sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 3 La Separación 1

 


III. LA SEPARACIÓN

 

 

III. Parte 1 – Atravesando el fuego del desierto

 

Subir a esta camioneta fue un gran alivio en medio de la tarde avanzada, llegaríamos a Tingo María en menos de dos horas, justo a tiempo como para encontrar un lugar donde yo pudiese pasar la noche. Adelante iban dos ingenieros conversando de política y detrás íbamos la joven y yo en silencio. El ingeniero que conducía me hizo recordar por su físico a Bernardo Raggio, un ingeniero que conocí en La Oroya cuando hicimos allí una feria de libros con la Editorial Planeta de Lima. Me gustaba llamarlo por su apellido porque era de origen italiano, aunque él no tenía nada de extranjero. ¡Ah, Raggio! No era alto, era delgado, vestía jeans, casaca y botas de cuero color marrón…; me conquistó con su aire algo taciturno y con la dulzura de sus chocolates Sublime que tanto le gustaban a mi mamá… A los pocos días de visitar la feria, lo invité a subir a mi cuarto del hotel donde la editorial pagaba mi hospedaje con agua caliente, me gustaban esos baños de agua caliente porque yo siempre me bañaba en agua fría… Me gustaron sus ojos y su cabello negro, corto, algo ensortijado por donde se desplazaban mis dedos sensibles para acercarlo a mi rostro satisfecho, porque él había comprendido rápidamente que me gustaban los abrazos fuertes, prolongados, serenos…, quietos…, llenos de vida…, donde podíamos sentir el latir de nuestros corazones…; abrazos que podían contra el frío de las alturas y me hacían sentir su suave piel canela en todo mi cuerpo… Entonces me decía que sí, sí le gustaba que me pegara a su cuerpo como una lapa del mar…, y a mí me gustaba agarrarle y apretarle sus frías nalgas desnudas para que ambos entráramos en calor…, y de pronto recordaba los abrazos de Mara en el fondo del mar, en medio de esa extraña energía que a veces se apoderaba de mí cuando la recordaba, y sentía que él era Mara y mi cuerpo temblaba, entonces lo abrazaba más y con más fuerza y pasión…, como si él fuera ella…, y luego él no me soltaba pronunciando tu nombre… Mara… Mara…, me decía… Tú en sus labios…, como si yo fuera tú y tú fueras yo, tú y yo una sola con él… ¡Oh, Mara!… Mara…, ¡tuve que encontrar a Raggio para amarte en él con esa mi descabellada pasión por ti nacida tan de repente!…, como si la tal Yola me hubiera traspasado su natural bisexualidad… ¡Ooh!, ¿por qué el destino había puesto en mi corazón ese terrible sentimiento?…; porque, ¿cómo iba yo a tocarte así, a amarte así?…, no, ni siquiera podía imaginarlo…, yo no quería tocarte así, no… No solo porque sentía que me desbordaría en esa sexualidad a la que estaban acostumbrados mi cuerpo y mi mente y yo ya no quería vivirla, al menos no de esa forma y yo no conocía otra forma…, sino porque me horrorizaba esa incestuosidad…, me horrorizaba el simple hecho que pudieras notar mis desvaríos… Sin embargo, me moría por tocarte…, acariciarte…; pero no de esa forma, así no, no lo haría nunca, yo jamás daría ese paso, no…; yo solo quería que mi amor por ti fuera de lo más puro, sin ningún tinte de la pasión sexual…, pero, ¡el amor también es pasión!… ¡Tú me despertaste! ¡No hay más puertas para el amor!… Y con él vamos tú y yo por el gran túnel de la gran montaña, después de haberlo visto todo en el amor…, todo… ¡Aaah!… porque tú también sentías como yo, que la asexualidad es el mejor de los caminos... Y Raggio nos sentía a las dos…, te siento como si fueras dos…, me decía… ¡Oh, Raggio!, solo tú eres así…, solo tú…, te decía y nos entregábamos más todavía…, más…, en un solo abrazo fuerte, poderoso, suficiente para sobrevivir a la memoria… Amándonos de igual a igual, ambos de lado a lado, ni tú sobre mí, ni yo sobre ti..., lo que nos brindaba otro tipo de emociones y satisfacciones más duraderas...

 

En mi camino me topé con muy pocos como tú…, Toño, Hernán, Vila…, los demás: cero al cociente… De los ciento y tantos hombres que tuve…, solo muy pocos sabían sentir… o no estaban interesados en sentir… En su mayoría, los hombres están marcados por ese mismo patrón sexual que esta sociedad patriarcal ha creado; tan violento, frío, vacío, pervertido, decadente…, destructor…; tal como puede leerse en los libros o verse en las películas y en los animales... Para empezar, los hombres siempre quieren tener la batuta, y apenas tienen la oportunidad “de meter la mano”, pierden el control y se lanzan violentos sobre una…; se mueven, gimen, jadean, sudan, se nublan y solo quieren penetrar con desesperación y, ¡hasta por atrás!, ¡como los animales!…; para luego, empujar y empujar hasta terminar en menos de tres segundos… La propaganda mal describe estas actitudes y movimientos toscos, violentos y rápidos como muy apasionados y viriles... Esos son la mayoría…, con esos no vale la pena repetir nada ni tener nada, a menos que aprendan a tocar, a sentir, a amar como verdaderos seres humanos. Muy pocos hombres sienten que el sexo es pura lujuria, y que más de las veces los hace sentirse como perros y gatos..., y sienten que, el amor es otra cosa...   

 

A veces, uno que otro de mis efímeros amantes me contaba que a los hombres solo les gusta ver, tocar y penetrar; no tanto ser tocados, que las partes más sensibles de su cuerpo solo son las palmas de sus manos y la punta de su pene, haciéndome entender que el resto es… insensible… En cambio, Raggio no estaba interesado en penetrar y punto, a él le gustaba, como a mí, el abrazar y ser abrazado, acariciar y ser acariciado, ambos de igual a igual; ni él sobre mí ni yo sobre él; ambos de lado a lado…, de costado… Por estos nuevos despertares es que me gustaba Raggio, sí, sentía amarlo de un modo nuevo…, distinto…, y ambos nos buscábamos… Mientras nos vimos en las minas dormíamos juntos en mi hotel o en el suyo. Mientras nos vimos en Lima disponíamos de un par de horas para ir al Cinco y medio (un motel) lo que indicaba que él era casado. Nunca nos preguntamos sobre nuestra intimidad, nuestras cortas conversaciones se limitaron a nuestra vida de estudiantes en la universidad, a nuestros viajes y a algunos temas de música, no teníamos necesidad de otros temas ni de hablar más.

 

–¿Eres de izquierda o derecha? –me preguntó de repente el ingeniero que iba al volante.

–¿Cómo?

–¿Eres de izquierda o derecha?

–¡Ah! –sonreí–. No soy de ningún bando.

–No me digas que no tienes conciencia política –me desafió.

–La verdad que no –le respondí–. No me gusta la política.

–¿Y, por qué? –preguntó el otro ingeniero, curioso.

–Porque está completamente corrupta y podrida al igual que los medios de información, todos ellos están vendidos a la oligarquía tanto peruana como extranjera; y, por último, es una absurda pérdida de tiempo preocuparse por el poder, incluso por la justicia social o la riqueza del pueblo y del estado, cuando, además, el problema más grave que tenemos es la muerte –se hizo un sepulcral silencio… donde solo brillaba la sonrisa cómplice de Lisa, la muchacha de mi lado, aprobando mi inesperada respuesta.

 

Después de un buen rato, el ingeniero del volante reaccionó sonriendo, creo que estamos llevando al mismísimo pesimismo en persona, dijo, y empezó a bromear con su colega sacando chispas de la picardía, ambos con su típico acento limeño medio cantarín, de hablar rápido, arrastrando las sílabas, improvisando jergas, parecían saberlo todo; finalmente, dijeron que por favor; no volviera a mencionar más a la muerte porque podría asustarse la vida y… huir…; y se entretuvieron con sus bromas, mientras Lisa y yo sonreíamos mirando el bello paisaje que se iba tornando cada vez más y más verde y más caluroso, estábamos ingresando al famoso umbral de la selva peruana…

 

–¿Vienes por el Círculo Sagrado? –me preguntó Lisa muy bajito, casi cerca de mi oído, causándome un gran impacto porque todo lo sagrado me es muy familiar.

–No –le contesté de la misma forma–. ¿Qué es, de qué se trata? –le pregunté.

–¿No lo sabes? –volvió a preguntarme muy extrañada de que yo no supiese algo que se supone yo tenía que saber…

–No, en realidad no lo sé, dime por favor, de qué se trata –insistí.

–Es un ritual –me dijo a secas–, después te cuento.

