V.
EL ENCUENTRO MÍSTICO
V.
Parte 1 – Alencar y Alfredo
Cuando llegamos a Santarém, descendimos algunos
pasajeros y el barco siguió su rumbo hacia el interior de la selva sureña, por
el río Tapajós. Extrañamente en el puerto no hubo barco donde pudiera hospedarme,
tuve que buscar un hotel. Me dieron una pieza sin cama ni mesa ni silla, fui a
hacer el debido reclamo y me contestaron que, por dos dólares, el cuarto iba vacío,
que yo colgase mi propia hamaca, así que tuve que dormir una vez más en el
suelo, en mi querido sleeping, felizmente protegida del frío por el increíble
clima tropical de la bella Amazonía. A la tarde del día siguiente me instalé en
un barco que acababa de llegar y que saldría para Belém en una semana más.
Luego de un par de días de merodear por las calles de Santarém y su río Tapajós
de color azul increíble –que tampoco se mezcla con el río Amazonas–, apareció
un guapo muchacho brasileño, Alencar, haciendo gestiones para trasladar una
docena de sacos de arroz, de Santarém a Almeirim, camino al mar, cerca de Belém
do Pará… Le pregunté si podía llevarme en su bote y me dijo que sí, sin
ningún problema… Me sentí tan feliz pero tan feliz…, porque pronto me
acercaría más al mar de Belém, mi siguiente parada olímpica.
Alencar y yo salimos al día siguiente por la
madrugada, en una mini embarcación sencilla hacia Almeirin, íbamos con el
motorista llevando los sacos de arroz. Yo me sentía tan admirada de tanta
dicha, que, mientras nos deslizábamos por la corriente de las aguas turbias del
Gran Amazonas, el límite de esa dicha se hizo presente con el más
insospechado dolor… ¡Ooh, diosas y dioses!... De repente, nada más que de
repente, escuché la voz de mi conciencia alertándome: ¡Los ríos van a dar a la
mar que es el morir!… ¡Al mar que es el morir!…, y se adueñó de mí una
angustia y convicción terrible de que yo también iba a morir, de que yo estaba
yendo directo a la muerte porque el mar es el morir… ¡El mar es el
morir!… Sí, yo también voy a morir… ¡Voy a morir como el río, oh,
diosas y dioses!…, porque sabía que todo lo que se piensa, todo
lo que se dice, se dibuja… se hace realidad, como un conjuro, como una magia… Y
yo me había identificado como un río, como el río de Javier Heraud… “Yo
soy un río” …, y también como el del poeta español Jorge Manrique (¿?, c. 1440)… “Nuestras vidas son
los ríos que van a dar a la mar que es el morir” … ¡Voy a morir realmente!…; pero,
¿cómo?…, me gritaba yo misma para mis adentros… ¡Voy a morir!…,
lo sabía y lo sentía…, y me salieron incontenibles lágrimas ardientes que me
quemaron el rostro vivo ante tanta conmoción… ¡Pero qué digo!…, exclamaba
más para mis adentros…, esto es demasiado descomunal para mí… Era
una locura despertar a estos mensajes del universo que me llevaba de sorpresa
en sorpresa…, de admiración en admiración… Yo estaba yendo por el gran río
Amazonas que va al mar que es el morir… ¡Ooh,
Javier Heraud!...
(8) “Yo soy el río anochecido. Ya bajo por las hondas
quebradas, por los ignotos pueblos olvidados, por las ciudades atestadas de
público en las vitrinas. Yo soy el río…, ya voy por las praderas, hay árboles a
mi alrededor cubiertos de palomas, los árboles cantan con el río, los árboles
cantan con mi corazón de pájaro, los ríos cantan con mis brazos.
(…)”.
Cuando llegamos a Almeirim, Alencar desembarcó los
sacos de arroz en el puerto y me invitó a almorzar, yo acepté, olvidándome –obviamente–
de mi reciente conmoción; pero antes, lo acompañé a vender la carga. Luego
fuimos al restaurante de un hotel muy amplio y agradable, lleno de plantas.
Comimos pescado, tomamos cerveza, pidió una guitarra y terminó cantando feliz;
no era un buen cantante, pero era feliz cantando; invitó cerveza a todos los
presentes, y ellos nos consideraron pareja. En medio de la charla, se acercó el
dueño del restaurante y nos dijo que podíamos hospedarnos en su hotel, a diez
dólares cama matrimonial por una noche… ¿Dos noches o más?…, me
preguntó Alencar como si fuésemos pareja, y yo como autómata, por la sorpresa
del impacto directo, le respondí que dos noches estaba bien… Tomamos el cuarto,
total, el muchacho era muy de mi agrado…, me gustaron sus manos, su cabello
claro algo ondulado…, era un poquito grueso, pero bien proporcionado…, pero
sobre todo me encantaba que me hablara en portugués… En ese hotel pasamos más
de dos días dándonos la gran vida…, prácticamente sin salir del hotel, viviendo
entre el restaurante y el cuarto, no salimos para nada, como si estuviéramos de
luna de miel, ja, ja, ja…, pero yo aprendiendo cada vez más el portugués.
