sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 5 El Encuentro Místico 2

 


V. Parte 4 – Mi regreso a Lima

 

El viaje río arriba fue igualmente espectacular, yo me había hecho el propósito de volver a Perú sin pagar pasajes y así fue… El solo hecho de decirles a los capitanes que estaba regresando a mi patria, que se me había acabado el dinero en esta travesía, hacía que estos me llevaran gustosos sin cobrarme nada, pero a veces yo les pagaba con mi servicio de lavar los platos o asear el barco, una que otra vez… En Iquitos me fui directo al aeropuerto, había escuchado que había aviones del ejército que a veces llevaban gratis a la gente, todo dependía del capitán de turno. En el aeropuerto dormí con otros pasajeros dos noches, en espera de que uno de esos famosos aviones nos llevase a Lima. Un señor de edad con su esposa, me hicieron pasar por su hija para que los militares no se aprovechasen de mí, como se escuchaba, solían hacerlo con las jóvenes. Sinceramente, de haber llegado el caso, creo que yo estaba dispuesta a agradar al capitán con tal de que me llevase a Lima de una, sonrío…; mas, no fue necesario, ¡oh, diosas y dioses!… Llegamos a Lima en un abrir y cerrar de ojos… Salí del aeropuerto como una heroína triunfante, victoriosa…, había hecho el viaje de regreso en menos de diez días, todo un récord. Mara ni lo imaginaba ni me esperaba. El viaje en bus hasta la casa de Mara fue más largo que el del avión… Pensar que yo nunca había imaginado que volvería a Lima, a mi punto de partida, o al menos, no tan pronto…

 

Cuando llegué a casa de Mara, la casa de mi abuelo, toqué el timbre…; eran como las siete de la mañana, Filonila pegó un grito de sorpresa al verme en la puerta, quedó muda y los perros ladraron, Terror, Frank y Charlot. ¿Quién es? ¿Quién es?…, preguntaba Elo desde su balcón del segundo piso y la Filo no podía responder… Entré y subí corriendo las escaleras hasta el cuarto de Mara en la azotea…, apenas pude contemplar aquel paisaje urbano del centro de Lima y su gran río hablador… La puerta estaba abierta…, ella en su cama despertando…, me miró con gran asombro… y se puso a llorar como una niña y yo también. Me senté en su cama, a su lado y la abracé fuertemente… Mala, me decía ella, mala…, y yo le dije: Vámonos juntas pues… ¡Vámonos!..., que para eso he venido... Y sin poder contenernos más, lloramos y lloramos de contentas por esta determinación… Llegaron Elo, la Filo, los perros… y todos felices… No dejábamos de hablar y hablar, de contarnos nuestros días casi atropellándonos…, en medio de nuestra música escogida…, Memorias de una vieja canción y Concierto para una sola voz… de Gina María Hidalgo… Me contaron de la llegada de Massoud y de su partida, me hablaron de sus estudios en la universidad y de sus viajes, a Huancavelica, Ayacucho; yo les conté de mis ríos, de la Oroya, Huánuco, de la selva, Tingo María, Pucallpa, Iquitos, del gran río Amazonas, Tabatinga, Manaus, Santarém y Almeirin; ellas me contaron de Thelmo y Caluca, los nuevos amigos de Mara; yo les conté de Estela, de la desaparición de Aleph, de Jorám, Alencar y Alfredo, pero no les conté de la Maga ni de las amazonas…, no, no lo comprenderían, tal vez Mara sí, pero preferí mantener a mi querida Maga solo conmigo… Ellas me contaron que Massoud había llegado bien a Lima, sano, salvo y agradecido, solo que con los pies muy lastimados por las botas y el excesivo calor de la selva; la mamá de Mara tuvo que curarle para que él pudiese continuar con su gran viaje, Mara le había ayudado a conseguir la visa para Ecuador. Luego, después de una semana en que Massoud también les había contado de nuestro maravilloso encuentro, se despidieron… De mi madre yo no sabía nada…, tampoco me sentí con el tino de reportarme a ella, simplemente callé… Qué sea lo que las diosas y dioses quieran, me dije y oré, meditando en mi madre y mis herman@s, visualizándol@s tranquilos, contentos, protegidos dentro de una burbuja vital, luminosa, resplandeciente…, fuerte…


A los pocos días de haber llegado a Lima, me dispuse a llevar a cabo el gran ritual alquimista en la azotea, a un lado del cuarto de Mara y bajo su atenta mirada, por si acaso me sucediese algo, ella sería testigo. Ahora sí, no tenía temor alguno de llevarlo a cabo y declamar su gran invocación de protección a las doce del día en punto…, mientras yo juntaba los rayos del sol en una lupa apuntando directamente al centro del dibujo de doble círculo, que contenía el cuadrante de los cuatro elementos principales de este universo material (unidos por un círculo más pequeño), y sus respectivos objetos representativos: la aguja imantada sobre el cuadrado, la gota de agua sobre las dos líneas onduladas, el palito de fósforo sobre el triángulo y la pluma blanca sobre el círculo…, hasta que prendiera el fuego en ese centro y luego en el palito de fósforo…


¡Poder de la tierra y del agua!
¡Poder del fuego y del aire!
Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas
Les ordenan hacer, así como yo deseara
¡Que me protejan de los poderes ocultos!
¡Que me protejan de la mala intención!
Alfa y Omega les ordenan, ¡muestren que así lo harán!