 

Y se ofreció como mi garante para alquilar un cuarto en su pensión mientras yo buscaría trabajo, los ingenieros al escucharla también se ofrecieron a recomendarme a un colega suyo para dibujar láminas de ingeniería, porque acababan de escuchar que yo era bachiller en arquitectura; lámina dibujada, lámina pagada, dijeron, lo que me pareció excelente. Así fue que de pronto, me vi en Tingo María con un cuarto y trabajo como por arte de magia. Aunque dibujar láminas para electrificar un poblado ya no era magia, era agotador (pero lo hice) pasar ocho horas diarias sentada ante un tablero sin poder caminar por el río, los bosques, las cataratas, por las calles de esta pequeña ciudad que en su mayoría estaban sin asfaltar…

 

Las hileras de sus casas eran semejantes unas a otras, no pasaban de un piso, todas rodeadas de una exuberante vegetación poblada de seres exóticos… Parecían casas provisionales de madera a dos aguas, con pequeñas terrazas sombreadas en sus fachadas y en su parte posterior, donde colgaban coloridas hamacas… La gente me miraba extrañada al pasar, a pesar que no me distinguía para nada de ellos, nuestros rasgos eran semejantes, aunque ellos eran mucho más bronceados que yo y tenían los ojos rasgados. En su mayoría eran delgados, de hablar cantarino; ahora comprendía mejor el modo de hablar de la suegra de Silvia, doña Rosa Arévalo Noriega, que era de Iquitos, al igual que su hermana, la tía Zoila Panaifo Noriega. Era novedoso el calor de la selva con su fresco olor a hojas, troncos, flores, frutos, tierra húmeda… que nos obligaba a calmar la sed y buscar la sombra, y la lluvia que de repente nos saciaba esa sed y nos refrescaba el cuerpo… También era novedosa la hora del crepúsculo, cuando casi en todas las casas, la gente sacaba a la calle sus mesas, sillas y parrillas para vender todo tipo de bebidas, asados y frituras de yucas, plátanos, pescado, pollos y los espectaculares tacachos… A veces me bastaba un tacacho y medio para mi comida de la tarde, el otro medio era para Aleph; los tacachos son bolas consistentes de puré de plátano frito mezclado con pequeños trozos de chicharrón; y si aún teníamos hambre, yo preparaba un poco de leche en polvo con pan, lo cual también nos encantaba. Diez días entre el cuarto, la oficina y el mercado fueron suficientes para pagar el alquiler de medio mes, y poder continuar mi viaje ante la sorpresa de enterarme que la carretera moría en Pucallpa… Lisa había desaparecido sin decirme qué era el Círculo Sagrado.

 

Durante el día, en la oficina, dibujaba las láminas recordando mis primeros cachuelos de estudiante en los talleres de algunos amigos arquitectos, y después en el Ministerio de Transportes de Arequipa dibujando planos de carreteras. Luego, al terminar la facultad, viví en Lima el drama de buscar trabajo… El primero que encontré fue para trabajar en Piura, solo por tres meses. El gobierno nos pagó viáticos a un grupo de recién egresados y otros profesionales, para auxiliar a la ciudad de Piura que se encontraba en emergencia por lluvias torrenciales, viajé encantada de la vida. De regreso, nuevamente me encontré en Lima pateando latas… y visitando a Mara… A falta de trabajo en mi rubro terminé vendiendo abarrotes, luego libros; hasta que llegué a la editorial Planeta donde me mantuve por cuatro meses, gracias a los viajes que el gerente propiciaba para hacer las ferias de libros en las minas de Huancayo, y porque me encantaba tener libros a mi disposición para leerlos. El trabajo de ventas era lo que más se ofrecía en el mercado. Aprendí a vender gracias a los cursos de ventas que nos impartían en estas empresas. Después viajé a Santiago de Chuco donde conseguí trabajo en el Ministerio de Agricultura por tres meses, pues quería quedarme por un buen tiempo en mi querido pueblo para revivir mi infancia. Me hospedé en casa de mi tío Carlos quien estaba a punto de jubilarse, en ese tiempo vivía solo pues el resto de su familia se había trasladado a Trujillo y Lima, como la mayoría de las familias. Todos los días después del trabajo recorría las calles de Santiago rememorando mi infancia, respirando el humo tradicional de sus cocinas de barro y leña, y el aroma inconfundible del tranquilo pastar de sus vacas. Mi estadía allí fue sencillamente mágica…



Volver a Santiago de Chuco después de trece largos años de separación fue la experiencia más dulce y conmovedora de mi vida. Aún siento como si fuese hoy que estábamos llegando a mi querido pueblo cuando le pedí al chofer del Agreda que me dejara en la entrada, en Las Guitarras, pues quería entrar a Santiago caminando, no quería perder ni un segundo para contemplar ya… aquel inmenso paisaje que contemplaron mis ojos de niña… Allí estaban mis cerros con su exquisita gama de colores empedernidos, mis bosques de olorosos eucaliptos subyugantes (como el Bosque de los Amantes), la Piedra Bruja, el Infiernillo, la Pamplona, mi río Patarata y sus cuevas… Más allá se extendían los hermosos caseríos de Huayatán, Pueblo Nuevo, Conra, Suruvara, a dónde a veces iba con mi padre o de excursión con el colegio; una vez fui a Suruvara con Mery y el padre Antonio… Y por el otro lado, las tenebrosas cuevas de Chiminiga del cerro Huacapongo a donde subíamos en busca de restos y tesoros de los incas…

 

Luego, ingresé a las hermosas calles de mi Santiago querido con sus casas de adobe y troncos de eucalipto… Allí estaban los portones típicos de las casas coloniales venidas del Mediterráneo, con su pequeña puerta abierta para que ingrese el usuario, y sus dos hojas grandes que se abren de par en par para que ingrese el usuario montado a caballo. En ese entonces, todas las casas mantenían sus pequeñas puertas abiertas mostrando su confianza, su zaguán, su solidaridad, su bello jardín de flores en el centro de su corazón, su generosidad… Por supuesto que yo caminaba llorando de emoción… ¡Oh, mi Santiago querido!… ¡Cuánto te extrañé!… ¡Cuánto!… De pronto distinguí mi querido colegio secundario, nacional femenino “Libertad”, y escuché como un estruendoso vendaval sin rumbo… la algarabía de nuestra inolvidable hora de recreo, reconocí voces, risas, gritos… que venían a mi encuentro… Editha Aponte, Silvia Miñano, Rosa Esquivel con quien competía el primer puesto…, Elsa Flores, Carmen Montoro, Carmen Miñano, Catalina, Nícida, Jovita… También escuché a algunas amigas de mi hermana Silvia, a Nancy Ciudad, Mirtha Salvatierra, María Antonieta Vallejo con quien mi hermana se disputaba el primer puesto… Las profesoras siempre se encontraban en ese gran dilema a la hora de entregarles sus diplomas, porque la una era la hija del señor Subprefecto y la otra era nada más ni nada menos que la sobrina del inmortal poeta…, ja, ja, ja… También escuché a nuestras profesoras, Esther Enríquez Tiburcio, María Isabel Uceda; a nuestra directora, María Miñano Benites…, a nuestra antigua directora, María Julia Luna de Ciudad…; y a muchas otras más…

 

Mi encuentro con estas viejas casonas fue el impacto más grande que viví a mi regreso… Nada había cambiado, nada…, todo seguía igual, igual que antes, intacto, como cuando nos fuimos al sur… Las calles, los portones, las puertas, ventanas, balcones, paredes, zócalos, techos, árboles, cerros, cuevas…, sus ecos…, su olor… Santiago de Chuco huele a barro, a leña humeante, a eucalipto, a vacas, a cuyes, alfalfa…; todo se había mantenido como si el tiempo se hubiera detenido… o no hubiera pasado por allí…, o si pasó, pasó como una tenue ráfaga de viento apenas perceptible, que maduró algunos rostros y plateó algunas sienes… Fue como si estas viejas casonas y todo Santiago hubieran estado esperándome para otorgarme esta extraordinaria e inconcebible experiencia… El paso del tiempo no transcurre igual para las personas, plantas, animales ni casas… Las casas casi no envejecen, no envejecen como nuestros rostros… Caminaba llorando por estas primeras calles de Santiago… Me detenía en sus puertas, tocándolas, acariciándolas, recordando a sus dueños y saludando a quienes encontraba, aunque no me reconocieran… Toda mi infancia se hizo presente en este retroceder por el tiempo…, por fin yo había vuelto a mi hogar, a mi dulce hogar de antaño…, tanto tiempo añorado… Sí, eso fue, fue como si hubiera ingresado a una máquina del tiempo y esta me hubiera retrocedido trece años atrás, a mi infancia, cuando yo todavía era una niña…; y aunque mi cuerpo hubiera vuelto cambiado por el de una joven, mi conciencia seguía siendo la misma.

