IV.
Parte 4 – Jorám
El paisaje urbano de Tabatinga y Leticia era similar,
ambas ciudades juntas conforman una sola ciudad dividida por una gran avenida…,
pero el puerto es de Tabatinga…, era un puerto más grande que el de Iquitos,
había más barcos, más gente y más comercio que en Iquitos… En el puerto, me
senté sobre una piedra para contemplar el gran barco que próximamente saldría
hacia Manaus…, era inmenso, opulento…, de varios pisos…, con una terraza
bar-restaurante en el último piso… y una capacidad para doscientos cincuenta
pasajeros y no sé cuántos tonelajes de carga… Era el Monteiro Lobato…
haciendo honor al autor de las espectaculares Aventuras de Naricita que
me habían acompañado y cautivado de niña…; entonces me acordé de la Quinta del
Benteveo Amarillo, de doña Benita, de Naricita, de Perucho, Emilia, el Vizconde
de la Mazorca, de la tía Anastasia…; me sentía maravillada de reconocer que yo
había deseado también, desde niña, conocer estas íntimas tierras del Brasil…
¡Oh, diosas y dioses!…, ¡no lo podía creer!… Por estos mensajes sentía que mi
camino era de lo más auspicioso…, sentía que el río me protegía, que los
árboles me protegían, el cielo…, hasta los barcos me protegían…
Para sorpresa mía identifiqué en el barco, a aquella
pareja de extranjeros que subieron al camión en mi viaje de Tingo María a
Pucallpa; al parecer, ellos estaban discutiendo con el capitán del barco, un
hombre viejo, de baja estatura, subido de peso, con barba y sombrero de
capitán. Cuando hubo terminado la discusión y los dos jóvenes se fueron,
apareció, después de mucho rato, otro joven extranjero que también ingresó al
barco y lo vi discutir con el capitán… Terminada la discusión, el joven pasó
por mi lado diciéndome en perfecto español: No le des más de treinta
dólares… ¡Ah!, me respondí a mí misma, estaban
discutiendo el precio del pasaje… Finalmente, llegado mi turno, muy segura
de mi misma fui a ofrecerle mi trueque al capitán, pero el muy poco solidario
no lo aceptó, no quería aceptarlo por nada del mundo. Yo tenía que pagar mi
pasaje, sí o sí, y lo menos que él podía cobrarme era treinta dólares…, porque
el pasaje real costaba cincuenta dólares…, parecía que yo no tenía otra opción;
y efectivamente, no tenía otra opción…, a menos que prefiriese esperar una
nueva oportunidad y yo no quería esperar ni un día más… Además, yo tenía ese
dinero y sopesé el precio, viajaría como una gran turista, ¡como una reina!;
incluso, desde ese mismo momento, ya podía instalarme en su barco y serían
otros cinco o siete días de viaje lejos del mundanal ruido…, valía la pena…;
después de todo, el viaje sería un gran regalo de Massoud ya que lo pagaría con
los treinta dólares que él me había regalado… Pagué de inmediato y me instalé
en el barco, ubiqué mi hamaca en un lugar céntrico privilegiado, al lado de una
columna donde reposaba mi querida mochila y mi sleeping… Al poco tiempo también
se instalaron los tres extranjeros a quienes el capitán les había rebajado el costo
del pasaje, la pareja colgó sus hamacas; luego, apareció un estadounidense de
nariz alzada y solicitó un camarote…. E igualmente, tal como estuve en El
Titanic y en Las Tres Fronteras, yo salía y entraba al barco como si fuera mi
casa, durante esos días en que el Monteiro Lobato se preparaba para partir.
Subían carga a toda hora y todo el día…
Poco a poco, fueron llegando más y más pasajeros, en
su mayoría brasileños, quienes se instalaban con sus bellas hamacas en cuatro
largas hileras y sus respectivos equipajes... Mientras se escuchaba fuerte,
para sorpresa mía, el famoso y antiguo País Tropical de Sergio Méndez,
trayéndome recuerdos de otros tiempos… Me llamaba la atención que los jóvenes
brasileños cargasen bolsos sobre el hombro al igual que las mujeres, no había
visto esto en Perú. Al cabo de un par de días el barco se llenó y partimos
rumbo a Manaus, pasando por diversos pueblitos a orillas del gran río Amazonas,
cada vez más ancho y nuevo… El viaje fue alucinante…, de maravillas… Así
pasaron… Benjamin Constant, Fonte Boa, Tefé, Coari… y otros…, hasta Manaus. El
gran río se llama Solimões hasta Manaus y luego Amazonas.
Era un barco muy grande, muy equipado, más limpio,
más fino, más de todo… La comida era inimaginable…, era bufete, uno podía
sentarse a la mesa y servirse lo que quisiese…, desde el desayuno hasta la
cena, todo me encantaba… En el desayuno podía servirme dos o tres tazas de café
con leche acompañadas de suculentas galletitas de soda o de vainilla con mantequilla…;
mi estómago parecía sin fondo luego de tanta austeridad por nuestra selva
peruana, pero sin rebasar mis límites… El almuerzo era otro tanto, en la mesa
había tallarines, arroz, farinha, frejol, pescado frito o guisado que pescaban
del mismo río…, ensalada, fruta…; tenían un buen personal de servicio…, no se
notaba ningún tipo de pobreza en este navío, sino, todo lo contrario.
