III.
Parte 4 – Mericucha, mi hermana mayor
Nos encontrábamos un buen grupo de personas y
animales en las afueras de la ciudad, cerca de un puesto de gasolina, esperando
que una movilidad cualquiera nos llevase a Pucallpa. Era domingo, muy temprano
por la mañana. Llegó un camión de carga semivacío y a él se subieron la mayoría
de pasajeros. Me costó un poco convencerle al chofer que me llevara sin
pagarle, tuve que insistirle con mi consabido alegato de no tener dinero en
ese momento, que justamente, yo estaba yendo a Pucallpa en busca de trabajo;
de lo contrario, hubiera tenido que esperar otra buena voluntad, pues no estaba
dispuesta a pagar pasajes ni hospedaje, el dinero que tenía era solo y
exclusivamente para la comida y alguna emergencia. El viaje de Tingo María a
Pucallpa duró casi seis horas, la carretera no estaba asfaltada en ese
entonces.
Me sentía muy contenta y agradecida porque iba en un
lugar privilegiado, iba sentada sobre unas cajas de Leche Gloria que estaban en
una esquina del camión, al lado de la cabina, desde donde podía ver muy a mis
anchas el hermoso paisaje de la selva que iba pasando muy frondosamente verde y
feliz… El cielo estaba completamente azul y despejado…, las aves pasaban en
bandadas trinando y parloteando sobre la inmensidad del río Huallaga que nos
acompañó un buen trecho, hasta que salimos de Huánuco e ingresamos al
departamento de Ucayali. Íbamos escuchando un casete de valses peruanos de
varios intérpretes, que tenía puesto a todo volumen uno de los pasajeros que
viajaba con unos buenos fardos de pequeños pollos y gallinas… En ese momento
estaba cantando Carmencita Lara, Mala Sombra… La mayoría de los
pasajeros eran lugareños vestidos con ropa ligera, yo estaba con un short jean
muy corto y un polo de cuello cerrado color rojo, casi todos estábamos calzando
ojotas, excepto tres jóvenes que vestían jeans y zapatillas… Aleph intentaba
jugar con una gallina que estaba con una pata atada a una caja… Ahora se
escuchaba a Los Kipus, Rosa té…, me acordé de mi hermana Mery,
cuando nos gustaba mucho escuchar a Los Kipus…, y de paso, los pasillos de las
Hermanas Mendoza Sangurima y Julio Jaramillo… Mis hermanas tenían gustos
diferentes en cuanto a vestires y música…, pero también teníamos nuestra música
en común, como la de Paul Anka o Los Iracundos…
De pronto, se agotaron las pilas y el joven se puso a
buscar en la radio… ¡Déjalo allí!…, le pidió ansioso, uno de los jóvenes que vestía jean
y zapatillas… ¡Era Nicola Di Bari cantando El trotamundos!…, y nos quedamos escuchándolo… Yo veía
que a todos les gustaba esa música…, mi música…, y sonreía con cierto asombro,
porque sentía que era el mismo Nicola Di Bari quien estaba dedicándome esa
canción, a mí, exclusivamente, El trotamundos… ¡Era El
Tocadiscos de Pepe Jarufe!... Luego, siguió La distancia es como
el viento de Doménico Modugno…; después, No puedo dejar de
amarte de Ray Charles…; y poco a poco me fui trasladando a nuestra
querida Arequipa, a nuestra querida calle Puno…, a nuestro amado hogar con
nuestra querida madre…, a la hora del almuerzo, una de la tarde,
escuchando El Tocadiscos de Pepe Jarufe, el programa más preciado
de Radio Continental; cuando todos, los ocho hermanos estábamos sentados a la
mesa compartiendo nuestras anécdotas y experiencias del día…, mientras mis hermanas
mayores ponían un poco de orden en la mesa, sobre todo a los cuatro pequeños
que siempre eran muy traviesos…
Cerré los ojos tratando de contener mis lágrimas…
Todos éramos muy pero muy felices a pesar de nuestra
pobreza, aunque no éramos del todo pobres pues nunca nos faltó qué comer en la
mesa; mi madre en estos asuntos era una verdadera maga, hacía milagros
(malabares, decía yo), los cuales tuve que aprender para enfrentar este
inesperado mundo… De ella aprendí a no tener más de lo necesario…, a
no gastar más de lo necesario…, porque le había tocado vivir varios
traslados y sufrir varias separaciones…, de sus terruños y de sus
seres queridos…; así que esta era una enseñanza básica para sobrevivir sin
pesadas cargas en este mundo… También éramos muy felices a pesar de nuestros
desencuentros, que yo, sinceramente, los catalogaba dentro de lo normal (como
de toda familia), aunque más adelante surgió el concepto de familia
disfuncional y que nosotros podíamos catalogarnos en ese rubro…
Realmente, ¿seríamos una familia disfuncional?…, o solo éramos el producto de
una nueva generación que estaba viviendo la transición de una era a otra…, pero
de lo que sí, no había duda, era que todos éramos rescilientes..., le habíamos
hecho frente a la adversidad que nos significó el abandono de nuestro padre.
Mi madre era la más feliz a esa hora del almuerzo
sirviéndonos la deliciosa sopa de quinua con verduras, rocoto y limoncito…; o
el segundo, un exquisito plato de frejoles con ensalada o un sabroso estofado
de pollo donde cada uno tenía elegida su propia pieza especial…, en tanto
íbamos pasando nuestros platos… Todos conversábamos entre todos, era una
hermosa algarabía… A veces conversábamos solo las mayores y los chicos escuchaban,
aunque sea un minuto, pues no era fácil mantenerlos quietos por mucho tiempo…
Me gustaba mucho cuando Mery nos contaba de sus clases de danza, pues
pertenecía al ballet folclórico de la UNSA, y también nos contaba de sus clases
en la universidad o de sus prácticas en el hospital, de sus profesoras, de sus
amigas: Betty Zárate, Haydee Zegarra, Damaris, Elena, Zoila, Mangelina…, eran
un grupo grande, yo también me unía a ellas para ir a sus fiestas o salir a
bailar con los internos de medicina… También teníamos el grupo de los
militares, otro de los arquitectos, otro de los abogados y otro de mis amigos
más cercanos de la facultad… Mientras mi mami se afanaba en sus quehaceres
poniendo especial atención, sobre todo, en los cuatro varones, los más chicos,
pues nosotras ya éramos jóvenes y llevábamos una vida más independiente…; y eso
fue algo que siempre le agradecí a mi madre…, mi libertad y autonomía tan
necesarios para sobrevivir en este mundo. Yo sentía que sabía cuidarme, a veces
salía sola con mi grupo de amigos de la universidad o con otros amigos, pero
generalmente mi compañera de salidas y fiestas era Mery, a veces también
salíamos con Edith, y otras con Aída. Mi madre nos comprendía y toleraba,
aunque muchas veces no estaba de acuerdo con nuestras salidas, le causábamos
mucha ansiedad y dolor porque generalmente volvíamos a casa muy tarde, después
de la medianoche, luego de una despampanante fiesta o una discoteca…; teniendo
a veces que trepar el muro principal de la casa para pasar por el techo y bajar
a abrir la puerta cuando la encontrábamos cerrada con llave por dentro. Por eso
mi madre, no solo prefería que saliésemos juntas, sino también que hiciésemos
nuestras reuniones en nuestra pequeña salita del primer departamento, aunque escuchásemos
la música a todo volumen; en ese entonces parecía muy normal hacerlo, rara vez
se quejaron los vecinos de nuestra irresponsabilidad y falta de respeto, ¡oh,
diosas y dioses!... Más bien, con Silvana casi no llegamos a compartir…, tal
vez alguna rara vez…, pues ella marcaba una distancia y diferencia, tenía sus
propios amigos, otros…, los de la highlight… junto a sus
queridísimas amigas, las guapas hermanas Romero que vivían frente a nuestra
casa: Nena, Lola y Sonia.
