sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 5 El Encuentro Místico 1

 


V. EL ENCUENTRO MÍSTICO

 

 

V. Parte 1 – Alencar y Alfredo

 

Cuando llegamos a Santarém, descendimos algunos pasajeros y el barco siguió su rumbo hacia el interior de la selva sureña, por el río Tapajós. Extrañamente en el puerto no hubo barco donde pudiera hospedarme, tuve que buscar un hotel. Me dieron una pieza sin cama ni mesa ni silla, fui a hacer el debido reclamo y me contestaron que, por dos dólares, el cuarto iba vacío, que yo colgase mi propia hamaca, así que tuve que dormir una vez más en el suelo, en mi querido sleeping, felizmente protegida del frío por el increíble clima tropical de la bella Amazonía. A la tarde del día siguiente me instalé en un barco que acababa de llegar y que saldría para Belém en una semana más. Luego de un par de días de merodear por las calles de Santarém y su río Tapajós de color azul increíble –que tampoco se mezcla con el río Amazonas–, apareció un guapo muchacho brasileño, Alencar, haciendo gestiones para trasladar una docena de sacos de arroz, de Santarém a Almeirim, camino al mar, cerca de Belém do Pará… Le pregunté si podía llevarme en su bote y me dijo que sí, sin ningún problema… Me sentí tan feliz pero tan feliz…, porque pronto me acercaría más al mar de Belém, mi siguiente parada olímpica.

 

Alencar y yo salimos al día siguiente por la madrugada, en una mini embarcación sencilla hacia Almeirin, íbamos con el motorista llevando los sacos de arroz. Yo me sentía tan admirada de tanta dicha, que, mientras nos deslizábamos por la corriente de las aguas turbias del Gran Amazonas, el límite de esa dicha se hizo presente con el más insospechado dolor… ¡Ooh, diosas y dioses!... De repente, nada más que de repente, escuché la voz de mi conciencia alertándome: ¡Los ríos van a dar a la mar que es el morir!… ¡Al mar que es el morir!…, y se adueñó de mí una angustia y convicción terrible de que yo también iba a morir, de que yo estaba yendo directo a la muerte porque el mar es el morir… ¡El mar es el morir!… Sí, yo también voy a morir… ¡Voy a morir como el río, oh, diosas y dioses!…, porque sabía que todo lo que se piensa, todo lo que se dice, se dibuja… se hace realidad, como un conjuro, como una magia… Y yo me había identificado como un río, como el río de Javier Heraud… “Yo soy un río” …, y también como el del poeta español Jorge Manrique  (¿?, c. 1440)… “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir” … ¡Voy a morir realmente!…; pero, ¿cómo?…, me gritaba yo misma para mis adentros… ¡Voy a morir!…, lo sabía y lo sentía…, y me salieron incontenibles lágrimas ardientes que me quemaron el rostro vivo ante tanta conmoción… ¡Pero qué digo!…, exclamaba más para mis adentros…, esto es demasiado descomunal para mí… Era una locura despertar a estos mensajes del universo que me llevaba de sorpresa en sorpresa…, de admiración en admiración… Yo estaba yendo por el gran río Amazonas que va al mar que es el morir… ¡Ooh, Javier Heraud!...

 

(8)   “Yo soy el río anochecido. Ya bajo por las hondas quebradas, por los ignotos pueblos olvidados, por las ciudades atestadas de público en las vitrinas. Yo soy el río…, ya voy por las praderas, hay árboles a mi alrededor cubiertos de palomas, los árboles cantan con el río, los árboles cantan con mi corazón de pájaro, los ríos cantan con mis brazos. (…)”.

 

Cuando llegamos a Almeirim, Alencar desembarcó los sacos de arroz en el puerto y me invitó a almorzar, yo acepté, olvidándome –obviamente– de mi reciente conmoción; pero antes, lo acompañé a vender la carga. Luego fuimos al restaurante de un hotel muy amplio y agradable, lleno de plantas. Comimos pescado, tomamos cerveza, pidió una guitarra y terminó cantando feliz; no era un buen cantante, pero era feliz cantando; invitó cerveza a todos los presentes, y ellos nos consideraron pareja. En medio de la charla, se acercó el dueño del restaurante y nos dijo que podíamos hospedarnos en su hotel, a diez dólares cama matrimonial por una noche… ¿Dos noches o más?…, me preguntó Alencar como si fuésemos pareja, y yo como autómata, por la sorpresa del impacto directo, le respondí que dos noches estaba bien… Tomamos el cuarto, total, el muchacho era muy de mi agrado…, me gustaron sus manos, su cabello claro algo ondulado…, era un poquito grueso, pero bien proporcionado…, pero sobre todo me encantaba que me hablara en portugués… En ese hotel pasamos más de dos días dándonos la gran vida…, prácticamente sin salir del hotel, viviendo entre el restaurante y el cuarto, no salimos para nada, como si estuviéramos de luna de miel, ja, ja, ja…, pero yo aprendiendo cada vez más el portugués. Cuando estábamos en el cuarto, me gustaba abrazarlo desnudo, meditando…, ¿porque a él yo puedo abrazarlo desnudo con entera libertad y a Mara no? ¿Y a la Maga no?… ¿Por qué esa diferencia?…, o, ¿de dónde viene esa diferencia?… También yo quería sentir con él lo que hace poco había sentido con la Maga y lo abrazaba fuerte, con amor y con pasión, pero no era posible…, no era posible…, él no era la Maga, no era la Maga… ni tampoco Mara…, no era nada místico…, era imposible conseguir que él me abrazase como la Maga… hasta sentirnos energía pura… ¡Ooh Maga! ¡Maga! ¡Solo tú fuiste, eres y serás así!..., siempre te llevaré conmigo en mi corazón, por siempre… Realmente, los místicos no son seres comunes, es muy difícil encontrarlos…, y yo también, como Lisa, quería ser una mística; aunque la sacerdotiza me había dicho con su pensamiento: tú también eres una mística, eres una de las nuestras