Todo era nuevo para mí…, mi vista viajaba de un lado
a otro, del barco al río, del río al paisaje, del paisaje al interior del barco
y sus variadas instalaciones y pasajeros. El joven extranjero que me habló en
perfecto español estaba arreglando su maletín y su sleeping, no llevaba mochila
ni hamaca. Era bastante alto, un poco grueso, buenmozo, vestía un buzo de
algodón color verde pasto, pegado al cuerpo, y un chaleco negro de cuerina
sintética que le cubría el torso, los colores de la Maga, pensé;
también hablaba inglés y portugués… Yo no estaba dispuesta a hacer amistad con
nadie, ya bastante tiempo había dedicado a mi querido Massoud, pero al ver que
este joven tenía un singular tatuaje en uno de sus brazos, no me amilané en
acercarme y preguntarle dónde se lo habían hecho…; eran tres largas olas del
mar, el sol radiante y unas aves volando por el espacio infinito, era como mis
dibujos…, eran lo mismo. El joven me contestó que se lo habían hecho en Canoa
Quebrada, una playa cerca de Fortaleza, capital del estado de Ceará del Brasil,
el nombre se me quedó grabado en el corazón… El joven se llamaba Jorám, era
alemán, tenía veinticuatro años y era un vagabundo del mundo, vivía de su arte
de faquir que exponía en cada pueblo que llegaba. Esto hizo en nuestra primera
parada, en Benjamin Constant, donde el navío siguió cargando, vi cómo él colocó
en la plaza del puerto, una mecha encendida en el centro de un círculo
demarcado por otras mechas prendidas a su alrededor, mientras la gente se
reunía alrededor de los mechones de fuego. Luego se presentó como un faquir,
botó fuego por la boca (escupiendo querosene) y se acostó boca arriba, sobre
una alfombra de vidrios rotos, para recibir un buen peso pesado sobre su pecho;
saliendo airoso de estas pruebas, sin el más leve rasguño… Al terminar su
función, Jorám recogió en un gorro negro las donaciones que le dieron los
curiosos presentes, y todo lo recibido se lo entregó al capitán, quien se había
comprometido a esperar cada colecta que haría en los pueblos donde nos
detendríamos. Jorám conversaba con todo el mundo, en inglés con el estadounidense
que era escritor y de poco hablar, y con la bella pareja de extranjeros que
eran suizos y novios; ella también tenía un tatuaje al nivel de un tobillo,
similar al de Jorám, solo que el sol era más grande y el mar era una sola ola
grande con dos aves volando; después me enteré que también se lo había hecho en
Canoa Quebrada… Jorám hablaba en español conmigo y en portugués con los
brasileños que se le acercaban. La gente viajaba en una algarabía muy locuaz…;
realmente, con quien más congenié fue con Jorám, tal vez porque fue el único
con quien yo podía expresarme, pues yo no hablaba inglés ni portugués…; poco a
poco fui poniéndole más interés al portugués ayudándome con el diccionario de
Massoud.
El inolvidable río Amazonas era inmenso…,
inmensamente bello…, podían verse diversas embarcaciones moviéndose sobre sus
oscuras aguas, brillantes…, llenas de regocijo y luminosidad…, llenas de vida…
A veces se acercaban algunos aldeanos en sus canoas para vender sus productos
especiales, traían camarones, pescado, asaí, plátanos, cocos…; y la gente les
compraba, también les regalaba ropa y dinero… Yo seguía dibujando en forma
sencilla algunos paisajes sonoros…, dejándome llevar por la despampanante
corriente del gran río, y por la escritura automática que me revelaba secretos
despertares… Sí, no había duda, si yo también quería encontrar la Verdad
Absoluta, tenía que dibujarla o describirla para que se me presente o se me
revele como por arte de magia…; pero, ¿cómo era la Verdad Absoluta?…, esa era
mi pregunta primordial… Y en medio de mis bosquejos estelares fui recordando
uno que había hecho poco antes de mi partida, cuando aún estaba con Mara en su
cuarto… Saqué mi diario de notas y dibujos y vi la pequeña casa de madera,
hermosa, anclada en un río…, un río…, abrazada por una avasallante vegetación
que brillaba a la luz de una luna dorada que se reflejaba en sus aguas turbias…
La había dibujado sin saber que viajaría por un río y que vería este tipo de
casas… En la mía, su puerta y su ventana estaban abiertas, luminosas…, que
invitaban a ingresar y compartir su secreto, su misterioso interior…, una
fuente de luz… Era increíble que me hubiese anticipado a dibujar aquel paisaje
que nunca hubiera imaginado que existiera, ahora estaba segura que esa casa
existía de verdad y sentía que de un momento a otro la encontraría…; realmente,
ese era el lugar que yo estaba buscando para descansar y dibujar mi Verdad
Absoluta…, en tanto, escribiría una carta a Mara y allí esperaría su respuesta.
En el trayecto, Jorám también me fue contando un poco
de su vida y yo le conté un poco de mis viajes…, no había duda que él también era
otro hijo del mar… Jorám era antisistema, antipatriarcal, no le gustaba la
forma de vivir que le tenía diseñada su familia y su patria; a los quince años
dejó el colegio porque no quería estudiar más y se entregó a la droga;
luego, su familia logró ingresarlo a un centro de rehabilitación de donde
escapó, y apenas cumplió dieciocho años se volvió un ciudadano del mundo. Ya
había venido otras veces a América Latina, le gustaba nuestra cultura, sobre
todo porque todo lo encontraba barato, y cuando tenía problemas de dinero
acudía a su embajada para que lo socorrieran. También me contó que desde hace
un buen tiempo él venía buscando la famosa tribu de las amazonas, de la que muy
pocos sabían y hablaban, apenas le habían dicho que aquella tribu estaba situada
en el mismo corazón de la Amazonía; sin embargo, no estaba en ningún mapa, por
lo tanto, no podía ser ubicada, más parecía una leyenda…, pero él estaba seguro
que ellas existían de verdad y él quería vivir en esa comunidad…
Fue muy grandioso llegar a Manaus…, su vista desde el
barco parecía un sueño, y mucho más ver el gran río de dos colores que no se juntan…,
las aguas turbias del gran Amazonas con las aguas negras del río Negro venido
de Colombia… Me encontraba cada vez más cerca del mar…, del Océano Atlántico
que me llevaría a India… También fue muy bueno llegar con Jorám a Manaus, él ya
conocía Manaus, así que fue de gran ayuda su compañía, tanto para los suizos
como para mí…; él nos llevó a un hotel de tres estrellas en el mismo centro de
Manaus…, por cinco dólares al día (justo era, el hotel Perú)…, pues el capitán
no aceptó que nos quedáramos en su barco hasta la próxima salida de los barcos
a Belém. No me quedó más remedio que decidir pasar una noche en ese hotel hasta
que conociese mejor el puerto, la ciudad y me ubicase en mejor lugar. Era media
mañana. En el hotel compartimos con los suizos un mismo cuarto con cuatro
camas, y luego nos separamos por el resto del día…