 

Antes de llegar a la casa del señor Pablo Alcántara, la primera casa donde vivimos al llegar a Santiago, me detuve en la esquina para contemplar la casa del señor Raúl Vásquez. La puerta verde de su tienda también estaba igual, intacta, no podía creer que se hubiera conservado tal cual. Llena de emoción me acerqué a tocarla, abrazarla con mi frente en su cerrojo, cerrando mis ojos, extendiendo mis brazos mientras mi corazón luchaba por salirse de mi pecho…, y yo… solo lloraba, lloraba y lloraba… Cuántas veces fui allí a comprar algo o a visitar a mi querido amigo de infancia Maydo Vásquez Rosado, tres años mayor que yo… Cuánto amé a Maydo con mi corazón de niña, conservando en mi memoria sus grandes bellos ojos negros y las cosas hermosas que me dijo en una pequeña carta que me entregó a escondidas… Maydo me enseñaba a manejar su carro de rodillos, a hacer girar mi trompo, a embocar mi boliche, a jugar el yo-yo, a hacer origami, a hacer los famosos cocos con hilo… y muchas cosas más… Yo también le enseñaba a jugar con los yaxs, la paleta y otros juegos de cartas que había aprendido en Huamachuco… Fuimos inseparables… Aún puedo hacer girar el trompo, hacer algunos cocos y hacer la espectacular cajita en origami, todo eso les he venido enseñando a mis sobrin@s, a través del tiempo…, aunque no se muestren muy interesad@s como nosotros lo estábamos en ese tiempo. Así te recordé mi querido Maydo…, así te encontré de nuevo…, aunque, por donde andarías en ese momento…

 

Un buen día, Mara y Elo llegaron a Santiago a visitarme, fue una gran sorpresa…, gratísima, entrañable, extática… Yo regresaba a casa de mi tío Carlos después de trabajar y caminar con mis recuerdos…, y cuando me encontraba a una cuadra de su casa, vi de pronto, frente a esta, a dos jóvenes que al verme entraron corriendo como despavoridas a la casa de mi tío…, no pude distinguirlas bien, pero sentí que eran ellas… ¿Mara y Elo en Santiago?… ¡Solo en sueños!…, mas, mi cuerpo se estremeció… Entré a la casa… y no había nadie en la sala, pasé al patio, a la cocina…, nadie…, subí a los dormitorios por esas inolvidables escaleras que emergen del pequeño patio…, y tampoco había nadie… De pronto, salieron mis dos pequeñas tías de sus escondites intentando asustarme…, consiguiendo sorprenderme… Las dos habían venido con permiso hasta Trujillo, pero de un momento a otro se habían animado y decidido visitar a su medio hermano (Carlos) y a su sobrina…, yo…, hija de su media hermana Elvira. Mi tío Carlos fue enterándose poco a poco de nuestra amistad que ya tenía algunos meses… Fue un fin de semana único, maravilloso, inolvidable… Hechos como este nos delataban…, los pocos que nos rodeaban sabían que Mara no solo era mi tía y mi mejor amiga, sino también mi compañera, mi colega, y yo de ella; era fácil percibir que nos gustaba estar juntas…, y que tal vez soñásemos con vivir, algún día, juntas…; ¿por qué no?…, las dos nos sentíamos almas gemelas…, las dos habíamos escuchado el llamado del mar, las dos nos sentíamos ser hijas del mar…, éramos hermanas, éramos hijas del mar…

 

Otro hecho hermoso de aquellos tres meses fueron las visitas que hice a caballo a los caseríos y pueblos que requerían de nuestros servicios…, como mi querido Cachicadán…, con la hermosa casa y sus pozos de aguas termales de la señora Naty Vásquez y su esposo don Reynaldo Morales. También, Angasmarca, Calamarca, Mollepata, Uningambal… Aun cuando no llegué en aquella oportunidad al Santuario de Calipuy, tierra de mi madre y sus ancestros, yo estuve muy agradecida con este pueblo mío por su misericordiosa acogida. Sin embargo, lo ingrato de aquel tiempo fue la demora de aquella oficina del ministerio, para cumplir con los pobladores que venían esperanzados a solicitar ayuda. Parecía que de nada servirían los proyectos y presupuestos que yo hacía tan diligente y urgentemente luego de visitar los caseríos y pueblos, parecía que los canales de regadío, las carreteras, las postas de salud y las escuelas solo quedarían en promesas y papel. O tal vez era yo quien no se ajustaba a la realidad del tiempo… A veces también me preguntaba a mí misma si no sería mejor dejar las cosas tal como estaban… ¿Acaso era mejor hacer una escuela de ladrillo y concreto en lugar de una de adobe? ¿Acaso era mejor asfaltar una carretera que dejarla trocha por donde transitaran cómodamente las vacas y los caballos? ¿Acaso era mejor electrificar los pueblos y privarlos del encanto de las velas y la luna llena?… Sentía tantas contradicciones en mi corazón, que mientras mi boca aceptaba el tal llamado progreso, el resto de mi ser se resistía; prefería el barro, la paja, las tejas, los adobes, los caminos de tierra húmeda, prefería las velas, el esplendor de la luna, del sol radiante, de los campos frescos, los animales y plantas, los ríos…, prefería a nuestra madre tierra tal cual, tal como era.

 

 

III. Parte 2 – Elvira, mi madre   

 

Y durante las noches, en el cuarto, revisaba mi equipaje, mis escasas pertenencias…, mi brújula, mi linterna, un par de velas, fósforos, mi cuaderno de notas y dibujos, mi pasaporte, postales, fotografías, mis contados libros y casetes, pequeñas escuadras, mi escalímetro, mi estuche de lápices y plumas Rotring, mis acuarelas y pasteles, mi compás, mi pequeña pipa (que mi padre me había regalado a tanta insistencia mía), mi quena de bambú, mi pequeño cuadrito del Filósofo meditando de Rembrandt. Leía, escribía y contemplaba mis ramitas de bambú para leer el I Ching, mis colecciones de caracolas, semillas, piedrecillas, plumas y monedas ordenándolas en distintas direcciones, creando los más extravagantes collages para luego dibujarlos mientras intentaba desentrañar su extraño y misterioso lenguaje (mi colección de estampillas, mis trípticos turísticos y mis joyas, ya los había vendido hace tiempo en Lima)… Por esos días se me daba por resaltar mi moneda de cinco francos que me recordaba a París y a Edith Piaf…, y otra que no podía identificar, pero que me atraía por su extraño león portando una larga espada en alto; sin saber por qué, terminé centrando esta moneda en mi amplio dibujo como la corola de una extravagante rosa.



De pronto, tan luego recordaba a mi madre, a mis herman@s, a Mara…, se desbordaba de nuevo, como un estrepitoso volcán, el lacerante dolor de la separación, precipitándose por mis venas como un fluido ardiente, viscoso, devorador…, que me martirizaba hasta convertirse en la más terrible de las culpas sin poder contener el llanto… ¡Haz tu tesis! ¡Termina tu carrera!…, era la voz de mi madre emergiendo por doquier, como un eco martillante que se desencadenaba de mis sienes y rebotaba en las cuatro paredes de aquel pequeño cuarto sin tarrajear, sin más piso que la misma tierra, sin más techo que un par de calaminas…, para volver a rebotar en mis sienes sin parar… ¡Oh, madre!… ¡Madre!… Esas fueron tus últimas exigencias para mi bien, solo para mi bien…, en ningún momento me exigiste nada para ti, a pesar de necesitar ayuda…

 

Nunca antes me había encontrado entre la espada y la pared, ¡el peor de todos los dilemas!, porque en esas exigencias también estaba implícito mi deber de apoyarte en agradecimiento a todo lo que hiciste por mí, lo legal era quedarme contigo en nombre de ese deber y de mi amor por ti… ¡Sobre todo en nombre del amor!… Pero yo…, yo no me sentía aún capaz de hacer tamaño sacrificio…, al menos, no por el momento…, porque nunca sería un sacrificio…, lo único que yo quería era empezar de una vez por todas a recorrer mi propio camino…; y sufría…, sufría porque te amaba, porque no podía separarme de ti, de tu lado, no quería…; sin embargo, tenía que hacerlo…, yo tenía que salir, ir al encuentro de mi misma y de mi destino, así lo sentía… Luego volvería por ti, te llevaría conmigo o me quedaría contigo, te acompañaría, nos acompañaríamos, estaríamos juntas y juntas compartiríamos los últimos años de nuestra vida…; pero ahora…, más fuerte que tu llamado era ese otro que venía del fondo del mar… y yo tenía que ir tras él… Quedarme ahora, significaba continuar con ese círculo vicioso que yo misma me había creado sin querer…, y no podía salir de él ni cambiarlo porque ya lo había intentado varias veces sin conseguirlo…, la única manera de salir era saliendo de Arequipa, era lo único que tenía que hacer para terminar con esa desagradable degradación de mala muerte en la que había caído…, y que a ratos seguía gustándome…, no lo puedo negar… Mi círculo de amigos era el de la más baja estirpe, solo de la rumba, de la juerga, de la jarana, del carrete, del trago, de la buena comida, del sexo…; es decir, del peldaño o conciencia más baja que puede tener el ser humano, el disfrute carnal y material…; y aunque me gustaba todo eso, estaba harta al mismo tiempo de gozar de esos placeres, los más comunes, vulgares y triviales de la vida; porque dormir, comer, divertirse y tener sexo no nos conducen a ninguna buena parte; por eso yo quería dedicarme a otros menesteres, a dibujar más, a escribir más, a investigar más sobre nuestra dolorosa y desafortunada condición humana…; pero, apenas estaba descubriendo por donde ir… Las bibliotecas eran verdaderos laberintos y el tiempo corto…, los trabajos y exámenes de la facultad exigían la mayor parte de mi tiempo…, luego, mis amigos y efímeros amantes también demandaban mi atención…, por lo que me quedaba muy poco tiempo para mí… Aun así, había leído todos los libros de Herman Hesse que había encontrado y comprado en el camino, y estaba leyendo lo más que podía de Carl Jung y otros autores…, pero no encontraba a nadie con quien comentar sobre estos temas, nadie…, hasta que conocí a Mara…