Cuando estábamos en el cuarto, me gustaba abrazarlo desnudo, meditando…,
¿porque a él yo puedo abrazarlo desnudo con entera libertad y a Mara no? ¿Y a
la Maga no?… ¿Por qué esa diferencia?…, o, ¿de dónde viene esa
diferencia?… También yo quería sentir con él lo que hace poco había sentido
con la Maga y lo abrazaba fuerte, con amor y con pasión, pero no era posible…,
no era posible…, él no era la Maga, no era la Maga… ni tampoco Mara…, no era
nada místico…, era imposible conseguir que él me abrazase como la Maga… hasta
sentirnos energía pura… ¡Ooh Maga! ¡Maga! ¡Solo tú fuiste, eres y serás así!...,
siempre te llevaré conmigo en mi corazón, por siempre… Realmente, los místicos
no son seres comunes, es muy difícil encontrarlos…, y yo también, como Lisa,
quería ser una mística; aunque la sacerdotiza me había dicho con su
pensamiento: tú
también eres una mística, eres una de las nuestras…
Y cuando estábamos en el restaurante, a Alencar le
gustaba invitar cerveza a los pocos comensales que había en el hotel, luego
tocaba la guitarra y nos cantaba a todos, nos gustaba…, y a mí me gustaba
aturdir mis sentidos para no extrañar tanto a mis seres queridos… Después de
unos días de intensa algarabía, el joven desapareció un día muy temprano por la
mañana, sin dejar rastro alguno…, y para colmo de todos los males, me había
dejado una pequeña deuda con el hotel… ¡Qué pesado!…, no me
quedó más que reírme de mí misma para mis adentros…, y, ¿qué
esperabas?…, me decía a mí misma…, qué confiada, qué confiada…;
pero él no parecía un arribista ni un advenedizo, simplemente él estaba en lo
cierto, yo tenía que pagar por lo menos las dos primeras noches del hotel ya
que él había pagado el resto, las otras noches, toda la comida y toda la
cerveza… Solo que ese había sido su plan, no el mío, me sentía un poquito
engañada, pero qué podía hacer a esas alturas. Salí del hotel camino al puerto,
pensando en que había gastado insulsamente veinte dólares…, pero ya estaba
hecho y a lo hecho pecho…; después de todo yo también lo había pasado muy bien,
no me podía quejar… Me compré por fin una gaseosa, una Guaraná para la sed…, y
me senté sobre un césped que había cerca del puerto observando el bello paisaje
del lugar…, no había ningún barco que me llevase a Belém; más bien, vi a un
hombre maduro de más de cuarenta años que caminaba por la acera de al lado,
parecía extranjero, en cuanto él me vio vino hacia mí, iniciándome la
conversación en perfecto español… Hola, me dijo, Hola,
le respondí…
–Eres peruana, ¿verdad? –me abordó por fin el muy
curioso.
–Sí –le respondí, asombrándome un poco de que él
hubiera podido identificarme tan fácilmente.
–¿Vas a Belém? –me preguntó, pero yo sentí que,
además, me preguntó con su pensamiento, como si fuera un místico: Y, ¿qué
te trae por estos rumbos y sin dinero? –y me sorprendí de que también pudiese
darse cuenta de mi real condición económica…, pero no me amilané y le respondí
con firmeza.
–Sí, voy a Belém.
–¡Aah!…, y, ¿te quedas allí, o…? –me preguntó
siempre curioso.
–Me embarcaré en un carguero que me lleve a India
–le respondí, y me reí estrepitosamente por la cara de sorpresa de mi nuevo
amigo brasileño, Alfredo, quien enmudeció por un largo rato.
–¿Dónde estás hospedada? –me preguntó por fin y me
acordé del pesado, alegre y atractivo Alencar. Le di a Alfredo el nombre del
hotel y dijo que me visitaría más tarde. Nos despedimos.
Después de un buen rato, me encaminé de nuevo hacia
el hotel para pagar los veinte dólares, retirar mis cosas e irme cuanto antes;
pero cuando llegué allí, encontré a Alfredo indagando por mi reciente compañero,
Alencar; comentando con los dueños del hotel y algunos huéspedes, que la
policía lo estaba buscando porque había robado unas bolsas de arroz y otras
mercancías… ¡Ooh, diosas y dioses!…, ¡casi me dio un patatús! Ahora resultaba
que yo podía estar inmiscuida en ese robo. Alfredo me pidió que le contase
todos los pormenores y le mostrase mi pasaporte, para colmo yo no tenía el
sello de entrada a Brasil… ¡Qué problema el de mi pasaporte!…, y yo no podía
volver a las tres fronteras, a Santa Rosa para que me sellen la salida de Perú
y el ingreso a Brasil en Tabatinga; no lo hice –sencillamente– porque
encontraba indigno pagar doce dólares, los que se pagaba en ese entonces por
salir del Perú… Alfredo me tranquilizó diciéndome que en su país nadie me pediría
el pasaporte, siempre y cuando yo no estuviese involucrada en ningún problema.
También dijo que él hablaría con la policía, pero que yo no podía irme hasta
que se aclarara este asunto… Comprendo…, le dije, pero…
también le dije que no tenía para pagar el hotel, entonces él me dijo, no
te preocupes, yo lo arreglo…, y habló con los dueños del hotel quienes lo
trataron con mucha deferencia; luego, se fue. Por supuesto que se notaba que yo
nada tenía que ver con el robo; además, Alencar estaba buscado desde hace mucho.