La pareja de mi costado venía comentando de la Doctora
Corazón, uno de los programas favoritos de mi madre, que en ese momento
estaba transmitiendo RPP (Radio Programas del Perú), seguramente ella lo estaba
escuchando como siempre; podía verla tal cual, en Arequipa, en su oficina (como
le molestaba Enrique, por no decir en su cocina), haciendo magia
con los alimentos que nos serviría luego llenos de amor, de entrega…, porque
después tendría que ir a vender sus productos o a cobrar… Ya desde Huamachuco,
a medida que nosotros íbamos creciendo, las ocupaciones de mi madre también iban
en aumento, ya no le quedaba tiempo para su pasatiempo favorito, la lectura;
aun cuando teníamos a María Luisa, una empleada cama afuera, para ayudarla a mi
madre en sus quehaceres; o a Pedrito, un niño de siete u ocho años, que también
venía a casa por horas para jugar con Víctor y Jorge, los primeros hombrecitos
de la casa… Por lo que mi madre tuvo que optar por las radionovelas, que eran
novelas que se escuchaban en la radio, tal como hoy en día se escuchan los audiolibros,
aunque no fueran sus novelas clásicas; en ese tiempo no había
televisión... De esa manera, se acompañaba en sus quehaceres con las asombrosas
voces de Amparo Garrido, Rosario Muñoz Ledo, Arturo de Córdova, Guillermo
Portillo y otros…, que dramatizaban la vida de una manera tan real... De vez en
cuando, mis hermanas y yo participábamos de estos melodramas, aunque a mi padre
no le gustaba, pero nunca se opuso a que mi madre escuchara sus radionovelas…
Sin embargo, a nosotras nos tenía muy prohibido leer todo aquello que no fuera
clásico, como las fotonovelas de Corín Tellado, las historietas o comics y los
cuentos infantiles…, los que leíamos a escondidas, porque él decía que eran
alienantes… Y ahora menos que nunca, iba
pensando yo, mi madre podía dedicar un
poco de tiempo a su lectura, porque ella es quien mantiene la casa con su
trabajo, ya que la pensión que le envía mi padre, obligado judicialmente, no le
alcanza…; y yo sin poder ayudarla…, por mi loco empeño en seguir mi propio
camino…
Con el paso de los años, mi madre nos contó que ese
nombre le había puesto mi padre en honor a nuestra tierra americana, aunque a
mi madre le hubiera gustado, para Mery, el nombre de María, el de
la Virgen, porque Mery había nacido el primero de mayo que es el mes de la
Virgen María y el primero es día de la Virgen de Chapi de Arequipa; así que muy
bien le quedaba el nombre de Mery porque Mery es también un diminutivo de
María, y a todos nos gustaba llamarla así; aunque mi padre la llamaba Ame y
a veces también nosotros la llamábamos Ame.
Mery fue una niña muy sobresaliente en sus estudios,
la mejor de su clase en la escuela primaria No. 274 –donde estudiaba con
Silvia o Silvana, mi segunda hermana, también la mejor de su clase–; y luego en el colegio
nacional, secundario y femenino “Florencia de Mora de Sandoval”, regentado por monjas
dominicas españolas (ambos centros en Huamachuco). Pero más bien, cuando nos
trasladamos de Huamachuco a Santiago de Chuco, y ella ingresó al colegio
nacional mixto “César Vallejo” de Santiago de Chuco, para estudiar los dos
últimos años de secundaria, ya no mantuvo ese récord, hecho que mis padres lo
atribuyeron a su traslado de un colegio de mujeres a un colegio mixto; donde,
creo, empezó a sentirse atraída por los muchachos y fue aprendiendo el arte de
seducirlos y de dejarse seducir por ellos.
Hay muchos detalles que se me vienen a la memoria,
como hasta el color de su uniforme, su peinado, su mirada… Me encantaba verla
actuar, cantar y bailar en el Teatro Municipal de Huamachuco, cuando el colegio
Florencia de Mora hacía suntuosas presentaciones… Me gustaba el Hamlet
representado por ella… Ser o no ser…, y todos aplaudíamos
embelesados… También bailaba La Jota Aragonesa y El
Mallorquino con Haydeé Zevallos, Mercedes Ruiz, Betty Zúñiga y Nancy
Panduro, la de la voz poderosa. A veces Mery hacía de pastorcillo, tocando
castañuelas con los brazos levantados y cruzando los pasos en puntillas. Vestía
con zapatos de ballet amarrados con cintas hasta las rodillas, pantalón florido
coloridamente, camisa blanca de mangas gitanas, chaleco negro y turbante en la
cabeza...
A veces, también hacía de gitana o de jardinera, con
un pañuelo en la cabeza y cantaba con sus amigas a la tierra, a los pájaros, al
sol, a las vendedoras y vendedores ambulantes por las calles… ¡Picaroneeeessss,
picaroneeeessss calientitoooooossss!!! Me llaman picaronera porque vendo
picarones y no me llaman ratera cuando robo corazones…, y todos embelesados, la
amábamos… ¡Qué rico, ¡qué rico!, ¡picarones calientitoooooossss!!!
Sobre todo, yo, que también la admiraba, era mi ejemplo a seguir; así como ella
seguía el ejemplo inculcado por mis padres y sus profesores: ser una buena
estudiante y llegar a ser una excelente profesional para ganarse la
vida; aunque por mi parte, intuitivamente, yo no estaba de acuerdo con
seguir ese rígido esquema para ganarse la vida (o trabajar),
trazado por esta sociedad patriarcal capitalista sin el consentimiento de las
mujeres, como si ellos fueran la mayoría en el mundo, ¿no es para
reírse?... ¡Qué desparpajo! ¡Qué tanto empedernimiento!
Desde los once años no le faltaron galanes de la
misma edad a Mery, a quienes ella lideraba junto con Silvana y las hermanas
Torres (Lila y Gracia); y Mery era entre ellos… Entre esos
galanes, recuerdo a Carlos Franco (sobrino de la ex esposa de papá) y a Alan
Rebaza (recién llegado de Lima). Me gustaba mucho el nombre de Alan y el de su hermano
Ariel, eran nuevos para mí. Qué cosa tan especial esto de los nombres. Se dice
que los nombres marcan nuestra identidad, nos brindan una referencia para
relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos. En India se dice que los
nombres son nuestros escudos, verdaderos protectores contra el mal, y también
son muy purificadores porque la mayoría de los nombres de las personas son
nombres de semidioses, diosas y dioses, o nombres de la Divinidad Suprema o
Pareja Divina –en sus cientos y millares de nombres
como: Radha y Krishna, Lakshmi y Narayan, Gouri y Govinda, Sita y Rama–; de manera que al
pronunciarlos o escucharlos, uno adquiere los humores de estas grandes
personalidades divinas. Pero estamos aquí, en Latinoamérica, donde los nombres
son ecuménicos, de variados orígenes, como Elvira, por ejemplo,
que es de origen germánico; y donde todavía se conservan –aunque muy poco–, los nombres quechuas (nuestra
lengua materna) como Ima Sumac; así la llamaban en la intimidad a
mi querida madre Elvira, tanto la familia como sus amistades más cercanas. Ima
Sumac significa qué hermosa, era como un seudónimo que
le había puesto mi abuelo, su padre, por su belleza y en memoria a la hija de Kusi Koyllur, la protagonista del gran
drama quechua Ollantay…; él mismo, mi abuelo, se hacía
llamar Inti Illapa, que significa rayo del sol…
Pero América es el nombre de un vasto continente, nuevo, un paraíso donde Pachamama,
la diosa madre naturaleza, reina suprema con sus regentes como asistentes: la
tierra, el agua, el fuego, el aire, el éter, el prana, la mente, la
inteligencia del mismo Ser Supremo, de la Divinidad Suprema…; pero que,
aquellos que habían llegado del viejo continente la habían ultrajado, lacerado,
dilapidado, vejado, humillado…, saqueado…; y aún querían continuar haciéndolo…
Cuando Mericucha cumplió quince años, en Santiago de
Chuco, mis padres le regalaron una inolvidable fiesta de cumpleaños, alquilaron
el salón principal de la casa del señor Alcántara (donde vivíamos) y
contrataron una orquesta, vinieron muchos invitados a saludarla. Mericucha
llevó puesto un vestido blanco sobre la rodilla, muy elegante, y peinado de
salón, y mi padre bailó con ella El Danubio Azul; mientras mi madre repartía
sus exquisiteces: lechón al horno, torta y bebidas.