 

Y con Mara encontramos a Mircea Eliade…, y después, a René Guenón (filósofo francés, 1886-1951) y a Ananda Coomaraswamy (filósofo indio, 1877-1947); y ellos nos señalaban a India… India como la respuesta a todas nuestras preguntas… India…, e India era el país con el que yo soñaba conocer…, desde niña…, atraída por su mágico misticismo. Lo místico, lo esotérico, lo sagrado… eran nuestros temas…, solo para locos… Aunque tal vez mi madre y mi hermana mayor tuviesen razón de que yo estuviese necesitando la ayuda de un psicólogo, o de un psiquiatra, o de quién sabe quién para acomodarme o insertarme en esta sociedad patriarcal capitalista de poca monta que yo ya no podía tolerar; aun cuando lo de patriarcal estuviese cambiando lentamente gracias a los movimientos feministas y otros de vanguardia; pero lo de capitalista… –que significa depredación y explotación ilimitada de nuestros recursos naturales a favor de los oligopolios–, seguía imponiéndose… despiadadamente… Por todo eso, yo ya no encajaba desde hace mucho en ese círculo mortal donde había estado, ni quería incursionar por ningún otro porque todos eran de la misma condición…; y yo ya no estaba de acuerdo con nadie ni con nada, ni siquiera conmigo misma, lo único que quería era colocar un puñado de cosas en mi mochila y salir, irme…, irme muy lejos… Irme de la casa, abandonar esta sociedad, dejar la patria, romper con las tradiciones, acabar con la razón y partir… o huir…, huir al mar…, aun sin saber a dónde, solo quería empezar a vivir todo de nuevo en cualquier otro lugar del infinito, donde no existe la muerte…; y de nuevo India se desvelaba en mi lejano horizonte porque sentía que allí, todo era diferente… Lo que yo anhelaba era un cambio, un cambio…, y la bella amistad de Mara fue el comienzo de ese cambio.

 

Lo único bueno que yo había hecho hasta ese momento era haber terminado mi flamante carrera de arquitectura…, gracias a ti mi querida madre… Sí, solo gracias a ti porque tú me exigiste terminarla… y la terminé, aunque a regañadientes, a pesar que me gusta la arquitectura, y aunque me faltaba hacer la tesis… ¿Tantos años te has quemado las pestañas para que ahora quieras abandonarlo todo e irte sin saber a dónde?… Volviste a increparme con justa razón, dándome la oportunidad para expresarte mis más profundos sentimientos y deseos; pero yo… ¡Ay, de mí!… ¡tonta de mí!…, solo te dije que tenía que irme y callé…, callé… No lo hablamos, no lo conversamos…, no solo porque yo sabía que era muy cruel de mi parte abandonarte cuando tú más necesitabas de mi ayuda..., y justamente por lo incierto; sino también porque hace mucho ya no hablábamos como antes… Todos estábamos tan ocupados en nuestros propios afanes que ni siquiera profundizamos el abandono de papá, en todo el dolor que nos causó, ni siquiera compartimos nuestros duelos…, cada uno se tragó solo su propio sabor amargo al sentir nuestra familia rota, destrozada... Mas, seguimos adelante porque tú nos empujaste..., porque tú eras el madero fuerte que nos sostenía..., estable como un bambú..., amorosa como las flores..., enseñándonos a ser rescilientes, a no autodestruimos; mas, sin poder evitar que cayéramos en el “sálvese quien pueda”...

 

Además, yo no podía rebatirte, tenías toda la razón… Yo solo tenía que terminar mi carrera, hacer mi tesis, graduarme de arquitecta y trabajar, trabajar como todos…, ¿por qué ese terco afán mío de querer ir siempre contra la corriente?… Así que ni siquiera podía mirarte a los ojos…, a tus amados ojos castaños…, cálidos… ¿Cómo podría olvidarte?…, ¿cómo?… Te recuerdo fuerte, bella guerrera…, con tu vestido azul un poco gastado, antiguo regalo de mi padre; exigiéndome de pie a un lado de la cama, decidida, firme, esbelta con tu porte mediano bronceado por el viento, tu graciosa barriga algo prominente, orgullosa de ocho partos… Tu cuello fino, tus brazos largos de incansables manos, mientras yo me deshacía de un cúmulo de cosas y recuerdos baldíos… Me conocía de memoria todos tus gestos; el lunar de tu mejilla derecha cerca de tu oreja igual que el mío y el de mi abuela, tu madre, mamá Zaroma; tu cabello ondulado, suave, corto, ligeramente oscuro, soltándose siempre de su par de horquillas, para caer abandonado sobre tus nobles facciones surcadas por el tiempo, y ahora por el amargo rictus de la decepción y el enojo, injustamente provocados por mi estúpido silencio y la vergüenza que me aniquilaba… Hasta que me sorprendiste con tu último ultimátum…

 

–¡Termina tu carrera y luego vete! ¡Vete a donde quieras!

–¡Ya la terminé! –volví a contestarte insolente...

–¡No! No la has terminado –me reprochaste de nuevo con autoridad–. ¡Te falta hacer tu tesis!

–¡No voy a hacer la tesis! ¡No me es importante la tesis! –te lo restregué una vez más– Yo ya di por terminada mi carrera, fue…, es suficiente…

 

Saliste del dormitorio dejando un profundo vacío en mi corazón deshecho, no nos abrazamos… no nos despedimos en aquella despedida… ¡No nos abrazamos!… ¡Aay, de mí! ¡No te pedí perdón!… Así hubieras comprendido mi loco afán de recorrer el mundo, yo no tenía el más mínimo derecho de abandonarte como lo hice (como lo hizo mi padre, luego mis hermanas al casarse y mis hermanos al irse a estudiar a la URSS)… Este dolor recalcitrante de dejarte y la fresca felicidad de saberme por fin libre de los estudios, de los exámenes, de la universidad, fueron tan intensos y abruptos que poco recuerdo cómo llegué a Lima… En realidad, fui terreno fértil o presa fácil para que esa extraña dualidad del dolor y la felicidad simultáneos, me revolcaran mil veces peor que las olas de un mar furioso queriendo ahogarme a toda costa entre la euforia y el llanto…, castigándome, arrastrándome por el desierto…, lanzándome por las nubes…, golpeándome entre las dunas…, dejándome sin aliento… Solo recuerdo que llegué a casa de Silvana llena de esperanza y libertad, aun cuando nunca pude vivir por completo esa felicidad de la libertad plena, porque siempre estaría teñida del dolor de nuestra separación y porque no había terminado realmente mi carrera, no había hecho mi tesis. Mucho, mucho tiempo viviría la angustia de este insoportable conflicto… En tanto, me sentía como los pájaros, libre de la universidad, libre de las exigencias de la sociedad…, sentía que había cumplido con la sociedad…, hasta cierto punto, es cierto, pero había cumplido; aunque no con lo más esencial que era cumplir contigo, mi madre, tal como tú y yo hubiéramos querido coincidir, pero no fue así… Ahora yo solo quería cumplir conmigo misma…, ¿estaría yo en lo correcto?… ¡Oh, madre! ¡Madre! ¡Por favor, perdóname!



Silvana solía acogernos en su casa cuando llegábamos a Lima, en ese entonces ella vivía con su esposo y sus tres niños (Geraldine, Junior y Fabricio) en el mismo distrito donde vivía nuestro abuelo materno. En esta oportunidad, mientras yo buscaba trabajo en los diarios, me animé a acompañar a Silvana para visitar a tu padre, a quien ella ya frecuentaba ocasionalmente. Yo apenas lo recordaba, lo había visto una sola vez cuando lo visitamos tú y yo con Rafael y Enrique…, ¿recuerdas?… En esa ocasión nos llevó en su Volkswagen, uno de mis más serviciales amigos, que después se convirtió en otro de mis amantes secretos; todo porque una tarde en Arequipa, le dije que tú y yo estábamos pensando visitar a mi hermana Silvana, que en ese tiempo se encontraba trabajando en la mina Azulcocha, por La Oroya; y de paso, también visitar a mi abuelo que vivía en Lima, a quien yo no conocía. Yo puedo llevarlas, me dijo él sin el mínimo reparo, mostrándome su poder de poder hacerlo, y así lo hicimos; viajamos con Rafael y Enrique, mis hermanos menores, de Arequipa a Lima, yo también fui conduciendo su auto gran parte del trayecto. En Lima visitamos a mi abuelo y conocí a sus dos últimas hijas, de su último compromiso, mis pequeñas tías: Mara, que en ese entonces tenía doce años, y Elo diez; yo tenía diecinueve años y el Cornejo casi me triplicaba en edad… Luego continuamos nuestro viaje rumbo a Huancayo.