Alfredo regresó por la noche y conversamos sin
parar, como hasta la medianoche, primero le conté de mi largo viaje por los
ríos y la selva; luego, nuestra conversación se centró en un mundo
completamente nuevo para mí…, el de la realidad trascendente…, dijo
que yo tenía que aprender a defenderme de las adversidades de este mundo, y me
dio una serie de consejos extraños y misteriosos como el de formar escudos con
los brazos o crear círculos de protección con la mirada, para no caer en
situaciones peligrosas como la que yo acababa de vivir…
También le mostré mis dibujos, los que contempló
uno a uno con mucha atención…, y cuando vio mi casa, la casa de madera luminosa
sobre un río y bajo los resplandecientes rayos de la luna, me dijo muy
sorprendido: Yo conozco esta casa, y me dejó perpleja… ¿Qué
querrá decir?, pensé… Esta casa está al otro lado del río, dijo… y yo exhalé un… ¡Ooh!..., con mucho estupor y
pavor… Porque sentía una vez más, que se había materializado uno de mis dibujos,
producto de mis sueños –aunque pensase al mismo tiempo… este hombre está más
loco que yo–; y que este era el lugar perfecto para escribir a Mara y
esperar allí su respuesta…; al mismo tiempo que Alfredo me decía: Iremos allá… y allá podrías quedarte todo el
tiempo que quieras, para que dibujes, leas, pintes, escribas…; pues la casa
está abandonada desde hace mucho tiempo… Comprenderán ustedes, my
friends, que esto ¡fue un shock para mí!... Le tomé la palabra de
inmediato, antes de que se desvaneciera el encanto, para ir lo más pronto
posible a esa casa de ensueño al otro lado del río… Naturalmente, yo no podía
creer nada de lo que estaba escuchando; sin embargo, asentí todo el tiempo… con
el espíritu dispuesto, abierto a cualquier aventura; total… estaba al lado del
gran río y el río me protegía, los árboles me protegían… el día y la noche me
protegían…
A la mañana siguiente no vino Alfredo ni la policía.
Alfredo vino por la tarde para darme la noticia de que habían arrestado al
agraciado Alencar, y que efectivamente, yo no tenía nada que ver en sus
altibajos; así que, asunto aclarado; pero la policía, en realidad, nunca
apareció, ni supe si realmente me buscó en algún momento… Así fue que concluí
esa pequeña aventura, de la que aprendí a tener más cuidado y no mostrarme tan
confiada con el primero que acepta llevarme gratis, ji, ji, ji… Nuevamente
Alfredo regresó por la noche sorprendiéndome con dos fabulosos libros, uno en
cada mano… ¿Cuál quieres que te preste?…, me preguntó… Yo
observé ambos libros, Poemas de Amor de Vinícius de Moraes,
y Ultra Psicónica de Walter Delaney…, iba a pedirle los dos,
pero él me ganó diciendo, solo uno, escoge uno…, y yo escogí Poemas
de amor de Vinícius de Moraes… sintiendo que la palabra amor me
protegía…; aunque el otro libro también me había interesado sobre manera porque
tenía que ver con el poder de la mente…, pero me había despertado cierto temor
por lo desconocido del título y su autor…
Esa noche, Alfredo recitó los más bellos poemas de
amor de Vinícius de Moraes, en portugués y en español… ¡Aah!…, aquellos
maravillosos sonetos me abrieron el corazón y me desbordé en un intempestivo
llanto… sin parar… De repente, não mais que de repente, fez-se
de triste o que se fez amante, e de sozinho o que se fez contente. Fez-se do
amigo próximo o distante, fez-se da vida uma aventura errante. De repente, não
mais que de repente… “… De repente, no más que de repente, se hizo
triste lo que fuera amante, y solitario lo que fuera contento. Se hizo del
amigo próximo lo distante, se hizo de la vida una aventura errante. De repente,
no más que de repente...” Vinicius de Moraes había sentido lo mismo que yo…,
había sufrido lo mismo que yo, y había escrito su gran Soneto de la
Separación en un gran barco, en medio del Atlántico… ¡Qué increíble!...
¡Qué increíble!…
Luego siguió su Soneto de la Fidelidad: … E
assim, quando mais tarde me procure, quem sabe a morte, angústia de quem vive,
quem sabe a solidão, fim de quem ama; eu possa me dizer do amor (que tive): Que
não seja imortal, posto que é chama, mais que seja infinito enquanto dure… “…
Y así, cuando más tarde me busque, quién sabe la muerte, angustia de quien vive,
quién sabe la soledad, fin de quien ama; yo pueda decir del amor (que tuve):
Que no sea inmortal, puesto que es llama, pero que sea infinito en cuanto dure…”
Cuatro Sonetos de Meditación: … Na sua tarde em
flor. Uma mulher me ama como a chama ama o silencio, e o seu amor vitorioso
vence o desejo da morte que me quer… E eu, moço, busco em vão meus olhos
velhos, vindos de ver a morte em mim divina: Uma mulher me ama e me ilumina... “… En su tarde en flor. Una mujer me ama como la
llama ama al silencio, y su amor victorioso vence el deseo de la muerte que me
quiere... Y yo, joven, busco en vano mis ojos viejos, venidos de ver la muerte
en mi divina: Una mujer me ama y me ilumina...”