Y cuando Mery cursaba el quinto año de secundaria fue
elegida reina del colegio César Vallejo; también desfiló ese año en el mes de
julio, durante la fiesta patronal en honor al Apóstol Santiago el Mayor; vestida
de manola española con mantilla, peineta y abanico; desde la plaza de armas hasta
la plaza de toros, donde estuvo invitada a presenciar la corrida en primera
fila.
A los dieciséis años, siendo casi una niña, se
enamoró de Augusto Yesquén, un comisario de la PIP (policía de investigaciones
del Perú) de treinta y cuatro años de edad, un guapo joven de la capital,
carismático, hasta yo me embobé de él, ja, ja, ja, de veras…; para mí, era el
hombre perfecto para mi hermana mayor. Él la llamaba Merita y
todos empezamos a llamarla así a mi hermana…; y a ellos dos les gustaba mucho
el Adoro de Manzanero y Caminemos de los Hermanos Arriagada. Merita sufrió
mucho la separación de este amor, pues mi padre no iba a consentir nunca que su
hija se casase con ese tipo, que, a pesar de haber sido su gran amigo (pues
hasta mi papá sucumbió a él, pese a las advertencias de mi madre de que no lo
trajera a casa porque tenían una hija adolescente…, mi madre…, que también
sucumbió a él), era un desconocido para mi padre; incluso mi padre llegó a
decir que lo más cierto era que ese joven amigo no era soltero, que a esa edad,
todos ya tenían mujer e hijo… Y dicho y hecho, mi padre, como autoridad que
era, averiguó rápidamente sus antecedentes y todos nos dimos de narices, el
hombre era divorciado, ¡ja!…
Después, a los dieciocho años, un cura español,
Antonio Nicolau Truyol, que también le decía Merita, se enamoró de ella hasta
el punto de dejar la sotana; pero ella, a pesar de tenerle cariño al sacerdote
no había podido olvidar al comisario, por lo que él, ya sin sotana… se regresó
a su tierra…, a la isla Palma de Mallorca en España. Todos lo queríamos en el pueblo.
Él me obsequió mi colección de monedas y de estampillas, y nos regaló el
pequeño disco Mallorca Bella de Los Javaloyas, que todos cantábamos en
casa…
Luego de esta etapa de Merita, mi hermana volvió a
ser Mery en la universidad. Me acuerdo de otros galanes que tuvo, me acuerdo
del flaco Oscar Tejada, a quien mi madre ya no podía verlo porque este joven
universitario solo quería estar con Mery de día y de noche…, no quería
separarse de ella ni para almorzar, ja, ja, ja… Era lindo el flaco Oscar, guapo,
alto, delgado, con barba…, caminaba más de las veces con sayonaras negras… Mis
padres también se opusieron a esta relación (a pesar
que mi padre ya no vivía con nosotros sino con su nueva familia, y solo vino a
vernos un par de veces; luego, nosotros, ya no quisimos ni verlo), ellos,
mis padres, querían que Mery terminase su carrera, querían que ella fuese una
mujer libre e independiente, y así fue. Claro que luego de esos dos fuertes
amores que tuvo mi hermana, los demás pasaron como golondrinas de un solo verano;
y eso empezó a gustarme de ella, su entera libertad. Cuando Mery se conoció con
los líderes de la Federación de Universitarios de Arequipa (FUA), a quienes
llamábamos Amarus, ellos serían sus nuevos pretendientes y quienes le
pusieron su nombre revolucionario de Maryland (ver anexos: Maryland y los Amarus).
Mas, ¿qué hubiera pasado si mi madre hubiera consentido que su Mery se case con
un fulano, zutano o mengano cualquiera? No, mi madre no quería
para su Mery a ningún universitario y menos a un guerrillero. Hasta mi padre
tuvo que reprenderla por querer andar los caminos del Che. Mi padre se lo puso
bien claro a Maryland, si ella seguía en las marchas de protesta, ¡Fuera
yanquis de América Latina!, estaba poniendo en riesgo su
puesto de subprefecto, ya que él seguía siendo un representante del presidente
de la república, ahora en la provincia de Cotahuasi de Arequipa (no sé por qué,
en ese tiempo, él había sido trasladado de la provincia de Bolívar a Cotahuasi...).
Así que Maryland de nuevo fue Mery…, muy a mi pesar, porque a mí sí me gustaba
que Mery incursionara por el mundo de la protesta ante un sistema tan
defectuoso y desigual…
Mucho después, cuando Mery se liberó de la autoridad
de nuestros padres, se casó dos veces y se divorció las dos veces. De su primer
matrimonio, con Gilberto, quien también la llamaba Merita, tuvo a su bella y
única hija Marcia Vanessa (recuerdo que fue muy difícil escoger un nombre para
mi sobrina, espero que los que tiene sean de su agrado). Recuerdo que a los
quince días de conocer Mery a Gilberto (en el Hospital General de Arequipa
donde él trabajaba y Mery hacía sus prácticas del último año de enfermería),
Mery le pidió a él, al doctor Recavarren, que en ese entonces era divorciado,
que se casara con ella y por supuesto que Gilberto, ni corto ni perezoso,
aceptó de inmediato. Mi madre, al mismo tiempo, les dio su consentimiento,
haciéndole prometer al doctor Recavarren que Merita terminaría su carrera
(hecho que Mery le estaría por siempre agradecida a nuestra querida madre).
Luego de quince días más de noviazgo, se casaron por civil en la municipalidad
de Yanahuara, un dos de julio de 1976. Por mi parte, extrañé mucho a Mery
cuando ella se casó, nos dejó un gran vacío en la casa y sobre todo en el
dormitorio que compartíamos… De su segundo matrimonio (con un chileno residente
en Perú) no tuvo hijos. Y cuando Gilberto se fue de este mundo, para todos
nosotros, Merita quedó viuda.
Luego, cuando Mery se fue a vivir a Chile, allá por
1990, sus nuevos amigos y colegas la conocerían como América –aunque algunas de sus
colegas la llamarían Ame, como la llamaba mi padre–, una excelente
profesional, muy competente, responsable, honesta, independiente, muy
trabajadora…; incluso como catedrática en la Universidad Andrés Bello (UNAB) de
Santiago de Chile…
Ahora siento que este nombre de América (aunque para
mí ella sigue y seguirá siendo mi Mericucha en nuestra intimidad), no es
tan fuerte ni tan largo para una bella mujer fuerte de casi setenta años de
edad… Ahora, diría yo, ese nombre le cae como anillo al dedo; porque si bien es
cierto, que uno adquiere los humores del nombre original, mi hermana América,
los ha ido adquiriendo del nombre de este nuevo continente que, como el ave
Fénix, ha ido viviendo gloriosos renacimientos; o está atravesando, como el
águila en edad madura, un doloroso proceso de renovación, desprendiéndose de
añejas uñas y plumas viejas, para emprender el vuelo místico de un victorioso
renacimiento hacia su autorrealización final…
¡Aah, Mery!… mi Mericucha…
III.