 

Sin embargo, cuando realicé este ritual no sucedió nada, nada de otro mundo ni nada extraordinario, no hubo humo ni sonidos extraños ni desaparecí… Y tal como indicaba el libro, finalicé el gran ritual colocando los restos del conjuro en un pequeño sobre, excepto la aguja que la coloqué después dentro de mi maquetita El Gran Sortilegio del Destino, como una columna en pleno centro de mi dibujo, aquel que hice en la casa abandonada, y que era el mismo cuadrante de este ritual alquimista de protección con sus diez direcciones místicas. Luego escribí: Firmado, sellado y entregado; cerré el sobre y le prendí fuego hasta que quedaron solo cenizas, que las esparcí con mi pie izquierdo para que se las llevara el viento, y se cumplieran mis tres más caros deseos. Pero simplemente fue como si nada hubiera sucedido…, aunque extrañamente sentí que sí se había operado algo en mi interior, un cambio imperceptible de conciencia quizás…, de río a mar…, o tal vez el hecho de haber conocido a la Maga había hecho que mis sentimientos hacia Mara se fueran calmando... o transmutando…, como una ola que finalmente llega rendida a su otra orilla…; además, Herman Hesse había dicho: El que aspira a nacer, tiene que destruir un mundo…, y eso era lo que yo estaba sintiendo ahora…, la muerte de un mundo y el nacimiento de otro. Y como todo nacimiento causa dolor, el viaje de regreso a Brasil no sería cosa fácil, pues, a pesar de que la madre de Mara consentía que Mara hiciese este gran viaje conmigo (mi abuelo ya no tenía ni voz ni voto), con tal que se curase de su tristeza y abatimiento; nos puso una sola condición, que Mara terminase ese semestre en la universidad, para dejar concluido su segundo año de facultad…, así que tuvimos que esperar…


La primera parte difícil de esta preparación fue ir descubriendo que Mara también tenía sus propios planes y sueños, diferentes a los míos. Ella me sorprendió con su deseo de querer vivir en Brasil aun sabiendo que yo me dirigía a India, o tal vez nunca sintió realmente, que mi gran viaje a India fuese cosa seria y no solo un sueño; y por eso, ella daba por hecho, aun sin haberlo comentado abiertamente conmigo, que terminaría sus estudios de arquitectura en Brasil, mientras yo trabajaría… Quedé muda en silencio, casi en shock, sin poder decir nada, a estas alturas no podía decir que no…; tampoco tenía que ser una sorpresa, porque en realidad, Mara nunca había dicho que su destino era India como lo había dicho yo…, ella no estaba interesada en India como lo estaba yo, pero Brasil tampoco era mi destino… Extrañamente, veía ahora que lo único que teníamos juntas en común eran nuestros sueños con el mar y la búsqueda de nuestro verdadero yo y de la verdad absoluta… Ante este despertar, doloroso para mí, no me quedó más que ceder… y ceder…, y antepuse el deseo de Mara por sobre el mío…; y nuestra preparación fue con el fin de ir a vivir a alguna ciudad interesante del Brasil… Por supuesto que yo solo postergué mi gran viaje a India, mi idea de ir a India quedaba suspendida en el aire, por el momento… A mí me parecía que después de todo, a Mara se le pasaría la idea de quedarse en Brasil y terminásemos yendo juntas a India…, así que ya no le di mayor importancia al tema.  

 

Y la segunda parte difícil de esta preparación fue la selección del equipaje de Mara, ella quería llevarlo todo, no conseguía desapegarse de sus libros ni de su música…, tenía tan buenas colecciones…; al final, lo más que pudo reducir sus libros fue a un costal con unos setenta libros, que yo tuve que cargar solícita en mi pecho durante todo el viaje, mientras que ella llevaba unas buenas docenas de casetes en un maletín, también en su pecho; y en nuestras espaldas llevábamos nuestras mochilas, además, Mara llevaba su sleeping y yo la hamaca azul. Entonces, ¿cómo yo iba a agregar El héroe de las mil caras de Joseph Campbell a mi equipaje?

 

Fueron cuatro largos meses de espera y preparación; obviamente, yo ya había empezado a gastar los cruzeiros que me había pagado Alfredo por adelantado, porque yo no estaba dispuesta a trabajar, solo quería que Mara terminase pronto el semestre y partiésemos… Yo no me sentía mal por no trabajar y por no aportar con los gastos en la casa de Mara, por el contrario, me sentía con el derecho (y hasta lo hacía sentir) de vivir en la casa de mi abuelo, padre de mi madre; porque a ella, su padre no le había dado nada de lo que le correspondía hasta la fecha, tal como les había dado a sus demás hijos. Además, ¿cómo iba a aportar en la casa de mi abuelo, cuando yo tenía, más bien, que aportar en casa de mi madre?… Así que esos cuatro meses tampoco aporté nada, pero si teníamos para ir al cine, al teatro, a tomar un helado… Mara y yo…, estuvimos inseparables…, incluso yo la acompañaba a la facultad y le ayudaba a hacer sus proyectos… A veces, también me daba un poco de temor el que yo me estuviese adjudicando una responsabilidad que no me correspondía; pero luego, ese temor se desvanecía porque yo también la amaba sinceramente, yo también la había extrañado mucho y estaba sufriendo por nuestra separación; sin embargo, también sentía al mismo tiempo, con gran asombro…, aterrador…, que mis sentimientos hacia Mara estaban cambiando, tal como cuando cambiaron en aquel tiempo que estuve con Hernán…; yo…, que nunca pensé que algún día siquiera pudiese imaginar que dejaría de amar a Hernán…, y ahora a Mara…, mas, sentía que a ese fin iba mi corazón…

 

Así fue con Hernán… Al comienzo yo estaba tan pero tan enamorada de él, él había sido el amor de mi vida, el hombre de mis sueños, físicamente era tal como yo lo había soñado y deseado, tan loca estaba por él que llegué a pensar que si él me dejaba yo me suicidaría; pero en el fondo…, en el fondo él no era un hijo del mar, su modo de ser no se correspondía con el mío, así como el de todos los hombres que yo había conocido hasta ese momento. Él quería trabajar como todos, sobre todo dándole fuerza a esta cruel maquinaria a la que yo me oponía y de la cual estaba huyendo… También quería casarse –como otros–, quería tener mujer, hijos, familia… No obstante, yo lo amaba, sobre todo lo amaba porque sentía que él me amaba cuando me acariciaba y abrazaba con ternura…, mi chiquitita, me decía, mi chata…; y por ese amor, a veces yo también estaba tentada a casarme con él para vivir la maravillosa experiencia de la vida familiar, tranquila, con hijos, y mi madre no sufriese más mis desvaríos ni el mundo me señalase… Pero el conocer los divorcios del entorno, los de la familia y amigos, el no saber de mí misma, de mi propia esencia –por lo tanto, no saber cómo educar a los hijos que vendrían–, me ponían en guardia y de nuevo posponía la fecha de nuestro casamiento…; hasta que aquel apasionado sentimiento por él se fue apagando, tal como van desapareciendo todas las cosas de este mundo…, ese era el problema… Ese es el verdadero problema, la transitoriedad de lo terrenal…, de que todo, todo marcha, inexorable y angustiosamente hacia la muerte… Ser o no ser… Si no nos ocupamos del infinito no vale la pena que nos ocupemos de nada…, había dicho el poeta alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843) y yo estaba muy de acuerdo con él.