Acompañé a Jorám a hacer su espectáculo en diferentes
parques de Manaus, también me animé a pasar su gorrito entre la gente para recibir
sus donaciones. Después me dijo que iría a conseguir marihuana o pasta por no
sé qué menjunje de calles, y también decidí acompañarlo… Este paseo me hizo
conocer los suburbios de Manaus…, la mayoría de casas estaban casi flotando
sobre unos ramales del gran río, sobre variadas estructuras de madera…; había
mucha tierra, mucho verde…, ganado, niños jugando en las aguas del gran río… Jorám
no consiguió más que pasta, que al enterarme de sus componentes ni siquiera me
animé a probarla. Pasamos esa noche en el hotel. Me acosté con Jorám, para que
lo voy a negar, quise conocerlo en la intimidad ya que nunca había estado con
un alemán, ¡ja!…, pero él estuvo como el común denominador, lamento decirlo, siempre
queriendo llevar la batuta. No sé si los suizos se dieron cuenta, ya que ellos
también estaban acostados juntos en la cama del otro extremo. Luego, como no
podía pagar un día más de hotel…, decidí partir al día siguiente a Belém, así
que me fui al puerto…, de nuevo sola… pero era mejor, también me era más fácil
conseguir refugio como los peregrinos…
No le dije nada a Jorám cuando me fui, solo me fui…,
él sabía que yo también era efímera para él, como él lo era para mí… ¡Adiós
a todos los amantes efímeros!, me dije… y me quedé solo con Mara, con la
Maga, con mi madre, mis herman@s y sobrin@s… ¡Con mi madre!… Madre… ¡qué
significado tan grande tiene!… Yo soy una parte de ti, de tu sangre, de tus
entrañas…, hasta mi mente está hecha de tu mente, también de mi padre, es
cierto…; pero tú nos pares a todos, a hombres y mujeres, ¿a quién se le ocurrió
decir que la mujer es una parte del hombre, su costilla? ¿No es acaso al
revés?…, el hombre es una gemación de la mujer, es una parte de ella, es carne
de su carne… ¡Qué increíble!… ¿Verdad?... Todos, hombres y mujeres, provenimos
de la madre, ella es la que nos pare a todos, somos carne de su carne, ella es
la que nos saca como un pedazo de sí misma para traernos a la vida con el afán
de ser feliz y hacernos felices, por esto ella es una santa, la Santa Madre, la
Divina Madre…; pero también es una Lilit, una Eva, una Medea, Mesalina,
Lucrecia, Margarita, Carmen, Quintrala… ¿No es acaso ella la Diosa Suprema?,
dueña y señora de hacer cuanto se le antoje, ella es de quien proviene
todo… por eso muchos la consideran por encima del Dios Supremo, quien
también es una gemación de la Diosa Suprema, la primera gemación, la más
adorable y de la cual surgen todas las demás…
Un señor muy buena gente, aceptó que me instalase en
su barco hasta la hora de su partida a Belém, aunque yo no viajaría aún, quería
quedarme todavía en la bella Manaus para conocerla mejor. Cuando llegó el día
de la partida del dichoso barco tuve que salir e instalarme en otro que aun
tardaría un par de días en salir… Mi presencia no molestaba a los tripulantes
de los barcos, yo me acomodaba sencillamente en un rincón limpio y resguardado,
y cuando quería salir a la ciudad, dejaba encargada mi mochila en el camarote
de alguno de los tripulantes que tuviese buena disposición; en realidad, todos
se portaban bien conmigo, a veces me invitaban un vasito de café o un par de
galletitas, agua, fruta o un almuerzo sencillo, hasta cigarros…, yo me sentía
protegida en todo momento…
IV.
Parte 5 – Manaus
Las calles de Manaus eran súper pintorescas,
absolutamente novedosas para mí…, había mucho comercio, incluso más que en la
Parada y Gamarra (juntos) de Lima… ¡Cuánta gente!… ¡Cuántos autos, micros,
buses!… ¡Y el calor!…, algunos decían que llegábamos a cuarenta, a ¡cuarenta y
cinco grados!… Y ese hablar de la gente que me mareaba, me apabullada, era mi
primera vez en un país de idioma diferente… Otro mundo…, un mundo nuevo para
mí… De rato en rato podía vislumbrar una casa revestida completamente de
azulejos…, azulejos portugueses… y la registraba en mi memoria o en un dibujo…,
con sus puertas y ventanas en arco de medio punto, con sus cornisas y ligeras
columnillas a los costados… Qué casas para más señoriales, de dos, hasta de
tres pisos… que marcaban toda una época de bonanza… Hasta que llegué a la
hermosa Plaza de Armas de Manaus…, súper agradable, limpia, ordenada, muy bien
conservada… con sus árboles inmensos y sus grandes estatuas…, donde luce
elegante su gran Teatro Amazonas como si fuera una gran catedral, protagonista
de hechos históricos sin igual…; algunos decían que allí había cantado el
famoso Enrico Caruso durante el apogeo de la época del caucho…
Esta vez, para mi gran sorpresa de sorpresas,
confirmando que el mundo es completamente chico, me encontré de nuevo con mi
querida Maga en este recinto del arte, el Teatro Amazonas; estaba acompañada de
dos bellos jóvenes, reconocí a uno de ellos… Apenas ella me vio, vino a mi
encuentro… Pero, ¿qué haces por aquí?, me preguntó también
muy consternada pero muy contenta de volver a verme, lo sentía… ¡No lo
sé!…, le dije y nos
abrazamos fuertemente…, yo, un poco perdida, la abracé más, como refugiándome
en su corazón, aunque de forma imperceptible, casi desapercibida… Luego, ella
me presentó a sus dos amigos que la estaban acompañando: Ethan, compañero de
facultad; y Marcel, biólogo… ¿Dónde estás hospedada?, me preguntó
la Maga como si no hubiera tiempo que perder… En el puerto, le
contesté. ¡En el puerto!, exclamó ella, pero si nosotros
también estamos allí. Queremos viajar al interior de la selva por un par de
días, luego regresaremos aquí a Manaus, ¿quieres venir con nosotros?… ¡Oh,
diosas y dioses!…, yo me encontraba ante una oportunidad inimaginable que no
podía dejar pasar…, no solo porque estaría con la Maga, que era lo que más
quería en este mundo y en ese momento; si no también porque nuevamente estaba
escuchando el llamado del interior de la selva, de mi selva querida antes de
llegar al mar… Por supuesto que yo me uniría a ese grupo de intrépidos viajeros
aventureros, sea como sea, ¡total!, no me distraería de mi camino puesto que
regresaríamos a Manaus; luego, la Maga volaría a Río de Janeiro y de allí a
París, y yo continuaría con mi gran viaje a Belém do Pará… para embarcarme en
un carguero hacia la exótica y mística India.
–¿Has escuchado del yagé? –me preguntó la Maga camino
al puerto.
–No –le contesté expectante–, nunca he escuchado del
yagé.
–También le dicen ayahuasca –dijo la Maga–, es una
bebida alucinógena propia de esta región, de la Amazonía.
–¡Ah! Sí, sí he escuchado del ayahuasca –le contesté
reconociendo este nombre.
–Y, ¿la has probado? –me preguntó a boca de jarro.
–No –le contesté y sonreí porque ella me preguntaba
estas cosas con gran naturalidad, cosas que solo comentábamos con los Toños.
