sábado, 4 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 4 La Búsqueda del Camino 2

 


IV. Parte 4 – Jorám

 

El paisaje urbano de Tabatinga y Leticia era similar, ambas ciudades juntas conforman una sola ciudad dividida por una gran avenida…, pero el puerto es de Tabatinga…, era un puerto más grande que el de Iquitos, había más barcos, más gente y más comercio que en Iquitos… En el puerto, me senté sobre una piedra para contemplar el gran barco que próximamente saldría hacia Manaus…, era inmenso, opulento…, de varios pisos…, con una terraza bar-restaurante en el último piso… y una capacidad para doscientos cincuenta pasajeros y no sé cuántos tonelajes de carga… Era el Monteiro Lobato… haciendo honor al autor de las espectaculares Aventuras de Naricita que me habían acompañado y cautivado de niña…; entonces me acordé de la Quinta del Benteveo Amarillo, de doña Benita, de Naricita, de Perucho, Emilia, el Vizconde de la Mazorca, de la tía Anastasia…; me sentía maravillada de reconocer que yo había deseado también, desde niña, conocer estas íntimas tierras del Brasil… ¡Oh, diosas y dioses!…, ¡no lo podía creer!… Por estos mensajes sentía que mi camino era de lo más auspicioso…, sentía que el río me protegía, que los árboles me protegían, el cielo…, hasta los barcos me protegían…


Para sorpresa mía identifiqué en el barco, a aquella pareja de extranjeros que subieron al camión en mi viaje de Tingo María a Pucallpa; al parecer, ellos estaban discutiendo con el capitán del barco, un hombre viejo, de baja estatura, subido de peso, con barba y sombrero de capitán. Cuando hubo terminado la discusión y los dos jóvenes se fueron, apareció, después de mucho rato, otro joven extranjero que también ingresó al barco y lo vi discutir con el capitán… Terminada la discusión, el joven pasó por mi lado diciéndome en perfecto español: No le des más de treinta dólares… ¡Ah!, me respondí a mí misma, estaban discutiendo el precio del pasaje… Finalmente, llegado mi turno, muy segura de mi misma fui a ofrecerle mi trueque al capitán, pero el muy poco solidario no lo aceptó, no quería aceptarlo por nada del mundo. Yo tenía que pagar mi pasaje, sí o sí, y lo menos que él podía cobrarme era treinta dólares…, porque el pasaje real costaba cincuenta dólares…, parecía que yo no tenía otra opción; y efectivamente, no tenía otra opción…, a menos que prefiriese esperar una nueva oportunidad y yo no quería esperar ni un día más… Además, yo tenía ese dinero y sopesé el precio, viajaría como una gran turista, ¡como una reina!; incluso, desde ese mismo momento, ya podía instalarme en su barco y serían otros cinco o siete días de viaje lejos del mundanal ruido…, valía la pena…; después de todo, el viaje sería un gran regalo de Massoud ya que lo pagaría con los treinta dólares que él me había regalado… Pagué de inmediato y me instalé en el barco, ubiqué mi hamaca en un lugar céntrico privilegiado, al lado de una columna donde reposaba mi querida mochila y mi sleeping… Al poco tiempo también se instalaron los tres extranjeros a quienes el capitán les había rebajado el costo del pasaje, la pareja colgó sus hamacas; luego, apareció un estadounidense de nariz alzada y solicitó un camarote…. E igualmente, tal como estuve en El Titanic y en Las Tres Fronteras, yo salía y entraba al barco como si fuera mi casa, durante esos días en que el Monteiro Lobato se preparaba para partir. Subían carga a toda hora y todo el día…

 

Poco a poco, fueron llegando más y más pasajeros, en su mayoría brasileños, quienes se instalaban con sus bellas hamacas en cuatro largas hileras y sus respectivos equipajes... Mientras se escuchaba fuerte, para sorpresa mía, el famoso y antiguo País Tropical de Sergio Méndez, trayéndome recuerdos de otros tiempos… Me llamaba la atención que los jóvenes brasileños cargasen bolsos sobre el hombro al igual que las mujeres, no había visto esto en Perú. Al cabo de un par de días el barco se llenó y partimos rumbo a Manaus, pasando por diversos pueblitos a orillas del gran río Amazonas, cada vez más ancho y nuevo… El viaje fue alucinante…, de maravillas… Así pasaron… Benjamin Constant, Fonte Boa, Tefé, Coari… y otros…, hasta Manaus. El gran río se llama Solimões hasta Manaus y luego Amazonas.

 

Era un barco muy grande, muy equipado, más limpio, más fino, más de todo… La comida era inimaginable…, era bufete, uno podía sentarse a la mesa y servirse lo que quisiese…, desde el desayuno hasta la cena, todo me encantaba… En el desayuno podía servirme dos o tres tazas de café con leche acompañadas de suculentas galletitas de soda o de vainilla con mantequilla…; mi estómago parecía sin fondo luego de tanta austeridad por nuestra selva peruana, pero sin rebasar mis límites… El almuerzo era otro tanto, en la mesa había tallarines, arroz, farinha, frejol, pescado frito o guisado que pescaban del mismo río…, ensalada, fruta…; tenían un buen personal de servicio…, no se notaba ningún tipo de pobreza en este navío, sino, todo lo contrario.

 

