II.
Parte 4 – El castillo interior
Cuando por fin hube llegado a la cima de aquella
colina misteriosa, comprobé que efectivamente se trataba de un pequeño
castillo... medieval, parecía salido de un cuento de hadas o de una película...,
muy raro de existir en esta zona pues nunca había escuchado de su existencia, y
tal vez me lo hubiera dicho doña Flora, pero no... El frontis tenía un gran
portón con su pequeña puerta cerrada que parecía no haberse movido en mucho
tiempo... La vegetación estaba creciendo silvestremente, escalando y adornando aquellas
altas murallas...; enredaderas de flores coloridas decoraban el contorno de
aquella majestuosa entrada...
Desde la cima observé con mucha satisfacción el largo
camino recorrido, pese a la terrible aparición del más ruin de todos los seres,
Maléficus, el patriarca de todos los demonios, que por un momento yo lo había
asociado con aquel desafiante Minotauro que estaba esperándome en el centro de
este espantoso laberinto. Luego, contorneé el pequeño castillo buscando otra entrada,
pero no había..., parecía abandonado, aunque sus pequeñas ventanas del segundo
piso estaban abiertas, y del interior se escuchaba venir el sonido del correr
del agua de una fuente..., entre unos cánticos angelicales…, era el majestuoso
Ave María de Franz Peter Schubert (Viena, 1797-1828)… Continué circunvalando el
edificio rectangular amurallado, obvervando que todas sus paredes estaban
cubiertas de vegetación...; apenas yo podía tocar sus piedras milenarias que habrían
contemplado a miles de viajeros que por allí habrían pasado... Las enredaderas
trepaban los muros y brotaban en miles y miles de hojas y flores, sustentando a
aquellos pájaros cantores que jugaban con el viento y los rayos del sol, revoloteando
entre los árboles frutales y las almenas respingadas... ¡Qué dicha! ¡Qué
fortuna!, era alucinante ver cómo aquella pequeña joya de arquitectura tenía vida
propia... ¿Qué habrá adentro?..., me
preguntaba ingenuamente, porque no me atrevía a adivinar siquiera... Mas,
también fue alucinante descubrir que esa joya de arquitectura, tenía un
riachuelo de aguas claras como vecino…
Entonces me senté sobre la grama cruzando las piernas,
frente a una de sus fachadas laterales que eran un poco más largas que los
frontis, y me dispuse a dibujarla y pintarla con mis pasteles. Mas, a este dibujo
le agregué en pleno centro de esa fachada, una puerta escondida entre las hojas
y flores de las enredaderas..., una puerta pequeña, estrecha y entreabierta...,
como invitando a entrar o esperando el ingreso de alguien... De pronto, fijé mi
mirada en el centro de la fachada real y para total asombro mío, allí estaba la
puerta escondida que acababa de dibujar... en esa misma fachada real…;
originándose en mí la terrible duda de, si esa puerta estuvo allí siempre y no
me había dado cuenta y yo la había dibujado; o si yo la dibujé primero en mi
cuaderno y luego se había materializado en esa fachada que tenía ante mis ojos...,
duda que después pude disipar... Me levanté de inmediato y me dirigí a aquella
puerta que se escondía entre las ramadas de una vistosa buganvilla color
cíclame..., el color preferido de mi madre… Por supuesto que la abrí muy lentamente...,
no hubo ruido... e ingresé con un poco de temor, lo confieso; aunque después de
haber visto al mismísimo demonio del patriarcado, no creo que exista peor temor
que ese que él inspira... Había ingresado a un pequeño vestíbulo apenas
iluminado por la luz de la puerta, donde había un torno de madera, de esos que
hay en los conventos de clausura, con sus respectivas bancas frente a ellos... Sorprendida,
descargué mi mochila y me senté en la única banca que allí había, observando el
pequeño panorama..., muda de asombro..., sumamente maravillada por este
inesperado encuentro místico; porque sí, sí era un encuentro místico..., aquel
torno me estaba diciendo que yo había llegado a un convento, a un monasterio...,
y quien sabe si de monjas o monjes...
Aleph no quería que lo ponga en el suelo, seguía
cómodo en mi alforja sobre mis piernas... Pero de repente empezó a ladrar, como
si hubiera sentido un movimiento al otro lado del torno, y desde mis piernas saltó
el muy valiente sobre el torno y este se movió..., como crujiendo sus dientes;
y yo lo ayudé para que el pequeño bicho fuera a dar al otro lado del torno, lo
sentí saltar y salir de ese espacio, corriendo y ladrando hasta que dejó de
ladrar. Me quedé un poco preocupada y no, al mismo tiempo, confiada en que
Aleph sabía lo que hacía... Al cabo de un buen rato, sentí venir a algunas
personas al otro lado del torno y a Aleph que gruñía de alegría...
–¡Ave María
Purísimaaa! –dijo cantando una voz suave desde el interior del aposento...
–¡Monjas!...
grité para mis adentros con la mayor de mis sorpresas... ¡Ooh, diosas y dioses!
¡No lo podía creer! ¡No había duda que yo había llegado a un convento de
monjas! ¡Qué increíble!
–¡Ave María
Purísimaaa! –insistió otra cálida voz, y yo torpe, apenas respondí
tímidamente:
–¡Hola, holaaa! –y las monjas rieron festivas...,
pusieron a Aleph en el torno y me lo devolvieron. Entonces, me presenté– Mi
nombre es Mara y mi perro es Aleph –les dije.
–¡Cristo y la Virgen te bendigan y protejan! –me
repondieron al unísono las monjas– Nosotras somos: Sor Ana, Sor Juana y Sor
Teresa, quien te habla.
–¡Qué gusto me da saludarlas! ¡Muchas gracias!... Me encantaría
mucho conocer el interior de su convento, ¿es posible?, ¿me lo permiten? –les
pregunté con la mayor de mis esperanzas; mas, una de ellas me derrumbó de
inmediato:
–No, no es posible, este es un convento de clausura.
Lo sentimos.
–¡Ooh! –exclamé con verdadero desaliento,
comprendiendo que así son los conventos de clausura, no permiten el acceso de
nadie, a menos que uno tenga esa vocación mística... y esa vocación mística, precisamente,
yo ya no la tenía; la había tenido de niña, sí... pero después no... Porque fue
el dolor más amargo de todos, el abandono de mi padre, el que me apartó de toda
oración, de toda fe…; empecé a sentir que Dios ni Diosa ni Divinidad Suprema
realmente existían, no podía ser que existiesen y pudiesen permitir tanto dolor
y sufrimiento en nuestra familia (aunque por otro lado también éramos felices)...
Yo sufría mucho, no solo por mí y mis herman@s, sino sobre todo por mi madre…,
¿qué la había hecho merecedora de tanto infortunio?… ¡Mi padre nos había
abandonado! ¡Nos había destrozado! ¡Había fracturado nuestra familia y nos
había dejado a la deriva!… Fue por eso y por mi rabia y dolor, que, en mi
corazón, ese Cristo que tanto había adorado de niña empezó a marchitarse
y a agonizar..., y me fui quedando sin nada...; pues ese Cristo y mi familia
habían sido todo para mí, mi punto de referencia, mi axis mundi..., mi hogar,
mi nido... Y me fui quedando sumida en la frialdad del vacío, sin ningún hito
ni consuelo..., y mi madre y mis herman@s también, así lo sentía yo… Fue
un shock para todos y creo que todos quedamos traumados por eso…, tan efímero y
mortal; pero sobrevivimos… y nos hicimos rescilientes… por el amor de mi madre…
Todo eso, más el ateísmo que siempre había profesado
mi padre, el de los Toños, el de mis otros amigos de barrio y de la
universidad, y también el de mis efímeros amantes; hizo que finalmente yo me
declarara atea y enterrara aquel sentimiento infantil...
–Que la paz sea contigo –me dijeron, y en vista que
ya se iban, les pregunté con el mejor de mis sentimientos...
–¿Puedo quedarme a descansar aquí…?
–¡Claro! –respondió una de ellas con efusividad.
–¡Puedes quedarte todo el tiempo que quieras!
–respondió otra y todas juntas se rieron como si hubieran dicho una broma, y se
fueron muy contentas...
Me quedé en aquel recinto reflexionando en este increíble
encuentro místico y en aquella otra extraña ley de causa y efecto, o del karma
como la llaman Los Vedas..., en que nada
es casualidad..., todo acto tiene sus consecuencias o repercusión... Entonces,
¿qué habría hecho yo como para llegar a este
misterioso convento?, esa era la pregunta..., ¿y la respuesta?... De
repente me sentí como aquel campesino del cuento Ante la ley, del escritor checo Franz Kafka (1883-1924), que espera
toda su vida ante esa puerta de la ley esperando que su guardián lo deje entrar;
y especulé si haría bien en quedarme así también, insistiendo que me dejen
entrar para conocer el interior de ese enigmático convento. Puse a Aleph en el
piso y di rienda suelta a mis pensamientos y recuerdos que fluían de un lado a
otro sin parar..., hasta que súbitamente, como por arte de magia, retrocedí en
el tiempo y me encontré en Arequipa, en ese preciso momento en que estaba
luchando conmigo misma, para seguir o no seguir este misterioso llamado del
corazón que es el mismo llamado del mar, el llamado divino del mundo interior, la vocación mística
de encontrarse a sí mism@ y a la verdad absoluta...