–¿Te gustaría probarla? –me lanzó la pregunta precisa
como haciéndome un jaque mate.
–No lo sé, tal vez sí –y sonreí ampliamente…, me reí…
–Marcel dice que los compuestos de la corteza de esa
planta son realmente alucinógenos. A mí me gustaría probarla –quedé en ¡PLOP!
–¿Quieren ir al interior de la selva para probar el
ayahuasca? –le pregunté ampliando mi sentido de comprensión.
–No, en realidad no, no es nuestro objetivo
primordial. Más bien queremos llegar a la tribu de las amazonas…
–¡Ooh! –exhalé un suspiro sobrecogedor, la
misma tribu que Jorám está buscando, pensé…, no había duda…, un ¡PLOP! más
para mí…
–¿Sabes algo de las amazonas? –me preguntó la Maga
como adivinando que yo sabía algo de ellas, por la expresión patética de mi
rostro.
–No mucho, solo le oí mencionarlas a un muchacho
alemán que conocí en el barco que nos trajo de Tabatinga a Manaus –le respondí–.
Él estaba buscando esa tribu de las amazonas, dijo que quería quedarse a vivir
en esa comunidad.
–Pues allá vamos –dijo la Maga ante mi gran asombro
siempre in crescendo…
–Pero, Jorám dijo que casi es imposible llegar a
ellas, no se las puede ubicar…
–Quien sabe, otros dicen que ellas son como las
ninfas, solo se dejan ver por quien ellas quieren ser vistas –y yo quedé
maravillada por este surrealismo de la vida…, quién sabe si yo también las
vería… como vi a las hermosas ninfas del río Huallaga…
La Maga y sus dos compañeros estaban instalados en el
gran navío Pachamama que los había traído de Tabatinga, sus otros dos
compañeros se habían quedado en Perú. Ahora, ellos estaban esperando una
pequeña embarcación que los llevaría al corazón de la Amazonía, donde vivían
las tribus más antiguas y desconocidas de la región, entre ellas la de las
amazonas que era la más buscada y secreta de todas porque no estaba ubicada en
ningún mapa; verdaderamente, más parecía una leyenda, así que era casi
imposible llegar allí… Llegando al puerto fui por mis cosas para instalarme con
la Maga y sus compañeros en su barco, en espera de la pequeña embarcación que estaba
a punto de llegar, y que solo nos llevaría hasta el último puerto de esa
región, de allí tendríamos que emprender el camino a pie…, más o menos ese era
el panorama… Apenas llegó El Divino Niño (nombre de la pequeña
embarcación) de madrugada, nos instalamos en ella de inmediato y empezaron a
llegar los pasajeros…, fuimos veinte, seis lugareños, el resto, extranjeros. En
realidad, decían que nadie se aventuraba por esos mundos, solo nosotros… los
viajeros, turistas, estudiosos, buscadores de riquezas, curiosos…; sin embargo,
la mayoría iba más que nada a tomar el famoso yagé en alguna de esas tribus. La
Maga pagó mi pasaje, dijo que por ahora yo era más pobre que ella…, y yo, que
estaba a dispuesta a dar todo lo que tenía con tal de hacer tal extática travesía…
Salimos al amanecer de ese día sábado, rumbo hacia el
corazón de la Amazonía del norte… Estábamos frescos, risueños, relajados…, los
cuatro nos habíamos bañado. Aún podían verse luminosas estrellas en el cielo
oscuro, no estaba la luna… pero su resplandor anunciaba pronto la salida del
sol radiante… Fue un amanecer espectacular, el sol estaba rojo de fuego, el
cielo iba tornándose cada vez más azul y límpido y el verde de la vegetación
exhalaba su perfume de hierba húmeda…; se escuchaban los graznidos de las
garzas y pájaros salvajes, el roar de las ranas saltarinas, los rugidos de
algún felino que acechaba expectante su deliciosa pieza…; y el viento…, el
viento danzaba con los maravillosos sonidos de la naturaleza… Después de un par
de horas de viaje, río arriba, nos enrumbamos por un pequeño ramal que
desembocaba en el Gran Amazonas o Solimões; así que el viaje sería ahora un
poco lento, contra la corriente…, de cuando en cuando tomábamos otros ramales
cada vez más estrechos y sinuosos, como perdiéndonos en un colosal laberinto.
El viaje hacia esta zona profunda de la selva fue de lo más inesperado…, todo,
todo se convirtió en un maravilloso viaje hacia otras dimensiones del interior
del ser y su esplendoroso centro; y del exterior del ser y su inconmensurable
entorno…, el centro y su entorno…, mi entorno y yo… Todos haciéndonos uno con
el universo…
Durante el trayecto, se nos acercó un hombre mayor y
nos dijo en perfecto español, con mucha nostalgia, que él había buscado a las
amazonas por mucho tiempo pero no las había encontrado, pero si
ustedes, dijo, tampoco las encuentran, por lo menos no dejen de
tomar el ayahuasca que es de lo mejor que hay en esta región…, quise codearla a la Maga pero ella
me ganó…, sonreímos… Ethan y Marcel hablaban muy poco español, así que yo
hablaba muy poco con ellos; más bien, a veces, la Maga nos ayudaba traduciendo
lo necesario porque ella hablaba muy bien el español, dijo que esa era la mejor
herencia que le habían dejado sus padres. Luego, en el intertanto, aquel hombre
mayor nos fue explicando también que la tribu de las amazonas era muy
misteriosa, que los nativos decían muchas cosas sobre ellas; por ejemplo, que
ellas vivían separadas de los hombres, ellas en una orilla del gran Amazonas y
sus hombres en la otra orilla…, que ellas eran mayoría…, solamente se juntaban
con los hombres en un puente que era como un gran palacio, para procrear, y solo
en ciertas épocas del año; luego, cada uno volvía a su propia orilla. Después,
los recién nacidos eran amamantados por sus madres hasta los tres meses, al
cabo de los cuales, las niñas se quedaban con ellas, en tanto que los niños
eran trasladados a la orilla de los hombres…, pero los niños y niñas eran hijos
de todos y todas, en sus respectivas orillas…, y eran los hombres quienes
solían venir a la orilla de las amazonas para visitar a las mujeres que amaban…
Que así vivían y habían vivido felices durante miles de años, esta forma de
sociedad se había desarrollado de manera muy pacífica… Otros nativos decían
también que las amazonas eran bisexuales, que amaban a hombres y mujeres
indistintamente; que la manifestación plena de ese amor era el abrazo
inconmensurable, y que el momento más culminante de ese abrazo, de ese amor,
era su propia transmutación individual en energía pura o rayos de luz, para
luego juntarse l@s dos en un solo rayo fuerte, poderoso, luminoso…, como un
gran río… elevándose fugaz hacia el cielo… ¡Bisexuales! ¡Qué
increíble!…, me dije para mis adentros… Sin embargo, no lo comentamos con
la Maga; por el contrario, nos quedamos mascullando en solitario nuestras