 

Cuando por fin estuvimos listas para partir, de nuevo sentí un poco de temor…, porque yo era quien había empezado toda esa locura de enrumbarse sin destino…, la gran aventura heroica… Ahora sentía que yo tenía que estar más despierta que nunca, porque tenía que velar por ambas, por Mara y por mí… Elo decidió acompañarnos una parte de este tramo, y para ello hicimos juntas, las tres, el ritual alquimista de protección. Luego, tomamos la ruta del norte, iríamos por el otro ramal del gran río Amazonas, por el río Marañón. Primero fuimos a Huamachucho, donde me encontré con Lila Torres quien estaba ya casada, y ella con su esposo nos hospedaron un par de noches en su hotel. Visitamos las ruinas pre-incas de Viracochapampa y Marcahuamachuco; luego fuimos a Cajabamba y nos hospedamos en aquella parroquia donde el cura me habló de los padres del desierto y yo me identifiqué con ellos; después fuimos a Cajamarca donde nos hospedamos en un hotel por tres días y visitamos el cerro Santa Apolonia, el cuarto de Atahualpa y las Ventanillas de Otuzco… Al tercer día nos despedimos de Elo, quien se regresaba a Trujillo y luego a Lima; mientras Mara y yo tomábamos el camino a Tarapoto y Yurimaguas, para viajar por el río Marañón, el otro ramal que da nacimiento al gran río Amazonas…

 

Todo, todo era increíble…, todo seguía siendo maravillosamente mágico…, siempre había una movilidad que nos llevaba gratis…, siempre había un lugar donde dormir y algo que comer… Fue maravilloso nuestro viaje por el río Marañón a Iquitos… Lo primero que compramos en el camino fueron nuestros abanicos de paja para el calor… Mara iba leyendo La Odisea de Homero y yo La Odisea de Kazantzakis… e íbamos compartiendo nuestras lecturas…, descubriendo admiradas el arquetipo del viajero que había tomado distintos matices a lo largo de la historia, desde Ulises hasta el lector nómade de las múltiples máscaras… Ulises, el esposo, padre y príncipe que debe soportar muchas pruebas y sufrimientos para descubrir la verdad de la existencia y reencontrar la patria. Gilgamesh, que viaja en busca de la inmortalidad. Orfeo, en busca a su esposa Eurídice por el inframundo. Jasón, en busca del vellocino de oro. Parsifal, en búsqueda del Santo Grial. Dante, que viaja hacia la salvación y redención final. El homo viator, el viajero o peregrino del medioevo que siempre está en camino hacia la verdadera vida que se encuentra más allá de lo terrenal. Don Quijote, que viaja fuera de sí, hacia el peligro de su propia locura. El viajero romántico que viaja en busca de sí-mismo, instaurando el hogar, la amada y el yo, como metas de su viaje, lugares de retorno y reencuentro. El viajero místico que viaja hacia el mundo del espíritu. Aun el viajero kafkiano y el caminante nietzscheano que viajan sin meta ni regreso posible; hasta el lector nómade de las múltiples máscaras, que busca su propia identidad e integridad…; y nosotras… que también íbamos en busca de nuestra propia identidad, de nuestro propio sí-mismo y de la verdad absoluta o Divinidad Suprema del corazón y su hogar, nuestro hogar, el hogar de todos, nuestro dulce hogar amado y eterno... Yo sentía que Mara era feliz en este caminar… y yo también era feliz. Lo único que yo lamentaba era no poder complacerla en sus acostumbrados bocadillos de refrigerio; en fin, yo estaba acostumbrada a la austeridad, pero ella… Sin embargo, continuamos adelante… con nuestro increíble santo y seña: Nothing is imposible

 

 

V. Parte 5 – Mara

 

En Iquitos llegamos a hospedarnos en la casa de aquel pasajero del Titanic que me había hospedado la vez anterior, estuvimos con él dos noches y dos días. Ese primer día, Mara y yo salimos muy temprano por la mañana, a buscar trabajo para mí porque para Mara, ni pensarlo…, ella misma lo decía…, never… Me presenté en la Municipalidad para solicitar trabajo como bachiller en arquitectura, e increíblemente había una plaza vacante que me la dieron de inmediato. Me contrataron por tres meses, con ese dinero podíamos pagar el alquiler de un cuarto, nuestra comida y nuestros pasajes a Manaus. Con Mara alquilamos un cuartito por tres meses y decidimos almorzar en un comedor popular, los desayunos y refrigerios de la tarde nos lo prepararíamos nosotras mismas. Durante este tiempo, Mara iba a leer a la biblioteca municipal y yo trabajaba todo el día; solo nos veíamos para almorzar, y por la tarde, después de las cinco.  