Ahora estoy comprendiendo con mucho dolor que
el camino recorrido con mi madre y mis herman@s se ha bifurcado por primera
vez en mi vida, y yo… debo elegir…, debo terminar con este desaliento que me
consume de no saber qué hacer cuando termine mi carrera. La misión de estudiar,
trabajar, casarme, tener hijos, educarlos, cuidar de ellos, luego de nuestros
padres; y después, enfermarse, envejecer y morir…, no me atrae, no me colma, no
es para mí…; entonces, ¿qué es para mí?... ¡No lo sé!... Solo sé que quiero
irme…, tengo que irme… ¿Seré capaz de abandonar a mi madre y a mis herman@s
a quienes amo tanto?… Podría vivir aquí en este mundo heredado de mi madre, aún
sin estar de acuerdo con ella ni con nadie ni con nada, sé que debería ayudarla
a sostener la casa, pero más fuerte es este llamado que destroza mi razón y me
obliga a partir, a tomar este otro sendero, aún sin saber a dónde me llevará
exactamente y cómo… Solo sé que quiero partir, que ha llegado el momento de partir…
Llevo semanas, meses anhelando culminar mi carrera para poder partir…, huir…,
huir al mar… Pero, qué difícil es cuando en las noches me devora el temor de
que mi madre se hunda en la tristeza y el mundo me señale… ¿Por qué ha de ser
difícil caminar descalzos, respirar aire puro, beber el agua fresca de los
ríos?… ¿No es acaso un derecho propio elegir nuestro destino?…
Luego
me encontré caminando por las calles de mi vieja ciudad de Arequipa, recordando
aquellos
conventos o monasterios que había tenido la gran fortuna de conocer, como el
famoso monasterio de Santa Catalina que es una pequeña ciudad dentro de una
gran ciudad, o el convento de San Francisco, ambos, patrimonios de la humanidad;
y que, además, albergan hoy en día nuevos monasterios. También están los
Claustros de la Compañía y el convento San Agustín que ahora es propiedad de la
Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), donde tuve el
privilegio de estudiar (provisionalmente) los dos primeros años de mi facultad
en un ambiente místico de ensueño, con mis alucinaciones de haber sido monja en
alguna de mis anteriores vidas, sintiendo la seguridad y realidad de la
reencarnación… Mientras estaban construyendo los pabellones definitivos en la
ciudad universitaria de la avenida Venezuela, a donde finalmente se trasladó nuestra
Facultad de Arquitectura y Urbanismo.
Me encontré recordando, sobre todo, sus espacios
interiores..., imaginando que así también era, con toda seguridad, el interior
de este misterioso castillo..., como aquellos claustros llenos de
recogimiento... que invitan a la reflexión, introspección, oración, meditación,
contemplación, adoración y devoción… por nuestra Divinidad Suprema personal.
De pronto, Aleph se paró frente al torno como si
hubiera sentido cerca aquellas presencias conocidas, y me pidió con la mirada
que lo subiera a ese torno y así lo hice; muy divertida de lo que pensarían
aquellas monjas, que quizá habíamos
empezado un agraciado juego con el perro como mensajero... Sí, esta vez,
apenas viniesen a entregarme a Aleph yo les preguntaría de qué congregación son, de dónde son, cuántas son... Cómo es su vida
allí adentro, cómo es su proceso, cómo son sus oraciones y..., un saludo cálido
interrumpió mis pensamientos...
–¡Ave María
Purísimaaa! –y yo le respondí como si se tratase de un santo y seña:
–Sin pecado
concebida –recordando apenas lo aprendido en el colegio, y antes de que
dijeran algo más, les pregunté– ¿De qué congregación son, por favor?
–Somos
carmelitas descalzas –respondieron muy contentas y yo quedé muy soprendida
y fascinada, repitiéndome para mis adentros... ¡Carmelitas descalzas! ¡Oh, diosas y dioses!... Esta era otra
mística señal para mí, una verdadera novedad, pues nunca había escuchado de
ellas por estos inóspitos lares… Y exclamé en voz alta:
–¡Carmelitas
descalzas! ¿La orden fundada por Santa Teresa de Jesús (española, 1515-1582)?
–Esa misma
–respondió una de las monjitas muy satisfecha, y yo proseguí:
–Ustedes buscan la unión con Jesús o el amor por él,
¿verdad?
–Sí, ese es nuestro objetivo primordial –respondió
una de ellas. Y en vista que yo había mostrado cierto interés agudo por ese
tema místico, las monjas resolvieron que una de ellas, Sor Teresa, se quedase conmigo,
para responder alguna otra pregunta interesante que surgiese de mi curiosidad; pero,
sobre todo, para predicarme su doctrina; tal vez ese camino suyo fuese el mío también,
puesto que el destino me había llevado hacia ellas. Las demás se despidieron.
–Jesús y la Virgen te guarden –me dijeron y se
fueron.
–Nunca he comprendido cómo es ese amor o esa unión
mística o divina, o cómo se lleva a cabo –le dije a Sor Teresa– ¿Es un abrazo
eterno o uno se hace uno con él?
–Depende como uno lo sienta, hay muchos pensamientos
al respecto y todos son válidos porque a la Divinidad Suprema no se la puede
encasillar o limitar a una sola forma. La Divinidad o Persona Suprema se
manifiesta de infinitas formas, una forma para cada ser humano..., por eso es,
finalmente, una divinidad personal… Pero aquí, nosotras nos identificamos con
la forma de Jesús y María, el hijo y su madre; y alcanzamos el amor divino
amando a Jesús o a ella, ¿comprendes?
–Sí, comprendo –le respondí, comprendiendo efectivamente
que, tratándose de una divinidad superior no podría limitársele de ninguna
manera. Me gustó mucho ese concepto y también que se le considerase personal –una
forma para cada ser humano–; pero sobre todo me gustó el que se refiriese a
la Divinidad Suprema como la “Persona Suprema”, y no a “Dios” como suele
hacerlo la mística cristiana patriarcal–. Pero, ¿cómo se da ese amor o esa
unión mística? –le pregunté nuevamente.
–¿De veras quieres saberlo? –me preguntó ella casi
amonestándome.
–Por pupuesto que sí –le aseguré-, verdaderamente
estoy muy interesada en saberlo porque de niña me atrajo mucho este camino, aunque
después ya no y ahora..., no sé; creo que ahora, solo me interesa encontrarme a
mí misma y a la verdad absoluta –le dije con mi corazón abierto.
–¡Pero si la verdad absoluta es la misma
Divinidad Suprema del corazón! Ella es la sabiduría divina, otra de sus
manifestaciones –dijo Sor Teresa muy satisfecha y yo quedé nuevamente muy
sorprendida ante esta fresca e inesperada novedad–. No hay duda de que estás
buscando a tu Divinidad Suprema personal o el camino para llegar a ella
–continúo Sor Teresa–, y ya te estás dando cuenta que no está en el mundo de afuera,
¿cierto?...; porque de otro modo no habrías abandonado ese mundo. Ese
sentimiento de abandonarlo todo en busca de encontrarse a sí mismo y a la verdad
absoluta es el comienzo de la vocación mística; después, hay que tratar saber
todo acerca de esta Divinidad Suprema o Ser Superior, porque ella es quien nos
llama para establecer una relación amorosa con ella o él o ellos; cómo es,
dónde está, qué hace... ¿Sabes tú dónde está este Ser Superior o Persona
Suprema?
–Los místicos dicen que se encuentra en el interior
del corazón.
–¡Exacto! –respondió ella nuevamente satisfecha de mi
respuesta– Y Santa Teresa de Ávila, nuestra guía mística, compara el interior
de nuestro corazón con el interior de este castillo.
–¡Ooh, diosas y dioses! –exclamé estupefacta casi
como para mí misma– ¿Cómo ha podido hacerse realidad esta alegoría de Santa
Teresa de Jesús, que tantas veces me explicó mi querida madre en mi infancia?...
Pero no comprendo cómo la Persona Suprema puede estar en el interior de nuestro
corazón y cómo se puede llegar a ella, o cómo percibirla si podemos percibirla...
–Por supuesto que uno puede percibirla, de eso trata
el camino místico... Si realmente quieres saber y vivir esta experiencia
mística o espiritual, debes seguir el maravilloso mapa de las siete moradas del
castillo interior que nos dejó nuestra venerable Santa Teresa de Jesús. Si escuchando
y comprendiendo este gran viaje espiritual del alma hacia el encuentro con su
Divinidad Suprema personal, sientes que ese es tu llamado, entonces ingresarías
a nuestro convento, de lo contrario, podrás continuar tu camino; quien sabe si
más adelante estés más preparada para ingresar a él.