Todo era nuevo para mí…, mi vista viajaba de un lado a otro, del barco al río, del río al paisaje, del paisaje al interior del barco y sus variadas instalaciones y pasajeros. El joven extranjero que me habló en perfecto español estaba arreglando su maletín y su sleeping, no llevaba mochila ni hamaca. Era bastante alto, un poco grueso, buenmozo, vestía un buzo de algodón color verde pasto, pegado al cuerpo, y un chaleco negro de cuerina sintética que le cubría el torso, los colores de la Maga, pensé; también hablaba inglés y portugués… Yo no estaba dispuesta a hacer amistad con nadie, ya bastante tiempo había dedicado a mi querido Massoud, pero al ver que este joven tenía un singular tatuaje en uno de sus brazos, no me amilané en acercarme y preguntarle dónde se lo habían hecho…; eran tres largas olas del mar, el sol radiante y unas aves volando por el espacio infinito, era como mis dibujos…, eran lo mismo. El joven me contestó que se lo habían hecho en Canoa Quebrada, una playa cerca de Fortaleza, capital del estado de Ceará del Brasil, el nombre se me quedó grabado en el corazón… El joven se llamaba Jorám, era alemán, tenía veinticuatro años y era un vagabundo del mundo, vivía de su arte de faquir que exponía en cada pueblo que llegaba. Esto hizo en nuestra primera parada, en Benjamin Constant, donde el navío siguió cargando, vi cómo él colocó en la plaza del puerto, una mecha encendida en el centro de un círculo demarcado por otras mechas prendidas a su alrededor, mientras la gente se reunía alrededor de los mechones de fuego. Luego se presentó como un faquir, botó fuego por la boca (escupiendo querosene) y se acostó boca arriba, sobre una alfombra de vidrios rotos, para recibir un buen peso pesado sobre su pecho; saliendo airoso de estas pruebas, sin el más leve rasguño… Al terminar su función, Jorám recogió en un gorro negro las donaciones que le dieron los curiosos presentes, y todo lo recibido se lo entregó al capitán, quien se había comprometido a esperar cada colecta que haría en los pueblos donde nos detendríamos. Jorám conversaba con todo el mundo, en inglés con el estadounidense que era escritor y de poco hablar, y con la bella pareja de extranjeros que eran suizos y novios; ella también tenía un tatuaje al nivel de un tobillo, similar al de Jorám, solo que el sol era más grande y el mar era una sola ola grande con dos aves volando; después me enteré que también se lo había hecho en Canoa Quebrada… Jorám hablaba en español conmigo y en portugués con los brasileños que se le acercaban. La gente viajaba en una algarabía muy locuaz…; realmente, con quien más congenié fue con Jorám, tal vez porque fue el único con quien yo podía expresarme, pues yo no hablaba inglés ni portugués…; poco a poco fui poniéndole más interés al portugués ayudándome con el diccionario de Massoud.

 

El inolvidable río Amazonas era inmenso…, inmensamente bello…, podían verse diversas embarcaciones moviéndose sobre sus oscuras aguas, brillantes…, llenas de regocijo y luminosidad…, llenas de vida… A veces se acercaban algunos aldeanos en sus canoas para vender sus productos especiales, traían camarones, pescado, asaí, plátanos, cocos…; y la gente les compraba, también les regalaba ropa y dinero… Yo seguía dibujando en forma sencilla algunos paisajes sonoros…, dejándome llevar por la despampanante corriente del gran río, y por la escritura automática que me revelaba secretos despertares… Sí, no había duda, si yo también quería encontrar la Verdad Absoluta, tenía que dibujarla o describirla para que se me presente o se me revele como por arte de magia…; pero, ¿cómo era la Verdad Absoluta?…, esa era mi pregunta primordial… Y en medio de mis bosquejos estelares fui recordando uno que había hecho poco antes de mi partida, cuando aún estaba con Mara en su cuarto… Saqué mi diario de notas y dibujos y vi la pequeña casa de madera, hermosa, anclada en un río…, un río…, abrazada por una avasallante vegetación que brillaba a la luz de una luna dorada que se reflejaba en sus aguas turbias… La había dibujado sin saber que viajaría por un río y que vería este tipo de casas… En la mía, su puerta y su ventana estaban abiertas, luminosas…, que invitaban a ingresar y compartir su secreto, su misterioso interior…, una fuente de luz… Era increíble que me hubiese anticipado a dibujar aquel paisaje que nunca hubiera imaginado que existiera, ahora estaba segura que esa casa existía de verdad y sentía que de un momento a otro la encontraría…; realmente, ese era el lugar que yo estaba buscando para descansar y dibujar mi Verdad Absoluta…, en tanto, escribiría una carta a Mara y allí esperaría su respuesta.


En el trayecto, Jorám también me fue contando un poco de su vida y yo le conté un poco de mis viajes…, no había duda que él también era otro hijo del mar… Jorám era antisistema, antipatriarcal, no le gustaba la forma de vivir que le tenía diseñada su familia y su patria; a los quince años dejó el colegio porque no quería estudiar más y se entregó a la droga; luego, su familia logró ingresarlo a un centro de rehabilitación de donde escapó, y apenas cumplió dieciocho años se volvió un ciudadano del mundo. Ya había venido otras veces a América Latina, le gustaba nuestra cultura, sobre todo porque todo lo encontraba barato, y cuando tenía problemas de dinero acudía a su embajada para que lo socorrieran. También me contó que desde hace un buen tiempo él venía buscando la famosa tribu de las amazonas, de la que muy pocos sabían y hablaban, apenas le habían dicho que aquella tribu estaba situada en el mismo corazón de la Amazonía; sin embargo, no estaba en ningún mapa, por lo tanto, no podía ser ubicada, más parecía una leyenda…, pero él estaba seguro que ellas existían de verdad y él quería vivir en esa comunidad…

 

Fue muy grandioso llegar a Manaus…, su vista desde el barco parecía un sueño, y mucho más ver el gran río de dos colores que no se juntan…, las aguas turbias del gran Amazonas con las aguas negras del río Negro venido de Colombia… Me encontraba cada vez más cerca del mar…, del Océano Atlántico que me llevaría a India… También fue muy bueno llegar con Jorám a Manaus, él ya conocía Manaus, así que fue de gran ayuda su compañía, tanto para los suizos como para mí…; él nos llevó a un hotel de tres estrellas en el mismo centro de Manaus…, por cinco dólares al día (justo era, el hotel Perú)…, pues el capitán no aceptó que nos quedáramos en su barco hasta la próxima salida de los barcos a Belém. No me quedó más remedio que decidir pasar una noche en ese hotel hasta que conociese mejor el puerto, la ciudad y me ubicase en mejor lugar. Era media mañana. En el hotel compartimos con los suizos un mismo cuarto con cuatro camas, y luego nos separamos por el resto del día…

 

Acompañé a Jorám a hacer su espectáculo en diferentes parques de Manaus, también me animé a pasar su gorrito entre la gente para recibir sus donaciones. Después me dijo que iría a conseguir marihuana o pasta por no sé qué menjunje de calles, y también decidí acompañarlo… Este paseo me hizo conocer los suburbios de Manaus…, la mayoría de casas estaban casi flotando sobre unos ramales del gran río, sobre variadas estructuras de madera…; había mucha tierra, mucho verde…, ganado, niños jugando en las aguas del gran río… Jorám no consiguió más que pasta, que al enterarme de sus componentes ni siquiera me animé a probarla. Pasamos esa noche en el hotel. Me acosté con Jorám, para que lo voy a negar, quise conocerlo en la intimidad ya que nunca había estado con un alemán, ¡ja!…, pero él estuvo como el común denominador, lamento decirlo, siempre queriendo llevar la batuta. No sé si los suizos se dieron cuenta, ya que ellos también estaban acostados juntos en la cama del otro extremo. Luego, como no podía pagar un día más de hotel…, decidí partir al día siguiente a Belém, así que me fui al puerto…, de nuevo sola… pero era mejor, también me era más fácil conseguir refugio como los peregrinos…