Un buen día, en el trabajo, me enteré de un chamán que hacía ceremonias para tomar ayahuasca, y me acordé de mi querida Maga y sus amigos. Le comenté a Mara que yo quería probar el ayahuasca y le pedí que me acompañara, ella aceptó, pero me aclaró que ella no lo probaría, dijo que solo iría conmigo para cuidarme; así que yo lo probaría bajo su atenta mirada, por si algo me sucediese. Decidimos ir donde el chamán un sábado por la noche, porque la sesión era hasta la madrugada, Mara llevaría un libro para leer; pero apenas llegamos a la casa del chamán, Mara se encariñó con dos perros recién nacidos que no le darían tiempo para leer; mientras que yo y otro par de interesados hablábamos con el chamán, le pagábamos y comenzábamos la ceremonia, una ceremonia sencilla, sin mucho aspaviento… El chamán limpió nuestros cuerpos golpeándonos con un atado de ruda, y luego tomamos el famoso ayahuasca. Mara nos observaba con un ojo y con el otro observaba a los perros… Terminada la ceremonia me alejé de todos los presentes y dejé a Mara con los perros… Salí al patio…, al fondo de la casa había un huerto y hacia él me encaminé…

 

Me recibieron bellísimas palmeras cocoteras y unos buenos platanales…, levanté mi mirada por aquellas altísimas copas y mi vista navegó por la inmensidad del cielo estrellado…, navegué entre las estrellas de innumerables tamaños e inconcebibles luminosidades, y las tinieblas que soportaban admiradas tanta noble presencia… De pronto, vi un resplandor en el mismo cielo, en medio de unas grandes nubes oscuras…, un resplandor dorado que se movía suave y dulcemente…; las nubes cedían, danzando, moviéndose lentamente, como reverenciando al destello dorado que iba en aumento…, ¡en aumento!…, y se iba perfilando en la forma de un barco o de un plátano… ¡La luna!…, grité… ¡Es la luna!… Y la luna fue creciendo y creciendo cada vez más y más y no dejaba de crecer, envolviéndome repentinamente en el cuerpo claro oscuro de la Maga, en aquel abrazo infinito que nos dimos y nos hicimos ríos…, haciéndonos una sola luz volando por los espacios siderales hacia el lugar de donde todos salimos…, nuestro origen…; porque ese es nuestro destino…, el retorno a nuestro origen, nuestro hogar, dulce hogar eterno… La vida es un viaje…, un viaje…, una salida y un retorno…, la salida de nuestro hogar divino y el retorno a nuestro hogar divino…; que no es solo el retorno a nuestra dulce madre biológica, sino a la madre de nuestra madre y a la madre de la madre de nuestra madre, hasta llegar a la Madre Divina, a la Madre Suprema… que es la súper diosa de la que todos nacemos, todos…, ella es la cueva de la que todos salimos en busca de esa otra realidad… genuina, sublime…, tiernamente encantadora… ¡Oh, Maga!, exclamé… ¡Maga, Maga! ¿Qué hice?, ¿qué hice?, ¿cómo fue que te dejé partir?…; y me eché a llorar desconsoladamente… Con nadie más que contigo viviré aquel preciado y soberano sentimiento del instante infinito…, por más que me acueste con quien sea…, no viviré con nadie lo que viví contigo… y, ¿qué más podría yo desear si no es solo eso?…, porque de otra manera no tiene sentido la vida… Pero tú, mi querida Maga, tú me mostraste que eso que habíamos vivido juntas, era solo el comienzo de ese otro mundo tan añorado, sagrado, divino…; era el comienzo del retorno al hogar, a nuestro dulce hogar, al regazo de nuestra Madre Suprema, Madre de todas las madres… Por fin yo comprendía hacia dónde estaba yendo…, al origen…, al origen de todo, de donde todo nace y a donde todo vuelve…, ese era mi camino, mi meta y mi destino…; eso era el mar en todo su esplendor, era el morir en estas formas materiales carentes de vida satisfecha, para nacer en esas otras formas, más sutiles, más reales…, sublimes…; hasta llegar a nuestra última forma…, única, real…, espiritual, trascendental…, auténtica, original…, inconcebiblemente mística...

 

De repente, no más que de repente… escuché un susurro muy extraño, muy cerca de mi oído izquierdo… ¡Buuuuu!…, y me estremecí volteando rápidamente para ver quién o qué era… y era Mara tratando de asustarme… ¿Cómo te va?, me dijo ella un poco irónica…, ¿en quién piensas?…, y yo me sonrojé sorprendida de que ella pudiese descubrir mi extraño secreto con la Maga y a ella no la contemplase, porque se suponía que Mara era mi mejor amiga y yo la amaba por sobre todas las cosas de este mundo, pues ambas considerábamos que el amor entre amig@s es un sentimiento muy superior al amor entre amantes…; por algo yo había regresado a Lima por ella, para viajar con ella, para vivir (por fin) con ella, no para quedarme en aquel estruendoso laberinto en expansión… Luego, sentimos un aleteo muy cerca a nosotras y nos quedamos quietas tratando de identificar de dónde venía ese aleteo, nos agachamos rápidamente y nos escondimos detrás de unos arbustos poniéndonos de cuclillas, oteando…; y descubrimos al lado de un árbol inmenso a un loro diminuto de infinitos colores, resplandeciente, y a una niña dorada que le decía casi implorando… ¡Cuéntame, cuéntamelo todo! ¿Él sufre por mi ausencia?…; pero el loro estaba enmudecido porque él también nos había descubierto y nosotras estábamos aterradas, escondiéndonos más todavía… Después, cuando me levanté un poco para verlos de nuevo, ya no estaba el loro ni la niña dorada ni Mara…, solo la Maga muy sentada a mi lado…, apoyando su cabeza en mi hombro y acariciándome el brazo… Yo también me senté como ella, pero luego, ambas nos encontramos sentadas una frente a la otra, en flor de loto, abrazándonos con nuestros brazos y piernas, acariciándonos muy suavemente, muy fuertemente, muy tiernamente, muy dulcemente…; entregándonos mutuamente todo el amor habido y por haber…, convertidas en ríos y luces que viajaban veloces por el firmamento…; pero yo temía pronunciar su nombre porque temía equivocarme…, no sabía con quién estaba realmente, si con Mara o con la Maga, porque a veces estaba con Mara y otras veces con la Maga… Así fui pensando y sintiendo, que tal vez la Maga y Mara eran una misma persona…, y que, por último, ¡las tres éramos una misma persona!… ¡Ooh, diosas y dioses! ¡Inconcebible!