Entonces, Sor Teresa me reveló que Santa Teresa de
Jesús compara nuestra alma o verdadero yo con un castillo de diamantes donde
hay muchos aposentos, así como hay muchas moradas en el cielo. También lo compara
como un palmito de muchas coberturas. El alma es el hogar de la Divinidad
Suprema –dijo–, ella mora allí, en pleno centro; y para llegar a ese centro del
alma, el alma debe entrar en sí misma y pasar a través de sí misma siguiendo un
camino de perfección, que progresa por siete grados de interiorización e
intensidad en nuestra relación con la Persona Suprema o Divinidad Suprema.
Estos grados son las siete moradas del castillo interior o siete fases
del proceso espiritual, que corresponden a renuncias progresivas del alma para
que su amor por su Divinidad Suprema personal se vuelva infinitamente puro. Las
tres primeras moradas corresponden a la práctica ascética, que son el pórtico
de entrada a la vida espiritual y el fundamento de las demás; y las tres
últimas moradas corresponden a la actividad contemplativa, siendo las cuartas
moradas una transición a estas últimas. De esta manera, hemos de franquear las
primeras moradas, con la decisión de buscar a nuestra Divinidad Suprema
personal dentro de nosotros, apoyándonos en ella misma, pues ella es quien nos
hace pasar de una morada a otra, cuando quiere y de la forma que quiere. En la
última de estas moradas el alma encuentra a su Divinidad Suprema, que con sus
gracias le infunde valor en todo su camino y la renueva, la transforma y prepara
para los deleites de la unión, del amor divino…, el éxtasis supremo.
Y así vamos comprendiendo que no hay peor miseria ni mayor sufrimiento para el
alma, que vivir sin nuestra Divinidad Suprema o desconectados de ella, incluso
la de imaginar que podemos hacer el bien sin ella, ya que somos sus partes o
porciones.
Respecto a las primeras moradas, Santa Teresa
de Jesús dice que la oración acompañada de meditación es la puerta del castillo
y el camino a recorrer del alma peregrina, es la condición indispensable para
poder entrar, es el nervio de la vida religiosa para iniciar nuestra relación
personal con la Divinidad Suprema y conocernos en relación con ella. La oración
es el puente por el cual la Divinidad Suprema se relaciona con nosotros. A
solas y en silencio rezamos, con los labios y el corazón, el Credo, el Rosario,
la Gloria... Al comienzo no es fácil porque uno está envuelto en muchas
ocupaciones y no tiene espacios de sosiego, estamos llenos de ruidos y
obstáculos; mas, no debemos frustrarnos por esto, debemos seguir adelante con
determinación, fe y entusiasmo, tratando de entrar en el castillo, en nosotros
mismos; huyendo de las afueras y de la vida superficial para recuperar
progresivamente nuestra sensibilidad espiritual, esta es nuestra “conversión”. Mientras uno ore con más sinceridad
–continuó Sor Teresa casi suspirando–, más comprenderá los designios de este Ser
Superior y atraerá su gracia, sin la cual no se puede hacer ningún avance. Una
vez que la Divinidad Suprema es atraída por la sinceridad de acercarse a ella, ella
hará el resto. Con los ojos fijos en Cristo, de quien aprendemos la humildad,
el caminante peregrino ingresa en las primeras moradas.
Hasta aquí ha sido todo por hoy –me dijo Sor Teresa dispuesta
a irse y dejarme con mi perro–, te dejo con tus deliberaciones sobre este tema
que acabamos de tratar. Mañana volveré a esta misma hora para responder a
alguna pregunta o duda que te haya surgido en este espacio de reflexión; y si
estás dispuesta podremos continuar con las segundas moradas. Todo dependerá de
ti –y yo acepté… a ojo cerrado, me habían impresionado mucho esas primeras
moradas… ¡Total!, yo podía irme cuando quisiera.
Así fue que me quedé en aquel extraño aposento
durante siete días y siete noches, para escuchar sobre las siete moradas del
castillo interior de la bendita mística Santa Teresa de Jesús…, una morada por
día… No dudé en quedarme, realmente, yo me encontraba maravillada de escuchar
tal revelación, quizá, inmerecida para mí…; lo único que podía hacer en señal
de agradecimiento, era escuchar atentamente y tomar nota de las más dulces
explicaciones de Sor Teresa…, que eran la ambrosía misma que satisface el
solitario corazón. Además, aquellas monjas místicas no solo me habían robado la
mente y el corazón sino también el estómago ayunador, al convidarme un alimento
frugal al día, hecho de arroz, vegetales y especias, más un vaso de leche de
vaca pura con galletitas y panecillos…; todo venido del mismo cielo… Incluso,
las monjitas me habían pasado, a través del torno, un par de cartones para
resguardarme del frío durante las noches. Y, por último, hasta mi limpieza
corporal estaba resuelta al contar con ese frenético riachuelo, que pasaba todo
orondo y cantarino muy cerca del castillo…
Segundas moradas: Con la perseverancia
en la oración, el peregrino ingresa a las segundas moradas donde ha de luchar para
continuar y permanecer en el camino elegido, combatiendo los impedimentos que
se presentan, tanto dentro como fuera de sí mismo. En esta morada uno todavía no está fuerte para dejar las
ocasiones de distracción o pecado, aunque tiene buenos deseos; por ello, es necesario confirmar
dicha determinación y fidelidad en la oración; para ello uno puede ayudarse profundizando
y meditando en los evangelios y otras escrituras reveladas. Se nos exige una lucha sostenida y persistente
para ir más adentro porque suelen ser muy frecuentes los vaivenes, avances y
retrocesos que nos alejan de la vida espiritual e incluso nos sacan del
castillo. Por eso, Santa Teresa de Jesús denomina a esta morada la del “combate espiritual”, que puede tomar muchos días y años, en especial cuando se
ve la perseverancia... Estas moradas conciernen a la purificación de nuestra
relación con el mundo, el arma utilizada para triunfar aquí es la fé en Cristo
y la confianza de que él vendrá a liberarnos.
Terceras Moradas: Aquí culmina el
esfuerzo ascético, pues uno logra estabilidad en la oración y en la vida
espiritual, aun cuando sobrevienen la aridez y la impotencia como estados de
prueba. Uno se somete a las pruebas del amor siendo humilde y sumiso al plan
divino, y en la medida de su oración y anhelo por llegar al centro de su ser,
irá interiorizándose, y las sombras de su interior irán desvaneciéndose
desterradas por el conocimiento divino. Es imposible avanzar en este camino espiritual sin que
esta virtud de la humildad esté bien consolidada, porque es el cimiento del edificio
de la vida espiritual, por ello es preciso hacer un profundo examen de
conciencia contemplando nuestra grandeza y nuestra miseria, para caminar en la verdad;
así, el caminante peregrino irá conociendo un poco más ese misterio de la Divinidad
Suprema revelado en Jesús…, meditando en su pasión.
Cuartas moradas: Comienza la oración de
quietud o de más recogimiento, donde llueven los favores o gustos de la
Divinidad Suprema, que encienden en el alma del peregrino el fuego de la verdadera
caridad y la llevan a paladear su dulzura. Uno comienza a ser recompensado en su esfuerzo de las
tres moradas anteriores, preparándose para entregar el yo/ego. Cada vez más,
uno comprende que valía la pena asumir el reto de ir hacia el centro del alma.
Hay alivio en las tensiones del diario vivir…, paz y silencio surgen de nuestra fuente interior. Los caminantes han dejado las máscaras y se
han hecho humildes. A los que se han acostumbrado a meditar en los evangelios, Cristo
los invita a recogerse en su intimidad. El peregrino se ha dispuesto a dejar
que sea Cristo quien ordene su vida, ha superado el deseo de controlarlo todo,
se deja guiar, se deja amar. Para aprovechar
mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en
pensar mucho, sino en amar mucho; pero, el amor no solo es sentimiento y emoción,
sino también determinación y obras. Es un período de transición, es el paso a
la experiencia mística, aunque intermitente.
Quintas moradas: Comienza la unión
mística o unión con la Divinidad Suprema que culminará en las séptimas moradas.
Uno ha transitado un camino de conversión serio y profundo, renunciando al
egoísmo, al viejo yo (yo/ego), y se ofrecerá a la Divinidad Suprema de su
corazón renunciando totalmente a sí mismo para ponerse en sus manos. Uno se
abandona a la voluntad divina, aprende
cuál es la voluntad del Ser Supremo en su vida, y a ser causa de amor para quienes
le rodean. La eucaristía es su alimento, pero sobre todo la imitación de
Cristo, en el acto de ofrecerse a él y a la humanidad. Acá, solo estas dos cosas nos pide el Supremo: Amor a su Majestad y al
prójimo, es en lo que debemos trabajar. Nos estamos acercando a las séptimas
moradas, donde habita el Rey. Muere el gusano de seda y renace el alma en Cristo. Morir
para renacer o morir para vivir…, oración de unión. El orante teje su capullo de oración y se encierra en él,
con la confianza de que Cristo es quien le permitirá volar hacia él como una
bella mariposa. Es comenzar a gozar del
cielo en la tierra.