 

Y cuando estábamos en el restaurante, a Alencar le gustaba invitar cerveza a los pocos comensales que había en el hotel, luego tocaba la guitarra y nos cantaba a todos, nos gustaba…, y a mí me gustaba aturdir mis sentidos para no extrañar tanto a mis seres queridos… Después de unos días de intensa algarabía, el joven desapareció un día muy temprano por la mañana, sin dejar rastro alguno…, y para colmo de todos los males, me había dejado una pequeña deuda con el hotel… ¡Qué pesado!…, no me quedó más que reírme de mí misma para mis adentros…, y, ¿qué esperabas?…, me decía a mí misma…, qué confiada, qué confiada…; pero él no parecía un arribista ni un advenedizo, simplemente él estaba en lo cierto, yo tenía que pagar por lo menos las dos primeras noches del hotel ya que él había pagado el resto, las otras noches, toda la comida y toda la cerveza… Solo que ese había sido su plan, no el mío, me sentía un poquito engañada, pero qué podía hacer a esas alturas. Salí del hotel camino al puerto, pensando en que había gastado insulsamente veinte dólares…, pero ya estaba hecho y a lo hecho pecho…; después de todo yo también lo había pasado muy bien, no me podía quejar… Me compré por fin una gaseosa, una Guaraná para la sed…, y me senté sobre un césped que había cerca del puerto observando el bello paisaje del lugar…, no había ningún barco que me llevase a Belém; más bien, vi a un hombre maduro de más de cuarenta años que caminaba por la acera de al lado, parecía extranjero, en cuanto él me vio vino hacia mí, iniciándome la conversación en perfecto español… Hola, me dijo, Hola, le respondí…


–Eres peruana, ¿verdad? –me abordó por fin el muy curioso.

–Sí –le respondí, asombrándome un poco de que él hubiera podido identificarme tan fácilmente.

–¿Vas a Belém? –me preguntó, pero yo sentí que, además, me preguntó con su pensamiento, como si fuera un místico: Y, ¿qué te trae por estos rumbos y sin dinero? –y me sorprendí de que también pudiese darse cuenta de mi real condición económica…, pero no me amilané y le respondí con firmeza.

–Sí, voy a Belém.

–¡Aah!…, y, ¿te quedas allí, o…? –me preguntó siempre curioso.

–Me embarcaré en un carguero que me lleve a India –le respondí, y me reí estrepitosamente por la cara de sorpresa de mi nuevo amigo brasileño, Alfredo, quien enmudeció por un largo rato.

–¿Dónde estás hospedada? –me preguntó por fin y me acordé del pesado, alegre y atractivo Alencar. Le di a Alfredo el nombre del hotel y dijo que me visitaría más tarde. Nos despedimos.

 

Después de un buen rato, me encaminé de nuevo hacia el hotel para pagar los veinte dólares, retirar mis cosas e irme cuanto antes; pero cuando llegué allí, encontré a Alfredo indagando por mi reciente compañero, Alencar; comentando con los dueños del hotel y algunos huéspedes, que la policía lo estaba buscando porque había robado unas bolsas de arroz y otras mercancías… ¡Ooh, diosas y dioses!…, ¡casi me dio un patatús! Ahora resultaba que yo podía estar inmiscuida en ese robo. Alfredo me pidió que le contase todos los pormenores y le mostrase mi pasaporte, para colmo yo no tenía el sello de entrada a Brasil… ¡Qué problema el de mi pasaporte!…, y yo no podía volver a las tres fronteras, a Santa Rosa para que me sellen la salida de Perú y el ingreso a Brasil en Tabatinga; no lo hice –sencillamente– porque encontraba indigno pagar doce dólares, los que se pagaba en ese entonces por salir del Perú… Alfredo me tranquilizó diciéndome que en su país nadie me pediría el pasaporte, siempre y cuando yo no estuviese involucrada en ningún problema. También dijo que él hablaría con la policía, pero que yo no podía irme hasta que se aclarara este asunto… Comprendo…, le dije, pero… también le dije que no tenía para pagar el hotel, entonces él me dijo, no te preocupes, yo lo arreglo…, y habló con los dueños del hotel quienes lo trataron con mucha deferencia; luego, se fue. Por supuesto que se notaba que yo nada tenía que ver con el robo; además, Alencar estaba buscado desde hace mucho.  

