres queridos y vivir allí todos juntos felices… eternamente…, en amor sublime con nuestra Divinidad Suprema del corazón…

Sin más palabras…

 

Pasado un mes de esta increíble invitación… se fue manifestando mi arrepentimiento de haberla rechazado…; pero, ¡¿qué hice?! ¡¿Qué hice?!…, me preguntaba a mí misma insistentemente… Hasta que Mara, tal vez notando mi desconcierto, me dijo que aceptara la invitación, que me fuera… ¡Vete!, me dijo de nuevo, ¡Vete!, sino te va a dar un patatús, lo dijo sonriendo con su ironía particular… No dejes pasar esta oportunidad de cumplir el sueño adorado de tu vida…; y sentí que nuevamente había llegado el momento de separarnos y que Mara también lo sentía así… Estaba escrito…, yo iría a Estocolmo y allí juntaría dinero para irme a India. Mas, en vista que Enrique no tenía en ese momento más dinero para enviarme, consiguió que Víctor y Jorge me hicieran el préstamo, miti miti. Y cuando llegó el dinero, yo no lo podía creer…, no lo podía creer… ¡Por fin!…, por fin me acercaba a la gran meta de mis sueños, India, para encontrar a mi sublime guía que me ayudase a subir por la gran montaña hacia el cielo, o me enseñase a evaporarme en el mar para poder volar hacia el cielo, nuestro origen, nuestro hogar, dulce hogar de ensueño..., la comarca familiar…, la aldea mágica…, mística…, el paraíso…; aun sin saber lo que todo eso significaba exactamente…

 

Y empecé los preparativos de mi próximo gran viaje… Sería un viaje distinto…, en avión… a Escandinavia y con dinero en la mano…, parecía un sueño… Poco a poco fui despidiéndome de mi Arequipa querida, de Lima, de Mara…, de todo un mundo… Yo sentía que ya se habían roto nuestras cadenas y sentía que ella también lo sentía así…; pero lo más atroz de lo más atroz era sentir que nuestro tiempo juntas, nuevamente estaba terminando, quien sabe por cuánto tiempo o quizá para siempre…; por ello sentimos la necesidad de estar más cerca que nunca, la una de la otra…, en las pocas noches o pocos días que nos quedaban juntas…  

 

Fue una de esas noches que sucedió lo increíble, lo añorado tanto..., tanto tiempo..., el abrazo inconmensurable, interminable, trémulo, desnudo..., lleno de pasión...; mientras escuchábamos un casete de Joan Báez… bajo la luz de la luna creciente… Mara me había dicho: quédate a dormir conmigo…, y yo asentí llena de contento, aun sin imaginar que esa noche sería la única entre todas... Casi más de las veces, Mara y yo dormíamos abrazadas como buenas amigas que se aman; mas, sin ningún tinte de la pasión sexual...; pero esa noche..., yo solo fui haciendo con ella todo lo que ella fue haciendo conmigo y me fui haciendo una con ella..., ante mi estupor de cumplir un sueño largamente acariciado… Ella se acostó en la cama y yo me acosté a su lado, ella se acurrucó a mí y yo me acurruqué a ella..., ella me acarició el cabello y yo también le acaricié el suyo..., nos miramos y sonreímos... La luna estaba mirándonos sonriente por la ventana..., y el viento entró por aquella rendija luminosa acariciándonos el rostro..., y nosotras también nos acariciamos el rostro... Te vas, me dijo Mara fijando su mirada en la mía..., esa es otra de tus locuras... Yo le respondí abrazándola fuerte, tengo que encontrar la salida de este mundo mortal y ella rio desparpajadamente, ¿por qué eres tan cursi?, me dijo; y yo también me reí de mí misma, así como ella... Entonces, le besé una de sus mejillas muchas veces..., como se besa a un niño o a una bebé, luego le besé la frente, la otra mejilla, y ella..., ella también me besó en las mejillas, en la frente...; y..., sorpresivamente me besó en los labios..., suavemente, quietamente..., y la temida corriente de la pasión se me encendió en el cuerpo y en la mente como una llamarada…; que creo, perdí la razón… Entonces sentí que la Maga me decía: Calma..., calma..., calma...; y dejé que Mara me desnudara lentamente en el pensamiento, besándome sin parar...; y yo también, besándola sin parar, la fui desnudando completamente en mi pensamiento... hasta que nos quedamos quietas, muy juntas en un beso y abrazo interminable... Fue una sensación única, fresca, eterna, limpia, palpitante...; sentir su cuerpo como si estuviera realmente desnudo pegado al mío..., mientras nos acariciábamos casi imperceptiblemente con la pasión más dulce de todas...; no fue un abrazo como el que nos dimos con la Maga, pero también fue único y maravilloso... Fue un abrazo y un beso nuevo, muy tiernos..., sin ningún deseo de la burda penetración... porque no había nada que penetrar..., solo amar y sentir...; sentir nuestras palpitaciones, nuestras respiraciones..., nuestros cuerpos..., nuestras desnudeces, nuestras almas entrelazándose... Mientras Mara medio loca me repetía al oído: Je t'aime, je t'aime..., como queriendo retenerme para siempre en sus dominios..., pero yo ya la escuchaba inmune a todo llamado que no fuera el mío propio...; mas, yo la escuchaba eufórica de tanto sentimiento desbordado... porque me sentía libre..., totalmente libre de cualquier cadena, de toda opresión... No somos ni hombre ni mujer, me decía Mara, Virginia Wolf está en lo cierto, somos una unidad, somos andrógin@s, la mente no tiene sexo. Solo somos seres que se aman más allá de lo carnal y físico... El sexo físico de la penetración es solo para tener hijos, si no, solo nos degrada... Y así, hicimos que ese momento perdurara para siempre..., abrigándonos quietamente..., sintiéndonos dulcemente..., abrazándonos y besándonos hasta morir y quedarnos dormidas... Felices de saber que pese a ser distintas nos amábamos con un sentimiento puro, único, asexual, místico…, el mejor de todos, el amor de amig@s, pero con el sentimiento fraterno de la pasión del amor...; confirmando que ese amor de amig@s es muy superior al amor de amantes, y que esta experiencia es única e irrepetible... Entonces comprendí que yo también había sido un instrumento en la vida de Mara, para que ella también realizase su gran viaje (al Brasil) y definiera su vida…, porque nuestros caminos volvían a separarse..., y yo sentía que Mara ya no estaba atada a mí, ni yo a ella...

Y ella apagó la luz…

Mientras Joan Báez nos susurraba al oído… Plaisir D'amour (Placer de amor), a la luz de la luna creciente…

 

Viajé a Estocolmo con la bendición de mi madre y de mis herman@s…, y con mi equipaje de siempre..., mi mochila, mi seeleping, mis contadas pertenencias…, y entre ellas, mi maquetita El Sortilegio del Destino… Lo que más me causaba admiración era que mis sentimientos hacia Mara se habían acallado o tal vez transmutado o sublimado en nuestras últimas despedidas…, habían cumplido su ciclo por la ley de la impermanencia de la vida y estaban desapareciendo como por arte de magia…; y yo, para tristeza y/o contento mío… no lo podía creer…



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