Sextas moradas: El peregrino ha
renunciado a su propia voluntad para dar paso a la voluntad divina, ha unido su
voluntad con la de la Divinidad Suprema comprendiendo que ella es la dueña de
todo y todo lo controla, y ahora está
en condiciones de recibir, de la Divinidad Suprema, todo tipo de gracias sobrenaturales. Es el caminante
nuevo con grandes deseos de seguir amando a quien le miró, le enamoró y le dio
alas para volar. La última habitación de estas moradas de las que habla Santa
Teresa, es la ausencia de Cristo, es una gracia difícil de entender; Cristo
lleva al orante a ver todo el sufrimiento y dolor del mundo, es “la noche
oscura del alma” y el dolor de que Cristo está ausente. El peregrino aprenderá
a tener compasión por todos los que sufren, y estará preparado para unirse
totalmente con la Divinidad Suprema del corazón, aquí ambos se hacen una
promesa de matrimonio. Es el crisol del amor, período extático, Cristo presente. Brotan
sentimientos de ausencia y presencia de Cristo. La unión es cada vez más intensa.
Séptimas moradas: Finalmente, uno llega
al lugar donde habita la Divinidad Suprema del corazón que es el centro del
alma, nuestro auténtico yo. Es el compromiso con la divinidad a través de la
contemplación que culmina en el matrimonio espiritual o místico, unión con
Cristo, unión plena, transverberación, culminando su transformación... Y
sellando definitivamente, entre los esplendores de la eterna sabiduría, la
amistad entre el alma y la Trinidad (aquí se comunican las tres personas divinas:
Madre, Padre e hijo), especialmente con Cristo... Ya no vivo yo sino Cristo es quien vive en mí. Es la quinta esencia
de la santidad. Aquí ocurre el ingreso a lo más íntimo del alma donde habita su
Majestad, y el alma se hace una con ella sin perder su individualidad e
identidad, es lo que algunos maestros llaman “deificación”, con sus grandes efectos que produce: paz interior,
desapego de todo para estar a solas con él, entrega total de la vida a Cristo,
amor divino, éxtasis supremo. Uno se vuelve esclavo de quien lo compró con su
sangre para salvar a la humanidad. Ahora vive en el centro del castillo, en la
cálida presencia de la Divinidad Suprema. Las últimas moradas son unificadas y
en estrecha conjunción con el centro del alma o abertura del espíritu a lo
trascendente.
Este es el camino que recorren los místicos o
caminantes peregrinos –dijo Sor Teresa, finalmente–. En resumen, hay que comprender
primero que uno está habitado por la misma Divinidad Suprema, que este Ser Superior
está dentro de uno, vive en uno, está presente en uno y uno irá en su búsqueda,
y que esta Persona Suprema es nuestro punto de arribo. Luego, uno ha de conocer
a su Divinidad Suprema personal a través de la oración, de la meditación, del
estudio de las escrituras reveladas y escuchando de ella a través de personas
místicas que ya la conocen, para establecer una relación de servicio, de
amistad y amor con ella, con nuestra divinidad personal; así, uno irá
conociéndola cada vez más hasta enamorarse de ella..., hasta llegar a la unión
mística con ella o hacerse uno con él o ella. Cada uno caminará según sus
necesidades y buscará de la mano de su Divinidad Suprema, una vida digna de
alcanzar a través de sus moradas, este es el matrimonio espiritual con el Amado
y/o Amada, este es el fin o meta suprema del alma peregrina de todo místico...,
esta es su autorrealización final. Ahora tú, mi apacible caminante, solo tienes
que descubrir si es Jesús o la Virgen María…, o ambos…, la forma de la
Divinidad Suprema que está destinada para ti.
¡Oh, diosas y dioses!, yo me encontraba sumamente
admirada y agradecida por todo lo que me había revelado Sor Teresa…,
sintiéndome al mismo tiempo inmerecida por tal misericordia, porque no me cabía
ninguna duda que sus revelaciones eran para un alma avanzada en el camino
espiritual, y que tenía a Jesús como su Divinidad Suprema personal. En cambio,
yo..., yo todavía estaba en pañales..., yo no era más un pobre gusano paria sin
patria ni hogar..., que seguía arrastrándose por el suelo...; y lo más triste
aún, yo no tenía ninguna Divinidad Suprema personal a quien orar... Sin embargo,
tales explicaciones de Sor Teresa me habían hecho mella, podía reconocerlas;
aunque otras habían quedado en el tintero, como, por ejemplo, qué es realmente
el alma, cómo es... Aunque yo misma sintiese que el alma era mi otro yo, mi
verdadero yo, no sabía exactamente qué era o cómo era... y no podía sentirla...,
ni describirla, ese era el hecho; y menos podía sentir cómo era Jesús o
cualquier otra forma de la Divinidad Suprema, ni cómo era su hogar, su dulce
hogar eterno... Y si bien, Sor Teresa me aconsejó orar mucho para iniciar mi
camino espiritual, no lo sentía posible porque tales oraciones del catecismo no
me sabían a nada..., me sentía árida..., mi corazón estaba árido, seco..., no
sentía tener ninguna conexión con Jesús..., aunque a veces sí con la Virgen
María porque era la divinidad personal de mi querida madre, nada más.
Luego de siete días de tan hermosas enseñanzas, tuve
que despedirme de aquellas maravillosas místicas que me habían aclarado la
mente y el corazón, en cuanto a su proceso o camino espiritual de
autorrealización, agradeciéndoles desde lo más profundo de mi corazón... Ellas
me bendijeron con sus oraciones…, y yo bajé casi corriendo a la carretera..., plenamente
libre…, inundada de una nueva fe y esperanza de que algún día yo también encontraría
mi propia Divinidad Suprema o verdad absoluta y mi propio proceso de
autorrealización…; y me encontraría con ella… cara a cara y sin temor...
Aleph también venía corriendo detrás mío, ladrando de
rato en rato... Luego, en la carretera, a medida que yo iba caminando se me
iban borrando poco a poco los territorios de ese maravilloso mapa y su gran
tesoro, que Sor Teresa había tenido la caridad de compartírmelo...; pues mi
mente inquieta fue enfocándose de nuevo en la carretera con su paisaje rocoso, singular
y agreste...; y todo se fue pasando..., desvaneciendo..., como si hubiera sido
un dulce sueño... paradisíaco... Ahora, tenía que enfocarme más en el presente,
estar atenta..., alerta..., pues empezaron a pasar cada vez más y más vehículos...
II.
Parte 5 – La arcadia limeña
No tuve que esperar mucho para que apareciera un
camión con un gran letrero sobre su cabina que decía: “Huánuco, vida mía,
ciudad de la eterna primavera”… Vaya, vaya, pensé, no
solo Trujillo es la ciudad de la eterna primavera… y no solo yo tengo mi
terruño… Estiré el brazo y el camión paró. El chofer era un lugareño de
mediana edad, iba con un niño. Por supuesto que le dije que iba a Huánuco y
subí, el niño tuvo que sentarse en medio y yo me senté al lado de la ventana.
Me sentí con suerte, pues de un tirón me acercaría más a la selva que era mi
meta, no importaba si pasaba de largo por Cerro de Pasco. Luego de las
presentaciones, el niño, de más o menos diez años, me preguntó:
–¿Qué te pasó en tu nariz?
–¡Henry! –exclamó su padre–, no seas impertinente.
–No se preocupe –respondí–. Simplemente me caí –pero
el niño insistió.
–¿Cómo? –me replicó...
Y yo me sentí un poco incómoda por tener que recordar
ese hecho tan absurdo, pero ni modo, tuve que resumirle la historia en un “me
caí”, sin tener que contarle que fue cuando yo estaba huyendo de los abrazos de
una loca, no sé cómo perdí el equilibrio y me caí… Yo había ido con uno de mis
amantes secretos (en su camioneta) y una tal Yola, a almorzar a una picantería
por Uchumayo (puerta de ingreso y salida de Arequipa, hacia la Panamericana). De
repente, en plena picanteada ella salió con la onda de que en el fondo todos
éramos bisexuales…, y como estaba cerca de mí, intentó abrazarme y besarme de
una, sin más ni más…, ¡la muy loca!… ¿Es que no te gusto?, me
preguntó muy provocativa y como no pude decirle que no –porque sí me gustaba su
porte distinguido, el corte desaliñado de su pelo castaño, su vestimenta
informal de overol jean desteñido y zapatillas sencillas…–, de nuevo intentó
abrazarme y yo la esquivé levantándome de mi asiento; mas, ella continuó
persistiendo en su intento y yo continué esquivándola, ora entre las sillas, ora
entre las mesas del restaurante…; uno equivocadamente podría haber pensado que
estábamos jugando, o bailando…, pero no..., yo le estaba huyendo de verdad… Luego
tuve que salir corriendo a la calle, directo a la carretera para cruzar la
pista y regresar a la ciudad en otra movilidad; pero los susodichos también me
siguieron corriendo (quién sabe si pagarían nuestro consumo en la picantería),
y los tres estuvimos corriendo uno detrás de otro hasta que me caí rodando por
el suelo; ellos, asustados, me levantaron y me llevaron a la camioneta
tomándome del brazo, uno de cada lado; me había lastimado la nariz, estaba
ensangrentada. Me llevaron rumbo a emergencias, pero en el camino les pedí que
mejor me llevaran a casa y así lo hicieron. Mi madre nos regañó con justo
enojo, porque era obvio que habíamos bebido demasiado vino y cerveza, qué
absurda mezcla... En la camioneta yo no había podido evitar descansar sobre el
hombro de la tal Yola, yo…, la que no quería ni que se me acercara… Ahora ella
iba acariciándome, besándome el cabello, dándome ánimos… Yo estaba casi en
blanco por los efectos del alcohol...; no obstante, estaba consciente de que quería
terminar de una vez por todas con esa aberrante promiscuidad en la que había
caído... Quería terminar con todos mis efímeros amantes, con todo mi deseo
carnal y pasión sexual, porque no hacían más que mantenerme en la superficialidad
de las relaciones y la lujuria de su goce mecánico, frío y sin sentido, a veces
confundida con amor...; aunque tampoco hiciese nada por evitarlo, pues al mismo
tiempo seguía gustándome...; a pesar que yo, hace rato quería declararme asexual..., quería ser asexual, pero no
sabía cómo... Sentía que ese era el mejor de los caminos; sin saber,
efectivamente, que ese es el camino natural de la evolución del ser humano...,
porque solo los asexuales pueden abrazar y besar con amor puro...