 

El tiempo transcurrió solícito trayendo una madrugada sublime…, el trinar de los pájaros, de los loros y todos los sonidos de la selva acompañaron la eminente salida del astro rey… Poco a poco… despertó la naturaleza toda y todo el encanto de aquella mágica noche desapareció, ante el brusco llamado del chamán que quería sacudir otra vez “el polvo” de mi cuerpo, esta vez con un buen atado de pino y eucalipto… Terminada mi limpieza, Mara y yo ya estábamos listas para volver a nuestro cuarto, no sin antes haberme dejado convencer por Mara para llevarnos a esos dos perros escuincles que el chamán le había regalado, uno para ella y otro para mí…; no sé cómo se le ocurrió esa descabellada idea a Mara y no sé cómo se me ocurrió a mí, aceptarla. En el camino, Mara me contó que ella casi no leyó durante la noche tal como se había propuesto, porque estuvo jugando con ese par de escuincles; también me dijo que yo me la había pasado todo el tiempo en el huerto, que de lejos me había visto sentada en flor de loto, con los ojos cerrados…, parecías una buda, me dijo, estabas meditando bajo una palmera…; aunque yo todavía no comprendía exactamente qué era meditación… Sin embargo, eso había hecho, había meditado en la Maga, fue muy vívido, muy real que yo estuve con la Maga y con Mara al mismo tiempo, tal vez por el influjo del ayahuasca…

 

Al cabo de los tres meses, los jefes quisieron contratarme por tres meses más, pero con la condición de que les regalase un sueldo mío, ¡qué descaro!, ¿habráse visto?; por supuesto que les di un porrazo con mi renuncia ante tanta desvergonzura; además, hasta esa fecha yo no había podido trabajar más de tres meses en un mismo lugar. Entonces, preferimos con Mara, continuar nuestro gran viaje… Su mamá le había enviado cien dólares para los bocadillos, aunque yo pensaba que podía haberle enviado más, también para sus pasajes y para pagar en Migraciones la salida del país, porque Mara quería ingresar legalmente al Brasil; en cambio yo, prefería nuevamente, mantenerme ilegal en el país… ¡Ja!, me bullía en la cabeza la idea de que la mamá de Mara manipulaba la situación para hacerla volver a su casa. Lo primero era, claro, acortar la mesada, hacer un poco más difícil el camino para que Mara extrañase la comodidad de su casa paterna y volviese con ellos; aunque eso también fuese favorable para mí…  

 

Por mi parte, dado mi nuevo ritmo de viaje, ya no podía dedicarme a mí misma como antes…, yo pasé a segundo plano…; sin embargo, el lado mágico de la vida continuaba manifestándose para nosotras…, los hechos que nos ocurrían eran sencillamente mágicos, maravillosos, prodigiosos, sobrenaturales, fantásticos… No dejaba de haber una embarcación que nos llevara gratis, o a veces a cambio de ayudar en la cocina o limpiar los baños… También había un lugar donde dormir, principalmente en los barcos; y algo que comer…, como en Yurimaguas, por ejemplo, cuando de repente llegamos a una iglesia evangélica y sus miembros, que estaban almorzando, nos invitaron a compartir con ellos (Mara había sido evangélica); o en Iquitos, cuando llegamos a la inauguración de una galería de arte con bocadillos y champán; o en Tabatinga, cuando llegamos a una sede de masones que estaban en su fiesta familiar, y también nos invitaron a almorzar con ellos… En otra ocasión, también un capitán nos llevó en su barco, un corto trecho, a cambio de que él practicara su español con nosotras, al mismo tiempo que nos contaba cómo cuando joven se aventuró a visitar nuestra capital, Lima...; era un señor bajito, grueso, ropas ligeras, sombrero de paja y pipa, muy atento él… En otra oportunidad, en otro barco, regalamos nuestros perros escuincles a una pareja de adultos mayores, aun con el desacuerdo de Mara, porque no le quedaba más que aceptar que llevar a los perros con nosotras era una gran responsabilidad, que ni ella ni yo podíamos asumir. Hasta ese momento estábamos algo esclavizadas por ellos, teníamos que prepararles el biberón en la mañana, al mediodía, a la medianoche, a la madrugada; teníamos que preocuparnos por su comida diaria…, sobre todo yo. Sinceramente, fue un alivio para mí deshacernos de ellos, para Mara fue todo un drama… En otro momento, un bus turístico nos llevó al interior de la selva, a un gran oasis ultra moderno, donde había un hotel y un centro comercial a todo lujo…, por allí caminamos con Mara entre la gente rica, mientras nosotras solo teníamos lo justo para movilizarnos hacia nuestro destino.

 

 

V. Parte 6 – Yo soy el río y el mar

 

En Manaus también fuimos a ver algunas presentaciones en el gran Teatro Amazonas. Allí vimos el estreno de la película Amadeus del director checo Milos Forman (1932-2018), subtitulada en portugués, fue maravilloso ver juntas la vida de nuestro amor platónico, Mozart; y en otra ocasión asistimos a un concierto de música urbana de artistas locales. Aquí, sucedió un hecho insólito, de lo más inesperado…, una broma del destino… El programa ya había empezado, el teatro estaba lleno, todos los asientos ocupados y mucha gente de pie…, nosotras aparecimos por un costado del teatro, pero nos ubicamos bien, podíamos ver todo el escenario. Al finalizar la presentación de un par de cantantes, el animador presentó como último número a una joven amateur de paso por Manaus, quien comenzó a cantar en español Geni y el zepelin del compositor brasileño Chico Buarque (1944); y yo me quedé pasmada, petrificada, admirada…, anonadada…, porque era nada más ni nada menos que mi querida Maga… ¡La Maga!, me grité para mis adentros… ¡La Maga!… ¡Es ella!…, me dije, ¡La Maga!…, y me quedé aterrada, desconcertada con un poco de embeleso…, contemplándola…, no sabía que ella supiera cantar tan bien… Quise correr a su lado para danzar con ella e irme con ella…, la Maga…, mi Maga…; pero me mantuve inmóvil todo el tiempo, como una piedra…, porque luego me di cuenta, poco a poco, que no, no era la Maga, ¿cómo podía ser?, ¿cómo podía haberme equivocado?... ¿La conoces?, me preguntó Mara de repente, muy cerca al oído…, y yo sentí un escalofrío en todo el cuerpo, solo de imaginar que ella estuviese dentro de mí enterándose de la Maga… No supe que contestarle, me había quedado petrificada con los ojos pegados en aquella joven tan parecida a la Maga… ¿La conoces?, volvió Mara a preguntarme, a lo que recién pude responderle: No, no la conozco…, y aproveché el momento para aplicar la huida… ¿No será mejor irnos?, le sugerí, es muy tarde…, y Mara asintió. Salimos, pero yo sentí que algo más había cambiado dentro de mí, aun sin saber qué. Mara estaba sorprendida, dijo que no conocía esa faceta mía, que me había descubierto un mirar diferente donde no la había dejado entrar y eso la ponía triste; por un instante quise contarle de la Maga, pero callé…, a estas alturas de los hechos, Mara no comprendería. Sí a Mara yo le hubiera contado antes de la Maga, tal vez en este momento podría decirle, aquella joven me pareció la Maga…, pero no fue así; y si ahora yo se lo contara, le ocasionaría a Mara una gran pena por habérselo ocultado; así que seguí guardando mi secreto… de que también amaba a la Maga…; en ese momento supe con gran dolor que más amaba a la Maga…, que era a la Maga a quién ahora estaba amando más…, por sobre todas las cosas de este mundo…, siendo esta una prueba más de la caducidad de todo lo existente, especialmente de los sentimientos… que vienen y se van…, en este mundo tan relativo, efimero y transitorio.