 

No le dije nada a Jorám cuando me fui, solo me fui…, él sabía que yo también era efímera para él, como él lo era para mí… ¡Adiós a todos los amantes efímeros!, me dije… y me quedé solo con Mara, con la Maga, con mi madre, mis herman@s y sobrin@s… ¡Con mi madre!… Madre… ¡qué significado tan grande tiene!… Yo soy una parte de ti, de tu sangre, de tus entrañas…, hasta mi mente está hecha de tu mente, también de mi padre, es cierto…; pero tú nos pares a todos, a hombres y mujeres, ¿a quién se le ocurrió decir que la mujer es una parte del hombre, su costilla? ¿No es acaso al revés?…, el hombre es una gemación de la mujer, es una parte de ella, es carne de su carne… ¡Qué increíble!… ¿Verdad?... Todos, hombres y mujeres, provenimos de la madre, ella es la que nos pare a todos, somos carne de su carne, ella es la que nos saca como un pedazo de sí misma para traernos a la vida con el afán de ser feliz y hacernos felices, por esto ella es una santa, la Santa Madre, la Divina Madre…; pero también es una Lilit, una Eva, una Medea, Mesalina, Lucrecia, Margarita, Carmen, Quintrala… ¿No es acaso ella la Diosa Suprema?, dueña y señora de hacer cuanto se le antoje, ella es de quien proviene todo… por eso muchos la consideran por encima del Dios Supremo, quien también es una gemación de la Diosa Suprema, la primera gemación, la más adorable y de la cual surgen todas las demás…

 

Un señor muy buena gente, aceptó que me instalase en su barco hasta la hora de su partida a Belém, aunque yo no viajaría aún, quería quedarme todavía en la bella Manaus para conocerla mejor. Cuando llegó el día de la partida del dichoso barco tuve que salir e instalarme en otro que aun tardaría un par de días en salir… Mi presencia no molestaba a los tripulantes de los barcos, yo me acomodaba sencillamente en un rincón limpio y resguardado, y cuando quería salir a la ciudad, dejaba encargada mi mochila en el camarote de alguno de los tripulantes que tuviese buena disposición; en realidad, todos se portaban bien conmigo, a veces me invitaban un vasito de café o un par de galletitas, agua, fruta o un almuerzo sencillo, hasta cigarros…, yo me sentía protegida en todo momento…

 

 

IV. Parte 5 – Manaus

 

Las calles de Manaus eran súper pintorescas, absolutamente novedosas para mí…, había mucho comercio, incluso más que en la Parada y Gamarra (juntos) de Lima… ¡Cuánta gente!… ¡Cuántos autos, micros, buses!… ¡Y el calor!…, algunos decían que llegábamos a cuarenta, a ¡cuarenta y cinco grados!… Y ese hablar de la gente que me mareaba, me apabullada, era mi primera vez en un país de idioma diferente… Otro mundo…, un mundo nuevo para mí… De rato en rato podía vislumbrar una casa revestida completamente de azulejos…, azulejos portugueses… y la registraba en mi memoria o en un dibujo…, con sus puertas y ventanas en arco de medio punto, con sus cornisas y ligeras columnillas a los costados… Qué casas para más señoriales, de dos, hasta de tres pisos… que marcaban toda una época de bonanza… Hasta que llegué a la hermosa Plaza de Armas de Manaus…, súper agradable, limpia, ordenada, muy bien conservada… con sus árboles inmensos y sus grandes estatuas…, donde luce elegante su gran Teatro Amazonas como si fuera una gran catedral, protagonista de hechos históricos sin igual…; algunos decían que allí había cantado el famoso Enrico Caruso durante el apogeo de la época del caucho…

 

Esta vez, para mi gran sorpresa de sorpresas, confirmando que el mundo es completamente chico, me encontré de nuevo con mi querida Maga en este recinto del arte, el Teatro Amazonas; estaba acompañada de dos bellos jóvenes, reconocí a uno de ellos… Apenas ella me vio, vino a mi encuentro… Pero, ¿qué haces por aquí?, me preguntó también muy consternada pero muy contenta de volver a verme, lo sentía… ¡No lo sé!…, le dije y nos abrazamos fuertemente…, yo, un poco perdida, la abracé más, como refugiándome en su corazón, aunque de forma imperceptible, casi desapercibida… Luego, ella me presentó a sus dos amigos que la estaban acompañando: Ethan, compañero de facultad; y Marcel, biólogo… ¿Dónde estás hospedada?, me preguntó la Maga como si no hubiera tiempo que perder… En el puerto, le contesté. ¡En el puerto!, exclamó ella, pero si nosotros también estamos allí. Queremos viajar al interior de la selva por un par de días, luego regresaremos aquí a Manaus, ¿quieres venir con nosotros?… ¡Oh, diosas y dioses!…, yo me encontraba ante una oportunidad inimaginable que no podía dejar pasar…, no solo porque estaría con la Maga, que era lo que más quería en este mundo y en ese momento; si no también porque nuevamente estaba escuchando el llamado del interior de la selva, de mi selva querida antes de llegar al mar… Por supuesto que yo me uniría a ese grupo de intrépidos viajeros aventureros, sea como sea, ¡total!, no me distraería de mi camino puesto que regresaríamos a Manaus; luego, la Maga volaría a Río de Janeiro y de allí a París, y yo continuaría con mi gran viaje a Belém do Pará… para embarcarme en un carguero hacia la exótica y mística India.




–¿Has escuchado del yagé? –me preguntó la Maga camino al puerto.

–No –le contesté expectante–, nunca he escuchado del yagé.

–También le dicen ayahuasca –dijo la Maga–, es una bebida alucinógena propia de esta región, de la Amazonía.

–¡Ah! Sí, sí he escuchado del ayahuasca –le contesté reconociendo este nombre.

–Y, ¿la has probado? –me preguntó a boca de jarro.

–No –le contesté y sonreí porque ella me preguntaba estas cosas con gran naturalidad, cosas que solo comentábamos con los Toños.