 

Alfredo regresó por la noche y conversamos sin parar, como hasta la medianoche, primero le conté de mi largo viaje por los ríos y la selva; luego, nuestra conversación se centró en un mundo completamente nuevo para mí…, el de la realidad trascendente…, dijo que yo tenía que aprender a defenderme de las adversidades de este mundo, y me dio una serie de consejos extraños y misteriosos como el de formar escudos con los brazos o crear círculos de protección con la mirada, para no caer en situaciones peligrosas como la que yo acababa de vivir…

 

También le mostré mis dibujos, los que contempló uno a uno con mucha atención…, y cuando vio mi casa, la casa de madera luminosa sobre un río y bajo los resplandecientes rayos de la luna, me dijo muy sorprendido: Yo conozco esta casa, y me dejó perpleja… ¿Qué querrá decir?, pensé… Esta casa está al otro lado del río, dijo… y yo exhalé un… ¡Ooh!..., con mucho estupor y pavor… Porque sentía una vez más, que se había materializado uno de mis dibujos, producto de mis sueños –aunque pensase al mismo tiempo… este hombre está más loco que yo–; y que este era el lugar perfecto para escribir a Mara y esperar allí su respuesta…; al mismo tiempo que Alfredo me decía: Iremos allá… y allá podrías quedarte todo el tiempo que quieras, para que dibujes, leas, pintes, escribas…; pues la casa está abandonada desde hace mucho tiempoComprenderán ustedes, my friends, que esto ¡fue un shock para mí!... Le tomé la palabra de inmediato, antes de que se desvaneciera el encanto, para ir lo más pronto posible a esa casa de ensueño al otro lado del río… Naturalmente, yo no podía creer nada de lo que estaba escuchando; sin embargo, asentí todo el tiempo… con el espíritu dispuesto, abierto a cualquier aventura; total… estaba al lado del gran río y el río me protegía, los árboles me protegían… el día y la noche me protegían…

 

A la mañana siguiente no vino Alfredo ni la policía. Alfredo vino por la tarde para darme la noticia de que habían arrestado al agraciado Alencar, y que efectivamente, yo no tenía nada que ver en sus altibajos; así que, asunto aclarado; pero la policía, en realidad, nunca apareció, ni supe si realmente me buscó en algún momento… Así fue que concluí esa pequeña aventura, de la que aprendí a tener más cuidado y no mostrarme tan confiada con el primero que acepta llevarme gratis, ji, ji, ji… Nuevamente Alfredo regresó por la noche sorprendiéndome con dos fabulosos libros, uno en cada mano… ¿Cuál quieres que te preste?…, me preguntó… Yo observé ambos libros, Poemas de Amor de Vinícius de Moraes, y Ultra Psicónica de Walter Delaney…, iba a pedirle los dos, pero él me ganó diciendo, solo uno, escoge uno…, y yo escogí Poemas de amor de Vinícius de Moraes… sintiendo que la palabra amor me protegía…; aunque el otro libro también me había interesado sobre manera porque tenía que ver con el poder de la mente…, pero me había despertado cierto temor por lo desconocido del título y su autor…

 

Esa noche, Alfredo recitó los más bellos poemas de amor de Vinícius de Moraes, en portugués y en español… ¡Aah!…, aquellos maravillosos sonetos me abrieron el corazón y me desbordé en un intempestivo llanto… sin parar… De repente, não mais que de repente, fez-se de triste o que se fez amante, e de sozinho o que se fez contente. Fez-se do amigo próximo o distante, fez-se da vida uma aventura errante. De repente, não mais que de repente… “… De repente, no más que de repente, se hizo triste lo que fuera amante, y solitario lo que fuera contento. Se hizo del amigo próximo lo distante, se hizo de la vida una aventura errante. De repente, no más que de repente...” Vinicius de Moraes había sentido lo mismo que yo…, había sufrido lo mismo que yo, y había escrito su gran Soneto de la Separación en un gran barco, en medio del Atlántico… ¡Qué increíble!... ¡Qué increíble!…

 

Luego siguió su Soneto de la Fidelidad:E assim, quando mais tarde me procure, quem sabe a morte, angústia de quem vive, quem sabe a solidão, fim de quem ama; eu possa me dizer do amor (que tive): Que não seja imortal, posto que é chama, mais que seja infinito enquanto dure… “… Y así, cuando más tarde me busque, quién sabe la muerte, angustia de quien vive, quién sabe la soledad, fin de quien ama; yo pueda decir del amor (que tuve): Que no sea inmortal, puesto que es llama, pero que sea infinito en cuanto dure…”

 

Cuatro Sonetos de Meditación: … Na sua tarde em flor. Uma mulher me ama como a chama ama o silencio, e o seu amor vitorioso vence o desejo da morte que me quer… E eu, moço, busco em vão meus olhos velhos, vindos de ver a morte em mim divina: Uma mulher me ama e me ilumina... “… En su tarde en flor. Una mujer me ama como la llama ama al silencio, y su amor victorioso vence el deseo de la muerte que me quiere... Y yo, joven, busco en vano mis ojos viejos, venidos de ver la muerte en mi divina: Una mujer me ama y me ilumina...”

 

Y yo seguía llorando silenciosamente por tanta conmoción… Apavorado acordo, em treva. O luar é como o espectro do meu sonho em mim e sem destino, e louco, sou o mar patético, sonâmbulo e sem fim… ¡Sou o mar! ¡Sou o mar! meu corpo informe, sem dimensão e sem razão me leva, para o silêncio onde o silêncio dorme. Enorme. E como o mar dentro da treva num constante arremesso largo e aflito, eu me espedaço em vão contra o infinito... “Apavorido despierto, en tinieblas. La luna es como el espectro de mi sueño en mí y sin destino, y loco, soy el mar patético, sonámbulo y sin fin... ¡Soy el mar! ¡Soy el mar! mi cuerpo informe, sin dimensión y sin razón me lleva, para el silencio donde el silencio duerme. Enorme. Y como el mar dentro de las tinieblas, en un constante arrojamiento largo y afligido, yo me despedazo en vano contra el infinito...”