propias reflexiones… Algo así yo había imaginado en mis sueños y pensamientos,
pues ya no deseaba más esa unión carnal, básica, que nada más sirve para tener
hijos…; ansiaba otro tipo de unión, de pasión, de amor, otro tipo de
manifestación…, y sí existía, las amazonas poseían el secreto; tal vez, a mí
también me gustase vivir con ellas, en su comunidad… También decían los nativos
que a veces podía verse en el corazón de la Amazonía, un sinfín de luces
naciendo entre las malezas y los árboles para elevarse por el cielo como
luceros de la mañana…, y que muchos viajeros buscaban esos luceros para
pedirles que les cumplan sus tres más caros deseos… ¡Ooh!, como
los luceros de la mañana de Santiago de Chuco, pensé…, yo los
veré y les confirmaré mis tres más caros deseos… Finalmente, cuando
al cabo de siete horas llegamos al último puerto de aquella vasta región, aquel
hombre mayor se nos reveló, al despedirnos, como el capitán y dueño del Divino
Niño; diciendo además que era de Leticia, o sea, colombiano, ¡ja!, con
razón hablaba tan bien el español…
Descendimos todos, el puerto era pequeño, habíamos
llegado a una pequeña comarca de dos hileras sinuosas de casas de quincho y
paja, con gente desplazándose relajadamente… ¿Es ésta la tribu de las
amazonas? Le preguntó un adolescente a su padre que viajaba con
él… No, le contestó él, no lo creo… Una extranjera
intervino diciendo: En realidad, todos venimos aquí para tomar el
ayahuasca con el cuento de las amazonas…, y
nos desplegó a todos su risita encantadora… En el puerto nos esperaban un par
de guías para conducirnos a sus respectivas tribus, pero ninguna era de las
amazonas. No obstante, teníamos que ir con uno de ellos o quedarnos. Nos fue
muy difícil decidirnos porque queríamos ir a las dos tribus al mismo tiempo.
Finalmente, nos decidimos por el guía más joven y risueño, otros se decidieron
por el mayor y más alto, y otros se quedaron en el puerto. Nuestro joven guía
se mostraba muy contento con nosotros, como si él mismo nos hubiera elegido…, solo
nosotros iríamos con él.
Emprendimos la marcha… a pie…, sería una caminata de
veinticinco kilómetros más o menos en un lapso seis o siete horas…, eso
dijeron… ¡Ooh!, tan emocionada estaba en ese momento que ni siquiera me acordé
cuando caminamos con Mara, desde Chivay hasta La Cruz del Cóndor, el mirador
del Cañón del Colca, y de este mirador sacro hasta Cabanaconde… No sé cuántos
kilómetros fueron, pero fueron muchos, muchos…, caminamos… Caminamos y
caminamos firmes con el sol en lo alto, entre la selva cada vez más espesa,
todo era solo un bosque interminable de indistinta vegetación, animales de
diversas especies nos miraban con recelo; pasábamos por pequeños estanques,
acequias…; mis ojotas se comportaban espectaculares…, nos abríamos paso entre
espesas cortinas de hojas y troncos…, entre aromas y sonidos de la naturaleza…
La Maga también era una gran viajera…, nos
sorprendíamos de nuestro increíble parecido… Mientras mi primer viaje sola, a
los trece años, yo lo había hecho en tren de Puno a Arequipa; el primer viaje
de la Maga había sido a pie, a los dieciocho años, con sus amigas de promoción,
de Saint-Jean-Pied-de-Port (Francia) a Santiago de Compostela (España), la
ciudad donde se encontraban los restos del santo patrono de mi querido Santiago
de Chuco; fue un verdadero peregrinaje. Cuando la Maga me contaba, en el
camino, de aquel viaje, poco podía hacerme la idea de lo que verdaderamente había
sido…; sin embargo, yo la escuchaba fascinada…, luchando por no recordar a Mara
que en ese momento me avasallaba…, cuando llegó a Arequipa y nos pusimos en
camino a su famoso Valle del Colca. Ese rally fue nuestra primera gran prueba
para viajar juntas haciendo autostop, nos fue bien, fue una inolvidable
aventura. Primero, nos fuimos en un bus a la salida de la carretera que va a
Chivay; luego, nos llevó un camión, luego un bus, una camioneta…; yo hacía
autostop como si tuviese la costumbre de hacerlo y fuera una experta, para
darle seguridad a Mara… Así pasamos Patahuasi, Vizcachani, Patapampa…;
contemplando impresionadas el otro lado del Misti y del Chachani… Cuando llegamos
a Chivay nos hospedó muy generosamente, por dos noches, una sencilla profesora
de primaria, lo que nos dio la oportunidad de visitar la Calera, Callalli y
Sibayo. Después, nos despedimos muy agradecidas de la profesora y nos dirigimos
a pie (porque no pasaba ningún vehículo) al mirador de La Cruz del Cóndor.
Caminamos muchos kilómetros, pasamos por Yanque, Achoma, Maca, Pinchollo y por
fin llegamos al tan mentado mirador, desde donde pudimos ver el famoso cañón
del río Colca perdiéndose en la profundidad del tiempo de mil quinientos
metros, con sus cóndores volando sincronizada y armoniosamente… Finalmente,
caminamos desde este famoso mirador hasta Cabanaconde, un hermoso pueblo que me
trajo recuerdos de mi Santiago de Chuco… Fueron horas y horas de una larga
caminata; pero, luego de esta caminata aparecieron varias movilidades que nos
retornaron fácilmente a Arequipa por el lado de Majes y la carretera
Panamericana. Así fue que Mara y yo cumplimos nuestro primer rally o gran
círculo… En cambio, la Maga había caminado ochocientos kilómetros…, yo no podía
imaginarlo… Que peregrinaje para más afortunado, pensaba yo…,
y lo registraba en mi memoria para llegar a hacerlo algún día. El único
peregrinaje que yo había hecho hasta ese momento había sido al Santuario de la
Virgen de Chapi, en Arequipa, lo hice por tres años consecutivos cumpliendo mi
voto secreto de hacerlo, si ingresaba a la facultad de arquitectura en
la UNSA, y así fue. La primera vez fuimos a pie con mis hermanas y las
hijas de mi tío Carlos, mis primas hermanas Elena y Zaroma, quienes habían
venido a postular también a la UNSA junto con Betty, prima hermana de ellas (ellas
también habían ingresado a la UNSA); caminamos sesenta kilómetros durante un
día y una noche, si mal no recuerdo. Al año siguiente también fuimos a pie con
mis inolvidables amigos de la facultad: Brígida Borja Peña, Fermín Álvarez
Medina, Juan Aguilar Quimper, Rodolfo Salas Rodríguez, Hugo Coaguila Rivera,
Hermenegildo López Quequezana, a quien llamábamos Einstein por su inteligencia
en la física y matemáticas; y mi hermano Víctor… Fue toda una odisea, pero
llegamos. Y la tercera vez, fui sola, mi mami me embarcó en el camión de uno de
nuestros vecinos que viajó con su esposa e hijito.