–¿Te gustaría probarla? –me lanzó la pregunta precisa como haciéndome un jaque mate.

–No lo sé, tal vez sí –y sonreí ampliamente…, me reí…

–Marcel dice que los compuestos de la corteza de esa planta son realmente alucinógenos. A mí me gustaría probarla –quedé en ¡PLOP!

–¿Quieren ir al interior de la selva para probar el ayahuasca? –le pregunté ampliando mi sentido de comprensión.

–No, en realidad no, no es nuestro objetivo primordial. Más bien queremos llegar a la tribu de las amazonas…

–¡Ooh! –exhalé un suspiro sobrecogedor, la misma tribu que Jorám está buscando, pensé…, no había duda…, un ¡PLOP! más para mí…

–¿Sabes algo de las amazonas? –me preguntó la Maga como adivinando que yo sabía algo de ellas, por la expresión patética de mi rostro.

–No mucho, solo le oí mencionarlas a un muchacho alemán que conocí en el barco que nos trajo de Tabatinga a Manaus –le respondí–. Él estaba buscando esa tribu de las amazonas, dijo que quería quedarse a vivir en esa comunidad.

–Pues allá vamos –dijo la Maga ante mi gran asombro siempre in crescendo

–Pero, Jorám dijo que casi es imposible llegar a ellas, no se las puede ubicar…

–Quien sabe, otros dicen que ellas son como las ninfas, solo se dejan ver por quien ellas quieren ser vistas –y yo quedé maravillada por este surrealismo de la vida…, quién sabe si yo también las vería… como vi a las hermosas ninfas del río Huallaga…

 

La Maga y sus dos compañeros estaban instalados en el gran navío Pachamama que los había traído de Tabatinga, sus otros dos compañeros se habían quedado en Perú. Ahora, ellos estaban esperando una pequeña embarcación que los llevaría al corazón de la Amazonía, donde vivían las tribus más antiguas y desconocidas de la región, entre ellas la de las amazonas que era la más buscada y secreta de todas porque no estaba ubicada en ningún mapa; verdaderamente, más parecía una leyenda, así que era casi imposible llegar allí… Llegando al puerto fui por mis cosas para instalarme con la Maga y sus compañeros en su barco, en espera de la pequeña embarcación que estaba a punto de llegar, y que solo nos llevaría hasta el último puerto de esa región, de allí tendríamos que emprender el camino a pie…, más o menos ese era el panorama… Apenas llegó El Divino Niño (nombre de la pequeña embarcación) de madrugada, nos instalamos en ella de inmediato y empezaron a llegar los pasajeros…, fuimos veinte, seis lugareños, el resto, extranjeros. En realidad, decían que nadie se aventuraba por esos mundos, solo nosotros… los viajeros, turistas, estudiosos, buscadores de riquezas, curiosos…; sin embargo, la mayoría iba más que nada a tomar el famoso yagé en alguna de esas tribus. La Maga pagó mi pasaje, dijo que por ahora yo era más pobre que ella…, y yo, que estaba a dispuesta a dar todo lo que tenía con tal de hacer tal extática travesía…

 

Salimos al amanecer de ese día sábado, rumbo hacia el corazón de la Amazonía del norte… Estábamos frescos, risueños, relajados…, los cuatro nos habíamos bañado. Aún podían verse luminosas estrellas en el cielo oscuro, no estaba la luna… pero su resplandor anunciaba pronto la salida del sol radiante… Fue un amanecer espectacular, el sol estaba rojo de fuego, el cielo iba tornándose cada vez más azul y límpido y el verde de la vegetación exhalaba su perfume de hierba húmeda…; se escuchaban los graznidos de las garzas y pájaros salvajes, el roar de las ranas saltarinas, los rugidos de algún felino que acechaba expectante su deliciosa pieza…; y el viento…, el viento danzaba con los maravillosos sonidos de la naturaleza… Después de un par de horas de viaje, río arriba, nos enrumbamos por un pequeño ramal que desembocaba en el Gran Amazonas o Solimões; así que el viaje sería ahora un poco lento, contra la corriente…, de cuando en cuando tomábamos otros ramales cada vez más estrechos y sinuosos, como perdiéndonos en un colosal laberinto. El viaje hacia esta zona profunda de la selva fue de lo más inesperado…, todo, todo se convirtió en un maravilloso viaje hacia otras dimensiones del interior del ser y su esplendoroso centro; y del exterior del ser y su inconmensurable entorno…, el centro y su entorno…, mi entorno y yo… Todos haciéndonos uno con el universo…

 

Durante el trayecto, se nos acercó un hombre mayor y nos dijo en perfecto español, con mucha nostalgia, que él había buscado a las amazonas por mucho tiempo pero no las había encontrado, pero si ustedes, dijo, tampoco las encuentran, por lo menos no dejen de tomar el ayahuasca que es de lo mejor que hay en esta región…, quise codearla a la Maga pero ella me ganó…, sonreímos… Ethan y Marcel hablaban muy poco español, así que yo hablaba muy poco con ellos; más bien, a veces, la Maga nos ayudaba traduciendo lo necesario porque ella hablaba muy bien el español, dijo que esa era la mejor herencia que le habían dejado sus padres. Luego, en el intertanto, aquel hombre mayor nos fue explicando también que la tribu de las amazonas era muy misteriosa, que los nativos decían muchas cosas sobre ellas; por ejemplo, que ellas vivían separadas de los hombres, ellas en una orilla del gran Amazonas y sus hombres en la otra orilla…, que ellas eran mayoría…, solamente se juntaban con los hombres en un puente que era como un gran palacio, para procrear, y solo en ciertas épocas del año; luego, cada uno volvía a su propia orilla. Después, los recién nacidos eran amamantados por sus madres hasta los tres meses, al cabo de los cuales, las niñas se quedaban con ellas, en tanto que los niños eran trasladados a la orilla de los hombres…, pero los niños y niñas eran hijos de todos y todas, en sus respectivas orillas…, y eran los hombres quienes solían venir a la orilla de las amazonas para visitar a las mujeres que amaban… Que así vivían y habían vivido felices durante miles de años, esta forma de sociedad se había desarrollado de manera muy pacífica… Otros nativos decían también que las amazonas eran bisexuales, que amaban a hombres y mujeres indistintamente; que la manifestación plena de ese amor era el abrazo inconmensurable, y que el momento más culminante de ese abrazo, de ese amor, era su propia transmutación individual en energía pura o rayos de luz, para luego juntarse l@s dos en un solo rayo fuerte, poderoso, luminoso…, como un gran río… elevándose fugaz hacia el cielo… ¡Bisexuales! ¡Qué increíble!…, me dije para mis adentros… Sin embargo, no lo comentamos con la Maga; por el contrario, nos quedamos mascullando en solitario nuestras propias reflexiones… Algo así yo había imaginado en mis sueños y pensamientos, pues ya no deseaba más esa unión carnal, básica, que nada más sirve para tener hijos…; ansiaba otro tipo de unión, de pasión, de amor, otro tipo de manifestación…, y sí existía, las amazonas poseían el secreto; tal vez, a mí también me gustase vivir con ellas, en su comunidad… También decían los nativos que a veces podía verse en el corazón de la Amazonía, un sinfín de luces naciendo entre las malezas y los árboles para elevarse por el cielo como luceros de la mañana…, y que muchos viajeros buscaban esos luceros para pedirles que les cumplan sus tres más caros deseos… ¡Ooh!, como los luceros de la mañana de Santiago de Chuco, pensé…, yo los veré y les confirmaré mis tres más caros deseos… Finalmente, cuando al cabo de siete horas llegamos al último puerto de aquella vasta región, aquel hombre mayor se nos reveló, al despedirnos, como el capitán y dueño del Divino Niño; diciendo además que era de Leticia, o sea, colombiano, ¡ja!, con razón hablaba tan bien el español