 

¡Ooh, Vinicíus de Moraes!… ¿Cómo no iba a llorar?…, ¿cómo?…, ¿si era cierto que había una mujer que me amaba?, ¡y no solo una sino dos! ¡Tres! ¡Y era cierto que yo también era el mar!… ¡Soy el mar! ¡Soy el mar!... Porque soy el río que baja de las grandes montañas al mar para transformarse en mar… ¡Oh, diosas y dioses!...  ¡Yo soy el río y el mar!...

 

Siguieron: Soneto de Orfeu, Epitafio…, Soneto do Maior Amor:… Louco amor meu, que quando toca, fere; e quando fere vibra, mas prefere ferir a fenecer e vive a esmo. Fiel à sua lei de cada instante, desassombrado, doido, delirante. Numa paixão de tudo e de si mesmo... “… Loco amor mío, que cuando toca, hiere y cuando hiere vibra, mas prefiere herir a fenecer y vive sin rumbo. Fiel a su ley de cada instante, intrépido, loco, delirante, en una pasión de todo y de sí mismo…”

 

Y tantos otros poemas que extrañamente hablaban de mí misma, de mi vida errante, sin rumbo…, de mi amor, del sol y la luna, del campo, el río, la muerte, el dolor, la dicha…, de mi constante búsqueda… Y también me hizo conocer algunas composiciones musicales de Vinicius de Moraes, como Garota de Ipanema, Rosa de Hiroshima, Tarde em Itapuã y otras…

 

No pude más y le conté a Alfredo de mi dolor por la separación de mi madre, de mis herman@s, sobrin@s y de Mara, mi mejor amiga, mi compañera, mi colega…; no le conté nada de la Maga… pues ella era mi más amado secreto, mi mayor amor, que no era de este mundo…; y él me dijo que lo único que yo tenía que hacer por ellos, era protegerlos a la distancia, porque yo tenía que continuar con mi camino, yo estaba siendo llamada por el destino y a él tenía que ir…; lejos de la madre, lejos del hogar, lejos de los seres queridos… Y para protegerlos yo tenía que visualizarlos en mi mente y en mi corazón, dentro de grandes burbujas luminosas y poderosas que los protegían, donde nadie podría hacerles nunca daño… Solo así pude liberarme un poco de aquel dolor atroz de la separación que me estaba consumiendo, que me estaba royendo el alma; sin darme cuenta que lo que él me estaba enseñando, eran los primeros pasos del misterioso sendero de la meditación, para ir al centro de mí misma… y de la Verdad Absoluta…


 

V. Parte 2 – Vida simple y pensamiento elevado

 

Alfredo se fue del hotel muy tarde esa noche. Y al día siguiente fui de sorpresa en sorpresa, Alfredo había cometido la locura de pintar mi nombre sobre la cabina de su pequeña embarcación, la que encontré muy radiante en el puerto. Mara resaltaba en letras rojas con borde blanco sobre el verde de su cubierta, lista para llevarnos al otro lado del río –donde casi no se veía su orilla–; con una pequeña tripulación: el motorista, dos ayudantes, la cocinera y su hija… No sin antes haberle escrito una cartita a Mara contándole brevemente que me encontraba en Almeirim y que no se preocupara por mí; también le envié dos de los increíbles sonetos de Vinícius de Moraes: Soneto de la Separación y Soneto de la Fidelidad; y le dije que yo aguardaría en este pueblo su respuesta para continuar luego con mi gran viaje... 

 

Cuando llegamos al otro lado del río, no podía creer lo que mis ojos veían…, no… Allí estaba la casa, la casa de mis sueños, la casa de mis dibujos…, esa era la casa, mi casa, mi vieja casa…, mi casa de poesía… en medio de otras casas… desvencijadas… Bajamos todos, y efectivamente, la casa estaba abandonada al igual que sus vecinas… ¡Oh!…, era una villa abandonada…, me sentía anonadada…, era una vieja villa fantasma… Luego, Alfredo me dijo que la señora y su hija me atenderían, y que cada tres o cuatro días él me visitaría y dejaría provisiones, yo solo tenía que dedicarme a dibujar, pintar, leer y escribir…; incluso me regaló una hamaca azul para dormir como los lugareños… Confieso que esta realidad despertó en mí confusos sentimientos de temor, duda, alegría… ¿Quién era, realmente, Alfredo?… ¿No sería un enviado del mal para robarme el alma?…, pensé en Fausto…, me costaba creer en tanta buena fortuna… Sin embargo, yo ya había aceptado esta oferta irresistiblemente tentadora…, era mi sueño hecho realidad: había encontrado la casa que estaba buscando para esperar allí la ansiada respuesta de Mara, sin pensar en el tiempo; y luego, continuaría mi gran viaje.

 

Con Alfredo no hubo nada más que una simple amistad, no sé si me hubiera gustado abrazarlo desnudamente, porque el solo hecho de hablar de la realidad trascendente no me permitía pensar en ello; además, en una ocasión él me dijo que su investidura de masón no le permitía disfrutar del sexo. Y, ¿por qué?, le pregunté un poco sorprendida, no sabía que los masones tenían esas regulaciones, le dije, y él me respondió…, porque disfrutar del sexo nos ata a este mundo material…, y callamos… Yo me quedé meditando en esta inesperada respuesta sin poder comprenderla de buenas a primeras…, “porque disfrutar del sexo nos ata a este mundo material”…, hasta que pude percibir su brutal significado… ¡Oh, diosas y dioses!, era el disfrute carnal lo que más nos impedía sentir la energía pura que éramos por dentro… Y en ese instante, Alfredo no pudo evitar que yo viera en su rostro, muy fugazmente, ese algo de animal que todavía lo poseía…, y que por eso él cuidaba mucho de que no nos acercáramos demasiado el uno al otro.