 

Y una de esas noches, en pleno viaje, recordé muy vívidamente a la Maga y a Mara al mismo tiempo, cuando juntas comentábamos El Túnel del escritor argentino Ernesto Sábato (1911-2011). A las tres nos había gustado Sábato porque él había abandonado la ciencia profana, por considerarla inmoral e insuficiente en la comprensión íntima del ser humano… Y yo las veía a las dos en túneles paralelos al mío, con algunas ventanitas transparentes que nos permitían de vez en cuando, aunque sea mirarnos en nuestra abrupta soledad…; aun cuando con la Maga sí habíamos transitado juntas, siquiera por un momento, por un solo túnel porque nos habíamos amado de verdad, de corazón a corazón…, en cuerpo, mente y alma…

 

–¿Te acuerdas? –me preguntó una noche la Maga, bajo la luz de la luna y el viento tierno que aireaba nuestros rostros y cortos cabellos…, sonriendo por encontrar un parecido más en nuestras almas, porque al leer El Túnel nos habíamos identificado con ese túnel de la soledad e incomunicación intrínseca– ¿Te acuerdas cuando Castel ve a María observando detenidamente el cuadro con una ventanita donde se ve a una joven mirando el mar?, ¿te acuerdas?...

–¡Claro que me acuerdo! –le respondí y le comenté lo mismo que a Mara, en aquel entonces– Alguien mirando al mar significa que ha huido de las grandes ciudades para ir al otro lado del mar, porque está de espaldas a la gran ciudad que es un producto artificial del hombre patriarcal. Puede que ese alguien lo sepa o no, o que Castel lo sepa o no, incluso que Sábato lo sepa o no; pero ese alguien está añorando el otro lado del mar… Ha escuchado el llamado del mar…

–Muy interesante observación –me respondió la Maga con una sonrisita que me hizo reír–. Entonces, también podríamos decir que es la mismísima Penélope que también quiere hacerse a la mar como Ulises, ¿verdad?... ¡El mar también es de ella!…

–¡Sííí!, es muy hermoso lo que acabas de decir.  

–Inspiración de la poetisa española, Xohana Torres (1929-2017) –y moviendo ligeramente su cuerpo hacia adelante, la Maga continuó– Mas, para Castel, esa joven mirando el mar significa la soledad, por ello advierte que María también está en un túnel tan oscuro como el suyo. Siente que ha sucedido el misterio de la comunicación de dos almas a través del arte. Sin embargo, esa luz que él creía ver al final de su túnel, no era más que otro túnel paralelo al suyo…

–Esa luz al final del túnel también es ese otro lado del mar que es completamente diferente a este… Allí no existe la muerte –insistí muy convencida... y Mara me dijo como siempre… 

–Tú y tus cursilerías –mas, la Maga acotó sin perturbarse:

–Es verdad, esa otra orilla es otro mundo…, por eso Castel dirá finalmente que, María pertenece a este mundo que él desprecia. Y como ella no es esa luz que lo arrancará de su propio túnel, él la matará y se condenará de por vida a otro túnel donde no hay esperanza de salida posible, la cárcel.

–Allende significa “más allá” –dijo Mara cuando terminábamos de leer juntas el libro–, quiere decir que Allende ve más que Castel; por eso él le dirá “insensato” cuando Castel le dice que mató a María; porque su esposo aceptaba a María tal como era, lo prefería, a tener que vivir solo en su propio túnel. Mas, Castel no la entendió. Vio en ella una mentira, una esperanza que se hacía añicos cuando comprobó que lo engañaba con Hunter (que en inglés significa “cazador”).

–Castel mata a María no por celos –dijo la Maga acariciando mi frente con sus manos tibias–, sino porque luego de albergar por años una esperanza para salir de su propio túnel, cuando esta esperanza llega o cree que ha llegado, se siente defraudado y se condena torpemente a un túnel oscuro donde no hay esperanza alguna, como dice la puerta del infierno en La Divina Comedia a donde Dante Alighieri (poeta y escritor italiano, 1265-1321) está por ingresar: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate, “Quien entre aquí, abandone toda esperanza”…

 

Llegamos a Almeirin como por arte de magia…, sin embargo, todo allí estaba distinto; para empezar, no estaba en el puerto la pequeña embarcación que llevaba el nombre de Mara…, el mismo Alfredo se nos presentó apenado una sola vez, alegando que estaba muy ocupado en asuntos políticos, pues se estaba lanzando como gobernador de su región en las próximas elecciones. Posiblemente tenga que cuidar su imagen…, fue lo primero que deduje, pues él no nos dio ni un mínimo de su tiempo para hablar con nosotras; incluso llegué a hacer conjeturas, ¿realmente había sucedido aquel mágico encuentro entre él y yo?... Realmente, ¿él había sido otro místico?, o solo había sido una más de mis locas alucinaciones…, porque era increíble cómo todo aquel dulce encanto se había desvanecido por completo… Este fue mi adiós a aquel personaje que el destino me había puesto en el camino para que me entregara el ritual alquimista de protección, y me ayudara a volver a Lima por Mara, para traerla conmigo y continuar mi gran viaje con ella; y el desatinado Alencar me había llevado a él…, así como Massoud fue quien me contactó de nuevo con Mara.