 

Aquella vez, mi abuelo estaba un poco enfermo, no podía moverse, pero todavía estaba fuerte y era imponente; claro, era el patriarca de ocho hijos reconocidos en tres mujeres. Mi abuelo fue cordial con nosotros, pero no me despertó ninguna simpatía, él era el hombre que había deshonrado a mi abuela Zaroma, madre de sus dos primeros hijos, Carlos y Elvira; además, él tenía lo que yo más detestaba que un hombre tuviese, hijos regados por todo lado, y en ese grupo también estaba mi padre, lamentablemente, junto a otros familiares y otros tantos conocidos…, parecía una moda generacional... Tampoco fue muy cariñoso con mi mami, seguro por el distanciamiento de tantos años (y en no muy buenas relaciones)…, tantos, que nosotros apenas conocíamos a los Pereda; además, a mi padre no le gustaba que nos relacionáramos con ellos (tal vez porque no habían consentido su matrimonio con mi madre)… Entonces, lo poco o mucho que sabíamos de ellos era a través de las historias que mi madre nos contaba de los Pereda, yo la seguía al pie de la letra porque quería saber cada vez más de nuestra ascendencia… Así fue que por fin conocí a mi abuelo Santiago, uno de los protagonistas de los inolvidables cuentos de mi madre: “Elvira y su alfombra mágica”, “Una puerta rústica”, “La quebrada del Diablo”, “Unicornio”, entre otros (ver Anexos).

Ahora Mara tenía diecinueve años y Elo diecisiete, y ambas estaban estudiando en la Universidad Particular Ricardo Palma de Lima; Mara: arquitectura, y Elo: ingeniería electrónica. Por supuesto que era como si recién estuviésemos conociéndonos, pero Mara y yo sentimos reconocernos de toda una vida…, congeniamos de inmediato… De entrada, teníamos el primer punto en común, la arquitectura y las artes. Luego me invitaron a visitarlas de nuevo y más seguido…, y así se fueron sucediendo y prolongando mis visitas, era notorio que yo iba por Mara… Pero hasta la Filo se alegraba de mis llegadas, apenas yo tocaba el timbre ella salía a recibirme con los perros que también venían corriendo a darme la bienvenida con sus ladridos y coletazos. Después, me hacía esperar a Mara en su cocina, mientras me contaba las últimas hazañas de mi abuelo que en ese entonces tenía ochenta y tres años, había empequeñecido, estaba muy delgado y creo que le habían diagnosticado demencia senil...; aunque parecía muy sano, lo único insano que yo le veía en ese momento era su deseo de querer seguir controlándolo todo, incluso mis entradas, salidas y otros horarios; como si tuviera algún poder sobre mí, cosa que jamás iba a ocurrir, porque así como iba conociéndolo en vivo y en directo, apenas podían inspirarme respeto sus cuatro canas… Hasta que por fin Mara bajaba y nos quedábamos las tres o las cuatro (con Elo) en la cocina conversando muy risueñas, muy contentas y entretenidas…; comentando nuestras anécdotas del día, nuestros recuerdos, sueños y lecturas… Por esos días Mara leía Madame Bovary del escritor francés Gustavo Flaubert (1821-1880), Elo leía Mujeres Enamoradas del escritor inglés D. H. Lawrence (1885-1930), y yo leía Ríos profundos del escritor peruano José María Arguedas (1911-1969) que Mara me había recomendado y prestado… Mara hablaba muy bien el inglés y estaba estudiando francés y alemán… Elo estaba estudiando inglés, y yo que nunca había mostrado interés en aprender otro idioma… Luego, la Filo feliz nos decía que ya iba a estar el té de la tarde… o la hora del almuerzo…, que no nos fuéramos, que esperáramos…, y así se me fue haciendo cada vez más difícil la partida…

Cuando se me hacía muy tarde para volver a casa de Silvia, me quedaba en casa del abuelo…, con Mara…, nos quedábamos en la sala porque allí estaba el estéreo, o en su pequeño cuarto…; allá arriba, en la azotea, desde donde podía verse el gran centro de Lima…, su gente, sus árboles, sus plazas, sus calles, avenidas, edificios... y su maravilloso río Rímac…, el río hablador… A veces, Elo nos acompañaba hasta la media noche, pero Mara y yo generalmente nos amanecíamos conversando y conversando… con Javier Heraud, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Santa Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz, Goethe, Blake, Novalis, Whitman, Emily Dickinson, Rimbaud, Hesse, Jung, Kafka, Eliade, Frida Khalo, Alfonsina Storni, Flora Tristán, Borges, Cortázar, Sábato, Arguedas… Solo Mara y yo éramos así…, éramos las únicas que podíamos pasarnos toda una noche amándonos de esa manera, sin necesidad de decírnoslo…, solo mirándonos, conversando, leyendo, dibujando, jugando, escribiendo, fumando, tomando café o vino, escuchando nuestra música escogida… A las dos nos gustaba la misma música, los mismos libros, las mismas películas...; nos gustaba viajar, dibujar, pintar, escribir poemas, escuchar óperas, operetas, cantatas, y todo lo que nos ayudaba en nuestra laboriosa búsqueda de nosotras mismas y de la verdad absoluta. Las dos teníamos los mismos sueños, habíamos soñado con el mar, las dos éramos antisistema, antisociales, inconformes, solitarias, solo queríamos partir… Las dos éramos almas gemelas, dos gotas de agua nacidas en el mismo mes de marzo, ella el siete y yo el catorce… Mara era mi otro yo…, yo me miraba en ella como en un espejo limpio y transparente como un cristal.

 

Entonces, yo recordaba también cuando conversábamos así con mis queridos amigos los Toños…, aunque con ellos nunca llegamos a dibujar ni a escribir nada juntos, pero si llegamos a leer muchos libros, a escuchar nuestra música rock/pop... Aunque tampoco llegamos a tomar café amargo, pero si tomamos nuestros tragos preparados, fumando cigarros, y de vez en cuando canabis..., lo cual también me agradaba y gustaba… Pero ahora, yo estaba aquí solo con Mara… con nuestra música siempre nueva y reveladora… Alturas de Machu Picchu de los Jaivas, Kuntur Wachana de Celso Garrido Lecca, Santa María de Iquique de Quilapayún; música de la nueva trova de Norma Alvizuri cantando los maravillosos poemas de Javier Heraud, música de Amparo Ochoa, de Tania Libertad, Joan Báez, Mercedes Sosa, León Gieco, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Chico Buarque… Estábamos rodeadas de una nueva energía mágica, maravillosa, que nos invadía...: la inconcebible energía femenina de la atracción y el amor, que nos hacía sentir que el amor entre amig@s es un sentimiento muy superior al amor entre amantes… ¡Ooh, Mara!… Mara…, habíamos descubierto ese amor puro, asexual, místico; y me habías hecho ingresar a otro mundo…, a tu mundo tan parecido al mío…; sin embargo, tan distinto…, pero perfectamente complementados…; ambas nos estábamos iniciando en nuestra propia orden mística de buscadoras de sí-mismas y de la verdad absoluta.

Por lo pronto, habíamos comprendido que este terrible sistema patriarcal es la causa de todos los males, este sistema había desequilibrado el yin-yang del universo al imponer su energía masculina yang sobre nuestra energía femenina yin…, había que dar vuelta al asunto… y los movimientos feministas ya habían empezado la gran hazaña… Virginia Woolf y Simone de Beauvoir estaban dando la vuelta al mundo despertando corazones, aunque nos llegaba muy poca información sobre el tema. Sin embargo, yo sentía que todavía teníamos mucho por descubrir…, sentía que había un gran mundo invisible que nos llamaba y que teníamos que responder… Pero ahora con Mara, todo eso solo se postergaba… porque tarde o temprano yo tendría que partir de nuevo…, o elegir quedarme a vivir con ella en ese sistema del cual yo estaba huyendo y Mara también quería huir… ¡Oh, Mara!… Mara, yo partiría solo si tú soltabas mis cadenas…, o tal vez…, yo misma las soltaría y te abandonaría como abandoné a mi madre, a mis herman@s, amigos, a mis efímeros amantes…, a todos… para ir en busca de quién me estaba llamando…, de quien nos estaba llamando desde el fondo del mar… (del inconsciente), la Divinidad Suprema del corazón, ofreciéndonos su hogar, su nido…, el dulce hogar de ensueño que ambas estábamos buscando.

 

Me atraía tu soledad digna compañera de la mía…, estabas cursando el segundo año de arquitectura y me gustaba ayudarte en tus proyectos… Me encantaba tu frescura y creatividad…, pero lo que más me gustaba de ti eran tus certeros comentarios de las novelas que leíamos, o de las películas que veíamos en los cineclubs de Barranco y del Museo de Arte…; me encantaban tus críticas punzantes sin remilgos, tu sátira demoledora…, tú habías viajado más por el mundo del pensamiento mientras que yo me había estado perdiendo en el mundo de los sentidos… Pero lo que más amaba de ti eran tus excéntricos poemas donde podía verme reflejada como si tú fueras yo… y yo fuera tú…, como si las dos fuéramos dos gotas de agua de rocío completamente iguales…, iguales…, como dos almas gemelas…, tú eras mi otro yo…, hasta físicamente nos parecíamos y teníamos casi el mismo porte…; pero, ¿cómo no iba a ser así, si corría la misma sangre por nuestras venas?… ¡Oh, Mara!… Mara…, conocernos fue conocernos a nosotras mismas al mismo tiempo.