–Estuve corriendo por el campo con unos amigos,
tropecé y me di de narices contra una piedra –le contesté al niño; pero de
pronto, él cambió bruscamente de tema.
–¿Qué llevas allí? –me dijo mirando la bolsa con
Aleph que se movía, y Aleph apareció mostrándole su enorme cabezota lanuda para
deleite suyo–. ¡Un perro! –exclamó–. ¡Papá, papá! ¡Mira! ¡La seño tiene un
perro! ¡Préstamelo!
Sí, tuve que prestárselo, no me quedó más remedio, y
antes de que me atropelle preguntándome sobre el origen del perro diminuto, le
dije que a Aleph le gustaban los cuentos para perros. Henry se entretuvo un
buen rato pensando en qué cuento podría gustarle a Aleph, quien parecía de
verdad muy interesado en escucharle, a tal punto que el niño me pidió que se lo
regalase…, ¡a Aleph!… Por un momento no me pareció mala idea, lo confieso, pues
vi que ese niño le había tomado cierto cariño y podría cuidarlo mejor que yo,
por lo menos le daría techo y comida…; pero era imposible, no podía hacerle eso
a Mara…, quien prácticamente, no solo me había obligado muy sutilmente a
adoptarlo, sino también a traerlo conmigo para que me cuide y no me sienta sola… Pero
el niño insistía… y yo me sentía cada vez más débil para negarme… Felizmente su
padre le dio un rotundo no y le dijo
que más bien aprovechara todo el viaje para tenerlo consigo, porque luego
tendría que devolvérmelo… ¡Gracias a las diosas y dioses!… Por fin, Henry se
quedó dormido sobre un par de cojines al costado de su papá, con Aleph entre
sus piernas.
–Ta chaquetito mi chibolo –me dijo don Cristóbal
disminuyendo el volumen del radio de su camión.
–¿Cómo?
–Está cansadito. Estamos viniendo directo de Lima,
sin parar. Él siempre se afana en venir conmigo; pero luego, no aguanta ni una
semana sin su mamá… Así que nos regresamos a limonta con las mismas, apenas
cargue el camión de nuevo. Mientras tanto, lo dejo con mis taitas en el campo,
a ver si se agarra un poco y le espanta al asma.
–¡Ajá!… ustedes viven en Lima.
–Sí, llevamos muchos años allá, tenemos un terrenito
en El Salvador y estamos construyendo; pero mi esposa y yo somos de Huánuco.
–Entonces, se acostumbraron…
–No del todo, al menos yo, extraño mi tierra, por eso
decidí trabajar con el camión para no quedarme todo el tiempo en Lima.
Luego callamos por un buen rato pues el niño se movió y no queríamos despertarlo. A la altura de Paccha nos separamos del río Mantaro y nuestro paisaje se fue salpicando de ichu como una pálida alfombra verduzca, haciéndose cada vez menos montañoso y más llano…, algunos vehículos nos pasaban de cuando en cuando… Don Cristóbal aumentó la velocidad…, estábamos pasando por las históricas Pampas de Junín, donde el ejército de Bolívar derrotó a las fuerzas realistas en medio de estas dos majestuosas cordilleras coronadas de nieve… ¡Qué hermoso santuario! ¡Qué hermosos son el sol y el cielo serranos!… Traslúcidos, brillantes, cálidos…, surcados por bandadas de nubes blancas y aves viajeras, que sobrevuelan dichosas los pequeños poblados decorados… con riachuelos, ganados, cultivos de papas, cebada, quinua… Pasamos la ciudad de Junín con sus toques de campana mañanera y continuamos bordeando su gran lago resplandeciente, exuberante de totoras, paraíso de las aves, espejo de los cielos…
El pequeño Henry me hizo recordar cuando yo viajaba con
mi padre, me hizo recordar aquel mes de febrero de 1970, cuando con mis
hermanas mayores, Mery y Silvana, llegamos a Lima, a casa de mi tio Eleuterio.
Era mi primera vez en la capital. Mi tío era taxista, vivía en Magdalena del
Mar con su esposa, mi tía Sabina Ramos, y sus cuatro hijos. A Pepe ya lo
conocíamos pues nos había visitado en Huamachuco, y a Lala también cuando nos
había visitado en Santiago de Chuco, ellos eran mayores; Juan y Ana eran
contemporáneos de mis hermanas. La casa de mis tíos era alquilada, de un solo
piso, larga, angosta, pequeña, sencilla y limpia. Consistía en una sala y un
pasaje estrecho donde se alineaban tres pequeños dormitorios apenas iluminados
con pequeños tragaluces, al final se encontraba la cocina-comedor, el pequeño
patio con su lavandería y el baño. No recuerdo como se arreglaron ellos, pero
nos dieron un cuarto. Desde que llegamos, nuestra relación con mis primos Juan
y Ana fue distante, yo sentía que había algo raro entre nosotros, después
comprendí que era por la famosa diferencia que aún existe entre provincianos y
capitalinos, o entre serranos y costeños. Sin embargo, entre Lala y yo siempre
hubo cierta afinidad (tal vez porque ambas éramos piscianas), ya desde Santiago
de Chuco (cuando nos visitó en aquella oportunidad), a pesar de que yo era una
niña tímida, delgaducha, muy pequeña para mi edad, y ella era una hermosa joven
de bellos ojos grandes, desenvuelta, hablaba perfectamente el inglés… Lala
solía decir que le gustaba mi madurez prematura… Tal es así que
esa vez en Lima, me llevó en tres ocasiones a visitar a sus amigas… En una de
esas visitas, una de sus amigas cantó con su guitarra una bella canción en
portugués, por primera vez en mi vida escuché un idioma diferente que no era el
inglés… Este viaje estuvo colmado de muchos: primera vez.
–¿En qué piensa? –me interrumpió don Cristóbal. Yo
sonreí y le conté de mi primera vez en Lima, cuando tenía trece años.
–Recordaba cuando una prima mía me llevó al
cumpleaños del hijo de una de sus amigas, un niño casi de mi edad. La fiesta
fue en el residencial San Felipe…, tuve que soportar tres impactos seguidos que
me produjeron náuseas. El primero fue el trasladarnos en un ómnibus lleno de
gente, casi me asfixio por el calor y el terrible olor de gasolina; el segundo
fue subir en un ascensor; y el tercero, fueron los empellones que tuve que
soportar de aquellos niños que correteaban por todo el apartamento que era muy
pequeño. Mi prima se había acomodado en la cocina con sus amigas, mientras yo
trataba de comprender en qué consistía ese correteo, esos juegos de mesa y por qué
nadie veía la televisión que estaba prendida…, cuando a mí me hubiera gustado
ver la tele ya que aún era una novedad para mí y no había en casa de mis tíos…
Entonces, esos niños me dijeron que yo parecía de otro mundo..., mientras que yo
no podía creer que ellos, capitalinos, no conociesen el campo, las vacas ni los
escarbajos en vivo y en directo… Tuve que buscar un baño para vomitar y vomité…
–¡Uyyy, seño! Eso no fue nada –dijo don Cristóbal
sonriendo.
–¿Cómo que nada? –protesté– ¿Le parece poco que un
niño no conozca el campo en vivo y en directo?
–Claro que no, pero no se me achore señito; que yo me
refería al lado más oscuro de la city, ese que nos espera a los guachitos
cuando llegamos a limonta por primera vez, en fin, usted tenía a su causita.
–¿Qué quiere decir?