Y yo seguía llorando silenciosamente por tanta
conmoción… Apavorado acordo, em treva. O luar é como o espectro do meu sonho
em mim e sem destino, e louco, sou o mar patético, sonâmbulo e sem fim… ¡Sou o
mar! ¡Sou o mar! meu corpo informe, sem dimensão e sem razão me leva, para o
silêncio onde o silêncio dorme. Enorme. E como o mar dentro da treva num
constante arremesso largo e aflito, eu me espedaço em vão contra o infinito...
“Apavorido despierto, en tinieblas. La luna es como el espectro de mi sueño en
mí y sin destino, y loco, soy el mar patético, sonámbulo y sin fin... ¡Soy el
mar! ¡Soy el mar! mi cuerpo informe, sin dimensión y sin razón me lleva, para
el silencio donde el silencio duerme. Enorme. Y como el mar dentro de las
tinieblas, en un constante arrojamiento largo y afligido, yo me despedazo en
vano contra el infinito...”
¡Ooh, Vinicíus de Moraes!… ¿Cómo no iba a llorar?…,
¿cómo?…, ¿si era cierto que había una mujer que me amaba?, ¡y no solo una sino
dos! ¡Tres! ¡Y era cierto que yo también era el mar!… ¡Soy el mar! ¡Soy el
mar!... Porque soy el río que baja de las grandes montañas al mar para
transformarse en mar… ¡Oh, diosas y dioses!...
¡Yo soy el río y el mar!...
Siguieron: Soneto de Orfeu, Epitafio…, Soneto do
Maior Amor:… Louco amor meu, que quando toca, fere; e quando fere vibra, mas
prefere ferir a fenecer e vive a esmo. Fiel à sua lei de cada instante,
desassombrado, doido, delirante. Numa paixão de tudo e de si mesmo... “… Loco
amor mío, que cuando toca, hiere y cuando hiere vibra, mas prefiere herir a fenecer
y vive sin rumbo. Fiel a su ley de cada instante, intrépido, loco, delirante,
en una pasión de todo y de sí mismo…”
Y tantos otros poemas que extrañamente hablaban de
mí misma, de mi vida errante, sin rumbo…, de mi amor, del sol y la luna, del
campo, el río, la muerte, el dolor, la dicha…, de mi constante búsqueda… Y
también me hizo conocer algunas composiciones musicales de Vinicius de Moraes,
como Garota de Ipanema, Rosa de Hiroshima, Tarde em Itapuã y otras…
No pude más y le conté a Alfredo de mi dolor por la
separación de mi madre, de mis herman@s, sobrin@s y de Mara, mi mejor amiga, mi
compañera, mi colega…; no le conté nada de la Maga… pues ella era mi más amado
secreto, mi mayor amor, que no era de este mundo…; y él me dijo que lo único
que yo tenía que hacer por ellos, era protegerlos a la distancia, porque yo
tenía que continuar con mi camino, yo estaba siendo llamada por el destino y a
él tenía que ir…; lejos de la madre, lejos del hogar, lejos de los seres
queridos… Y para protegerlos yo tenía que visualizarlos en mi mente y en mi
corazón, dentro de grandes burbujas luminosas y poderosas que los protegían,
donde nadie podría hacerles nunca daño… Solo así pude liberarme un poco de
aquel dolor atroz de la separación que me estaba consumiendo, que me estaba
royendo el alma; sin darme cuenta que lo que él me estaba enseñando, eran los
primeros pasos del misterioso sendero de la meditación, para ir al centro de mí
misma… y de la Verdad Absoluta…
V.
Parte 2 – Vida simple y pensamiento elevado
Alfredo se fue del hotel muy tarde esa
noche. Y al día siguiente fui de sorpresa en sorpresa, Alfredo había cometido
la locura de pintar mi nombre sobre la cabina de su pequeña embarcación, la que
encontré muy radiante en el puerto. Mara resaltaba en letras rojas con
borde blanco sobre el verde de su cubierta, lista para llevarnos al otro lado
del río –donde casi no se veía su orilla–; con una pequeña tripulación: el
motorista, dos ayudantes, la cocinera y su hija… No sin antes haberle escrito
una cartita a Mara contándole brevemente que me encontraba en Almeirim y que no
se preocupara por mí; también le envié dos de los increíbles sonetos de
Vinícius de Moraes: Soneto de la Separación y Soneto de la Fidelidad; y le dije que yo aguardaría en este pueblo su respuesta para continuar
luego con mi gran viaje...
Cuando
llegamos al otro lado del río, no podía creer lo que mis ojos veían…, no… Allí
estaba la casa, la casa de mis sueños, la casa de mis dibujos…, esa era la
casa, mi casa, mi vieja casa…, mi casa de poesía… en medio de otras casas…
desvencijadas… Bajamos todos, y efectivamente, la casa estaba abandonada al
igual que sus vecinas… ¡Oh!…, era una villa abandonada…, me sentía anonadada…,
era una vieja villa fantasma… Luego, Alfredo me dijo que la señora y su hija me
atenderían, y que cada tres o cuatro días él me visitaría y dejaría
provisiones, yo solo tenía que dedicarme a dibujar, pintar, leer y escribir…;
incluso me regaló una hamaca azul para dormir como los lugareños… Confieso que
esta realidad despertó en mí confusos sentimientos de temor, duda, alegría…
¿Quién era, realmente, Alfredo?… ¿No sería un enviado del mal para robarme el
alma?…, pensé en Fausto…, me costaba creer en tanta buena fortuna…
Sin embargo, yo ya había aceptado esta oferta irresistiblemente tentadora…, era
mi sueño hecho realidad: había encontrado la casa que estaba buscando para
esperar allí la ansiada respuesta de Mara, sin pensar en el tiempo; y luego,
continuaría mi gran viaje.