 

Una noche, mientras la mamá de Mara hacía guardia en el hospital donde trabajaba como enfermera, Mara y yo entramos al estudio de mi abuelo con un duplicado de su llave que por fin habíamos encontrado, teníamos mucha curiosidad por conocer sus top secrets que él resguardaba con tanto afán; en tanto, Elo lo cuidaba. Me apenó mucho ver el famoso estudio de papá Santiago en ruinas, hacía mucho que él ya no escribía… Y pensar que él se había jubilado justamente con el afán de dedicarse a escribir, pero nada de eso había hecho; más bien, había caído en la desidia, tal vez por su enfermedad o porque sus auto publicaciones no habían sido suficientemente relevantes. Las dos piezas de su estudio estaban llenas de polvo, todo en desorden…, botellas, cajas, papeles, periódicos estaban regados por el suelo; en un estante había libros viejos, botellas de whiskies y vinos añejos que él mismo había preparado; en otro estaban sus propios libros olvidados, cuadernos de cuentas, documentos, periódicos, recortes, cartas, fotos (que me hicieron recordar a mi papá); ese era nuestro botín, las cartas y las fotos…, hicimos una buena selección de ellas y salimos para revisarlo todo con más calma y detalle… Para Mara y Elo se destaparon muchos secretos de la familia, cosas que yo ya sabía…, la realidad no era como les habían pintado sus mayores… También había cosas que yo ni siquiera imaginaba…, muchos dimes y diretes, nombres de mujeres abandonadas, de hijos no reconocidos, de herencias usurpadas… Allí también estaba la tormentosa época de mi tía abuela María, tan comentada en su tiempo, incluso en nuestros días, cuando ella se fue de la casa y todos la culparon por el sufrimiento de todos… Esa versión comentada también en cartas, no distaba mucho de “La puerta rústica” (Anexo 2) que nos contaba mi madre, que era la otra versión de los hechos, porque ella los había presenciado y vivido personalmente.


III. Parte 3 – El círculo sagrado

 

Lisa volvió un día no muy entrada la noche y me sorprendió con unos toquecitos que dio en la puerta, apenas la vi me dijo: No tenemos tiempo que perder, ¡vamos!… ¡Hoy es el gran ritual del Círculo Sagrado!… Y salimos…, sin más ni más…, yo sin llevar nada entre las manos… más que a Aleph que se desplazaba libremente por detrás o delante nuestro, como si estuviera protegiéndonos y guiándonos. Caminamos de prisa hacia el mercado pasando por el centro y nos introdujimos en un barrio de cabañas, bosques y enredaderas; apenas hablamos durante el largo camino. Luego, no sé cómo ni de dónde surgió el sonido celeste de una quena, que poco a poco se transformó en la melodía más hermosa de una flauta acompañada por un coro angelical de mujeres…, que se oían cada vez más y más cerca…, hasta que llegamos a un claro a orillas del río Huallaga… ¡Oh, maravilla de maravillas! ¡Qué visión tan irreal! Allí estaban aquellas bellas mujeres cantando, sentadas, haciendo un círculo de tres metros de diámetro más o menos, parecían sirenas… Eran lugareñas y extranjeras…, quedé impresionada, eran verdaderas hadas… Son las Místicas, me dijo Lisa radiante, algún día seré como ellas… Yo no salía de mi asombro.

 

En el centro del círculo había una flamante hoguera de chispeantes pétalos de fuego, rodeada de cocos, plátanos, naranjas, aguajes, caimitos… y otros variados frutos y flores exóticas de la selva. Aquellas mujeres de todas las edades estaban entonando sublimes poemas de amor a la Pachamama, al Apu, a Mayu, a Killa, Hanac y sus estrellas…; unas batiendo palmas; otras tocando quenas y zampoñas; otras, címbalos; otras, tamborcillos; otras, guitarras y mandolinas; otras, pututus…; mientras otras hacían guirnaldas y coronas de hojas y flores o se hacían trenzas unas a otras… Sí, todas eran místicas…, las Místicas… Lisa y yo dejamos nuestro calzado en el lugar donde estaban todos los calzados y pasamos a sentarnos en la tercera fila… Minutos después, pasaron dos jóvenes para colocarnos, a quienes no teníamos, una guirnalda en el cuello y una corona en la cabeza, ambas de hojas y flores; luego pasó una joven risueña repartiendo una bebida fragante y dulce, algo seca, como un vino de cortezas…, y mientras yo retenía este nuevo sabor recalcitrante entre mis labios, reconocí a algunas mujeres que había visto en el mercado. Allí estaba la Sacerdotisa que me había atraído con su traje ceremonial blanco toda elegante en su puesto de frutas, ahora llevaba ceñida en su delgada cintura una bella faja roja de seda; también estaba la Emperatriz altanera, como solía atender en su puesto de jugos, toda quisquillosa…; y también la Maga, la misteriosa extranjera bella, callada, ausente…, de tez clara, delgada, de buen porte…; comprando frutas y verduras, mientras yo compraba mis panes, plátanos y sandía… Pero nunca pensé que tuviéramos algo en común, ni siquiera en sueños pude imaginar que un día nos reuniríamos así, como estábamos haciéndolo ahora, en este momento; compartiendo algo por demás íntimo, sustancial, sobrenatural y secreto, místico… No pude evitar mirarlas con cierto desparpajo, que hizo que ellas me buscaran con sus ojos y nos reconociéramos… Lo que más me atrajo de la Maga cuando la vi por primera vez en el mercado, fue su corte de cabello muy parecido al mío. Yo misma acababa de cortarme el cabello tan corto como pude para simplificar mi modus vivendi a cero, así fue que me vi reflejada en ella como ante un espejo…, aunque su cabello era color castaño oscuro y sus ojos claros. Cuando nos miramos, nos sonreímos rápidamente como a hurtadillas, parecíamos contemporáneas…

 

La Sacerdotisa inició el gran ritual del Círculo Sagrado, expandiendo por dentro y fuera de nuestros corazones, una gran lluvia de cánticos sublimes, para equilibrar y armonizar nuestra energía positiva de amor con nuestra energía negativa de poder…, yin-yang…, claro y oscuro…; mientras yo iba integrándome poco a poco a aquel coro de verdaderos tonos angelicales… que repetían desbordantes frases de amor…

 

Madre tierra, Pachamama

Madre tierra, Madre Divina

La madre tierra me calienta

La Pachamama me alimenta

Madre tierra, Madre Divina

 

¡Oh, diosas y dioses!, fue increíble..., demasiado conmovedor..., sobrenatural..., mágico..., sencillamente caí en éxtasis... Aquí se estaba adorando a la misma Madre Divina, a la Diosa del amor, de la asexualidad…, el principio femenino del amor... ¡Ooh!, lo que yo había estado deseando con el alma toda mi vida... ¿Qué había hecho yo para merecer este momento?... Solo lo había invocado, solo había invocado a la madre tierra, a la Madre Divina con toda la fuerza de mi corazón..., y mi corazón se desbordó en agradecimiento por tanta plenitud en este mágico ritual..., místico…  

 

Luego, nos levantamos todas y con las manos juntas en actitud de oración, hicimos una profunda reverencia al Fuego Sagrado y a la Luna Llena, que nos contemplaban satisfechos desde sus exquisitos tronos gloriosos. Después, nos tomamos de las manos y empezamos a danzar alrededor de aquellos chispeantes pétalos de fuego, que se elevaban fugaces hacia la luna brillante que lucía más dorada que nunca… Todas a un mismo paso y ritmo…, acercándonos al fuego sagrado levantando los brazos en alto hasta mirar y saludar a la luna llena –que nos bendecía resplandeciente desde lo más profundo de sus tinieblas–, para luego bajarlos al mismo tiempo que retrocedíamos saludando también a nuestra querida madre tierra, quien nos sostenía eufórica y radiante; repetíamos este paso una y otra vez hasta hacerlo cada vez más sueltas, relajadas, naturales, entregadas… Continuamos cantando y danzando, dando vueltas, solas o tomadas de la mano, hacia adelante y atrás, hacia la derecha e izquierda… De pronto me vi bailando entre Lisa y la Maga…, y también con las demás bellas mujeres del firmamento estrellado…; me dejé llevar…, fluir…, era lo único que tenía hacer…, fluir…, fluir como el río…, en una danza cada vez más nueva, mágica, sobrenatural…; con pasos cada vez más prodigiosos…, vertiginosos…, en completa correspondencia con todos los corazones y todas las manos juntas. Nuestros movimientos eran cada vez más y más espontáneos, más ondulantes, más sofisticados y etéreos…, sin el temor de ser provocativas o perversas; felices de que no hubiera hombres que solo ansiasen penetrarnos como si solo fuésemos unos reverendos huecos… Era el maravilloso y poderoso fluir de la energía femenina reinando suprema… ¡el amor!…, el amor… libre…, totalmente libre y risueño… De pronto, quedaron sonando solo los pututos como señal de un final y un nuevo comienzo…, se calmó la algarabía y el descanso descendió a nuestros corazones sudorosos… Algunas mujeres se sentaron, otras se echaron sobre la grama, yo me senté entre unas jóvenes que se abanicaban con hojas, otras con sus manos…; mientras empezaban a escucharse las dulces cuerdas de una mandolina, música diferente, que venía de un tocacasete que la Maga estaba acomodando en una especie de escenario, con unos potentes parlantes para que escucháramos mientras descansábamos…