Felizmente, pronto bajaría el sol de la tarde y
caminaríamos más frescos… Todo parecía de película…, nos sentíamos
expedicionarios de verdad… Pero por un momento sentí un inmenso temor…, ¿hacia dónde
estábamos yendo realmente?…, no teníamos ninguna garantía… La Maga sonriente me
golpeó la espalda suavemente con una ramita, como si hubiera sentido mis
temores…, al mismo tiempo que me daba seguridad con su cálida sonrisa. Todo
estaba bien…, realmente conoceríamos una tribu…, qué privilegio, qué fortuna…,
no importaba que no fuera de las amazonas…; pero, a lo mejor las
encontramos en el camino, pensaba yo y sonreía con esperanza… Este caminar
fue muy oportuno porque nos conocimos un poco más con la Maga y sus compañeros,
sobre todo en nuestros descansos; a ratos yo me sentía tentada de preguntarle a
ella con cuál de sus dos compañeros se había acostado o se acostaba, si es que
se había acostado o se acostaba, o es que yo era la mal pensada…, o tal vez la
Maga se acostaba con los dos o con ninguno…; porque a veces, yo reconocía en
ella mi propio actuar cuando me encontraba con dos de mis amantes secretos y
efímeros, al mismo tiempo…, los trataba de muy amigos, pero con distancia, como
si nunca hubiéramos tenido algo entre nosotros…
¡Oh, diosas y dioses!…
IV.
Parte 6 – Las amazonas
Después de casi diez horas de férreo caminar, no
fueron seis ni siete horas, nos detuvimos de pronto frente a un paisaje irreal,
por demás sobrenatural, habíamos llegado a un pequeño lago de ensueño…; era como
haber llegado a otro mundo, a otra dimensión… Nuestro entorno era por demás
alucinante, su brillo era diferente, etéreo, sobrecogedor…; había cientos y
cientos de lotos y victorias regias de todos los tamaños, colores, tonalidades
y texturas; miles y miles de mariposas de colores infinitos, como el arco iris,
portador de la tan ansiada unidad; y hermosos delfines rosados que chapuceaban
por la superficie del lago, haciendo arcos y otras proezas… con otros peces…
Los aromas y sonidos de la naturaleza eran más cada vez más y más cautivadores…,
el roce de los árboles, el graznido de las aves, el murmullo del lago… y tantos
otros sonidos oriundos de la vegetación y sus animales…
No reparé en que momento aparecieron en una hermosa
canoa, dos nativos, un hombre y una mujer, bellos, muy atractivos con sus
torsos descubiertos, súper bronceados y adornados de collares en sus cuellos y
pulseras en sus brazos y tobillos, invitándonos a subir a su canoa. Tenían los
rostros pintados con singulares líneas, marcas y colores. Subimos los cinco,
con nuestro joven guía, y nos enrumbamos lago adentro, inmenso…; sentí que
estábamos ingresando a otro espacio…, descomunal…, a otro universo…, otro
cosmos…; navegaríamos a remo, tal vez media hora en medio del crepúsculo, hasta
que llegamos a la otra orilla… resplandeciente, inconmensurable, formidable,
grandiosa…, suprema… Era una aldea bellisísima…, autoluminosa…, fascinante…,
inimaginable… Eran casas de ensueño las que allí habían… hechas de troncos,
hojas, flores, conchas de río, piedras preciosas, frutas, paja…; mas, todo
estaba en incomparable silencio, sin duda alguna porque ya todos estaban
durmiendo…; y la pareja nos llevó a una cabañita de quincho y paja –aparentemente
abandonada–, simétrica, con una exquisita puerta en el centro, revestida de
flores fragantes y una chakana dibujada en su parte central superior como un
ojo avisador.
La cabañita era una sola gran habitación fresca, con
una segunda puerta más pequeña y angosta frente a la puerta de entrada,
nuestros anfitriones nos indicaron colgar nuestras hamacas con sus respectivos
mosquiteros y nos mostraron el baño que estaba allá afuera, detrás de la
cabañita, con un lavatorio y ducha curiosamente rústicos, pero a la vez muy
exóticos y agradables…, sobre todo, limpios…; luego se retiraron. Sin pensarlo
dos veces, la Maga dijo que compartiría su enorme mosquitero conmigo porque yo
no tenía mosquitero, me sentí reverendamente feliz… Yo dormiría muy cerca de ella,
dormiría a su lado, extenderíamos el mosquitero sobre nuestras dos hamacas
juntas… y yo no lo podía creer… Y como en ese momento, lo único que queríamos
era descansar y descansar…, nada más que descansar…; los cuatro nos acostamos
de inmediato en nuestras hamacas y nos quedamos profundamente dormidos, como
lirones, al menos yo…
Cuando desperté no tenía ni idea de la hora, pero aún
era de noche, había un leve resplandor en la penumbra del ambiente que me permitía
ver las siluetas de mis tres acompañantes. De pronto, la Maga se levantó y yo
hice un pequeño ruido a propósito, para que ella me viera despierta, entonces
me dijo casi susurrando: Voy al baño… Y salió de la cabaña por la
puerta de atrás… Pasó mucho rato en que ella no volvía…, me inquieté, no sabía
si alarmar a los dos compañeros que dormían a pierna suelta, o simplemente
salir a buscarla, de paso yo también iría al baño… Decidí salir a buscarla sin
temor alguno…, y como al salir no la vi por los alrededores, me dirigí al baño…
Luego, caminé en dirección al lago que estaba deslumbrante, iridiscente,
acompasado…; su fraganciosa y exquisita agua se reflejaba en la inmensidad del
cielo, la noche estaba llena de frescura, hasta los árboles brillaban, era un
hermoso lugar…, único en el mundo…, único…, y allí fue que la vi…, sí, allí la
vi… Vi a la Maga de pie, maravillosamente bella y resplandeciente entre unos
arbustos floreados…, observando el horizonte del lago iridiscente y aquellas
malezas que lo contorneaban…, como perdida en una visión fuera de este mundo…
Yo dirigí mi mirada hacia el lugar donde en ese instante ella estaba mirando,
al mismo tiempo que iba acercándome a ella; y para asombro mío, vi entre esas