 

Así fue que me quedé mucho tiempo en aquella vieja casa abandonada tratando de ordenar mis sentimientos y pensamientos, es decir, mis insólitos dibujos…; porque, así como el haber dibujado la moneda de Irán me había hecho conocer a Massoud, o el haber dibujado el rostro de la Maga me había hecho encontrarla, o haber dibujado esta casa me hacía estar en ella…, todo lo que yo pensase o dibujase o escribiese se concretaría o se haría realidad; entonces debía tener mucho cuidado con todo aquello que dibujase y escribiese en adelante… Tenía que reflexionar y meditar en qué es lo que realmente yo quería encontrar en este mundo, para luego visualizarlo, dibujarlo o escribirlo…; y lo que yo más quería encontrar en este mundo era la famosa Verdad Absoluta, todo mi origen y destino… Y desde ese preciso instante en que tomé esta determinación, todo se volvió más mágico y místico que antes…, recordé a aquella hermosa niña de mis sueños con una estrellita en su frente…, y también a mi querida Maga que me indicaba encontrar un guía o una guía que me llevase a la Verdad Absoluta, para encontrar el sentido de mi propia existencia. Y comprendí que toda la clave de mi vida, mi búsqueda y mi destino, se resumía en encontrar a aquel guía que me llevase a la Verdad Absoluta; por tanto, tenía que darle forma… dibujarlo… Acompañándome de mi música escogida…, especialmente de aquel poderoso mantra de Shiva que compré en en aquel Govinda de Lima…, el restaurante vegetariano de los hare hare…


Así pasaron los días y las noches, entre mis sueños y mis dibujos cada vez más extraños y enigmáticos, pero al mismo tiempo más reveladores… Hasta que, por fin, después de muchos intentos dibujé a aquel guía singular que yo quería encontrar en mi camino, expandido en muchos rostros…, infinitos rostros refulgentes de miles de edades semejantes a miles de soles que iban surgiendo repentinamente en el cielo…, iluminando las aguas del mar por donde se deslizaba un barco diminuto hacia la otra orilla, la Orilla Sagrada… Había dibujado un rostro especial, muy especial, conocido y amado desde siempre, que me sonreía, me enseñaba y protegía…, era el rostro de mi guía, del capitán de mi barco… Pero no bien estaba contemplando este bello rostro especial, cuando sentí una extraña sensación de asombro escalofriante, por la certeza de que ese rostro ya lo había visto antes en algún lugar del mundo externo, de afuera… Sí, fue en Arequipa la primera vez que vi ese hermoso rostro, en el restaurante vegetariano Govinda de los hare hare, cuando Mara y yo nos preparábamos para ir al Valle del Colca.

 

Una mañana, habíamos bajado con Mara a pie desde la calle Puno, por El Filtro, al centro de esta amada ciudad. Cuando pasamos por la calle Jerusalén nos detuvimos en este restaurante nuevo para mí, nunca antes lo había visto, los restaurantes que frecuentábamos con mis hermanas y nuestros amigos eran otros, más normales... o criollos, como el Bangú, el Montecarlo, el Room Dairy, el Campari (a los que íbamos a rematar después de una buena fiesta o discoteca); o folclóricos o picanterías, como el Parrón, la Josefa, la Palomino, la Capitana, los Tres Sillares, la Cau Cau… Para empezar, este era el Restaurante Vegetariano Govinda ubicado en la calle Jerusalén 402, en una casona colonial muy bella, de sillar, muy bien conservada y mucho más grande que el que visitamos posteriormente en Lima. Los muchachos que allí atendían vestían de blanco al estilo hindú, con dhoti y kurta…, eran los monjes hare krishna. Ingresamos, por primera vez probé el yogurt con granola, no lo sentí grato, le faltaba dulce, estaba agrio… Mara tuvo que pedir miel, pero aun así no fue nada dulce para mí, en cambio a Mara sí le gustó. La decoración del salón era totalmente novedosa para mí…, allí estaban las tres diosas hindúes más relevantes del planeta: la esplendorosísima Lakshmi Devi, la poderosa Durga y la sapiéntísima Saraswati…; pero lo que más me gustó de todo su decorado, fue su gran slogan: Vida simple con pensamiento elevado para alcanzar la autorrealización… Habíamos llegado a un pedacito de la misma India, un pequeño oasis donde todo era bello…, místico…; y aquí, Mara me contó del boom o explosión Hare Krishna en Nueva York, la capital del mundo, en el año 1965, con su famoso maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare...; que justamente, estábamos escuchando en ese mismo instante… Mara sabía más cosas que yo… Son místicos, me dijo ella en aquella ocasión.