–Que cuando a mí me picó la mosca de querer irme de
la casa de mis taitas, me apunté para la city en busca de esa arcadia de la que
tanto hablaban mis paisanos; y allá me fui contra viento y marea; y, ¿qué
pasó?…, ¡uyuyuy!… La que le cuento me trató como a pan que no se vende, peor
que a enemigo…, me hizo cantar hasta en los buses, ja, ja, ja… Fui canillita,
barrendero, cargador en los mercados, peón de construcción, mosaico, vendedor
ambulante… ¡Ay, señito!… si le contara mi vida, es como para escribir una novela…
–Pues, ¡escríbala! –le dije y sonreímos…
Por lo visto, todos sentimos que nuestra vida es un
drama o una novela digna de escribirse… Nuestra vida es un libro de
infinitas páginas que no termina con la muerte…, me había dicho mi madre
en un sueño formidable… También sentí que don Cristóbal había escuchado de una
u otra manera el llamado del mar, porque en verdad, todos llegamos a escucharlo
tarde o temprano, aunque sea una sola vez en la vida…; solo que él lo había
traducido como la picazón de una mosca y la arcadia limeña…
(5) “Y es aquí cuando
más me precipito… cuando puedo llegar a los corazones, cuando puedo cogerlos
por la sangre, cuando puedo mirarlos desde adentro. Y mi furia se torna
apacible, y me vuelvo árbol, y me estanco como un árbol, y me silencio como una
piedra, y callo como una rosa sin espinas. (…)”.
Don Cristóbal, eufórico, de rato en rato me ponía al
tanto del exquisito clima de su tierra, de sus originales puentes colgantes, de
su variedad de cactus y otras maravillas.
Aquella vez en Lima, mi padre me llevó a conocer
varios lugares sin necesidad de exigirle, solo tenía que esperar a que termine
sus gestiones en el Ministerio del Interior, a donde iba diariamente a exigir
que le restablezcan su puesto de subprefecto, alegando que él solo era un
servidor de la patria independientemente del partido político que estuviese en
el poder; mientras mis hermanas mayores estudiaban todo el tiempo en casa, para
rendir sus exámenes de admisión en la Universidad del Altiplano de Puno.
El primer lugar a donde me llevó mi padre fue el
centro de Lima, mi tío Eleuterio nos dejó en la Plaza San Martín en su taxi, y
de allí caminamos de la mano, mi padre y yo, por el Jirón de la Unión hasta la
Plaza Mayor. Mi padre iba explicándome todo como si yo fuera una gran turista,
también me dijo que cuando uno llega a una ciudad o pueblo, lo primero que tiene
que conocer obligadamente son tres lugares: su Plaza de Armas, su mercado y su
cementerio…, y su río…, agregué yo… Mi padre se detuvo… y con una
amplia sonrisa me dijo: Has dado en el clavo, de la Plaza Mayor nos
vamos a conocer el río Rímac, ya no vamos al cementerio… Me gustaba que él se sintiese contento con estas ocurrencias mías,
decía que yo era muy inteligente como mi madre, lo cual me hacía doblemente feliz…
Pero cuando llegamos a la Plaza Mayor, me sentí
apabullada por su fina elegancia y señorío, lo que súbitamente me hizo extrañar
la sencillez de mis pueblos serranos, donde todos nos conocíamos y saludábamos
con familiaridad. Lima era la capital, la gran ciudad, tenía su encanto, belleza;
pero aquí nadie se saludaba con nadie…, más bien, todos éramos unos reverendos
desconocidos que apenas se miraban y rozaban como tétricos seres fantasmales...
Tampoco podía comprender por qué en una de sus esquinas estaba la estatua de
Francisco Pizarro montado en un caballo, si él había sido el colonizador (felizmente
ahora ya no está); ni porque estaba cerrada la puerta de su catedral... Y cuando
estuvimos frente al río Rímac, me dio un vuelco el corazón…, había poca agua…,
¡el río estaba muy sucio y muy triste!… ¡Hecho un basural!… Mi cuerpo se estremeció… ¿Por qué está así el río?, le pregunté
a mi padre y él me respondió también muy triste y decepcionado: Porque todos los desagües vienen a dar al
río y también los desechos de las
fábricas…, y se quedó callado y pensativo…
Eran cosas de no comprender...
Nuestro tour continuó por la Biblioteca Nacional; el
Mercado Central donde comimos una deliciosa tajada de sandía (mi fruta
favorita), escuchando Lisa de los ojos azules de Nicola di
Bari, Me estoy portando mal de Leo Dan y País tropical
de Sérgio Mendes que en ese verano estaban de moda. Luego, caminamos por el
Parque Universitario donde me mostró el edificio más alto de Lima, en aquella
época, que era el Ministerio de Educación; y la Casona, sede original de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Después, caminamos por la avenida
Nicolás de Piérola hasta que llegamos de nuevo a la Plaza San Martín, donde
tomamos un bus de regreso a casa… Durante nuestro trayecto yo iba expectante,
sentía que estaba caminando por un gran museo de edificios, avenidas,
monumentos, calles, casas y demás restos históricos con los cuales yo apenas
tenía una leve conexión… Me sentía rara, efectivamente, me sentía de otro
mundo… ¿Y dónde juegan los niños?…, le pregunté por fin a mi
padre… y él me respondió a secas: En sus casas…, en sus cuartos…
Yo quedé en shock, nuevamente triste por este inesperado hecho que pude
confirmar después, en el cumpleaños de aquel niño, en el residencial San
Felipe… Y más aún, cuando vi por primera vez a los pirañitas, esos niños de la calle que piden limosna…, solos,
descalzos, desarrapados, sucios, malolientes, tristes, de mirada extraña… Esta
era la famosa Lima, la gran arcadia urbana…, mejor dicho…, este
era el lado más oscuro de la city…
Otro día, mi padre me llevó a un museo, me gustó
mucho recordar lo aprendido en el colegio acerca de las artesanías y tejidos de
los incas y preincas. Otro día nos llevó a Mery, Silvia y a mí al centro de
Lima, y aunque no fuimos por los mismos lugares de nuestro primer tour, quedamos
muy satisfechos de tomar café con leche y pan con chicharrones en una cafetería
del Jirón Carabaya, muy cerca de la Plaza San Martín. Otro día mi padre me
llevó al Parque de las Leyendas donde de un solo viaje visitamos las tres
regiones del Perú, y quedamos fascinados con su selva novedosa… Y otro día
fuimos a la Fortaleza del Real Felipe en el Callao, pero fue el puerto lo que
más me impresionó, quedé tan maravillada de ver tantos barcos…, que, en
cuestión de minutos, me subí a uno de ellos y di la vuelta al mundo en
ochenta días… También me impactó enterarme que allí desembocaba el río
Rímac… Recordé a mi madre, cuando en una de nuestras vacaciones de fin de año,
en Trujillo, fuimos todos a Huanchaco, el balneario más atractivo y popular de
esta ciudad norteña; mi impresión de ver el mar por vez primera fue tan íntima
y sensible…, que yo de pie, frente al mar…, volé…, solo volé y volé con las
aves…, hasta que me perdí con el mar infinito que se perdió en el firmamento y
todos nos hicimos uno con el universo… Mi madre me tomó de la mano y entramos
al agua, de su mano yo no sentía ningún temor…, nos quedamos quietas esperando
que llegasen las pequeñas olas…, y cuando estas llegaron a nuestros pies me
asusté al sentir y ver cómo se desmoronaba el suelo, cómo se deslizaba la arena
arrastrándome, mareándome…; como si el mar quisiese engullirme sonriendo,
porque yo le aseguraba a mi madre que lo había visto sonreírme…, mientras el
mar junto con mi madre me decía…, no temas… No temas…,
me repetía mi madre…, mira que hasta los ríos vienen a jugar
con el mar…, y mis ojos se llenaron de lágrimas…
II.
Parte 6 – La vocación mística
Llegamos a Huánuco por la tarde, don Cristóbal nos
dejó muy cerca de la Plaza de Armas. Había llegado a mi segunda parada olímpica,
sana, salva y agradecida… En la plaza me senté sobre una banca para observar
todos sus detalles, mientras Aleph merodeaba por los alrededores… Saqué nuestro
refrigerio, un pedazo de pan para Aleph y una manzana para mí… La plaza
respiraba tranquilidad, limpieza, cuidado; me era familiar este aire
provinciano que brotaba de sus árboles frondosos y jardines impecables, de su
pileta de granito donde giraban impetuosos unos niños diablillos muy terribles,
vigilados por sus ángeles guardianes (sus abuelos) que mataban el tiempo detrás
de sus tragicómicos diarios; realmente, la gente se desplazaba con un poco más
de sosiego y despreocupación. Sin embargo, me inquietaba la visión directa de
sus variados edificios que la rodeaban como si estuvieran desnudos; sí, no
había duda, sentía la falta de portales en su diseño, tal vez porque extrañaba
la belleza de la Plaza de Armas de mi querida Arequipa, mi blanca ciudad novia
del majestuoso volcán Misti y del hermoso río Chili; cuyos elegantes portales
fortalecen su carácter y la protegen de los avatares del tiempo, que tarde o
temprano obligan a sus edificios a cambiar de función, de forma y contenido...