 

Descendimos todos, el puerto era pequeño, habíamos llegado a una pequeña comarca de dos hileras sinuosas de casas de quincho y paja, con gente desplazándose relajadamente… ¿Es ésta la tribu de las amazonas? Le preguntó un adolescente a su padre que viajaba con él… No, le contestó él, no lo creo… Una extranjera intervino diciendo: En realidad, todos venimos aquí para tomar el ayahuasca con el cuento de las amazonas…, y nos desplegó a todos su risita encantadora… En el puerto nos esperaban un par de guías para conducirnos a sus respectivas tribus, pero ninguna era de las amazonas. No obstante, teníamos que ir con uno de ellos o quedarnos. Nos fue muy difícil decidirnos porque queríamos ir a las dos tribus al mismo tiempo. Finalmente, nos decidimos por el guía más joven y risueño, otros se decidieron por el mayor y más alto, y otros se quedaron en el puerto. Nuestro joven guía se mostraba muy contento con nosotros, como si él mismo nos hubiera elegido…, solo nosotros iríamos con él.

 

Emprendimos la marcha… a pie…, sería una caminata de veinticinco kilómetros más o menos en un lapso seis o siete horas…, eso dijeron… ¡Ooh!, tan emocionada estaba en ese momento que ni siquiera me acordé cuando caminamos con Mara, desde Chivay hasta La Cruz del Cóndor, el mirador del Cañón del Colca, y de este mirador sacro hasta Cabanaconde… No sé cuántos kilómetros fueron, pero fueron muchos, muchos…, caminamos… Caminamos y caminamos firmes con el sol en lo alto, entre la selva cada vez más espesa, todo era solo un bosque interminable de indistinta vegetación, animales de diversas especies nos miraban con recelo; pasábamos por pequeños estanques, acequias…; mis ojotas se comportaban espectaculares…, nos abríamos paso entre espesas cortinas de hojas y troncos…, entre aromas y sonidos de la naturaleza…

 

La Maga también era una gran viajera…, nos sorprendíamos de nuestro increíble parecido… Mientras mi primer viaje sola, a los trece años, yo lo había hecho en tren de Puno a Arequipa; el primer viaje de la Maga había sido a pie, a los dieciocho años, con sus amigas de promoción, de Saint-Jean-Pied-de-Port (Francia) a Santiago de Compostela (España), la ciudad donde se encontraban los restos del santo patrono de mi querido Santiago de Chuco; fue un verdadero peregrinaje. Cuando la Maga me contaba, en el camino, de aquel viaje, poco podía hacerme la idea de lo que verdaderamente había sido…; sin embargo, yo la escuchaba fascinada…, luchando por no recordar a Mara que en ese momento me avasallaba…, cuando llegó a Arequipa y nos pusimos en camino a su famoso Valle del Colca. Ese rally fue nuestra primera gran prueba para viajar juntas haciendo autostop, nos fue bien, fue una inolvidable aventura. Primero, nos fuimos en un bus a la salida de la carretera que va a Chivay; luego, nos llevó un camión, luego un bus, una camioneta…; yo hacía autostop como si tuviese la costumbre de hacerlo y fuera una experta, para darle seguridad a Mara… Así pasamos Patahuasi, Vizcachani, Patapampa…; contemplando impresionadas el otro lado del Misti y del Chachani… Cuando llegamos a Chivay nos hospedó muy generosamente, por dos noches, una sencilla profesora de primaria, lo que nos dio la oportunidad de visitar la Calera, Callalli y Sibayo. Después, nos despedimos muy agradecidas de la profesora y nos dirigimos a pie (porque no pasaba ningún vehículo) al mirador de La Cruz del Cóndor. Caminamos muchos kilómetros, pasamos por Yanque, Achoma, Maca, Pinchollo y por fin llegamos al tan mentado mirador, desde donde pudimos ver el famoso cañón del río Colca perdiéndose en la profundidad del tiempo de mil quinientos metros, con sus cóndores volando sincronizada y armoniosamente… Finalmente, caminamos desde este famoso mirador hasta Cabanaconde, un hermoso pueblo que me trajo recuerdos de mi Santiago de Chuco… Fueron horas y horas de una larga caminata; pero, luego de esta caminata aparecieron varias movilidades que nos retornaron fácilmente a Arequipa por el lado de Majes y la carretera Panamericana. Así fue que Mara y yo cumplimos nuestro primer rally o gran círculo… En cambio, la Maga había caminado ochocientos kilómetros…, yo no podía imaginarlo… Que peregrinaje para más afortunado, pensaba yo…, y lo registraba en mi memoria para llegar a hacerlo algún día. El único peregrinaje que yo había hecho hasta ese momento había sido al Santuario de la Virgen de Chapi, en Arequipa, lo hice por tres años consecutivos cumpliendo mi voto secreto de hacerlo, si ingresaba a la facultad de arquitectura en la UNSA, y así fue. La primera vez fuimos a pie con mis hermanas y las hijas de mi tío Carlos, mis primas hermanas Elena y Zaroma, quienes habían venido a postular también a la UNSA junto con Betty, prima hermana de ellas (ellas también habían ingresado a la UNSA); caminamos sesenta kilómetros durante un día y una noche, si mal no recuerdo. Al año siguiente también fuimos a pie con mis inolvidables amigos de la facultad: Brígida Borja Peña, Fermín Álvarez Medina, Juan Aguilar Quimper, Rodolfo Salas Rodríguez, Hugo Coaguila Rivera, Hermenegildo López Quequezana, a quien llamábamos Einstein por su inteligencia en la física y matemáticas; y mi hermano Víctor… Fue toda una odisea, pero llegamos. Y la tercera vez, fui sola, mi mami me embarcó en el camión de uno de nuestros vecinos que viajó con su esposa e hijito.