Parte 5 – Estela y los Toños
Llegamos a Pucallpa por la tarde, el camión nos dejó
cerca de la Plaza de Armas. El panorama urbano era similar al de Tingo María,
quizá un poco mejor, aunque también había mucho desorden…, edificios sin
tarrajear, carteles desabridos, gustos ordinarios, mototaxis por todo lado con
el desagradable olor a gasolina… Me dirigí al óvalo, bajé mi mochila, saqué a
Aleph de su hueco y me senté en el sardinel del óvalo observando más al detalle
aquel terroso panorama… Dos muchachos adolescentes que estaban sentados a mi
lado o acababan de sentarse a mi lado, me observaban a hurtadillas…, hasta que
se decidieron a preguntarme a quema ropa, ¿De dónde vienes?… Ahora
me tocó observarlos directa y tranquilamente, no tenían más de dieciocho
años… De Lima, les contesté, y ¿ustedes?, les
pregunté… También, respondieron. Y allí nos entretuvimos conversando
un buen rato de su largo viaje y el mío. Habían venido de Lima porque querían
conocer otros lugares, pero sobre todo querían ver si allí podían conseguir
trabajo, pues ya no querían depender de sus padres, habían abandonado sus
estudios en la universidad particular San Martín de Porres. Me sentí un poco
identificada con ellos porque sentí que estos quinceañeros también habían
escuchado el inconfundible llamado del mar…, dejar la casa paterna o materna…,
el espacio cómodo…, y… aventurar por otros mundos…, la iniciación heroica;
pero, ¿hacia dónde irían?… Allí, yo ya los sentía diferentes, sentía que
nuestros caminos se separaban, porque veía que, en el fondo, ellos no pensaban
salir en ningún momento de este absurdo sistema patriarcal; en cambio, yo ya
había salido de este ridículo sistema y no quería volver a él por nada de este
mundo… Iba siguiendo mi intuición, mi instinto… y las señales que el universo y
nuestra madre naturaleza me enviaban… y yo reconocía…
–¿O sea que no tienes dónde hospedarte? –me preguntó
uno de los muchachos.
–No –le contesté mirando a Aleph que saboreaba un
triste helado caído en el suelo, hacía mucho calor–. Y ustedes, ¿dónde están hospedados?
–les pregunté rápidamente.
–Donde una seño… muy súper –me contestó el mismo
muchacho–… Ella vive sola. Durante el día le encargamos nuestras mochilas en su
casa, sin ningún compromiso, y por las noches nos permite dormir en su salón
que está algo desocupado, en nuestros sleepings. No nos cobra
nada…
–¿No les cobra nada? –pregunté sin poder ocultar mi
contento, ese era el mensaje perfecto que me estaban enviando el universo y
nuestra madre naturaleza, así que no podía desaprovechar tan maravillosa
ocasión– ¡Llévenme con ella! –les pedí casi gritando en mi
pensamiento; mas, de mi boca solo salió una pregunta, también a quema ropa–
¿Puedo ir con ustedes? –los muchachos se miraron un poco desprevenidos, pero
terminaron asintiendo con los ojos, cejas y hombros levantados… ¡Total!, ellos
no perdían ni ganaban nada más que el hecho de hacer una buena
obra de caridad para con esta pobre alma mía que iba en busca de sí misma
y de su propio centro...
–Vamos pues –dijo el otro muchacho–. Ella se llama
Estela, su casa es bien viejita, superpobre, no tiene nada…, parece una casa
desocupada…, abandonada –también me gustó eso de desocupada y abandonada…, otro
mundo, me dije… Eso hizo que de una me fuera con ellos, sin pensar si
estos dos jóvenes podían estar engañándome; aunque por un momento lo pensé,
pero no tenía otra opción… Además, el universo…; además, me recordaron a mis
queridos amigos, los Toños…
Caminamos mucho, íbamos conversando de todo un poco…
Ellos me hablaron de los lugares turísticos de Pucallpa, de su Alma Mater, de
su río, el río Ucayali… ¡Qué increíble!… ¡Otra vez mi camino iba al lado de un
río!… ¡Un río!…
(1)
“Yo soy un río. Yo soy el río
eterno de la dicha…, ya siento las brisas cercanas, ya siento el viento en
mis mejillas, y mi viaje a través de montes, ríos, lagos y praderas se vuelve
inacabable. (…)”.
No sé porque a Estela me la imaginaba como a doña
Flora, pero de más edad… Tuvimos que cruzar media ciudad para llegar a un
pequeño río donde se veía una larga fila de casas de madera sobre las aguas…,
sobre muy buenas estructuras de madera… que de lejos las hacía ver como unas
bellísimas casas flotantes…, aunque todas estaban igual de desvencijadas. Una
de esas casas era la de Estela, de la buena Estela.
Cuando allí llegamos, pasamos por un pequeño puente a
un pequeño estar (como si fuera la popa de un barco), la puerta de la casa
estaba ligeramente abierta, entramos a un gran salón, parecía que había sido
una tienda o un pequeño restaurante. En el rincón de la derecha había un par de
mesas con varias sillas amontonadas y una buena cantidad de cajas con botellas
de cerveza vacías, todo estaba empolvado. En el rincón de la izquierda había
unas cajas grandes de cartón, unas sobre otras, y debajo de unos cartones
estaban las mochilas de los jóvenes. Había una gran ventana a ambos lados del
salón y al fondo había un cuarto (el dormitorio) y un pasaje con una puerta (el
pequeño baño-lavandería), al final del pasaje se ubicaba la cocina-comedor; de
allí, de ese pasaje, salió Estela a nuestro encuentro, una bellísima mujer,
madura, de tez y cabellos claros, un poco gruesa, un poco más alta que yo y muy
jovial… Estela llevaba puesto un vestido floreado de bellos colores sobre fondo
azul y un delantal celeste. Nos presentaron y de una le pregunté si, por favor,
yo también podía quedarme a dormir en su casa por unos días…, ella aceptó (creo
que tampoco tenía otra opción)… Sí, claro, me dijo, ¿por
qué no?… Luego de conversar un poco con ella, los tres viajeros acomodamos
nuestras bolsas de dormir en el salón como si estuviésemos en un campamento,
bajo uno de esos increíbles toldos del Santuario de la Virgen de Chapi de
Arequipa… Ya era tarde, pronto se iría la luz del día y nos quedaríamos con la
luz de una vela. Aleph perseguía a unos pollos que aparecieron de repente; y
luego, terminó persiguiendo a unas ratas que de pronto cruzaban veloces el
recinto. No hacen nada, me dijo uno de los muchachos, nomás
corren asustadas a esconderse… Yo me dispuse a dormir sin preocuparme por
ellas ni por Aleph, solo tenía que cerrar muy bien mi sleeping, aunque muriese
de calor…, envuelta en mis miles de pensamientos –pasados, presentes y futuros–
rondándome a esa hora del crepúsculo… Me había caído muy bien Estela…, era
realmente bella…, pero, ¿y la Maga?…, ¿qué sería de la Maga?… ¿Y Mara?… ¿Y mi
madre?… Quería escuchar The Wall de Pink Floyd, pero yo no
tenía casetera, los muchachos tampoco tenían, ni Estela, además no había
corriente ni pilas…; estábamos en la más profunda oscuridad…, podían verse las
tinieblas contemplando a la luna que ya se iba…; y justo, justo en ese momento
aparecieron ante mis ojos mis queridos Toños…, tan bellos…, el mismo día en que
los conocí… ¡Aaaah!… ¡cómo brillaba ese sunset detrás de
ellos!… Entonces, yo tenía 16 años, Edith 14, Jaime y Rubén tenían 17 años
y Toño, 18…
Fue en la calle Puno, una tarde de tardes… Edith
estaba afuera, en la calle, barriendo la acera…, ella nos contaba que cuando
pasaron estos tres bellos muchachos, se detuvieron a preguntarle si era nueva
en el barrio porque nunca me habían visto, dijo Edith, y
apenas ellos me estaban contando que eran del barrio…, llegaste tú… Sí, así
fue, cuando salí a la calle, los vi cerca del portón, a los cuatro, conversando
y riendo muy despreocupadamente, y Edith me los presentó de inmediato: Jaime
Delgado, Rubén Juárez y Antonio (Toño) Zegarra…; lindos muchachos…, limpios…,
guapos, de buen gusto, me dio gusto conocerlos. Ellos quedaron en visitarnos
por la noche y así lo hicieron. Los recibimos en la calle, en la acera, nos
sentamos en la grada de la puerta del SUTEP que era la puerta de al lado del
portón de entrada, y nos entretuvimos conversando de todo…, de todo…, hasta un
poco tarde… Y así pasaron los días y las noches en que todos fuimos
acostumbrándonos a sus maravillosas y esperadas visitas después de las seis de
la tarde o siete de la noche…; mientras los más chicos, mis hermanos, jugaban
en la calle con sus amigos del frente, los hermanos de Aída… Con los Toños,
Edith y yo nos iniciamos en el fumar…, era súper agradable compartir entre los
cinco, un solo Ducal o un Dexter o un Inca…, pitada por pitada…, ellos traían los cigarros… Un día
trajeron marihuana, el famoso canabis…, y también, Edith y yo nos iniciamos en esta
doña Juana, pero a Edith no le gustó,
no le hizo bien…, vomitó. Así que solo yo me quedé fumando con los Toños muy de
vez en cuando, cuando ellos me invitaban; y también, a veces, Silvia y Mery se
nos acercaban por una pitada y se iban, lo mismo que algunos de mis profesores
de la facultad cuando pasaban por nuestra acera. Con el pasar de los días, mamá
aceptó que recibiéramos a los Toños en nuestra pequeña sala (donde tiempo
después yo pondría mi tablero de dibujo), cuyas paredes yo había ido
decorándolas con posters de la revista alemana POP que solicitaba
exclusivamente a una discoteca del centro, en las Galerías Gamesa… Todas mis
propinas eran exclusivamente para comprar esas revistas, posters, libros y
discos… Así fue que compré mis dos primeros 45 rpm: Llévalo hacia el
futuro de We all together y Duncan de Paul Simon,
y mi primer long play: Ayer mi Vida de Paul Anka…, y poco a
poco fui haciéndome de una muy buena colección de música escogida (que al final
se quedó con mi querido Hernán, ¿será que aún la conserva?).