Con Alfredo no hubo nada más que una simple
amistad, no sé si me hubiera gustado abrazarlo desnudamente, porque el solo
hecho de hablar de la realidad trascendente no me permitía pensar en ello;
además, en una ocasión él me dijo que su investidura de masón no le permitía
disfrutar del sexo. Y, ¿por qué?, le pregunté un
poco sorprendida, no sabía que los masones tenían esas regulaciones,
le dije, y él me respondió…, porque disfrutar del sexo nos ata a este
mundo material…, y callamos… Yo me quedé meditando en esta inesperada
respuesta sin poder comprenderla de buenas a primeras…, “porque
disfrutar del sexo nos ata a este mundo material”…, hasta que pude percibir
su brutal significado… ¡Oh, diosas y dioses!, era el disfrute carnal lo
que más nos impedía sentir la energía pura que éramos por dentro… Y en ese instante,
Alfredo no pudo evitar que yo viera en su rostro, muy fugazmente, ese algo de
animal que todavía lo poseía…, y que por eso él cuidaba mucho
de que no nos acercáramos demasiado el uno al otro.
Así fue que me quedé mucho tiempo en aquella vieja
casa abandonada tratando de ordenar mis sentimientos y pensamientos, es decir,
mis insólitos dibujos…; porque, así como el haber dibujado la moneda de Irán me
había hecho conocer a Massoud, o el haber dibujado el rostro de la Maga me había
hecho encontrarla, o haber dibujado esta casa me hacía estar en ella…, todo lo
que yo pensase o dibujase o escribiese se concretaría o se haría realidad;
entonces debía tener mucho cuidado con todo aquello que dibujase y escribiese
en adelante… Tenía que reflexionar y meditar en qué es lo que realmente yo quería
encontrar en este mundo, para luego visualizarlo, dibujarlo o escribirlo…; y lo
que yo más quería encontrar en este mundo era la famosa Verdad Absoluta, todo mi
origen y destino… Y desde ese preciso instante en que tomé esta determinación,
todo se volvió más mágico y místico que antes…, recordé a aquella hermosa niña
de mis sueños con una estrellita en su frente…, y también a mi querida Maga que
me indicaba encontrar un guía o una guía que me llevase a la Verdad Absoluta, para
encontrar el sentido de mi propia existencia. Y comprendí que toda la clave de
mi vida, mi búsqueda y mi destino, se resumía en encontrar a aquel guía que me
llevase a la Verdad Absoluta; por tanto, tenía que darle forma… dibujarlo…
Acompañándome de mi música escogida…, especialmente de aquel poderoso mantra de
Shiva que compré en en aquel Govinda de Lima…, el restaurante
vegetariano de los hare hare…
Así pasaron los días y las noches, entre mis sueños
y mis dibujos cada vez más extraños y enigmáticos, pero al mismo tiempo más reveladores…
Hasta que, por fin, después de muchos intentos dibujé a aquel guía singular que
yo quería encontrar en mi camino, expandido en muchos rostros…, infinitos rostros
refulgentes de miles de edades semejantes a miles de soles que iban surgiendo repentinamente
en el cielo…, iluminando las aguas del mar por donde se deslizaba un barco
diminuto hacia la otra orilla, la Orilla Sagrada… Había dibujado un rostro
especial, muy especial, conocido y amado desde siempre, que me sonreía, me
enseñaba y protegía…, era el rostro de mi guía, del capitán de mi barco… Pero
no bien estaba contemplando este bello rostro especial, cuando sentí una
extraña sensación de asombro escalofriante, por la certeza de que ese rostro ya
lo había visto antes en algún lugar del mundo externo, de afuera… Sí, fue en
Arequipa la primera vez que vi ese hermoso rostro, en el restaurante
vegetariano Govinda de los hare hare, cuando Mara y yo nos
preparábamos para ir al Valle del Colca.
Una mañana, habíamos bajado con Mara a pie desde la
calle Puno, por El Filtro, al centro de esta amada ciudad. Cuando pasamos por
la calle Jerusalén nos detuvimos en este restaurante nuevo para mí, nunca antes
lo había visto, los restaurantes que frecuentábamos con mis hermanas y nuestros
amigos eran otros, más normales... o criollos, como el Bangú,
el Montecarlo, el Room Dairy, el Campari (a los que íbamos a rematar después de
una buena fiesta o discoteca); o folclóricos o picanterías, como el Parrón, la
Josefa, la Palomino, la Capitana, los Tres Sillares, la Cau Cau… Para empezar, este era el Restaurante
Vegetariano Govinda ubicado en la calle Jerusalén 402, en una casona
colonial muy bella, de sillar, muy bien conservada y mucho más grande que el
que visitamos posteriormente en Lima. Los muchachos que allí atendían vestían
de blanco al estilo hindú, con dhoti y kurta…, eran los monjes hare krishna.