 

Felizmente, pronto bajaría el sol de la tarde y caminaríamos más frescos… Todo parecía de película…, nos sentíamos expedicionarios de verdad… Pero por un momento sentí un inmenso temor…, ¿hacia dónde estábamos yendo realmente?…, no teníamos ninguna garantía… La Maga sonriente me golpeó la espalda suavemente con una ramita, como si hubiera sentido mis temores…, al mismo tiempo que me daba seguridad con su cálida sonrisa. Todo estaba bien…, realmente conoceríamos una tribu…, qué privilegio, qué fortuna…, no importaba que no fuera de las amazonas…; pero, a lo mejor las encontramos en el camino, pensaba yo y sonreía con esperanza… Este caminar fue muy oportuno porque nos conocimos un poco más con la Maga y sus compañeros, sobre todo en nuestros descansos; a ratos yo me sentía tentada de preguntarle a ella con cuál de sus dos compañeros se había acostado o se acostaba, si es que se había acostado o se acostaba, o es que yo era la mal pensada…, o tal vez la Maga se acostaba con los dos o con ninguno…; porque a veces, yo reconocía en ella mi propio actuar cuando me encontraba con dos de mis amantes secretos y efímeros, al mismo tiempo…, los trataba de muy amigos, pero con distancia, como si nunca hubiéramos tenido algo entre nosotros…

¡Oh, diosas y dioses!…



IV. Parte 6 – Las amazonas

 

Después de casi diez horas de férreo caminar, no fueron seis ni siete horas, nos detuvimos de pronto frente a un paisaje irreal, por demás sobrenatural, habíamos llegado a un pequeño lago de ensueño…; era como haber llegado a otro mundo, a otra dimensión… Nuestro entorno era por demás alucinante, su brillo era diferente, etéreo, sobrecogedor…; había cientos y cientos de lotos y victorias regias de todos los tamaños, colores, tonalidades y texturas; miles y miles de mariposas de colores infinitos, como el arco iris, portador de la tan ansiada unidad; y hermosos delfines rosados que chapuceaban por la superficie del lago, haciendo arcos y otras proezas… con otros peces… Los aromas y sonidos de la naturaleza eran más cada vez más y más cautivadores…, el roce de los árboles, el graznido de las aves, el murmullo del lago… y tantos otros sonidos oriundos de la vegetación y sus animales…

 

No reparé en que momento aparecieron en una hermosa canoa, dos nativos, un hombre y una mujer, bellos, muy atractivos con sus torsos descubiertos, súper bronceados y adornados de collares en sus cuellos y pulseras en sus brazos y tobillos, invitándonos a subir a su canoa. Tenían los rostros pintados con singulares líneas, marcas y colores. Subimos los cinco, con nuestro joven guía, y nos enrumbamos lago adentro, inmenso…; sentí que estábamos ingresando a otro espacio…, descomunal…, a otro universo…, otro cosmos…; navegaríamos a remo, tal vez media hora en medio del crepúsculo, hasta que llegamos a la otra orilla… resplandeciente, inconmensurable, formidable, grandiosa…, suprema… Era una aldea bellisísima…, autoluminosa…, fascinante…, inimaginable… Eran casas de ensueño las que allí habían… hechas de troncos, hojas, flores, conchas de río, piedras preciosas, frutas, paja…; mas, todo estaba en incomparable silencio, sin duda alguna porque ya todos estaban durmiendo…; y la pareja nos llevó a una cabañita de quincho y paja –aparentemente abandonada–, simétrica, con una exquisita puerta en el centro, revestida de flores fragantes y una chakana dibujada en su parte central superior como un ojo avisador.

 

La cabañita era una sola gran habitación fresca, con una segunda puerta más pequeña y angosta frente a la puerta de entrada, nuestros anfitriones nos indicaron colgar nuestras hamacas con sus respectivos mosquiteros y nos mostraron el baño que estaba allá afuera, detrás de la cabañita, con un lavatorio y ducha curiosamente rústicos, pero a la vez muy exóticos y agradables…, sobre todo, limpios…; luego se retiraron. Sin pensarlo dos veces, la Maga dijo que compartiría su enorme mosquitero conmigo porque yo no tenía mosquitero, me sentí reverendamente feliz… Yo dormiría muy cerca de ella, dormiría a su lado, extenderíamos el mosquitero sobre nuestras dos hamacas juntas… y yo no lo podía creer… Y como en ese momento, lo único que queríamos era descansar y descansar…, nada más que descansar…; los cuatro nos acostamos de inmediato en nuestras hamacas y nos quedamos profundamente dormidos, como lirones, al menos yo…

 