 

Ni siquiera fue preciso que hiciéramos el levantamiento de su Villa Hermosa, ni hubo tiempo de mencionarlo…; por el contrario, Alfredo puso de inmediato a nuestra disposición la pequeña embarcación que todavía llevaba el nombre de Mara, para que nos trasladase lo más pronto a Belém de Pará… Al ver la embarcación con su nombre, Mara explotó comprendiendo mi locura… Pero, ¿qué hiciste? ¿Qué hiciste?…, me preguntaba repetida y totalmente fuera de sí…; no le había gustado para nada que yo me hiciese llamar con su nombre…, empezó a reprocharme con justa razón…, hasta que partimos… rumbo a Belém…; previa parada en la Villa hermosa para recoger mis cosas que había dejado para viajar a Lima… No encontré algunos libros míos y mis sandalias de monja se habían enmohecido, tuve que desecharlas.

 

El paisaje era siempre el mismo de hermoso, con sus sonidos inolvidables, con sus atardeceres y amaneceres espectaculares llenos de bosques y arcoíris; a veces no solo veíamos un arcoíris o dos, sino tres, ¡cuatro!…, cinco arcoíris al mismo tiempo como portales inmensos hacia dimensiones desconocidas…, como si fueran un sueño, una magia… De pronto, nos fuimos acercando todos a la proa del barco para contemplar a lo lejos, la maravillosa ciudad de Belém, capital del estado de Pará, que se iba vislumbrando cada vez más y más, más grande que Manaus, con su puerto, sus barcos, sus edificios altos y nubes en el cielo…, parecía una isla, un oasis…  




Era temprano por la mañana cuando llegamos a Belém… Mi corazón se estrujó de conmoción al ver aquella gran ciudad porque estábamos llegando al mar…, al mar..., y yo…, yo no sabía si moriría o qué…, qué iba a ocurrir conmigo… Tampoco le había contado a Mara de este sentimiento…, no había habido el momento…; entonces, solo yo estaba expectante de este mi loco instante en mi propio túnel, viviendo mi propio sentimiento de muerte, y Mara también estaba viviendo sus propios sentimientos… Habíamos llegado al gran poderoso delta donde se juntan las aguas dulces del gran río con las aguas saladas del mar… Y vi en mi interior con gran asombro que el universo me había otorgado uno de mis más caros deseos, aquel que yo había expresado tan intensamente cuando partí de Lima sin saber a dónde..., llovía... ¡Yo quiero saludar al sol y a la luna que nacen en el mar! ¡Quiero conocer y amar otros puertos, otros barcos, otra gente, otros hombres y mujeres, otros árboles, otros ríos y montañas!... Yo lo había invocado, implorado... y todo eso se me había concedido... Así también sentía horrorizada que me sería concedido el salir de este espantoso laberinto de muerte por doquier... ¡Sortear todos los peligros! ¡Conocer la verdad sobre la vida y la muerte! ¡Encontrarme a mí misma!… Saber quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… ¡Yo voy al centro! ¡A la luz! ¡A mi destino único, loco y sin fin!… ¡Al hogar de todos los hogares donde no existe la muerte!... ¡Al amor!... ¡El amor!... ¡El Amor Divino!... ¡Ooh, diosas y dioses!... ¡El Éxtasis Supremo! ¡Yo solo añoro lo absoluto, divino e inmortal!... Mara y yo habíamos llegado ¡al mar!, a nuestra siguiente parada olímpica: el mar…, el Océano Atlántico…; donde curiosamente no morí…, no morí… ni hubo atisbos de que yo moriría…, o tal vez sí, sí murió algo en mí interior sin saber qué…

 

(9)   “Llegará la hora en que tendré que desembocar en los océanos, que mezclar mis aguas limpias con sus aguas turbias, que tendré que silenciar mi canto luminoso, que tendré que acallar mis gritos furiosos al alba de todos los días, que clarear mis ojos con el mar. (…)”… 

      

     ¡Oh, Javier Heraud!

 

“¡Soy el mar! ¡Soy el mar! Patético, sonámbulo y sin fin…”… 


¡Oh, Vinícius de Moraes!

 

Cuando llegamos al puerto nos despedimos de nuestra pequeña embarcación “Mara” que se regresaba a Almeirin por la tarde, y nos fuimos a buscar un barco dónde pasar la noche, preguntando al mismo tiempo por los cargueros que iban a India, y cuando uno que otro nos respondía que de allí estos no salían sino de Fortaleza, yo sentí que Fortaleza era nuestra siguiente parada olímpica, sin saber aún qué pensaría o sentiría Mara al respecto. De pronto, nos encontramos en una pequeña embarcación pidiéndole a su dueño que nos hospedase por esa noche y este aceptó; colgamos nuestra hamaca azul en la proa. Se trataba de un joven buenmozo, buena gente, se notaba que Mara le gustaba, ambos se gustaban… Esa noche él nos invitó a comer cangrejos a Mara y a mí en un restaurante del puerto; al día siguiente nos fuimos los tres a Mosqueiro, una de esas exóticas playas del río, donde nos bañamos y pasamos casi toda la mañana, un poco alejados de la concurrencia. Mientras Mara y el joven conversaban todo el tiempo, muy animadamente –entre portugués y español–, y yo reflexionaba en el significado de la vida y de la muerte simbolizados en el río y el mar…, sin poder adentrarme más en su más secreta esencia; porque yo intuía que detrás de todo ese escenario estaba la gran verdad absoluta, a la que todavía no se me había concedido la gracia de acceder…

 