Ingresamos, por primera vez probé el yogurt con granola, no lo sentí grato, le
faltaba dulce, estaba agrio… Mara tuvo que pedir miel, pero aun así no fue nada
dulce para mí, en cambio a Mara sí le gustó. La decoración del salón era
totalmente novedosa para mí…, allí estaban las tres diosas hindúes más
relevantes del planeta: la esplendorosísima Lakshmi Devi, la poderosa Durga y
la sapiéntísima Saraswati…; pero lo que más me gustó de todo su decorado, fue
su gran slogan: Vida simple con pensamiento elevado para alcanzar la
autorrealización… Habíamos llegado a un pedacito de la misma India, un
pequeño oasis donde todo era bello…, místico…; y aquí, Mara me contó del boom
o explosión Hare Krishna en Nueva York, la capital del mundo, en el año
1965, con su famoso maha mantra hare
krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama
hare hare...; que justamente, estábamos escuchando en ese mismo instante…
Mara sabía más cosas que yo… Son místicos, me dijo ella en aquella
ocasión.
Uno de esos bellos jóvenes se acercó a nosotras y
nos invitó a su conferencia gratuita de la noche, sobre El Bhagavad-gita y
su yoga, clases de yoga, especialmente
del Bhakti Yoga o yoga de la devoción o del amor divino y sus meditaciones
supremas; y también sobre el karma, la reencarnación y los cuatro principios
regulativos: ser vegetariano, evitar la promiscuidad, la intoxicación y los juegos
de azar. Con Mara nos comprometimos regresar por la tarde,
entre el día y la noche… y así lo hicimos. Esta vez ingresamos por el
zaguán de la gran casona, directo a un gran patio donde había una fuente de
agua en su centro, había mucha gente alrededor de la pileta, en su mayoría
jóvenes… Hombres y mujeres vestidos al estilo hindú, todos cantando el maha
mantra hare krishna hare krishna, krishna
krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare... Luego, nos
hicieron pasar, junto a otros visitantes, al salón principal convertido en un
maravilloso templo hindú que estaba lleno, todos sentados en el suelo, sobre
una alfombra roja…; un maravilloso aroma de incienso impregnaba el ambiente…
Muchachas y muchachos seguían cantando el famoso maha mantra hare krishna..., el coro seguía a un
joven monje que tocaba una especie de organillo…, otro muchacho tocaba un
tambor de dos parches laterales, otros tocaban pequeños címbalos; la música era
maravillosa, diferente… Observé los cuadros de personajes humanos y divinos que
pendían de las paredes y me detuve en un rostro moreno, intemporal que sonreía
como La Monalisa, eso me causó mucha gracia y le pregunté a la joven de mi lado
por su nombre, Srila Prabhupada, me dijo; pero…, después que lo
escuché lo olvidé de inmediato…, pues hasta los nombres eran nuevos y difíciles
para mí…; mas, su rostro divino nunca lo olvidé, quedó grabado en algún lugar
de mi ser, como si nos hubiéramos visto antes y ahora estábamos encontrándonos de
nuevo.
La conferencia comenzó y la encontré larga y
tediosa, no pude encontrar la ilación del tema, hasta el muchacho que daba la
clase me parecía espeluznantemente engreído; sentí que todos estaban locos o
eran bobos, asintiendo un sin fin de conceptos e historias sin ningún cuestionamiento…;
pues el joven detallaba, entre otros desvaríos, viajes astrales por otros
planetas como si fuese la cosa más natural del mundo y… Cuando llegamos a la
sección de preguntas y respuestas, estas me parecieron de lo más descabelladas
porque, ¿cómo era posible que solo cantando el famoso maha mantra hare
krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama
hare hare..., uno pudiese salir de este ciclo de muertes y nacimientos?... La
respuesta era un contundente: ¡Sí! Así lo dicen las escrituras reveladas y
la sucesión discipular de maestros espirituales. Y no hay otra manera, no hay
otra manera, no hay otra manera para salir de este mundo material... ¡Toda
una locura!... O, ¿cómo podía ser que nuestro destino fuese “jugar” con
Dios, Krishna, sin saber que él es Dios mismo?... O, ¿Qué jugar con él
es una actividad de servicio a él?… Porque eso era lo más espectacular e
inconcebible que había escuchado hasta ese momento, que ese Dios, Krishna, también
fuese un niño, y muy juguetón, totalmente opuesto al anciano de barba blanca
que mencionaban los cristianos; y, sobre todo, que tuviese una contraparte
femenina…, la bella Radhe…, la Diosa Suprema…; mas, de inmediato, todo
se perdió como detrás de un velo…, ocultándose en lo sobrenatural; y sin
embargo…, todo eso era posible…, ¿por qué no?...