Por eso también me inquietaba el moderno lenguaje de la
catedral huanuqueña y su puerta cerrada; mas, pensando que entre gustos y
colores aún no han escrito los autores, decidí conocer el interior de esa
moderna catedral pidiendo albergue a sus dueños…, tal como hice en Cajamarca,
donde un cura me hospedó por una noche en su parroquia y me habló de los padres
del desierto con los cuales yo sentí una extraña conexión… Pero antes,
terminaría mi manzana, ordenaría mis pensamientos y recapitularía mi viaje…;
así que abandoné mi banco y me senté sobre la grama, recostada muy cómoda y
fresca sobre el tronco de un ficus bien parado…
El pequeño Henry y esos niños de la pileta me
trajeron recuerdos de otros niños…, de mis sobrinas y sobrinos que estaban en
plena infancia; tratando de dilucidar cómo la estaban viviendo en ese momento…
Reflexioné por primera vez sobre la infancia de mis cuatro hermanos en
Arequipa…, cómo había sido realmente, cómo la habían vivido…; y descubrí con
mucho pesar que mis hermanos, así como mis sobrinas y sobrinos, habían vivido y
estaban viviendo la típica infancia de la gran ciudad…, en sus casas, en sus
cuartos, con el cuidado de no perderse en el laberinto de sus calles…, lejos del
campo… Mis hermanos con las ganas de tener un televisor en casa, aunque mamá
les diese siempre una propina para ver televisión en casa del vecino junto a
otros niños; de esta manera, también fuimos muy afortunados de no ser invadidos,
a temprana edad, por la publicidad y programas de la televisión que en su
mayoría son alienantes para la mente y el corazón.
Mientras tanto, nosotras las mayores, a pesar de
compartir con los menores las cosas simples y cotidianas de la vida, no habíamos
profundizado casi nada en nuestras relaciones; yo desconocía en mucho los
pensamientos, sentimientos, emociones, deseos, dudas, sueños y otros aspectos
de la vida de mis hermanos menores; así como ellos desconocían los míos, tal
vez porque nos separaba la edad... Tal vez yo conocía un poco más el mundo de
mis hermanas; pero el hecho era que todos vivíamos muy enfrascados en nuestro
propio mundo, tanto las mayores como los menores…, y a estas alturas de la vida
cada uno había tomado su propio rumbo… Mi padre fue el primero en irse de la
casa, después le siguieron mis hermanas cuando se fueron a formar sus propias
familias. Silvia se fue a vivir a Lima, y Edith y Mery se quedaron a vivir en
Arequipa con sus respectivas parejas, pero en otros barrios. Luego siguieron
Víctor y Jorge cuando se fueron becados a estudiar en la Universidad Patrice
Lumumba de Moscú (en ese entonces, capital de la Unión Soviética, hoy capital
de Rusia); Víctor, ingeniería mecánica textil; y Jorge, matemáticas puras. La separación
de mis hermanos también nos afectó a todos, pero sobre todo a mi madre, le
provocó mucho dolor y sufrimiento; aunque al mismo tiempo se sentía orgullosa
de tal inmenso logro de sus hijos... Y ahora yo..., yo también había abandonado
el hogar, el nido, y me encontraba caminando por estos lares buscándome
a mí misma… En casa solo había quedado mi querida madre con mis dos
últimos hermanos, Rafael, que estaba estudiando física en la UNSA, y Enrique,
que estaba cursando el cuarto año de secundaria en el colegio particular San
Francisco de Asís, y estudiando inglés al mismo tiempo en el Instituto Cultural
Peruano Norteamericano... ¡Total!, todos estábamos yéndonos del hogar..., ¡todos!...;
y después, ¿con quién se quedaría nuestra querida madre?... Entonces, no éramos
conscientes de cuán grave sería ese hecho ni de sus dolorosas consecuencias…
¡Ooh, diosas y dioses!
De la infancia de Mara
y Elo tampoco sabía mucho… Ellas habían nacido en esa casa grande de mi abuelo,
de dos pisos (más el pequeño cuarto de Mara que quedaba en la azotea), cerca
del río Rímac y nunca se habían movido de allí; su mundo fue Lima, de vez en
cuando Trujillo, pero todo el tiempo fue el interior de esa casa… Así sentía
que era la infancia de la mayoría de niños en la capital… De sus casas al
colegio… donde estaban sometidos a una educación sistemática, uniformizante…,
que no invita a la reflexión, al esfuerzo intelectual, ni a cuestionar, ni
contrastar las diferentes fuentes de información y conocimiento; solo se
fomenta la emoción del instante y de sentirse bien en el momento o disfrutar...
Y del colegio a sus casas… donde tienen que cumplir con el martirio de
hacer sus tareas; luego, ver televisión o jugar un rato e irse a la cama.
Después, tienen que esperar la voluntad de alguien mayor para que los lleve a
jugar al parque más cercano, o a la casa de algún amiguito o amiguita, o tal
vez ir de paseo un domingo o día festivo al Parque de las Leyendas, o al Museo
de Arte, o a un centro comercial… En ese tiempo ya se estilaba también el
ocupar el tiempo libre de los niños en una academia, donde los padres pagan
para programarles ese tiempo sagrado que es de su juego…, parecía que no era
suficiente ocuparlos en las tareas del colegio… ¿En qué momento se perdió ese
sentido común de respetar el tiempo libre de los niños que es el tiempo sagrado
de su juego?… Jugar es para un niño la vida entera, es como respirar…, es en
esta actividad donde el niño integra plenamente su cuerpo, mente, inteligencia
y corazón…; y qué mejor si puede hacerlo a campo abierto para integrarse con la
madre naturaleza… y el universo todo…
¿Por qué la gente se empeña en cambiar el campo por
la gran ciudad?… Dicen que quieren tener más oportunidades de estudio, trabajo,
confortabilidad y otros enseres…, y su vida se resume solo en perseguir esas
metas a como dé lugar… Estudiar para tener un buen trabajo para tener mucho
dinero para comprar muchas cosas y cada vez más y más cosas… ¡Qué sistema tan
carente de sensibilidad por la vida!… Porque no es vida matarse trabajando para
pagar las cuotas de una casa, de un auto, muebles, artefactos o ropa importada…;
y luego, las cuotas de los seguros, del colegio, de la universidad, de la
vivienda, del negocio, del auto... ¡Qué sistema tan falto de creatividad para
alcanzar la paz verdadera, la felicidad, sabiduría, amor!… Porque estrenar
objetos nuevos no despierta ninguno de estos tan anhelados y preciados
sentimientos… ¡Que sistema patriarcal capitalista tan frío y destructor! ¡Tan
carente de calidad de vida, de solidaridad y amor!… Una vida creada en base a
esos falsos conceptos de “progreso”, ha creado una sociedad adicta a los
negocios, a las finanzas, al billete...; esas son sus palabras clave...; liderazgo
tecnológico, éxito comercial, productividad, competitividad, innovación...;
¿les suena?... ¿Acaso hay alguien por
allí que diga: “respeto mutuo, tolerancia, armonía interior, valores
morales..., empatía..., amor, amor, amor”?... Si la gente pudiera
comprender que solo nos basta una vida simple sin complicaciones, para llegar
al centro o esencia de nuestra propia existencia y ser feliz…, y que para vivir
una vida simple no se necesita de la gran cosa… Quienes viven en el campo lo
tienen todo…, todo aquello que no se puede comprar y que es de mayor valor en
nuestra vida, como vivir conectados con el sol, la luna, el cielo, los ríos,
animales…, bosques…, montañas…
Tan bien me encontraba en estas deliberaciones que no
me di cuenta que un guardia municipal estaba haciéndome señas para que salga de
su impecable jardín… Comprendí que había llegado el momento de ir a la catedral
a pedir posada como en tiempos de la edad media… Mas, me falló la suerte. El
portero me dijo que los curas jamás albergaban a nadie, así que, por
favor, váyase por donde ha venido…; y tratando de no perder el ánimo me
fui a conocer el mercado, consciente de que pedir albergue en una ciudad grande
no era cosa fácil… Pero no todo estaba perdido…, en el camino vi una iglesia de
estilo colonial con su puerta abierta y hacia ella me dirigí…
Fue muy reconfortante ingresar a este espacio tenuemente
iluminado que invita al recogimiento… Tomé la nave lateral derecha para
observar sus decorados y detalles, y de pronto me encontré ante otra puerta
abierta, la de la sacristía, a donde me asomé de puntillas… y respiré un grato
sabor de antaño…, el de una auténtica aula de clases…, y de inmediato me sentí
en presencia directa de aquellas monjas carmelitas del castillo interior... Un
cura y un pequeño grupo de estudiantes estaban conversando muy animadamente…
Entré con el mayor de los sigilos para no perturbar el ambiente, y me senté
detrás de aquellos jóvenes que estaban sentados frente al cura; quien, desde su
cómodo sillón de madera finamente tallada, sonreía juvenil, amistoso…; parecía
paisano de don Cristóbal. Vestía sotana, era un hombre mestizo, entrado en
años, algo grueso, de barriga prominente, rostro sereno, mirada ágil,
brillante… Saqué un lápiz y papel, y me dispuse a tomar apuntes del tema en
cuestión que parecía interesante… El cura les estaba contando cómo fue que se
hizo cura… Terminada su exposición, una joven de cabello negro, largo, lacio y
chaqueta verde, le preguntó:
–¿Qué es la vocación religiosa?