Por ese tiempo Edith terminó enamorando con Jaime por
un mes, si mal no recuerdo… Los Toños también traían a otros amigos, todos lindos;
me acuerdo de Polo, de Raúl (primo de Jaime y estudiante de medicina, Mery lo
abrazaba y besaba de vez en cuando), de Dante, que venía en su súper moto por
Edith. También Edith enamoró con él por tres meses si mal no recuerdo…, porque
muy pronto ella conocería al hermano de uno de los enamorados de Mery y se iría
por esos lares… Pero los tres Toños siguieron viniendo durante mucho tiempo… y
yo los recibía…; al final, era a mí a quien buscaban para nuestras
interminables chácharas e interesantes conversaciones… Me gustaban los tres…,
pero no tenía el menor interés de enamorar con ninguno, no porque no me
gustasen sino porque ninguno me lo pidió, sonrío… Lo de Toño surgió
inesperadamente mucho después…, un día de primavera…, cuando la luna estaba
creciente… y ambos floreábamos como un par de lotus locus…, y ese
fue siempre nuestro secreto.
Al día siguiente, después que los muchachos salieron
a buscar trabajo…, yo le pregunté a Estela si podía limpiar y ordenar un
poco el salón, ella dijo que sí. Pasé toda la mañana limpiando y hermoseando el
salón… A Estela le gustó esta iniciativa mía y me invitó a almorzar un
exquisito caldo de pescado… Cuando pasé a la cocina-comedor, la vista fue
sorprendentemente mágica…, era una bella terraza frente al hermoso y amplio
río… con mucho junco creciendo en el horizonte… Era maravilloso escuchar el
murmullo de sus aguas, el trino de los pájaros…, parecía que estábamos viajando
en la proa de un barco… Estela sonreía por mi sincero estupor de admiración
ante tan bellísima vista…
Luego, le ayudé a lavar los platos…
Cuando por la tarde llegaron los muchachos, se
agradaron con el cambio…
Aquí, en esta casa a orillas del río, viví con Estela
casi un mes, algunos días íbamos al mercado para que sus amigos, los
pescadores, le regalasen los pescados más pequeños que la gente no los
compraban; y sus caseras le regalasen unas cuantas papas y verduras, a veces
algo añejas… Estela me decía que nunca le faltaba que comer, que todos le
regalaban algo de buena voluntad. Decía que no necesitaba mucho para vivir
tranquilamente, solo tenía que comprar de vez en cuando un poco de arroz,
fideos, sal, azúcar… Así que durante esos días que estuve con ella, ella
proveía y yo le ayudaba en los quehaceres de la casa, ella cocinaba y yo lavaba
los platos, limpiaba el baño, la casa…, dormía en mi sleeping… De vez en
cuando, también, yo salía a conocer Pucallpa, a ver si encontraba a la Maga o a
algún otro ser portentoso…
A ratos también volvía a angustiarme la desesperanza,
el absurdo…, la muerte…, ¿no sería acaso un absurdo caminar sin saber a dónde,
aunque tuviese una brújula e India fuese mi destino?… Yo decía que iba a India,
claro…, pero, ¿cómo?…; solo sabía que me estaba internando cada vez más en
nuestra querida selva peruana… ¿Qué poder mágico había en el interior de esta
selva que me estaba llevando hacia ella…, con ella?…, y, ¿de qué valdría todo
eso si a lo mejor existiese la muerte?… ¡Oh, madre, madre, no sufras más por mí
que me haces sufrir más!… Yo sé que estás sufriendo por mi ingratitud, no tanto
por la falta de ayuda (aunque también lo es), sino por mi condenado silencio
autoimpuesto para poder seguir tras mi esencia…, rendida a mi loco destino… sin
lazos ni apegos…, sin compromisos de ninguna clase… ¡Oh, madre, madre!…, no
sabes por donde estoy, nadie lo sabe…, nadie sabe que estoy atravesando el
fuego del desierto…, mientras el ardor de la pena me consume…, el dolor de la
separación me quema…, me reprocha…, me llama…, me reclama, me hace sentir
culpable… En tanto yo… solo tengo sed de verdad, quiero llenarme de verdad…, de
la más pura verdad…, no de esas escasas gotitas melifluas de conocimiento
mundano y relativo que estos hombres patriarcales han creado…; sino de esa
verdad absoluta, eterna…, adorablemente dulce… que nos otorga amor, nada más
que amor…
Estela estaba sola, hace mucho la había abandonado su
marido, y su hija se había casado hace poco. Uno de esos días, Estela nos llevó
a los dos jóvenes y a mí, a una hacienda a cosechar naranjas, en otra ocasión
nos fuimos todos a cosechar limones, trabajamos fuerte todo un día, le pagaron
bien a Estela; por supuesto, nosotros no íbamos a aceptar ni un solo centavo.
Más bien, nos llevamos a su casa un costal de limones que el dueño de la
hacienda le había regalado. Recuerdo que aquella vez en la hacienda me lastimé
el brazo izquierdo con un clavo oxidado, el rasguño, a la altura del hombro, no
fue leve; Estela me curó cuando llegamos a su casa, me limpió la herida y me
dio a tomar medio vaso de jugo de limón con una cucharadita de miel, diciéndome
que eso desterraría cualquier preocupación que tuviera sobre tétanos, aunque
estos no se originan necesariamente en este tipo de heridas, me dijo. Pero
sí vale que tomes esta bebida siquiera por una semana, para inmunizarte de las
picaduras de mosquitos y zancudos ya que vas internarte en la selva.