Al final de la
clase, nos invitaron a todos a quedarnos para tomar unos exquisitos bocadillos
vegetarianos y todos aceptamos. Luego nos movilizamos un poco, degustando
nuestras bolitas maravillosas, para estirar las piernas y seguir la charla en
pequeños grupos… De pronto, nos encontramos, un buen grupo, de nuevo en el
patio, sentados en el borde de la pileta, escuchando correr el agua de su fuente,
y al mismo tiempo las respuestas que una muchacha española, vestida de sari
rojo, daba a una lluvia de preguntas… También este tipo de vestimenta para una
joven occidental me pareció de lo más falso y soso. ¿Cómo podíamos adoptar
ropas foráneas ignorando las nuestras propias?…; y para colmo, la misma joven
nos explicaba que el nombre de Krishna era el mismo nombre de Cristo,
decía que provenían de una misma raíz…; sonreí…, esta sí que era una verdadera
cursilería, fue de lo más infantil que escuché, no era posible que dijesen
cualquier cosa con tal de llevarnos a la boca de quién sabe quién… Sin duda
alguna, se trataba de una realidad muy diferente de la que hablaban Mircea
Eliade o Carl Jung…
Esos eran mis recuerdos, en esa casa señorial de
madera sobre el gran río, arrullada por los inconcebibles sonidos de la
naturaleza, en esos momentos en que identificaba el misterioso rostro de mi
guía, aunque esta vez sin poder recordar su nombre en lo más mínimo. Esta era
la casa y ese era el rostro de mi guía por el cual yo estaba yendo a India
porque él era de India, para que me enseñase a transitar por el increíble
camino de la búsqueda del sí mismo y de la Verdad Absoluta…; y me acordaba de
ese bello rostro dorado que vi en el templo del restaurante Govinda en
Arequipa (Lakshmivan fue su nombre posterior). Era ideal que yo
estuviese yendo a India en su busca, para conocerlo en vivo y en directo;
aunque no recordara su nombre (Srila Prabhupada), su eterno rostro me
acompañaría siempre.
Y al tratar de dibujar la Verdad Absoluta…, la
vieja casa abandonada se llenó de símbolos y lenguajes extraños por todas las
paredes y todos los rincones, porque los dibujos que salían de mi corazón y de
mis sueños, eran como una fiebre que me hacían delirar entre la vida y la muerte…
Pero ya no sentía temor alguno porque siempre me acompañaba la luz de una vela,
como si fuera aquella misma niña de mis sueños quien me acompañaba y me
protegía…, una mujer me ama y me ilumina… Así logré dibujar mi
primera representación de lo que para mí significaba en ese momento la Verdad
Absoluta: un círculo mágico con sus respectivas coordenadas que señalan las
diez direcciones místicas… “Este es el Centro del universo infinito”,
pensé e hice una pequeña maqueta de la gran pirámide de Keops, una réplica
perfecta, de diez centímetros de lado, donde guardé este dibujo inconcebible…
llamándolo: “El Gran Sortilegio del Destino”…
Todo mi cuerpo, mente, inteligencia y alma se concentraron en una sola
meditación e invocación: ¡Lo único que quiero encontrar en este mundo
es la Verdad Absoluta!… Finalmente, este era el resumen de mis tres más
caros deseos…
V.
Parte 3 – Devorando sombras y demonios
Alfredo venía cada tres o cuatro días trayendo
provisiones, traía hasta cigarros y vino, un día se le ocurrió traer marihuana,
a pesar que él no fumaba, y yo… hacía tiempo que no había fumado… La primera
noche que él se quedó en la casa, la vieja casa, la casa abandonada, nos
quedamos conversando hasta de madrugada; él sentado en su hamaca y yo sentada
en el piso con las piernas cruzadas sobre un tapete; yo tenía siempre conmigo
mi cuaderno de apuntes y una vela encendida muy cerca mío… Alfredo me hablaba
de otros mundos, de otras dimensiones…, del mundo material y antimaterial, del
mundo relativo y del mundo absoluto, del yin-yang…; hubo un momento en que yo
sentí un leve temor y rápidamente miré la vela encendida buscando
protección… Es claro que la luz de la vela te protege…,
me dijo Alfredo como si hubiera ultra leído mi mente…; parecía un guru, un
guía, o yo lo veía como un guru en ese momento… Nos protege a todos,
dijo.
–¿Has escuchado del
viaje del héroe? –me preguntó Alfredo muy curioso observándome atentamente,
mientras contemplábamos mis dibujos.
–Sí –le respondí tratando de recordar exactamente lo que
había leído acerca de ese mito en algunos textos de Jung y Elíade. Y en vista
que no dije más, Alfredo continuó.
–Estás viviendo en carne propia el mito del viaje
del héroe, o el arquetipo del héroe que cobra vida en el mundo interior de
aquellos que se aventuran a explorar otros mundos, más allá de lo conocido y
socialmente aceptado.
–¡Ooh, diosas y dioses! –exclamé en mi
pensamiento. ¿Qué estaba yo escuchando? Me quedé muda de asombro, como
hipnotizada ante esta revelación que me desnudaba el alma… Sí, yo
estaba viviendo ese arquetipo… ¿Cómo es que no me había dado cuenta?… Era
un nuevo despertar, era como si recién me estuviera haciendo consciente de este
mágico hecho… Lo que acababa de oír encajaba perfectamente con mi propia
vivencia personal e intransferible…, mi viaje…, mi gran viaje, tanto externo
como interno…; solo que yo no me había dado cuenta que muy bien podía identificarme
con el arquetipo del héroe y su gran viaje, o con el mito del viaje del héroe o
gran viaje o viaje místico.
–El viaje del héroe es la aventura de llegar a ser
quienes somos de verdad, es la aventura que nos lleva a abandonar nuestros
mundos conocidos para explorar lo desconocido, transformando nuestra visión del
mundo y de nosotros mismos. El viaje del héroe es la historia de aquellos que
se atreven a cuestionar la realidad que se percibe como normal, se atreven a
pensar y sentir diferente, a ir más allá de los límites saltando al abismo, se
atreven a manifestar su verdadera naturaleza, a ser ellos mismos. Es la
historia de aquellos que renuncian al bienestar físico para lograr su
integridad, y emprenden su gran viaje en busca del sentido supremo de la vida.