Cuando desperté no tenía ni idea de la hora, pero aún era de noche, había un leve resplandor en la penumbra del ambiente que me permitía ver las siluetas de mis tres acompañantes. De pronto, la Maga se levantó y yo hice un pequeño ruido a propósito, para que ella me viera despierta, entonces me dijo casi susurrando: Voy al baño… Y salió de la cabaña por la puerta de atrás… Pasó mucho rato en que ella no volvía…, me inquieté, no sabía si alarmar a los dos compañeros que dormían a pierna suelta, o simplemente salir a buscarla, de paso yo también iría al baño… Decidí salir a buscarla sin temor alguno…, y como al salir no la vi por los alrededores, me dirigí al baño… Luego, caminé en dirección al lago que estaba deslumbrante, iridiscente, acompasado…; su fraganciosa y exquisita agua se reflejaba en la inmensidad del cielo, la noche estaba llena de frescura, hasta los árboles brillaban, era un hermoso lugar…, único en el mundo…, único…, y allí fue que la vi…, sí, allí la vi… Vi a la Maga de pie, maravillosamente bella y resplandeciente entre unos arbustos floreados…, observando el horizonte del lago iridiscente y aquellas malezas que lo contorneaban…, como perdida en una visión fuera de este mundo… Yo dirigí mi mirada hacia el lugar donde en ese instante ella estaba mirando, al mismo tiempo que iba acercándome a ella; y para asombro mío, vi entre esas malezas cómo se juntaban increíblemente dos rayos de luz, y cómo se entremezclaban lenta y apasionadamente hasta hacerse una sola luz, un solo rayo preponderante que se elevaba poderoso hacia arriba, hacia el cielo…, perdiéndose en la oscuridad de la noche… La Maga al sentirme y verme me preguntó totalmente anonadada: ¿Viste eso?…, y rápidamente volvió su mirada hacia aquel dulce lugar de los hechos… ¡Sí!, le respondí también totalmente fuera de mi asombro… ¿Será posible que sean las amazonas uniéndose en una sola luz?…, y repetí fuera de mí: ¿Será posible?… La Maga exclamó: ¡Sí, claro que es posible!…, lo estamos viendo…; y sentí que esa noche nos abrazaríamos de nuevo…, pero me dio un raro estremecimiento sin saber por qué…, tal vez por la nostalgia que me estaba embargando al pensar que tarde o temprano nos separaríamos de nuevo y que esta vez, quizá, fuese para siempre… ¡Estás llorando!… me dijo la Maga acercándose más a mí… No, no estoy llorando, le dije secándome las lágrimas, ¿Cómo se te ocurre?… Entonces la Maga me abrazó con sus poderosos brazos y… yo también la abracé…, la abracé más, mucho más… y más… ¡Ooh! ¡Qué descanso sentí al abrazarla!… ¡Qué alivio poder estrecharla con amor!, yo la abrazaba muy suave y fuertemente a la vez…, con qué ganas de meterla dentro de mi cuerpo y hacerme una sola con ella…, abierta…, libre…, pausadamente, sin ningún tipo de temor ni de prejuicio; aunque un poco temblorosa… Somos de la misma camada…, me había dicho ella, no hace mucho, en un sueño reparador…, y nos abrazamos como tales… Yo, tratando de dominar en todo momento mi pasión sexual… Calma, sentía que me decía la Maga…, calma…, y yo me calmaba, me serenaba, me tranquilizaba… para sentirla muy junto a mí, muy dentro de mí… Ahora, con nuestras frentes juntas, nuestras narices juntas…, nuestras manos juntas, muy juntas al corazón…; mientras nos sonreíamos… mirándonos y cerrando los ojos para sentirnos más y más… Y…, nos abrazamos de nuevo…, largamente…, de nuevo juntamos nuestras frentes…, nos besamos las manos y las mejillas… repetidas veces…; y de repente, nada más que de repente…, nos besamos en la boca… suavemente…, divinamente…, trémulas…, asexuales…, en medio de un inconmensurable abrazo infinito… ¡Oh, diosas y dioses!…, me sentí morir…, lo juro…, no lo podía creer… Continuamos abrazándonos cada vez más y más, acariciando nuestras espaldas…, besándonos en las mejillas…, sintiendo nuestros rostros…, mejilla con mejilla… Pero yo la abracé más y más, con todo mi amor y agradecimiento y de nuevo sentí que ella no era de este mundo, pero me correspondía…, fui sintiendo el latir de su corazón junto al mío…; luego, sentí la energía de nuestros cuerpos entremezclándose calurosamente…, indescriptiblemente…, místicamente… Y en la medida que nuestros brazos nos estrechaban, yo sentía cada vez más que éramos energía pura…, luminosa…, radiante… De pronto, le vi su rostro como si fuera de fuego…, y lo más insólito: ¡la Maga tenía una estrellita en su frente!… ¡Quise huir!, pero ella, también llena de asombro, me detuvo diciéndome: tu rostro también se te pierde entre la llama ardiente, ¡tienes una estrellita en tu frente!… ¡Ooh, diosas y dioses!... ¡Nos estábamos mirando la una a la otra como en un espejo!…, aunque también éramos distintas… Continuamos abrazándonos mucho más hasta que nuestras increíbles energías se fueron juntando en una sola, como una ola, como un suave remezón duradero…, como un solo río fuerte, sereno, seguro…; y nos desplegamos, como un inmenso rayo veloz hacia el cielo, fugaz…, insólito… Nos habíamos convertido en un hermoso rayo de luz pura viajando por la oscuridad de la noche…, en medio de una fina lluvia…, junto a otros rayos de luz que nacían espontáneamente de los arbustos y se elevaban hacia el firmamento…; hasta mi mente se hizo una sola con la mente de la Maga, fue el mismísimo éxtasis, pero de otro tipo de pasión, de otro tipo de unión…, sutil…, irreal…, fantástica…, indescriptible…, maravillosa…, asexual…, mística…, duradera…, infinita…

 

Hasta que descendimos muy cerca de nuestra cabañita y nos quedamos de pie, mirándonos la una a la otra con descomunal asombro, embelesadas por tan inconcebible experiencia del amor puro… ¿Quién eres tú?…, volví a preguntarle temblorosa a la Maga y ella me respondió de nuevo, de corazón a corazón: Yo soy tú…, me dijo… Y, ¿quién soy yo?, volví a preguntarle, también con el corazón en la mano… Tú eres yo, me respondió ella…, y acariciándome suavemente el rostro con sus manos tibias y sus ojos claros, me dijo: ¡Ooh, esto lo había soñado contigo!…, sentía que verdaderamente tú y yo éramos de la misma camada…; y sonrió con cierta malicia, ingenua, moviendo su cabeza de un lado a otro con sus ojos brillantes y rutilantes…, las dos estábamos radiantes de felicidad… ¡Ooh, diosas y dioses!…, yo no podía creer lo que había vivido y ahora estaba escuchando…, era lo que yo también había estado soñado secretamente, y deseando que sucediera y había sucedido… La Maga y yo habíamos vivido otro tipo de pasión, otro tipo de unión, de éxtasis…; no aquel básico, de la carne, de la penetración burda, cuya satisfacción es como rascarse la picazón que nos deja un zancudo; sino el del abrazo amoroso, de las energías puras que se juntan y transmutan por amor…, un éxtasis pleno…, intenso…, duradero, sin ningún tipo de penetración física y vulgar… Yo también lo había soñado contigo, le respondí y nos miramos profundamente con amor…, amor puro…