–¡Muy buena pregunta! –respondió el cura–... Pero
primero veamos qué es vocación...
Vocación viene del latín, vocationem, que significa llamado…, es
decir, que alguien nos llama… ¿Quién es este
alguien que nos llama para ir con él o ella?… Es Dios… Es Dios quien nos llama
a todos de múltiples formas para servirlo de una manera específica. Por eso se
dice que toda vocación viene de Dios y uno debe responder a su llamado yendo a
su encuentro. Existen dos llamados primordiales:
El primer llamado es cuando Dios nos llama del
no ser al ser o existencia. Nos llama por medio de nuestros padres a la vida de
seres humanos en este mundo, por eso decimos que, en la formación de la
familia, madre y padre son co-creadores con Dios, ellos están colaborando con
la obra de Dios.
El segundo llamado es para participar de su divinidad. Esta
participación es un objetivo infinitamente superior al mero deseo de vivir,
crecer, reproducirse, enfermarse, envejecer y morir. Es el hecho más importante
de nuestra existencia, porque fuera de esta perspectiva, la vida no tiene
sentido… Sería un absurdo o una broma cruel, trabajar tanto, sufrir tanto, para
luego morir y desaparecer… Que quede claro, Dios nos llama no solo para vivir
una vida humana sino también para que participemos de su propia vida divina, esta
es la vocación religiosa, la vocación a su gracia o a la
santidad, porque su gracia es santificante. Todos estamos llamados a ser
santos, esta es nuestra vocación mística básica, primaria, la única y última; y
los siete sacramentos de la iniciación cristiana católica nos ayudan a lograr esa
autorrealización final: bautismo,
confirmación, penitencia, eucaristía, sagradas órdenes, matrimonio y
extremaunción.
Ahora bien, nosotros tenemos la libertad de responder
en forma afirmativa o negativa al llamado de Dios. Podemos negarnos al don de
la existencia, suicidándonos; o negarnos a la santidad, pecando. Es nuestra
elección y Dios la respeta porque no nos quiere autómatas, por eso nos creó
libres. Él pone ante nosotros la vida o la muerte, la gracia o la condena.
Existen tres maneras de responder afirmativamente al
llamado sublime de su gracia, o tres caminos para llegar a ser santos: el de
los solteros, el de los casados y el de los consagrados (monjas y sacerdotes).
Sea soltero, casado o consagrado, uno entrega su vida íntegra a Dios por medio
de votos religiosos de pobreza (vida simple), obediencia (disposición
a la voluntad divina) y castidad (canalización de su energía a la
experiencia divina). Así, invitamos a la gente a preguntarse sobre el sentido
de la vida, recordándole que las realidades ordinarias y temporales, no son las
más importantes; sino aquellas superiores y eternas, a las que estamos
destinados.
–Y, ¿qué sucede con aquellos que no creen en Dios? –le
preguntó un joven de la primera fila…, con tono muy interesado y algo
desafiante… El cura le respondió…
–Ellos también tienen tres caminos a seguir; el del pecado,
que conduce a la muerte irremediable; el de la vida moral, que tarde o temprano
conduce a la manifestación de la gracia divina; y el de la súplica, el camino
en el que uno pide o llora a Dios para que se manifieste en su corazón. Le pide
su gracia…
–Pero, ¿cómo uno va a pedirle a Dios que se
manifieste en su corazón si no cree en su existencia?
–Dios se manifiesta de múltiples formas…, como la
sabiduría o verdad absoluta, como la belleza suprema, la inmortalidad, el amor
divino…; uno puede invocar a cualquiera de estas manifestaciones de Dios para
que se haga presente en su vida.
–Y, ¿qué es encontrarse a sí mismo? –preguntó otro
muchacho sosteniendo una grabadora. El cura respondió…
–Encontrarse a sí mismo es encontrar nuestra
verdadera vocación, nuestra verdadera identidad y lugar en esta existencia para
servir a Dios de la mejor manera y realizarnos plenamente…, esto es, lograr
nuestra santidad o autorrealización. ¿Queremos hacerlo como solteros, casados o
consagrados?… Y, ¿en qué tipo de labores queremos desempeñarnos para ofrecer
nuestro servicio a Dios?… Teniendo en cuenta que estas decisiones no dependen
enteramente de uno, pues él es quien toma la iniciativa, llama a quien quiere y
del modo que quiere, nosotros solo debemos estar dispuestos a atender sus
requerimientos.
A esta altura de la conversación, los jóvenes
empezaron a comentarle al párroco sus proyectos de vida e inclinaciones
profesionales, pidiéndole consejos; mientras yo me encontraba verdaderamente
impactada con sus respuestas que no me eran del todo ajenas; porque tal como lo
había recordado con aquellas monjas carmelitas del castillo interior, el
llamado divino y la santidad habían sido tema primordial de mi niñez. No me
había sido difícil comprender que el
destino del ser humano era encontrarse con la Divinidad Suprema de su corazón,
así me lo explicaba mi madre a través de las historias que me contaba de las santas
y santos…, despertándome el deseo de ser como ellos, de vivir como ellos… La
santidad era el camino más brillante de todos, al que todo ser humano debía
aspirar... Yo apenas había tenido conciencia del pecado cuando era niña, nunca
había visto nada malo a mi alrededor o tal vez no lo percibía como tal; pero
las películas, los libros y los cuentos nos hablaban de otros mundos, de otras
formas de ser y de vivir…, y yo me perdía… alucinada entre tanta maravilla… ¡Cómo
podía haber tantos mundos!…, ¡qué tantos mundos podían haber!…, pero, ¿cuál era
el verdadero?…, ¿cuál?… ¡Todos y ninguno!…, porque todos teníamos el mismo derecho
de ser a cabalidad… Pero tenía que haber un camino que uniera
todos los caminos en un solo punto, en un centro…, y
sí, sí lo había…, ese era el de la Divinidad Suprema o
Persona Suprema o Verdad Absoluta.
Las revelaciones de Santa Teresa de Ávila eran
contundentes…, había que transformarse en mariposa para volar hacia el cielo, a
la Morada Divina…; había que abandonar este cuerpo material, salir de él con el
nuevo cuerpo transformado…, no el sutil o el de la mente e inteligencia…, sino
con el otro cuerpo, el último…, el etéreo, espiritual y divino…, el
del alma… para poder llegar a la Divinidad Suprema… Aunque todavía no me
había convencido ninguna de las versiones que había sobre el aspecto de la divinidad,
no me gustaba el sufrimiento de Cristo ni la forma impersonal de Alá, tampoco
la pasividad de Buda y apenas se sabía de la forma personal de Krishna; si bien
me inclinaba por la Luna, la Pachamama, Atenea/Minerva, Isis, Freya, María,
Radha, Lakshmi y otras diosas… Buscaba una Divinidad Suprema que englobara
todos estos aspectos en una sola divinidad, una Divinidad Suprema que fuese
andrógina y una pareja al mismo tiempo...; pero ahora, yo estaba buscando la verdad
absoluta (o la sabiduría o el conocimiento divino) como el summum bonum de lo que es o significa la Divinidad Suprema.
Este sí que fue un hermoso encuentro…, un bello
regalo de la naturaleza presenciar un paisaje tan espontáneo y vital…, el río y
su puente…, un puente de piedra donde se sienten las manos unidas por la magia
de una antigua sabiduría, y un río de caudal fuerte donde resuena vibrante el misterioso
llamado del mar…, el mar que atrae a todos los ríos del mundo… ¿Será el
llamado del mar una metáfora del llamado divino?… ¿Por qué te cierras
y empeñas en ignorar a la Divinidad Suprema?, me preguntó muy paciente el
río comprensivo… Solo conociendo a la Persona Suprema conocerás
todo… Pero eso no podía ser, mi ateísmo era muy fuerte, mi corazón se
había endurecido peor que una roca en cuestiones de religión… Sin embargo, se
derretía como una mantequilla ante el sol, la luna, la tierra, las montañas… y
demás divinidades de nuestro antiguo imperio o de nuestras culturas ancestrales…,
a quienes yo estaba invocando e implorando por la verdad absoluta, por su
manifestación más completa… Sin darme cuenta que ya estaba adorando a la
Divinidad Suprema en su forma de creación o universo o forma universal…
Era una lástima que tan bello puente artesanal
tuviese que soportar el rudo impacto de unos vehículos tan indiscriminados… De
repente, se hizo tan fuerte el barullo de bocinas, motores y olores tan desagradables
y dañinos…, que aquella belleza intrínseca tuvo que ocultarse y yo tuve que
huir. Gracias a la Divinidad Suprema, hoy en día, el Puente Calicanto es peatonal.
Cuando llegué al otro lado del puente, vi estacionada
una camioneta de doble cabina del Ministerio de Transportes de Tingo María. De
inmediato me acerqué y le pregunté a la joven que estaba allí dentro, en el asiento
trasero, si podían llevarme a Tingo María. Por mí no hay problema, dijo
ella, hable con los ingenieros que enseguida vienen…
Fin de EL LLAMADO DIVINO