Así lo hice, tomé esta milagrosa cura durante diez días, todas las mañanas, en
ayunas; realmente, creo que esa bebida me inmunizó de las picaduras de los
mosquitos y zancudos que abundan en la región, porque no me afectaron durante
todo ese tiempo que anduve por la selva, aunque solo me molestasen; y más bien,
sentí que de un modo u otro, Estela me había iniciado en algún rito de
purificación y protección a través de la ingesta de miel y limón, verdaderos
purificadores de nuestro ser a todo nivel, para continuar con éxito mi
bienaventurado gran viaje; porque yo tenía que ser muy fuerte ante este dolor
de separación que me empujaba a volver al amor de mi madre, de mis herman@s,
sobrin@s… a los brazos de Mara, de Toño, Hernán, Vila, Raggio…, y yo no tenía
que volver…
III.
Parte 6 – La Maga
Una tarde, estábamos Estela y yo en el mercado
pidiendo verduras, cuando de repente, vi a la Maga comprando fruta a unos
buenos metros de distancia…, me quedé tiesa, inmóvil, con mi corazón fuera de
su sitio…; ella iba acompañada por un pequeño grupo de extranjeros de toda
índole, quise llamarla, pero el sonido quedó atónito en mis labios; entonces,
me escondí detrás de Estela como una niña asustada, creo que Estela apenas
reparó en mi patético estado… Desde ese día empecé a salir sola de casa, desde
muy temprano por la mañana, con la leve esperanza de volver a encontrar a la
Maga, la recordaba con sus jeans color verde, polo negro, botines de caminante
color gris, lentes de sol y una mochila gris al hombro. Así fue que una de esas
tardes la vi de nuevo; esta vez, estaba sentada sobre la grama de un parque,
acompañada de un bello joven de ojos claros, cabello rubio, ella tomaba
distraídamente un helado. De pronto vi que Aleph se le acercó a ella moviendo
la cola, el muy fresco la miraba con ojos de alegría por haberla encontrado (por
supuesto que él no era ajeno a mi intempestiva búsqueda)… Ella, ante esa mirada
de bobo, le hizo una seña para que se le acercara y él se fue de una con ella…,
ella le acarició el cogote mirando por todo lado como buscando a su dueñ@,
obviamente…; mas, yo estaba muy lejos, donde ella no podía verme… ¡Pero de
pronto!…, el perro lanudo vino corriendo hacia mííí…, ¡se me desorbitaron los
ojos!…, no me quedó más que darle bruscamente la espalda…; y luego, ¡qué
torpe!, me dije lamentándome en ese mismo instante, ¡debí haber
ido hacia Aleph!…, así que…, esa fue otra oportunidad perdida…
Finalmente, la Maga y yo nos encontramos en el lugar
y momento más inesperado…, en la Universidad Nacional de Ucayali, poco antes de
un increíble mediodía…, leyendo un gran tablón de anuncios… Nunca supimos quién
había llegado primero, si ella o yo…, pero nos saludamos las dos al mismo
tiempo… ¡Hola!, nos dijimos y sonreímos…, un poco turbadas, al
menos yo…; en esta ocasión, ella estaba sola. De pronto nos encontramos las dos
recorriendo juntas esta Alma Mater y las nuestras…, la UNSA y la Universidad de
la Sorbona de París. La Maga era parisina, hija de una profesora chilena y un
músico peruano, radicados en París desde el año cincuenta. Hace un año había
terminado su carrera de filosofía y ahora se encontraba investigando
sobre la misoginia del patriarcado –en
este lado del mundo– para preparar su plan de tesis… Era lógico que ella como
mujer quisiese saber más sobre nuestra doble mísera condición de mujeres
doblemente condicionadas: condicionadas como seres humanos y condicionadas por
el hombre condicionado.
La Maga era sabia,
conocía la Gran Biblioteca del Mundo, me habló de Christine de Pizan y su Ciudad
de las damas (1405); de Poullain de la Barre y su Igualdad
de sexos (1673); de Olympe de Gouges y su Declaración de los
derechos de la mujer y la ciudadana (1791), como contrapartida a los
Derechos del hombre y el ciudadano, creados tras la Revolución Francesa;
también me habló de Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los
derechos de la mujer (1792); de Emmeline Pankhurst y su Propia
historia (1914); Virginia Woolf y su Habitación propia (1929);
Simone de Beauvoir y su Segundo Sexo (1949); Betty Friedan y
su Mística de la feminidad (1963); Kate Millett y su Política
Sexual (1970); Carla Lonzi y su Escupamos sobre Hegel (1970);
Juliet Mitchell y su Condición de la mujer (1971); Luce
Irigaray y su Speculum (1974); Joan Kelly y su ¿Las
mujeres tuvieron un Renacimiento? (1977);
Rosario Ferré y
su Cocina de la escritura (1982)… Luego estaban aquellas
mujeres sabias a quienes ella había conocido personalmente en sus clases y
conferencias: Cixous Hélène, Julia Kristeva, Celia Amorós, Amelia Valcárcel,
Mercedes Valdivieso, Sara Beatriz Guarda, y tantas, pero tantas otras…
Conversamos mucho sin parar, nos sentimos muy afines…,
algo que no había pasado con ninguno de los hombres que yo había conocido hasta
entonces, con ellos eran otros temas…, más triviales, más superficiales, materiales;
aunque yo también me identificaba con ellos…, pero con la Maga me identificaba
más…, mucho más…; porque nos gustaban los mismos temas que nos gustaban a Mara
y a mí…, porque con ella todo era diferente…, porque ella también era una mística…
Además, éramos contemporáneas, ella tenía veintiocho años, aunque por su
sabiduría parecía una mujer de más de setenta años. La Maga era otra Mara, sin
más ni más…, era otra hija del mar…, del mar que nos lleva a la otra orilla, la
orilla sagrada de ese otro mundo, del verdadero mundo… que no se ve con los
ojos materiales…; de aquel que es más perdurable que este mundo físico donde
interactuamos y nos intercambiamos descabelladamente sin control, sin ton ni
son… Me refiero al mundo absoluto y eterno…, el mundo de los sentimientos
puros, muy puros y fijos… No de los sentidos corporales sino del sentimiento,
del sentimiento puro que mora en el centro de nuestro corazón…, sin ningún
color de la pasión sexual o carnal, propia de este mundo relativo, superficial,
externo, material... Tampoco del pensamiento, sino de la refulgente pasión del
sentimiento más secreto de todos los secretos, el sentimiento o emoción del
amor…, amor…, que es otro tipo de pasión…, y que esta Maga me estaba despertando
sin parar…; otro tipo de pasión donde solo por el increíble hecho de estar a su
lado me parecía estar en el mismísimo éxtasis… Como cuando conocí a Mara…
¡Oh, Mara!… Mara…, fue un reconocimiento, un
encuentro…, un gran encuentro…, ese tiempo yo vivía extasiada, como embrujada por
esas nuevas energías que me embargaban… Mara, te decía en mi
pensamiento, cuando en el aire se escuchaba: Do you really want to
hurt me? de Culture Club, Spirits in the material
world de The Police, The Wall de Pink Floyd… Estoy
amándote, te decía… estoy amándote sin importarme condiciones ni
temores…, simplemente te estoy amando…; mientras me sentaba en el suelo
abrazando mis rodillas, tratando de controlar desconcertada aquella maravillosa
energía de amor puro por ti que me embargaba, era una atracción mística, pura…;
sin embargo, a veces confundida con esa otra energía de pasión sensual…, que me
hacía retorcerme en el suelo como un feto moribundo… Pero esa maravillosa
energía de amor puro me embargaba más, me invadía todo el cuerpo y la mente, al
solo recordarte… ¡Cómo te extrañaba en todo momento que no estabas conmigo!…
Recuerdo cuando recibí tu primera postal en Arequipa (en ese tiempo yo me
encontraba viajando continuamente entre Arequipa y Lima)… ¡Fue un gran
impacto!… Era una hermosa postal del Huascarán, una gran montaña…, ¿lo
recuerdas?..., a donde habías ido en tu primer viaje sola, a esa gran montaña que era una señal en mi
camino porque de las grandes montañas nacen los ríos que van a dar a la mar...,
la misma geografía nos lo decía. Y al reverso de la postal me decías que cuando
yo regresara a Lima, iríamos a Campo Marte a conocer los movimientos jóvenes
que allí se estaban gestando, en oposición a este ridículo sistema patriarcal
capitalista…; universitarios, sindicalistas, ecologistas, feministas, místicos,
étnicos… Las consecuencias críticas que estaba viviendo esta sociedad patriarcal
eran graves…, el egoísmo y la competencia, pan del día, habían llegado a
desequilibrar el estilo de una vida humana sana, siendo la falta de calidad de
vida su más triste y nefasto resultado… El pensamiento masculino se había
impuesto en el poder por el poder de su fuerza bruta, y había impuesto la
ciencia y la razón por sobre la naturaleza y el corazón, la ambición y el poder
por sobre la solidaridad y el amor… Todo eso…, todo eso era lo mismo que ahora
esta Maga me estaba explicando con más detalle, lo que habían dicho aquellas
mujeres sabias: el patriarcado es un sistema de dominación sexual del
hombre sobre la mujer, sobre el que se levantan las demás dominaciones, como la
de clase y raza…; había
que darle vuelta a la tuerca.