En definitiva, es la historia de aquellos que se atreven a manifestar su
verdadera naturaleza divina y brillar como lo hace el sol, sin miedo a ser
criticados o a incomodar a otros en su mediocridad. Son tildados de locos,
raros, diferentes, antisociales, incomprendidos…, místicos…
Yo lo escuchaba y miraba sorprendida de tanta verdad en mi corazón…
–¿Has escuchado de Joseph Campbell? –volvió a
preguntarme tras una pausa… cuando llegó a mis dibujos titulados: El Llamado, El Encuentro, La Partida…
–No –le respondí–. Nunca he
escuchado de él.
–Deberías leer uno de sus libros más interesantes: El
héroe de las mil caras, te ayudará a comprender todo esto que estás
dibujando y viviendo. Lástima que no lo tengo aquí para prestártelo.
Yo, por supuesto, de inmediato tomé nota del nombre
del libro y su autor. Solo cuando más adelante, en Lima, tuve la oportunidad de
hojear este libro, en una librería, comprobé con gran asombro que estaba muy
bien que yo me identificara con ese arquetipo…; porque lo que yo estaba
viviendo realmente, era ese mito, esa historia que estaba escrita en todas las
culturas de todos los tiempos, con sus etapas que eran las mismas que yo estaba
evocando en mi interior, tratando de reconocerlas y ordenarlas, ya que emergían
de mi voz primigenia, natural…, queriendo encontrarme a mí misma fuera de este
intrincado sistema de corte patriarcal…
Un día, casi al mes de estar en la vieja casa
abandonada decidí a ir al otro lado del río para ver mi correspondencia en la
oficina de correos. Le pedí al joven ayudante que me llevara en su canoa y nos
fuimos al pueblo. Mi sorpresa fue grande cuando vi que Alfredo también venía
hacia nosotros en un bote a motor, mostrándome un sobre con el brazo en
alto… ¡Tienes una carta!, me gritaba, ¡tienes una carta de
Lima, Perú!…, y yo no lo podía creer…; al mismo tiempo que me embargaba el
temor de que la carta, mi carta, se le volase de las manos… Nos encontramos en
medio del río, yo me pasé a su bote y nos dirigimos a la vieja casa… En el
trayecto, yo ni siquiera podía abrir el sobre, las manos me temblaban…, la
letra de Mara estaba allí en ese sobre con mis nombres y apellidos… ¿Qué
me dirá?…, pensaba… ¿Cómo estará?…, hasta que por fin pude
abrir el bendito sobre… y leí la carta… Alfredo me dejó a solas con mi dolor y
llanto… Mala, me decía Mara, eres una mala…, te fuiste
y me dejaste…, ni siquiera me pediste que me fuera contigo… ¡Oh,
diosas y dioses!… Eso fue lo más brutal para mí… ¡Era verdad!, nunca le había
pedido a Mara que viniera conmigo…, no es que no se me haya ocurrido, sino que
yo no estaba hecha para esos compromisos; así que, ¿cómo iba a proponérselo si
apenas yo podía conmigo misma?… En la carta me contaba que sufría por mi
ausencia…, sufría depresión y la estaba tratando un psicólogo, que creo era su
mismo primo, Santiago, graduado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
de Lima…, y yo me sentía culpable y mal, muy mal… Casi al final de la carta dijo
que me amaba, por primera vez me lo decía y yo me sentía morir; decía que me
perdonaba que no la llevase conmigo, pero que me amaría por siempre, que yo
siga adelante, que me envidiaba porque yo pudiese contemplar el mundo… ¡Vete!, me
decía, ¡Vete! Vete cada vez más lejos y no te detengas, que quiero
mirar el mundo a través de tus ojos… Entonces, no pude más y en ese mismo
instante tomé la resolución de ir por ella, de volver a Lima para traer a Mara
y continuar mi gran viaje con ella… ¿Estás segura?, me preguntó
Alfredo un poco desconcertado, después que le hube contado los pormenores de la
carta… Sí, estoy segura, le contesté…, sintiendo también que mi
temor a la muerte… al llegar al mar, me hacía tomar esta resolución, ya que así
postergaba mi muerte, mi llegada al mar, que significaba la muerte…, mi muerte…,
mi propia muerte.
Alfredo se dispuso a ayudarme con el regreso,
sacamos la cuenta de los costos y me dio todo el pasaje hasta Lima, eran muchos
cruzeiros en ese tiempo (hoy son reales)…, tal vez él también
consideraba que a lo mejor… era mejor que yo regresase a mi patria, a mi tierra
y no ande arriesgándome a la aventura… Pero, ¿cómo voy a pagarte todo
este dinero?, le pregunté abiertamente… Cuando vuelvas, me
contestó él, necesito que hagas un levantamiento de esta Villa Hermosa…,
te pagaré por tu trabajo, ahora consideremos que esto es un adelanto… Sonreí,
feliz de que pudiese cambiar mi trabajo por unos cuantos billetitos, me sentía
afortunada y lo abracé con amor y agradecimiento. Entonces, me preparé para mi
viaje de regreso. Dejé en la vieja casa mis libros y mis sandalias de cuero –modelo
de monj@s–, dejé mi sleeping y me llevé la hamaca azul; así aligeré mi mochila
con la convicción de que pronto retornaría con Mara…
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