 

No sé en qué momento apareció Zorba, el griego, o me pareció que apareció, y mi corazón se estrujó de dolor por el recuerdo de Mara, mi Mara…, y vi nuestro último momento juntas… y también vi a la Maga que de repente se puso a danzar sola ese sirtaky… Pasaron unos minutos…, muchos…, infinitos…, no sé cuántos… Yo, solo viendo a Mara y a la Maga al mismo tiempo…; mas, sintiendo una irresistible atracción mística por la Maga, como la que sentía por Mara; y cuando ya no pude soportarlo más, me levanté como un resorte, hipnotizada por la bella danza de la Maga y me fui a danzar con ella…, este Zorba que a veces me resuena muy hondo, para volver a danzarlo como aquella noche blanca de plenilunio… La Maga me recibió con una sonrisa y yo me tomé las manos por detrás, como ella, para seguir sus pasos en formación lineal. Avanzamos juntas levantando una pierna, luego retrocedimos levantando la otra, de nuevo hacia adelante y atrás… Después nos tomamos del hombro, mirándonos y sonriéndonos de rato en rato mientras hacíamos pasos cruzados, a un costado y al otro… Luego, empezamos a dar vueltas con las manos en la cintura y nuestros hombros muy cerca, para un lado y para el otro, sin dejar de mirarnos y sonreírnos… Fue allí que empezó un lenguaje nunca antes sentido, el mundo todo dejó de existir para mí, solo éramos la Maga y yo… y la música…, no había nadie más, ni madre, ni Mara ni herman@s ni sobrin@s ni efímeros amantes…; solo la Maga y yo… Ella transmitiéndome con su cálida sonrisa, la ternura más grande del mundo: el amor…, solo el amor…, el amor… Ella, una desconocida, venida de quien sabe qué rincones del mundo, me hacía sentir que nada nos separaba, que éramos una sola persona con dos corazones en un universo infinito…, sentía que la conocía desde siempre, que siempre habíamos danzado, que siempre nos habíamos amado, que ella me estaba amando limpiamente, puramente, místicamente, sin el sabor perturbador del sexo…; era un sentimiento más allá del deseo sexual o carnal, era la asexualidad personificada…, ¡era amor!…, amor… Solo amor, solo la corriente del amor de dos ríos juntándose en uno solo, remando y reinando en este espacio y tiempo, donde no hacen falta palabras ni conocerse, ni tildarse con falsas apariencias mundanas de los géneros limitantes… Entonces fui respondiéndole poco a poco, cada vez más segura, a su tierno abrazo amoroso, sentía que no era ni la primera ni última danza que había danzado con ella; le toqué sus hombros, rocé mi rostro con el suyo, me sentí tan de su mundo y a ella la sentí tan del mío…, que las vueltas se fueron sucediendo ligeras como la melodía…; y cuando esta recobró su calma, sentí, vi, que ella no era de este mundo…, es una mística, me dije…, es una mística porque ellas no son de este mundo… Y a ella le pregunté, de corazón a corazón, casi temblorosa: ¿Quién eres tú?…, y ella me respondió también con el corazón en la mano: Yo soy tú… Y, ¿quién soy yo?, volví a preguntarle realmente sorprendida; Tú eres yo, me respondió ella…, y vi las islas de Grecia… ¡Vi el mar!…, y nos vi a las dos danzando como dos niñas felices venidas del mar…  

 

Faltando aun unos minutos para que termine Zorba, el griego, se acercaron a bailar con nosotras dos jóvenes más…, luego cuatro más y más, y todas tomadas de los hombros empezamos a cruzar los pasos en formación lineal, luego formando un círculo alrededor de la hoguera… De repente..., nada más que de repente…, caí en cuenta, con pasmoso asombro, que ese fuego sagrado de la hoguera… nacía de una cruz andina dorada, ¡de una chakana!... ¡Era de su mágico centro que emergía esa increíble energía mística del amor divino!… Entonces, se rompieron las infinitas olas del mar y fuimos lanzadas por su inconfundible aroma de aves y peces, a una estrepitosa vorágine de vueltas y más vueltas seductoras tan llenas de encanto, que no sé cómo me hicieron salir algo mareada del círculo y caer rodando por la grama un poco lejos del grupo…, entre un cúmulo de rosas y jazmines que volaron incontenibles hacia el cielo…, salpicando… ¡Me había soltado de la Maga!, y ella también había caído tendida en la grama, mirando hacia el cielo infinito con las estrellas juntas reflejándose en su bello rostro claro…, y yo…, yo quedé sintiendo a mi querida Mara recorriendo el río de mis venas y sienes…, hablándome de su ausencia…, reprochándome… ¡Oh, Mara!… Mara…, mi cuerpo torpe se estremeció enjuto como un nudo sordo…, mudo…, que, sin poder contenerse más, se rindió de nuevo a aquella poderosa energía de pasión que se adueñó de todos mis sentidos tan solo al recordarte…, y me desconecté del presente, de ese misterioso y maravilloso presente llamado Maga y las místicas…, para volar triste a tu pequeño cuarto y llorar tu ausencia… ¡Ooh, Mara!… Mara…, ¿qué hice?…, ¿qué hice?…, ¿cómo pude dejarte?…, ¿cómo puedo estar viviendo todo esto tan maravilloso y grandioso sin ti?... ¿Cómo es que no estás aquí, conmigo?..., ¿cómo?... ¿Por qué no me exigiste que me quedara contigo o te trajera conmigo?… ¡Ooh!…, pero, ¿qué hubiéramos hecho?…, ¿acaso éramos amigas o almas gemelas del común?… Fuera de esta gran locura de salir de la prisión de este mundo yo no tenía nada que ofrecerte…, nada…, yo no estaba hecha para ningún tipo de compromiso…, en ese sentido yo era igual o peor que mi padre, cortados por las mismas tijeras…; por eso yo había decidido no casarme ni tener hijos porque luego habría terminado abandonándolos a todos… ¡Oh, Mara!… Mara…, qué hice…, qué hice… ¡Te había encontrado y te había abandonado!…, tal como los abandoné a todos…, a Hernán, a Toño, a Vila, a Raggio…, a mi madre…, a todos, a todos…

 

La luna estaba en lo alto iluminándolo todo…, principalmente tu rostro y el mío en la oscuridad de la noche…, el viento llamaba por la ventana de tu cuarto para penetrar solícito por una rendija en la tibieza de tu cama… Tú, durmiendo a mi lado dándome la espalda…, yo, sintiendo nuestras respiraciones, los fuertes latidos de mi corazón intentando sentir el tuyo… No podía dormir, no quería dormir…, quería perpetuar ese momento de luna con tu olor a jazmín flotando sobre las olas del mar, quería sentirte, así como estabas…, dormida a mi lado… Yo era feliz así…, aún sin abrazarte, pero soñaba con abrazarte…, sentía que tarde o temprano las dos nos abrazaríamos con un abrazo fuerte de verdad, no con esas pasaditas de manos por el hombro que solíamos darnos al encontrarnos o despedirnos…; yo soñaba con ese abrazo fuerte de verdad, de día y de noche aun sin proponérmelo…, hasta que un día sucedió…, sucedió por fin… Fue aquella mañana en que yo tenía que viajar hacia el norte, a Santiago de Chuco, y tú al sur, a Nazca; quien sabe cuándo volveríamos a vernos y si volveríamos a vernos…, porque sabías que tarde o temprano mi destino de caminante sería más fuerte que todos los destinos…, sabías que aun sin saber por qué ni para qué, India seguía siendo la meta de mis sueños… Bajé con mi mochila y tú estabas esperándome en la sala…, dejé la mochila en el suelo y me dirigí hacia ti para abrazarte…, como si tuviéramos costumbre de hacerlo, como si siempre lo hubiéramos hecho…, y nos abrazamos…, nos abrazamos por primera vez… como nunca antes lo habíamos hecho… ¡Ooh, Mara, Mara!… ¡Tú también me abrazaste!…, ¡me abrazaste!…, tal como yo lo había soñado… Fue un bello abrazo fuerte… de verdad…, poderoso…, largo…, palpitante…, quieto…, muy bello…, muy bello y muy dulce… Yo apenas movía mis brazos para rodearte ligeramente un poco más fuerte…, y cada vez más fuerte…, y tú me respondías…, me respondías…, estábamos diciéndonos, sin palabras, que nos amábamos…, cuánto nos amábamos…, estábamos sintiéndonos…, acariciándonos suavemente nuestras espaldas…, y besándonos el rostro y la frente... con amor puro…

 

–Tu corazón late con mucha fuerza…

–El tuyo también…

–El tuyo late más…

–No late, danza… danza con el tuyo…

–Tú y tus cursilerías… Basta ya…, ¡suéltame!

–¡Bah! ¡Eres tú quien no me suelta!

–¡Mentira!