 

Ethan también se había levantado a esa hora, y al sentirlo, fuimos hacia él tomadas de la mano… No sé cuánto tiempo dormimos después…, mejor dicho, dormimos de largo, casi hasta el mediodía… Yo me dormí pensando en mi amor por la Maga (tan diferente al que sentía por Mara y al que había sentido por mis efímeros amantes), recordando el maravilloso momento que acabábamos de vivir juntas, reflexionando en que realmente nos encontrábamos en la misma comunidad de las amazonas, la que se había mantenido oculta a los ojos del mundo entero… La Maga, mi Maga me había transmitido la experiencia insólita de ser energía… En los últimos abrazos que nos dimos, ella y yo fuimos como dos ríos de energía que se entremezclaban con sus semejanzas y diferencias…, sin estos cuerpos hechos de materia inerte que se pierden con la muerte… Entonces recordé aquella frase de Poullain de la Barre: la mente no tiene sexo… y realmente no lo tiene…; pero, ¿por qué esa terquedad?… Orlando, de la escritora británica Virginia Woolf (1882-1941), también lo había dicho: por fin, no soy ni hombre ni mujer, ¡soy una unidad! ¡Soy asexual!… Virginia había logrado lo que Carl Jung estaba buscando, el sí-mismo, donde se unen el hombre y la mujer…, o el tao, donde se unen el yin y el yang…, o la piedra filosofal, donde se unen el sol y la luna…, dos en uno…, el ser andrógino…, el opus alquímico… Y luego, ese uno, ese ser andrógino, nuestra alma, nuestro verdadero yo, nuestro yo original… se une con el Andrógino Supremo o Superalma o Paramatma (en sánscrito); y luego con la Pareja Divina, otra forma de la Divinidad Suprema del corazón…, un increíble ciclo de uniones y separaciones divinas y eternas…

 

Al día siguiente, nos despertamos todos casi a mediodía…, el calor era muy fuerte. Salimos de la cabaña y nos encontramos con aquella aldea sobrenatural…, bellisísima…, fascinante…, mágica…, inimaginable… Los niños correteaban encantadores y hombres y mujeres retozaban en sus hamacas como verdaderos dueños del mundo…, parecía un cuento de hadas o de ninfas o magas… Nos bañamos en el lago junto a otra gente que allí también lavaba su ropa, luego degustamos las frutas que nuestros guías nos convidaron, y pasamos casi desapercibidos el resto del día; hasta que llegó la hora del crepúsculo, en que solo Ethan y Marcel decidieron ir a tomar el famoso ayahuasca, la Maga y yo nos abstuvimos porque aún vibrábamos con la increíble experiencia que habíamos tenido cerca del lago… En tanto, nos fuimos a caminar un rato por la rivera del lago, tomándonos, de vez en cuando, de la mano, yo era quien le tomaba más de la mano; luego, nos fuimos a dormir temprano, como todos. La Maga y yo dormimos juntas, tan juntas como la noche anterior en que nos quedamos dormidas acariciándonos las manos, los brazos, la espalda… A los muchachos ya no los vimos hasta la mañana siguiente en que aparecieron muy frescos y risueños en la cabaña, junto a nuestro guía que ahora nos llevaría de regreso. Concretados los debidos pagos, nos alistamos y emprendimos una vez más nuestra maratónica marcha de regreso a pie. No, no era posible quedarnos ni un día más en aquella mágica aldea, ese había sido el trato; sin embargo, creo que, si yo les hubiera rogado que me dejen vivir con ellos, lo habrían aceptado. Nunca supe cuál fue la experiencia de los muchachos con el ayahuasca, pues casi todo el camino de regreso lo hicimos en total silencio, cada uno perdido en su propio mundo; pero sin duda alguna, los cuatros regresábamos a Manaus como si

hubiéramos vuelto a nacer, el mundo ya no sería el mismo para nosotros… Mientras yo, seguía escuchando en mi corazón, la inolvidable Elegía de Javier Heraud… Yo nunca me río de la muerte… Simplemente sucede que no tengo miedo de morir, entre pájaros y árboles…”.

 

En Manaus, al despedirnos, la Maga me abrazó más fuerte que nunca, pues esta vez, quién sabe si volveríamos a encontrarnos, ya que ella volaría al otro lado del mundo, mientras que yo buscaría un carguero que me llevase a mi destino… Sin embargo, yo me sentía un poco triste e intranquila por estas circunstancias en que la Maga no me pedía que me fuera con ella, y yo deseaba que lo hiciera… Ella me miró amorosa con sus ojos rutilantes y yo le dije con el pensamiento: ¡Llévame! ¡Llévame contigo!…, pero ella me contestó con su voz clara y resuelta: No tengo nada que ofrecerte…; entonces, yo la callé con un beso suave en la boca… Claro, yo también podía decirle: Quédate conmigo, o, ven conmigo, pero no me atrevía, no me atrevía, tampoco tenía nada que ofrecerle; no obstante, yo estaba segura de que la Maga sabía que si me decía: Ven conmigo, yo me iría de inmediato con ella, olvidándome de mi misma, de India, de mis propios sueños y de todos; por eso es que tal vez ella nunca me dijo nada…, lo cual también me daba cierta tranquilidad y me hacía agradecerle…, porque ambas sabíamos que el llamado del destino es primordial… Nos tomamos las manos por última vez y de nuevo vi con gran asombro que llevaba la hermosa estrellita en su frente…, repitiéndome en el pensamiento que ella era la niña de mis sueños… Quise decírselo, pero ella me ganó…, llevas la hermosa estrellita en tu frente, me dijo y la besó… y yo cerré los ojos para no verla partir…

 

Con esa hermosa comprensión que la Maga me había regalado: la comprensión insólita de ser energía, de que somos energía pura…, yo quería abrazar a todo el mundo…, quería, a través de un fuerte abrazo fraterno, transmitir a todo el mundo todo eso que este ser portentoso me había transmitido… Mucho, mucho tiempo me acompañarían estas hermosas sensaciones, vivencias, estos hermosos sentimientos…, sobre todo cuando me encontré viajando a Santarém en un grandioso barco, cuyo dueño me llevó a cambio de mi hamaca, es decir de la hamaca de Massoud y de su querido tocacasete; ni modo…, tuve que sacrificarlos…

 

 

 

Fin de LA BÚSQUEDA DEL CAMINO


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