Luego, los tres caminamos por el centro de la ciudad, por su antigua plaza central, su catedral, sus iglesias, malecones, barrios típicos de arquitectura colonial con azulejos portugueses…, hasta visitamos tiendas y librerías… Mara se compró un libro en portugués, La hora de la estrella de Clarice Lispector, y yo me compré Boquitas pintadas de Manuel Puig, también en portugués. Mas, esta vez tampoco pude comprar El héroe de las mil caras de Joseph Campbell que también estaba en esa librería; y no solo porque estaba más caro que en Lima, sino porque yo no sabía portugués lo suficiente como para leer este libro. Pero ya lo había hojeado y había quedado maravillada al ver que las etapas que se circunscribían en ese gran viaje del héroe eran un lenguaje que nos pertenecía a toda la humanidad, era el inconsciente colectivo descubierto por Carl Jung que se hacía presente en los títulos de mis dibujos como: El Llamado, La Separación, La Búsqueda, El Encuentro… No había duda que mi encuentro con Mara marcaba el primer paso de este mi gran viaje, ella había sido la ayuda sobrenatural que yo había recibido del universo, para iniciar esta gran aventura heroica de encontrarme a mí misma y a la verdad absoluta; ella fue la única persona que comprendió mi deseo de salir de este inmenso laberinto, y me empujó a buscar la salida de este mundo mortal, pese a su escepticismo… ¡Vete! ¡Vete ya!, me exigió Mara en uno de sus ruegos, ¡Tienes que irte! ¡Tienes que hacerlo!... Y lo hice…, llevando el poderoso talismán que ella me había otorgado, su mágica poesía Nothing is imposible… escrita en el reverso de aquella fotografía de la puerta abierta de su cuarto; desde donde podía verse el centro de Lima y su río turbio atormentado por los ruidos del día a día citadinos…, su río Rímac, el río hablador…, y que finalmente obsequié a Massoud…

 

Y ahora las dos estábamos caminando por aquí…, buscando una morada donde establecernos, donde hacer nuestro hogar…, dulce y añorado hogar, hasta encontrar el hogar de todos los hogares donde no existe la muerte; mientras yo, poco a poco iría comprendiendo que mi vida seguía siendo ese gran viaje empezado…, una continuidad de viajes interminables…

 

Al día siguiente, por la mañana, Mara y yo, nos fuimos a merodear por los barrios residenciales y la Universidad Federal de Belém, evaluando nuestra posible estadía en esta bella ciudad…, y por la tarde nos despedimos de aquel guapo brasileño, para ir a pedir albergue a la residencia universitaria de aquella Alma Mater. Dicho y hecho, aquellos jóvenes estudiantes de la facultad de arquitectura nos dieron albergue al sabernos sus colegas, Mara había terminado el segundo año de arquitectura y yo estaba buscando un tema para hacer mi tesis de grado, ese fue mi alegato para facilitarnos el camino, puesto que yo no tenía interés alguno en hacer mi tesis. Nos ubicaron en un dormitorio de dos camarotes. Mara y yo ocupamos uno y el otro se mantuvo vacío. Fueron siete días de descanso en los que pedí ayuda a un arquitecto para dibujar sus proyectos y así lo hicimos. Estos momentos me hacían agradecerle encarecidamente a mi querida madre por haberme exigido terminar mis estudios, porque ya el solo hecho de dibujar láminas de arquitectura o ingeniería era una puerta abierta que yo tenía para no morir de hambre. El arquitecto también me recomendó hacer la tesis, si quieres ser libre e independiente y ganar buen dinero, tienes que terminar tu carrera, tienes que hacer tu tesis, me dijo. ¡Oh, diosas y dioses!... Yo me quedé asombrada de sus palabras que eran exactamente las mismas que me repetía constantemente mi querida madre, presente o ausente… ¡Termina tu carrera! ¡Haz tu tesis!, me decía; y de nuevo me embargaron mis añejos sentimientos encontrados, el conflicto de no haber terminado realmente mi profesión, y sobre todo de estar causándole un gran dolor a mi madre por mi ausencia, mi desobediencia e irresponsabilidad, por mi loco afán de querer recorrer el mundo y encontrar mi propio destino… Escuchando al mismo tiempo que Mara también sentía que Belém no era nuestro próximo hogar, y que Fortaleza, más bien, sería nuestra próxima parada olímpica; de paso, Mara también quería conocer Canoa Quebrada, la playa de la luna y el sol…, y yo seguía pensando en los cargueros que salían a India.

 

Terminado nuestro tiempo en Belém nos fuimos a la carretera para tomar una movilidad que nos llevase a Fortaleza… Así empezó nuestra gran travesía por las estradas de Brasil haciendo autostop…, de camión en camión…, de parada en parada…, de pueblo en pueblo…; quedando atrás los barcos…, los ríos…, la selva…; como un gran dolor insoportable…, inseparable, desgarrador…, una nostalgia, un espejismo…, inolvidable…, hiriéndome las sienes y el corazón… ¡Ooh, saudade!... ¡Saudade!... Entonces yo no dejaba de pensar en el río y el mar…, en su poderoso mensaje divino… y en lo que vendría después… ¡Oh, Javier Heraud!… Y vi el río bajando cantarino a juntarse con las aguas del mar…, vi el río juntándose con el mar…, vi el río transformándose en mar…; y luego yo subí con el río, río arriba… hasta las más grandes montañas de su glorioso nacimiento…, y…, ¡oh, diosas y dioses!…, allí vi que el gran río no solo venía de la montaña más alta de las cordilleras, sino del cielo, del cielo más alto y sublime… Era el cielo quien enviaba sus aguas en forma de río… al mar…, y del mar se evaporaban volviendo de nuevo al cielo, en un ciclo eterno y amoroso sin fin… Entonces confirmé una vez más, que es al cielo a dónde teníamos que volver…, el cielo es nuestro origen y nuestro destino… Nosotros habíamos venido del cielo y a él teníamos que volver…; pero, ¿cómo?... ¿Cómo íbamos a evaporarnos para volar hacia el cielo? ¿O cómo teníamos que acceder al cielo desde las cimas de las grandes montañas de donde bajan los ríos que van a dar a la mar?… ¿Siendo que cualquiera de los dos caminos es lo mismo?...

 

Así, nuestro gran rally pasó como un dulce sueño de ensueños…

 

 

Fin de EL ENCUENTRO MÍSTICO




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