–Mara… Mara… –sentí la voz de Lisa acariciándome la frente–. ¿Qué te pasó? ¡Dios mío! ¿Qué te pasó?… –yo abrí los ojos sin comprender qué había pasado ni dónde me encontraba… Poco a poco fui reconociendo a Lisa…

–Fue…, fue… –no pude hablar…, me desbordé en llanto… y lloré peor que una plañidera…
–Bebe un poco de agua, te sentirás mejor y mejor nos vamos –me dijo Lisa ofreciéndome el vaso de agua cristalina que la Maga había traído. Me senté, bebí a sorbo lento y la Maga me dijo en perfecto español latino, con una hermosa tonalidad extranjera…

–Todo pasa, esto también se te pasará, no hay sufrimiento que dure cien años ni cuerpo que lo resista –y se fue dejándome totalmente consternada…

Espera –quise decirle…, quédate, ¡quédate conmigo! –pero no dije nada, no pude hablar, quedé muda… Acababa de vivir con ella el momento más bello de mi vida, y yo rápidamente le había dado fin con un recuerdo triste… Me quedé con doble sufrimiento…

 

Regresamos con Lisa a la pensión tomadas del brazo, como si fuéramos dos comadres muy antiguas… Me hizo mucho bien caminar así con ella, no hablamos mucho, yo estaba medio adormecida, Aleph no se había hecho notar en ningún momento, pero ahora estaba moviendo la cola delante nuestro… Justamente hace algunos días yo había terminado de dibujar las últimas láminas para el ingeniero en cuestión. Así que ese fin de semana recorrería un poco por los alrededores y continuaría con mi viaje a Pucallpa.

 

Lo primero que hice al día siguiente, fue ir al mercado en busca de la Maga, quería verla, no podía dejar de pensar en ella, aunque tampoco dejase de pensar en mi madre, en Mara y en un torbellino de recuerdos y sueños que me avasallaban… Pero realmente, yo quería ver de nuevo a la Maga…, quería saber quién era, quería conocerla (en lo posible)… ¿Cómo es que habíamos compartido tales enormes emociones prodigiosas?… Además, lo que me había dicho parecía ser, aunque no lo fuera, el comienzo de alguna mágica cura o medicina que podía liberarme de esos sentimientos y emociones que prácticamente me estaban matando de dolor… Todo pasa, esto también se te pasará…, y recordé cuando mi madre nos decía lo mismo en la rutina de la vida, cuando nos transmitía la sabiduría de los refranes… En el mercado no encontré a la Maga, pero sí a la Sacerdotisa y a la Emperatriz en sus respectivos puestos. Me acerqué a la Sacerdotisa…, y no bien nos sonreímos y saludamos mutuamente, ella me indicó que la siguiera… Qué bueno que te encuentres mejor, me dijo mientras caminábamos hacia unas escaleras…, y un desmesurado ardor se apoderó de mis mejillas (así que ella también se había enterado de mi reverenda caída, cómo no…)… Subimos al segundo piso, mientras se escuchaba cada vez más cerca, el Brother Louie del grupo Stories…, trayéndome recuerdos de otros tiempos… Seguimos por una fila de stands… y justo entramos en uno de donde, increíblemente,  venía esta música, y había un letrero que decía: “Tarot Junguiano”… Vaya, vaya, pensé, por algo yo les había puesto nombres del Tarot a estas enigmáticas mujeres del firmamento estrellado… El nombre de Carl Jung era una señal de que yo estaba en terrenos conocidos…, no había nada que temer… El stand era pequeño, dividido en dos ambientes casi de igual tamaño, una sala de espera y el ambiente íntimo de lectura del Tarot; allí entramos, la Sacerdotisa me indicó que me sentara, al mismo tiempo que ella también se sentaba frente a mí y sacó sus cartas… Se sentía la fragancia exquisita de un incienso de rosas mezclado con palo santo…, lo que de inmediato me trajo el recuerdo de nuestras entrañables cinquimpiras que hacíamos con Mericucha, Aída (una querida amiga que vivía frente a la casa donde vivíamos, en la calle Puno, Arequipa) y un grupo de amigos arquitectos en su taller…; y justamente con el Brother Louie como himno de nuestras reuniones, que eran muuyyy especiales… ¿No les parece más que increíble?... Saca tres cartas, me dijo la Sacerdotisa, y colócalas boca abajo frente a ti, la de en medio eres tú. Saqué tres cartas y la de en medio fue, obviamente El Loco. Ya la semana anterior en que yo misma me había leído el I Ching, me había salido el Hexagrama 56, El Caminante, por lo que esa carta no me fue de extrañar; pero a un lado salió El Colgado y en el otro salió La Luna…, que fueron acompañándose por otras cartas que la tarotista iba sacando, al mismo tiempo que me decía con el pensamiento: tú también eres una mística, eres una de las nuestras

 

–Tienes toda la libertad del caminante para dirigirte a tu destino, pero te está siendo muy difícil pasar la prueba de la separación, el sufrimiento quiere vencerte y hacerte volver, los recuerdos no te dejan vivir en paz y te estás torturando… Hay dos mujeres que te aman y te reclaman, tú también las amas y sufres por ellas; una es tu madre por quien sientes un amor muy puro, y la otra es hermana de tu madre por quien también sientes un amor puro, pero teñido de pasión… ¡Mujer! –exclamó la tarotista–. Tu vida ha estado llena de separaciones muy dolorosas…, aquí también se ve tu tierra, tu padre, tus hermanas, hermanos, sobrinas, sobrinos…, incluso un joven que pudo haber sido tu esposo… Te has pasado la vida amando con mucho apego… Tienes que trabajar contigo misma para liberarte de tales ataduras… No dejes que te maten los recuerdos ni la culpa, porque se te vienen nuevos encuentros y no hay mayor alegría que vivirlos plenamente.

–Pero, ¿cómo? –le pregunté suplicante…, casi con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada por el lacerante dolor de la separación… Mas, completamente admirada por la exactitud de su lectura.  

–Con una afirmación–me respondió ella–, una afirmación puede ayudarte.

–¿Una afirmación?…, y, ¿cómo es eso? –le pregunté totalmente extrañada.

–Una afirmación es una oración afirmativa, como su nombre lo dice; para dar vuelta a la tuerca de la mente que se ha quedado como un disco rayado –me respondió ella–. Son muy eficaces…, deben repetirse continuamente sin cesar…

 

Prácticamente me dijo que mi sufrimiento era solo un disco rayado de mi mente… Me hirió, lo confieso…, pero luego me dio a escoger un papelito doblado de los tantos que había en un pequeño canastito primorosamente decorado… Tomé un papel, lo abrí y allí leí mi afirmación… Noqan astawan qallpayankani ¿Qué idioma es? ¿Qué significa?…, le pregunté a la Sacerdotisa, ella me dijo que era quechua y que significaba: “Yo soy la más fuerte”… ¡¡Ooh!!… exclamé terriblemente sorprendida… ¡Era la misma afirmación que yo me repetía cuando era niña y tenía que enfrentarme con la muerte y sus tinieblas! ¡Era otra mística señal!… Noqan astawan qallpayankani… ¡Yo soy la más fuerte!…, y la Sacerdotisa me enseñó a cantarla… Primero tenía que hacer una exhalación profunda; luego, inhalar en forma natural, lenta y suave; y al exhalar, repetir muy consciente la afirmación hasta agotar la exhalación… Noqan astawan qallpayankani Noqan astawan qallpayankani Yo soy la más fuerte… Yo soy la más fuerte… ¡Yo pasaré esta dolorosa prueba de la separación!… La primera vez que lo hice sentí un poco de temor por lo desconocido del lenguaje, pero después se me fue haciendo familiar pues reconocí que efectivamente era el quechua, el idioma materno de mi padre y que lamentablemente él nunca nos había enseñado, ¡oh, diosas y dioses!... Al finalizar la sesión, la Sacerdotisa me dijo, colocando su arca circular delante mío:

 

–Por tratarse de una caminante, puedes dejar solo una donación simbólica…

–¡Oh, gracias, muchas gracias! –le dije, dejándole cinco monedas simbólicas de oro en su arca sagrada, y le hice la misma reverencia que le hice a aquella guardiana del temible bosque embrujado.

–Que tu dinero se multiplique en tus manos y en las mías, y la cruz chakana te acompañe siempre en tu camino –me dijo esta bella mujer de tez más bronceada que la mía, de mirada profunda, de cabello suelto y ensortijado, sujeto por una hermosa vincha blanca también de seda–. Podría invitarte o sugerirte que te quedes por aquí, pues se nota que te sientes atraída por nuestra cultura ancestral; mas, también se ve que el destino te tiene deparado otros caminos.  

 

¡Ooh, diosas y dioses! Sentí que me había hablado una verdadera pitonisa, yo nunca lo hubiera dicho más claro, porque efectivamente, me sentí terriblemente atraída por aquellas maravillosas místicas, aún añorando el hogar, el último hogar, el hogar de todos los hogares donde no existe la muerte… Así fue que ella me despidió, mientras que en la sala de espera había dos personas más aguardando por consulta, parecían madre e hija… Me fui cantando muy contenta mi afirmación saliendo del mercado… Noqan astawan qallpayankani… Noqan astawan qallpayankani… Yo soy la más fuerte… Yo soy la más fuerte… Con esta afirmación me quedé en Tingo María dos días más de lo planeado, buscando a la Maga, pero no la encontré; simplemente, ella había desaparecido del mapa al igual que Lisa. Decidí continuar con mi gran viaje al día siguiente.



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