 

Uno de esos bellos jóvenes se acercó a nosotras y nos invitó a su conferencia gratuita de la noche, sobre El Bhagavad-gita y su yoga, clases de yoga, especialmente del Bhakti Yoga o yoga de la devoción o del amor divino y sus meditaciones supremas; y también sobre el karma, la reencarnación y los cuatro principios regulativos: ser vegetariano, evitar la promiscuidad, la intoxicación y los juegos de azar. Con Mara nos comprometimos regresar por la tarde, entre el día y la noche… y así lo hicimos. Esta vez ingresamos por el zaguán de la gran casona, directo a un gran patio donde había una fuente de agua en su centro, había mucha gente alrededor de la pileta, en su mayoría jóvenes… Hombres y mujeres vestidos al estilo hindú, todos cantando el maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare... Luego, nos hicieron pasar, junto a otros visitantes, al salón principal convertido en un maravilloso templo hindú que estaba lleno, todos sentados en el suelo, sobre una alfombra roja…; un maravilloso aroma de incienso impregnaba el ambiente… Muchachas y muchachos seguían cantando el famoso maha mantra hare krishna..., el coro seguía a un joven monje que tocaba una especie de organillo…, otro muchacho tocaba un tambor de dos parches laterales, otros tocaban pequeños címbalos; la música era maravillosa, diferente… Observé los cuadros de personajes humanos y divinos que pendían de las paredes y me detuve en un rostro moreno, intemporal que sonreía como La Monalisa, eso me causó mucha gracia y le pregunté a la joven de mi lado por su nombre, Srila Prabhupada, me dijo; pero…, después que lo escuché lo olvidé de inmediato…, pues hasta los nombres eran nuevos y difíciles para mí…; mas, su rostro divino nunca lo olvidé, quedó grabado en algún lugar de mi ser, como si nos hubiéramos visto antes y ahora estábamos encontrándonos de nuevo.

 

La conferencia comenzó y la encontré larga y tediosa, no pude encontrar la ilación del tema, hasta el muchacho que daba la clase me parecía espeluznantemente engreído; sentí que todos estaban locos o eran bobos, asintiendo un sin fin de conceptos e historias sin ningún cuestionamiento…; pues el joven detallaba, entre otros desvaríos, viajes astrales por otros planetas como si fuese la cosa más natural del mundo y… Cuando llegamos a la sección de preguntas y respuestas, estas me parecieron de lo más descabelladas porque, ¿cómo era posible que solo cantando el famoso maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare..., uno pudiese salir de este ciclo de muertes y nacimientos?... La respuesta era un contundente: ¡Sí! Así lo dicen las escrituras reveladas y la sucesión discipular de maestros espirituales. Y no hay otra manera, no hay otra manera, no hay otra manera para salir de este mundo material... ¡Toda una locura!... O, ¿cómo podía ser que nuestro destino fuese “jugar” con Dios, Krishna, sin saber que él es Dios mismo?... O, ¿Qué jugar con él es una actividad de servicio a él?… Porque eso era lo más espectacular e inconcebible que había escuchado hasta ese momento, que ese Dios, Krishna, también fuese un niño, y muy juguetón, totalmente opuesto al anciano de barba blanca que mencionaban los cristianos; y, sobre todo, que tuviese una contraparte femenina…, la bella Radhe…, la Diosa Suprema…; mas, de inmediato, todo se perdió como detrás de un velo…, ocultándose en lo sobrenatural; y sin embargo…, todo eso era posible…, ¿por qué no?...

 

Al final de la clase, nos invitaron a todos a quedarnos para tomar unos exquisitos bocadillos vegetarianos y todos aceptamos. Luego nos movilizamos un poco, degustando nuestras bolitas maravillosas, para estirar las piernas y seguir la charla en pequeños grupos… De pronto, nos encontramos, un buen grupo, de nuevo en el patio, sentados en el borde de la pileta, escuchando correr el agua de su fuente, y al mismo tiempo las respuestas que una muchacha española, vestida de sari rojo, daba a una lluvia de preguntas… También este tipo de vestimenta para una joven occidental me pareció de lo más falso y soso. ¿Cómo podíamos adoptar ropas foráneas ignorando las nuestras propias?…; y para colmo, la misma joven nos explicaba que el nombre de Krishna era el mismo nombre de Cristo, decía que provenían de una misma raíz…; sonreí…, esta sí que era una verdadera cursilería, fue de lo más infantil que escuché, no era posible que dijesen cualquier cosa con tal de llevarnos a la boca de quién sabe quién… Sin duda alguna, se trataba de una realidad muy diferente de la que hablaban Mircea Eliade o Carl Jung…

 

Esos eran mis recuerdos, en esa casa señorial de madera sobre el gran río, arrullada por los inconcebibles sonidos de la naturaleza, en esos momentos en que identificaba el misterioso rostro de mi guía, aunque esta vez sin poder recordar su nombre en lo más mínimo. Esta era la casa y ese era el rostro de mi guía por el cual yo estaba yendo a India porque él era de India, para que me enseñase a transitar por el increíble camino de la búsqueda del sí mismo y de la Verdad Absoluta…; y me acordaba de ese bello rostro dorado que vi en el templo del restaurante Govinda en Arequipa (Lakshmivan fue su nombre posterior). Era ideal que yo estuviese yendo a India en su busca, para conocerlo en vivo y en directo; aunque no recordara su nombre (Srila Prabhupada), su eterno rostro me acompañaría siempre.