malezas cómo se juntaban increíblemente dos rayos de luz, y cómo se
entremezclaban lenta y apasionadamente hasta hacerse una sola luz, un solo rayo
preponderante que se elevaba poderoso hacia arriba, hacia el cielo…,
perdiéndose en la oscuridad de la noche… La Maga al sentirme y verme me
preguntó totalmente anonadada: ¿Viste eso?…, y rápidamente volvió su mirada
hacia aquel dulce lugar de los hechos… ¡Sí!, le respondí también
totalmente fuera de mi asombro… ¿Será posible que sean las amazonas
uniéndose en una sola luz?…, y repetí fuera de mí: ¿Será
posible?… La Maga exclamó: ¡Sí, claro que es posible!…, lo
estamos viendo…; y
sentí que esa noche nos abrazaríamos de nuevo…, pero me dio un raro
estremecimiento sin saber por qué…, tal vez por la nostalgia que me estaba
embargando al pensar que tarde o temprano nos separaríamos de nuevo y que esta
vez, quizá, fuese para siempre… ¡Estás llorando!… me dijo la Maga
acercándose más a mí… No, no estoy llorando, le
dije secándome las lágrimas, ¿Cómo se te ocurre?… Entonces
la Maga me abrazó con sus poderosos brazos y… yo también la abracé…, la abracé
más, mucho más… y más… ¡Ooh! ¡Qué descanso sentí al abrazarla!… ¡Qué alivio
poder estrecharla con amor!, yo la abrazaba muy suave y fuertemente a la vez…,
con qué ganas de meterla dentro de mi cuerpo y hacerme una sola con ella…,
abierta…, libre…, pausadamente, sin ningún tipo de temor ni de prejuicio; aunque
un poco temblorosa… Somos de la misma camada…, me había dicho
ella, no hace mucho, en un sueño reparador…, y nos abrazamos como tales… Yo,
tratando de dominar en todo momento mi pasión sexual… Calma,
sentía que me decía la Maga…, calma…, y yo me calmaba, me serenaba, me
tranquilizaba… para sentirla muy junto a mí, muy dentro de mí… Ahora, con
nuestras frentes juntas, nuestras narices juntas…, nuestras manos juntas, muy
juntas al corazón…; mientras nos sonreíamos… mirándonos y cerrando los ojos
para sentirnos más y más… Y…, nos abrazamos de nuevo…, largamente…, de nuevo juntamos nuestras frentes…, nos besamos las
manos y las mejillas… repetidas veces…; y de repente, nada más que de repente…,
nos besamos en la boca… suavemente…, divinamente…, trémulas…, asexuales…,
en medio de un inconmensurable abrazo infinito… ¡Oh, diosas y dioses!…, me
sentí morir…, lo juro…, no lo podía creer… Continuamos abrazándonos cada vez
más y más, acariciando nuestras espaldas…, besándonos en las mejillas…, sintiendo
nuestros rostros…, mejilla con mejilla… Pero yo la abracé más y más, con todo
mi amor y agradecimiento y de nuevo sentí que ella no era de este mundo, pero
me correspondía…, fui sintiendo el latir de su corazón junto al mío…; luego,
sentí la energía de nuestros cuerpos entremezclándose calurosamente…, indescriptiblemente…,
místicamente… Y en la medida que nuestros brazos nos estrechaban, yo sentía
cada vez más que éramos energía pura…, luminosa…, radiante… De pronto, le vi su
rostro como si fuera de fuego…, y lo más insólito: ¡la Maga tenía una
estrellita en su frente!… ¡Quise huir!, pero ella, también llena de asombro, me
detuvo diciéndome: tu rostro también se te pierde entre la llama
ardiente, ¡tienes una estrellita en tu frente!… ¡Ooh, diosas y dioses!...
¡Nos estábamos mirando la una a la otra como en un espejo!…, aunque también
éramos distintas… Continuamos abrazándonos mucho más hasta que nuestras
increíbles energías se fueron juntando en una sola, como una ola, como un suave
remezón duradero…, como un solo río fuerte, sereno, seguro…; y nos desplegamos,
como un inmenso rayo veloz hacia el cielo, fugaz…, insólito… Nos habíamos
convertido en un hermoso rayo de luz pura viajando por la oscuridad de la
noche…, en medio de una fina lluvia…, junto a otros rayos de luz que nacían
espontáneamente de los arbustos y se elevaban hacia el firmamento…; hasta mi
mente se hizo una sola con la mente de la Maga, fue el mismísimo éxtasis, pero
de otro tipo de pasión, de otro tipo de unión…, sutil…, irreal…, fantástica…, indescriptible…,
maravillosa…, asexual…, mística…, duradera…, infinita…
Hasta que descendimos muy cerca de nuestra cabañita y
nos quedamos de pie, mirándonos la una a la otra con descomunal asombro,
embelesadas por tan inconcebible experiencia del amor puro… ¿Quién
eres tú?…, volví a preguntarle temblorosa a la Maga y ella me respondió de
nuevo, de corazón a corazón: Yo soy tú…, me dijo… Y,
¿quién soy yo?, volví a preguntarle, también con el corazón en la
mano… Tú eres yo, me respondió ella…, y acariciándome suavemente
el rostro con sus manos tibias y sus ojos claros, me dijo: ¡Ooh, esto
lo había soñado contigo!…, sentía que verdaderamente tú y yo
éramos de la misma camada…; y
sonrió con cierta malicia, ingenua, moviendo su cabeza de un lado a otro con sus
ojos brillantes y rutilantes…, las dos estábamos radiantes de felicidad… ¡Ooh,
diosas y dioses!…, yo no podía creer lo que había vivido y ahora estaba
escuchando…, era lo que yo también había estado soñado secretamente, y deseando
que sucediera y había sucedido… La Maga y yo habíamos vivido otro tipo de
pasión, otro tipo de unión, de éxtasis…; no aquel básico, de la carne, de la
penetración burda, cuya satisfacción es como rascarse la picazón que nos deja
un zancudo; sino el del abrazo amoroso, de las energías puras que se juntan y
transmutan por amor…, un éxtasis pleno…, intenso…, duradero, sin ningún tipo de
penetración física y vulgar… Yo también lo había soñado contigo, le
respondí y nos miramos profundamente con amor…, amor puro…
Ethan también se había levantado a esa hora, y al
sentirlo, fuimos hacia él tomadas de la mano… No sé cuánto tiempo dormimos
después…, mejor dicho, dormimos de largo, casi hasta el mediodía… Yo me dormí