Así fue que comprendí con gran horror que todo lo que
yo había aprendido, todo lo que esta sociedad patriarcal nos había enseñado y
propiciaba tan ufanamente, no tenía ni un ápice de verdad ni valor… Todo, todo
lo que yo había aprendido de este ridículo sistema estaba errado…,
completamente errado… Era errado tomar alcohol, fumar…; claro, yo recién empezaba
a comprender ese sabio consejo que nos daba siempre mi madre, de no fumar ni
tomar alcohol…; pero nosotras no lo entendíamos, al menos yo…, vivía muy
cubierta…, no podía entenderlo del todo, todavía no estaba lista para este
glorioso despertar…, seguí fumando y tomando cada vez que se me presentaba la
ocasión, porque obviamente yo no gastaría en ello. También era errado comer
carne, ser promiscuo…, no solo nos enfermaban el cuerpo, sino también, nos
entorpecían la mente, la inteligencia e intoxicaban el medio ambiente… La Maga
era vegetariana, no tomaba alcohol y no fumaba; decía que no era normal para el
ser humano beber alcohol, fumar tabaco y sobre todo comer carne; porque eso, no
solo estaba propiciando la mala salud y el desequilibrio de nuestro ecosistema,
sino también el sufrimiento y matanza indiscriminada de animales, lo que era
una verdadera crueldad que nos estaba convirtiendo en horribles seres de la
oscuridad, insensatos, insensibles, codiciosos, violentos, fríos, malvados, depravados,
depredadores, infelices… animales ignorantes de su propia involución y muerte…
Comprendí con gran horror que todos aquellos que la
historia los consideraba sus lumbreras, no habían sido más que unos reverendos
narcisistas, psicópatas, misóginos, racistas, clasistas, ateos, indignos de
confianza; había que sacarlos de sus pedestales, hacerlos añicos y tirarlos a
la basura… Así fue que tiré a Aristóteles…, ¡por fin!…, a Rousseau…, Kant…, Hegel…,
Schopenhauer, Nietzsche…, Freud…, y a muchos otros más… ¡Abajo ese renacimiento
profano!… ¡Abajo ese antropocentrismo y androcentrismo insanos, una completa
barbarie!... ¡Eran errados todos sus conceptos!… ¡Todo, todo el conocimiento
patriarcal mundano estaba errado!… ¡Totalmente errado!… Era errado el concepto
que teníamos de realidad, esta no solo es externa, material y racional, sino
que también es interna, espiritual y mágica o sagrada; y solo teníamos que
armonizar ambos lados perfectamente. Era errado el ridículo énfasis que se
ponía en lo racional, en la objetividad, en los valores y actitudes típicas “masculinas”,
ultrajando sus contrapartes femeninas que le son complementarias. Por supuesto
que este desarrollo parcial o unilateral iba a ocasionar un quiebre, un caos, un
desastre, una crisis en todos los ámbitos de la cultura; como dice el I
Ching: “Cuando el yang alcanza su punto culminante, retrocede para dar paso al
yin”… Esta era la famosa caída del hombre de su efímero pedestal a su
propia trampa; es decir, de la luz a la oscuridad, del saber a la ignorancia…,
de lo espiritual y sagrado a lo profano y mundano… Este hombre patriarcal
moderno no podía comprender que todo par de opuestos es una unidad, una unidad
que contiene y trasciende tales fuerzas opuestas…; unos también lo llaman
Tao, otros Logos, otros Brahmán… Sin embargo,
este hombre patriarcal le culpaba desde siempre a la mujer de su caída, la
culpaba porque sencillamente este no podía controlar sus bajos instintos o
bestialidad en el sexo, requisito indispensable para evolucionar de lo carnal o
denso a lo sutil y de lo sutil a lo trascendental, divino o sagrado…, o de
lo animal a lo humano y de lo humano a lo divino.
El tiempo no existe; la muerte no existe, solo es
otro estado del ser; la materia no existe, todo es energía; la luz no se
propaga en línea recta; la parte es interdependiente del Todo, nada es
independiente del observador. El verdadero conocimiento es aquel que trasciende
la percepción sensorial y el pensamiento intelectual, y destaca lo que no se ve
como soporte de lo que se ve…; y, por último, no solo existe Dios sino también
la Diosa, así que... ¡la Divinidad Suprema tenía que ser una pareja y un
andrógino al mismo tiempo! ¡Ooh, diosas y dioses! ¡Qué
duro despertar!
Había que darle vuelta al asunto, había que
comprenderlo todo de nuevo…; y los movimientos feministas habían empezado la
gran hazaña, había que corregir urgentemente este sistema patriarcal depredador
de sí mismo, para contrarrestar ese excesivo énfasis que el hombre había puesto
en lo racional y masculino, y recuperar el equilibrio y la armonía entre los
aspectos masculino y femenino de nuestra naturaleza humana. Simplemente
teníamos que curarnos de esa espantosa energía oscura y demoníaca en la que se
había convertido el patriarcado.
–¿Has escuchado de la Quintrala? –me
preguntó la Maga como si hubiera venido del futuro.
–¿La Quintrala? –repetí un poco confundida ¿Cómo podía saber la Maga de
la Quintrala?, esa era una historia de un autor desconocido que ni yo
misma recordaba su nombre… ¿Cómo podría conocer la Maga esa historia?…
–Sí, la Quintrala –me respondió la Maga también
intrigada por mi desconcierto–, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, quien
vivió en Santiago de Chile en época de la colonia –yo no tenía ni idea de que
ella hubiese existido realmente.
–Yo he leído La Quintrala, pero no
recuerdo el nombre del autor –le contesté.
–¿Quizás Margarita Petit? –me preguntó la Maga. ¿Margarita
Petit?, me repetí a mí misma…
–¿Margarita Petit? –le pregunté a la Maga–, no, no se
trataba de una autora sino de un autor –pero yo no recordaba su nombre.
–¿Vicuña Mackenna? –¿Vicuña Mackenna?, tampoco
era ese el nombre del autor de La Quintrala que yo había leído con los Toños.
–No –le respondí. Sin imaginar siquiera, que años más
tarde, para ser más precisos, en 1991, Mercedes Valdivieso, escritora chilena
(1924-1993), también nos contaría más sobre la Quintrala en su Maldita yo
entre las mujeres…, diciéndonos que ella, Catrala, resume todo lo que una
mujer no debe ser en una sociedad patriarcal, creada por y para hombres,
simplemente no le está permitido ser como es… En ese tiempo, una mujer era lo
que esa sociedad le imponía, y la Quintrala se rebeló a eso…
Y le conté la historia que yo había leído…, el autor
describía a Catrala como una mujer bellísima, pelirroja, atractiva, hechicera,
sádica; quien, junto con su hermana, siendo adolescentes, habían aprendido el
arte de la hechicería y la magia de sus ancestros para curar enfermedades y
otros sortilegios; luego, ambas, diestras, participaron de las cinquimpiras
que propiciaban sus tías con sus esclavos en La Ligua, la hacienda de sus
ancestros.