 

Y al tratar de dibujar la Verdad Absoluta…, la vieja casa abandonada se llenó de símbolos y lenguajes extraños por todas las paredes y todos los rincones, porque los dibujos que salían de mi corazón y de mis sueños, eran como una fiebre que me hacían delirar entre la vida y la muerte… Pero ya no sentía temor alguno porque siempre me acompañaba la luz de una vela, como si fuera aquella misma niña de mis sueños quien me acompañaba y me protegía…, una mujer me ama y me ilumina… Así logré dibujar mi primera representación de lo que para mí significaba en ese momento la Verdad Absoluta: un círculo mágico con sus respectivas coordenadas que señalan las diez direcciones místicas… “Este es el Centro del universo infinito”, pensé e hice una pequeña maqueta de la gran pirámide de Keops, una réplica perfecta, de diez centímetros de lado, donde guardé este dibujo inconcebible… llamándolo: “El Gran Sortilegio del Destino”… Todo mi cuerpo, mente, inteligencia y alma se concentraron en una sola meditación e invocación: ¡Lo único que quiero encontrar en este mundo es la Verdad Absoluta!… Finalmente, este era el resumen de mis tres más caros deseos…

 

 

V. Parte 3 – Devorando sombras y demonios

 

Alfredo venía cada tres o cuatro días trayendo provisiones, traía hasta cigarros y vino, un día se le ocurrió traer marihuana, a pesar que él no fumaba, y yo… hacía tiempo que no había fumado… La primera noche que él se quedó en la casa, la vieja casa, la casa abandonada, nos quedamos conversando hasta de madrugada; él sentado en su hamaca y yo sentada en el piso con las piernas cruzadas sobre un tapete; yo tenía siempre conmigo mi cuaderno de apuntes y una vela encendida muy cerca mío… Alfredo me hablaba de otros mundos, de otras dimensiones…, del mundo material y antimaterial, del mundo relativo y del mundo absoluto, del yin-yang…; hubo un momento en que yo sentí un leve temor y rápidamente miré la vela encendida buscando protección… Es claro que la luz de la vela te protege…, me dijo Alfredo como si hubiera ultra leído mi mente…; parecía un guru, un guía, o yo lo veía como un guru en ese momento… Nos protege a todos, dijo.

 

–¿Has escuchado del viaje del héroe? –me preguntó Alfredo muy curioso observándome atentamente, mientras contemplábamos mis dibujos.

–Sí le respondí tratando de recordar exactamente lo que había leído acerca de ese mito en algunos textos de Jung y Elíade. Y en vista que no dije más, Alfredo continuó.

–Estás viviendo en carne propia el mito del viaje del héroe, o el arquetipo del héroe que cobra vida en el mundo interior de aquellos que se aventuran a explorar otros mundos, más allá de lo conocido y socialmente aceptado.

¡Ooh, diosas y dioses! –exclamé en mi pensamiento. ¿Qué estaba yo escuchando? Me quedé muda de asombro, como hipnotizada ante esta revelación que me desnudaba el alma… Sí, yo estaba viviendo ese arquetipo… ¿Cómo es que no me había dado cuenta?… Era un nuevo despertar, era como si recién me estuviera haciendo consciente de este mágico hecho… Lo que acababa de oír encajaba perfectamente con mi propia vivencia personal e intransferible…, mi viaje…, mi gran viaje, tanto externo como interno…; solo que yo no me había dado cuenta que muy bien podía identificarme con el arquetipo del héroe y su gran viaje, o con el mito del viaje del héroe o gran viaje o viaje místico.

 

–El viaje del héroe es la aventura de llegar a ser quienes somos de verdad, es la aventura que nos lleva a abandonar nuestros mundos conocidos para explorar lo desconocido, transformando nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. El viaje del héroe es la historia de aquellos que se atreven a cuestionar la realidad que se percibe como normal, se atreven a pensar y sentir diferente, a ir más allá de los límites saltando al abismo, se atreven a manifestar su verdadera naturaleza, a ser ellos mismos. Es la historia de aquellos que renuncian al bienestar físico para lograr su integridad, y emprenden su gran viaje en busca del sentido supremo de la vida. En definitiva, es la historia de aquellos que se atreven a manifestar su verdadera naturaleza divina y brillar como lo hace el sol, sin miedo a ser criticados o a incomodar a otros en su mediocridad. Son tildados de locos, raros, diferentes, antisociales, incomprendidos…, místicos…

 

Yo lo escuchaba y miraba sorprendida de tanta verdad en mi corazón…

 

–¿Has escuchado de Joseph Campbell? –volvió a preguntarme tras una pausa… cuando llegó a mis dibujos titulados: El Llamado, El Encuentro, La Partida

–No –le respondí. Nunca he escuchado de él.

–Deberías leer uno de sus libros más interesantes: El héroe de las mil caras, te ayudará a comprender todo esto que estás dibujando y viviendo. Lástima que no lo tengo aquí para prestártelo.

 

Yo, por supuesto, de inmediato tomé nota del nombre del libro y su autor. Solo cuando más adelante, en Lima, tuve la oportunidad de hojear este libro, en una librería, comprobé con gran asombro que estaba muy bien que yo me identificara con ese arquetipo…; porque lo que yo estaba viviendo realmente, era ese mito, esa historia que estaba escrita en todas las culturas de todos los tiempos, con sus etapas que eran las mismas que yo estaba evocando en mi interior, tratando de reconocerlas y ordenarlas, ya que emergían de mi voz primigenia, natural…, queriendo encontrarme a mí misma fuera de este intrincado sistema de corte patriarcal…

 