pensando en mi amor por la Maga (tan diferente al que sentía por Mara y al que
había sentido por mis efímeros amantes), recordando el maravilloso momento que
acabábamos de vivir juntas, reflexionando en que realmente nos encontrábamos en
la misma comunidad de las amazonas, la que se había mantenido oculta a los ojos
del mundo entero… La Maga, mi Maga me había transmitido la experiencia
insólita de ser energía… En los últimos abrazos que nos dimos, ella y
yo fuimos como dos ríos de energía que se entremezclaban con sus semejanzas y
diferencias…, sin estos cuerpos hechos de materia inerte que se pierden con la
muerte… Entonces recordé aquella frase de Poullain de la Barre: la
mente no tiene sexo… y realmente no lo tiene…; pero, ¿por qué esa
terquedad?… Orlando, de la escritora británica Virginia
Woolf (1882-1941), también lo había dicho: por fin, no soy ni hombre
ni mujer, ¡soy una unidad! ¡Soy asexual!… Virginia había logrado lo que
Carl Jung estaba buscando, el sí-mismo, donde se unen el hombre y la mujer…, o
el tao, donde se unen el yin y el yang…, o la piedra filosofal, donde se unen
el sol y la luna…, dos en uno…, el ser andrógino…, el opus alquímico… Y luego, ese
uno, ese ser andrógino, nuestra alma, nuestro verdadero yo, nuestro yo
original… se une con el Andrógino Supremo o Superalma o Paramatma (en
sánscrito); y luego con la Pareja Divina, otra forma de la Divinidad Suprema
del corazón…, un increíble ciclo de uniones y separaciones divinas y eternas…
Al día siguiente, nos despertamos todos casi a
mediodía…, el calor era muy fuerte. Salimos de la cabaña y nos encontramos con
aquella aldea sobrenatural…, bellisísima…, fascinante…, mágica…, inimaginable… Los
niños correteaban encantadores y hombres y mujeres retozaban en sus hamacas
como verdaderos dueños del mundo…, parecía un cuento de hadas o de ninfas o
magas… Nos bañamos en el lago junto a otra gente que allí también lavaba su
ropa, luego degustamos las frutas que nuestros guías nos convidaron, y pasamos
casi desapercibidos el resto del día; hasta que llegó la hora del crepúsculo, en
que solo Ethan y Marcel decidieron ir a tomar el famoso ayahuasca, la Maga y yo
nos abstuvimos porque aún vibrábamos con la increíble experiencia que habíamos
tenido cerca del lago… En tanto, nos fuimos a caminar un rato por la rivera del
lago, tomándonos, de vez en cuando, de la mano, yo era quien le tomaba más de
la mano; luego, nos fuimos a dormir temprano, como todos. La Maga y yo dormimos
juntas, tan juntas como la noche anterior en que nos quedamos dormidas
acariciándonos las manos, los brazos, la espalda… A los muchachos ya no los
vimos hasta la mañana siguiente en que aparecieron muy frescos y risueños en la
cabaña, junto a nuestro guía que ahora nos llevaría de regreso. Concretados los
debidos pagos, nos alistamos y emprendimos una vez más nuestra maratónica
marcha de regreso a pie. No, no era posible quedarnos ni un día más en aquella
mágica aldea, ese había sido el trato; sin embargo, creo que, si yo les hubiera
rogado que me dejen vivir con ellos, lo habrían aceptado. Nunca supe cuál fue
la experiencia de los muchachos con el ayahuasca, pues casi todo el camino de
regreso lo hicimos en total silencio, cada uno perdido en su propio mundo; pero
sin duda alguna, los cuatros regresábamos a Manaus como si
hubiéramos vuelto a nacer, el mundo ya no sería el
mismo para nosotros… Mientras yo, seguía escuchando en mi corazón, la
inolvidable Elegía de Javier Heraud… “Yo nunca me río de la
muerte… Simplemente sucede que no tengo miedo de morir, entre pájaros y
árboles…”.
En Manaus, al despedirnos, la Maga me abrazó más
fuerte que nunca, pues esta vez, quién sabe si volveríamos a encontrarnos, ya
que ella volaría al otro lado del mundo, mientras que yo buscaría un carguero
que me llevase a mi destino… Sin embargo, yo me sentía un poco triste e
intranquila por estas circunstancias en que la Maga no me pedía que me fuera
con ella, y yo deseaba que lo hiciera… Ella me miró amorosa con sus ojos
rutilantes y yo le dije con el pensamiento: ¡Llévame! ¡Llévame
contigo!…, pero ella me contestó con su voz clara y resuelta: No
tengo nada que ofrecerte…; entonces, yo la callé con un beso suave en la
boca… Claro, yo también podía decirle: Quédate conmigo, o, ven conmigo,
pero no me atrevía, no me atrevía, tampoco tenía nada que ofrecerle; no
obstante, yo estaba segura de que la Maga sabía que si me decía: Ven
conmigo, yo me iría de inmediato con ella, olvidándome de mi misma, de
India, de mis propios sueños y de todos; por eso es que tal vez ella nunca me
dijo nada…, lo cual también me daba cierta tranquilidad y me hacía agradecerle…,
porque ambas sabíamos que el llamado del destino es primordial… Nos tomamos las
manos por última vez y de nuevo vi con gran asombro que llevaba la hermosa
estrellita en su frente…, repitiéndome en el pensamiento que ella era la niña
de mis sueños… Quise decírselo, pero ella me ganó…, llevas la hermosa
estrellita en tu frente, me dijo y la besó… y yo cerré los ojos para no
verla partir…
Con esa hermosa comprensión que la Maga me había
regalado: la comprensión insólita de ser energía, de que somos energía
pura…, yo quería abrazar a todo el mundo…, quería, a través de un fuerte
abrazo fraterno, transmitir a todo el mundo todo eso que este ser portentoso me
había transmitido… Mucho, mucho tiempo me acompañarían estas hermosas
sensaciones, vivencias, estos hermosos sentimientos…, sobre todo cuando me
encontré viajando a Santarém en un grandioso barco, cuyo dueño me llevó a
cambio de mi hamaca, es decir de la hamaca de Massoud y de su querido tocacasete;
ni modo…, tuve que sacrificarlos…
Fin de LA BÚSQUEDA DEL CAMINO

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