Otro día, Alfredo me trajo su otro libro, la Ultra Psicónica de Walter Delaney y me dijo que tomara nota de lo que más me interesaba… Cuando revisé el libro, encontré que había muchas cosas nuevas para mí, pero conocidas desde siempre…; había rituales, invocaciones, dibujos…, mis dibujos…; hasta que me encontré con el ritual alquimista de protección que poseía las formas que yo estaba dibujando: el doble círculo mágico protegiendo su espacio central dividido en cuatro partes iguales, y cuyo centro es un pequeño círculo, muy parecido a mi Gran Sortilegio del Destino. En cada cuadrante había símbolos de los cuatro regentes de la naturaleza material…, el cuadrado que representa la tierra, las líneas onduladas representan el agua, el triángulo representa el fuego y el círculo representa el aire… De este ritual le hablé a Alfredo la próxima vez que lo vi... Había que colocar un objeto representativo en cada cuadrante: una aguja imantada en el cuadrado, una gota de agua en las líneas onduladas, un palito de fósforo en el triángulo y una pluma blanca en el círculo. El ritual se realiza al mediodía, concentrando los rayos del sol con una lupa en el círculo más pequeño, en pleno centro del dibujo, pronunciando una gran invocación... ¡Hazlo!… ¡Hazlo pronto!…, me dijo Alfredo; pero, no lo hice. La siguiente vez, al enterarse que todavía no había hecho ese ritual de protección, volvió a decirme: ¡Hazlo!… ¡Hazlo pronto!…, y tampoco lo hice…; sentía temor de que algo me sucediese al hacerlo, su insistencia me ponía alerta, a veces dudaba de él… ¿Por qué tanta benevolencia?, me preguntaba a mí misma… ¿Quién es este hombre? ¿Qué querrá de mí, realmente?… Hasta que la cocinera me dijo un día, que Alfredo era un hacendado, el hacendado más rico de esa región y que estas casas abandonadas eran de sus ancestros…, que habían sido muy señoriales en su tiempo… ¡Ooh, diosas y dioses!

 

Un día, casi al mes de estar en la vieja casa abandonada decidí a ir al otro lado del río para ver mi correspondencia en la oficina de correos. Le pedí al joven ayudante que me llevara en su canoa y nos fuimos al pueblo. Mi sorpresa fue grande cuando vi que Alfredo también venía hacia nosotros en un bote a motor, mostrándome un sobre con el brazo en alto… ¡Tienes una carta!, me gritaba, ¡tienes una carta de Lima, Perú!…, y yo no lo podía creer…; al mismo tiempo que me embargaba el temor de que la carta, mi carta, se le volase de las manos… Nos encontramos en medio del río, yo me pasé a su bote y nos dirigimos a la vieja casa… En el trayecto, yo ni siquiera podía abrir el sobre, las manos me temblaban…, la letra de Mara estaba allí en ese sobre con mis nombres y apellidos… ¿Qué me dirá?…, pensaba… ¿Cómo estará?…, hasta que por fin pude abrir el bendito sobre… y leí la carta… Alfredo me dejó a solas con mi dolor y llanto… Mala, me decía Mara, eres una mala…, te fuiste y me dejaste…, ni siquiera me pediste que me fuera contigo… ¡Oh, diosas y dioses!… Eso fue lo más brutal para mí… ¡Era verdad!, nunca le había pedido a Mara que viniera conmigo…, no es que no se me haya ocurrido, sino que yo no estaba hecha para esos compromisos; así que, ¿cómo iba a proponérselo si apenas yo podía conmigo misma?… En la carta me contaba que sufría por mi ausencia…, sufría depresión y la estaba tratando un psicólogo, que creo era su mismo primo, Santiago, graduado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima…, y yo me sentía culpable y mal, muy mal… Casi al final de la carta dijo que me amaba, por primera vez me lo decía y yo me sentía morir; decía que me perdonaba que no la llevase conmigo, pero que me amaría por siempre, que yo siga adelante, que me envidiaba porque yo pudiese contemplar el mundo… ¡Vete!, me decía, ¡Vete! Vete cada vez más lejos y no te detengas, que quiero mirar el mundo a través de tus ojos… Entonces, no pude más y en ese mismo instante tomé la resolución de ir por ella, de volver a Lima para traer a Mara y continuar mi gran viaje con ella… ¿Estás segura?, me preguntó Alfredo un poco desconcertado, después que le hube contado los pormenores de la carta… Sí, estoy segura, le contesté…, sintiendo también que mi temor a la muerte… al llegar al mar, me hacía tomar esta resolución, ya que así postergaba mi muerte, mi llegada al mar, que significaba la muerte…, mi muerte…, mi propia muerte.

 

Alfredo se dispuso a ayudarme con el regreso, sacamos la cuenta de los costos y me dio todo el pasaje hasta Lima, eran muchos cruzeiros en ese tiempo (hoy son reales)…, tal vez él también consideraba que a lo mejor… era mejor que yo regresase a mi patria, a mi tierra y no ande arriesgándome a la aventura… Pero, ¿cómo voy a pagarte todo este dinero?, le pregunté abiertamente… Cuando vuelvas, me contestó él, necesito que hagas un levantamiento de esta Villa Hermosa…, te pagaré por tu trabajo, ahora consideremos que esto es un adelanto… Sonreí, feliz de que pudiese cambiar mi trabajo por unos cuantos billetitos, me sentía afortunada y lo abracé con amor y agradecimiento. Entonces, me preparé para mi viaje de regreso. Dejé en la vieja casa mis libros y mis sandalias de cuero –modelo de monj@s–, dejé mi sleeping y me llevé la hamaca azul; así aligeré mi mochila con la convicción de que pronto retornaría con Mara…



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