–¿Cinquimpiras? ¿Qué son? –me preguntó la
Maga más intrigada aún. Me pareció muy raro que ella conociendo de la Quintrala
no conociese de las cinquimpiras…
–¡Las cinquimpiras, pues! –le dije riéndome sonrojada
al recordar las cinquimpiras que hacíamos con los Godos–… Orgías –le dije
recordando que nosotras, en realidad, nunca llegamos a tanto, pero sí al
estriptís y al bailar desnudos, incluso abrazados…, pero sin llegar al sexo. Ni
a ellos, los arquitectos, ni a nosotras se nos había ocurrido hacer orgías…, o
tal vez sí a los arquitectos, porque en dos ocasiones el Godo las insinuó, pero
no le hicimos caso, lo dejamos en el vacío…
–¿De veras? –preguntó ella, realmente intrigada– No
las mencionan en ninguno de los libros que he leído; sugieren las orgías, sí,
pero no mencionan que estas fueran llamadas: cinquimpiras… Más
bien, Margarita Petit menciona en una de las últimas páginas de su libro al
Señor de Cinquipirá…, sin m y con acento en la á.
–¿Sin m? –pregunté yo–… pero nosotras
nos quedamos con la m y sin acento en la a, fueron
nuestras cinquimpiras… ¡ja!
–Es una versión nueva para mí –dijo la Maga–, pero la
historia es la misma. Catalina de los Ríos y Lisperguer es un ícono de la mujer
chilena, incluso de la mujer latinoamericana… o de la mujer en general…,
representa nuestra libertad de elegir lo que realmente queremos ser y no lo que
esta sociedad patriarcal quiere que seamos.
Este fue mi segundo despertar, con la Maga…, el
primero fue con Mara… Ambas me abrieron los ojos para comprender que esta sociedad
donde estábamos viviendo era una sociedad patriarcal…, todo un engaño; yo había
crecido con la confianza de que estábamos viviendo en una sociedad igualitaria,
pero no era así… Lo de capitalista, socialista, comunista, democrática o lo que
sea…, solo eran vestidos, cortinas de humo; el trasfondo era que era
una sociedad patriarcal, esa era la gran verdad…; pero nadie se atrevía a
verlo así…, o no podían o no querían verlo así. Muchos habían ido descubriendo
este desequilibrio en que se vivía y fueron protestando, pero no podían ver el
rostro de ese trasfondo… Los surrealistas y dadaístas, por ejemplo, protestaron
contra la sociedad aburguesada, superficial; los artistas también protestaron
contra la sociedad mecanizada, deshumanizada, y los hippies protestarían después
contra la sociedad materialista y de consumo…; pero nadie veía ni hablaba de
lo patriarcal que era este sistema… Se decía aburguesado,
mecanizado, materialista, pero no se decía patriarcal;
simplemente la palabra la habían borrado del mapa y este sistema se había
normalizado haciéndonos creer que eran justos e igualitarios. Fue con el
movimiento feminista que recién se revela el sistema patriarcal en toda su
dimensión…, un verdadero monstruo…,
que no solo les estaba afectando a las mujeres y a sus diosas, sino también a
los mismos hombres de todo el planeta porque ellos tampoco podían expresarse
como sentían, los estereotipos nos estaban ahogando a todos y las élites de
poder masculino estaban controlándolo todo…; es decir, el patriarcado estaba
afectando a todo el planeta… Y era de esta sociedad patriarcal llena de
oscuridad, temor y muerte que yo estaba huyendo… hacia el mar…, run
away to sea… Yo quería encontrar otra forma de vivir…, otra forma de
pensar…, de amar…, otra forma de ser…; más noble, más humana…, más solidaria,
más acorde con nuestra madre naturaleza…; pero, ¿dónde?…, ¿dónde estaba esa
otra forma de vivir?…, ¿esa otra cultura?..., ¿ese otro hogar?... ¿A dónde me
estaba llevando este camino del desierto?… Mientras tanto, la Maga me estaba llevando
por un mundo nuevo del sentimiento del amor, del amor puro que no tiene nada
que ver con los estímulos del sexo que destruyen el corazón… Su abrazo era
fraterno, asexual, lleno de emoción y de pasión, pero no de esa pasión del cuerpo
físico que nubla los sentidos, sino con la pasión del amor...
La primera vez que nos tocamos la Maga y yo fue ese
mismo día en la Universidad Nacional de Ucayali. Estábamos tendidas sobre la
grama de uno de sus parques, debajo de una gran palmera, mirando las nubes del límpido
cielo que nos observaba sereno y complacido… De pronto, la gran palmera se
perdió en lo alto de la bóveda celeste, ante nuestros ojos juntos…, entonces le
conté a la Maga lo mismo que le había contado a Mara cuando recién nos conocimos…,
que yo soñaba frecuentemente con el mar… Yo también, me dijo Mara en aquella ocasión, y
lo mismo me estaba diciendo la Maga en este loco instante… Yo también…, y
yo no lo podía creer, no lo podía creer... Ella también había escuchado el llamado
del mar..., ¡era una hija del mar!...
Entre los muchos significados de soñar con el mar que
habíamos encontrado Mara y yo, nos identificamos con este que hacía referencia
a un tal Tom Castro que también había escuchado el llamado del mar… El hecho
no es insólito, decía Jorge Luis Borges en su cuento El impostor inverosímil, “Run
away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de
los padres, la iniciación heroica”… Fue un despertar para Mara y para mí,
así lo sentimos y así fue cómo nos identificamos como hijas del mar. Caminar
hacia el mar era nuestro destino… y eso significaba romper con la autoridad de
los padres, dejar la patria, el hogar, el nido…; este gran paso significaba la
iniciación heroica para ir al encuentro de nuestro propio gran destino
final, el de nuestro último hogar, el más dulce hogar, el hogar de todos los
hogares. Más, había que pasar las tormentosas pruebas del
temor a lo desconocido, y del dolor de la separación o desapego de nuestros
seres más queridos y amados terruños...
La Maga se extrañó un poco de este loco destino mío y
se admiró de mi forma alocada de viajar, sin ningún dinero, ella por lo menos
tenía una tarjeta de crédito; pero no le preocupaba en lo más mínimo que un día
se quedase sin ningún centavo; dijo que si ese momento llegara se iría al mar,
a cuidar una de esas casas pitucas de playa… ¡Ooh, diosas y dioses! ¡Ese
también era mi sueño!…, ¡la Maga y yo teníamos el mismo sueño, el mismo sueño
en común!… “Cuidar una casa al lado del mar”…, fue casi un shock…
Fue en ese momento que nos acomodamos relajadamente sobre el césped estirando nuestras
piernas y levantando los brazos..., y al bajarlos y ponerlos al lado de nuestros
cuerpos, nuestros meñiques se tocaron estremeciéndose, lo que inmediatamente
trajo a mi memoria La creación de Adán de la Capilla Sixtina en
el Vaticano, Roma, Italia… Eso mismo había sentido yo, me dijo la
Maga más adelante… Luego, de forma por demás natural, entrelazamos nuestros meñiques
y los levantamos hacia el sol, mirando sonrientes nuestras manos;
efectivamente, teníamos muchos rasgos en común, como con Mara… Luego, nos dimos
la vuelta hacia nosotras mismas sin soltarnos de las manos y quedamos de costado,
con nuestras frentes y rodillas casi juntas… Así nos quedamos largo rato,
como dormidas…, abrigándonos con el calor del sol, la frescura de madre tierra…,
el aroma de los árboles…, el cántico de los pájaros…, soñando con el mar…
Entonces la miré con ternura, la Maga tenía los ojos cerrados y yo sentí una
extraña sensación, un fuerte impulso de acariciarle la frente como si de una
niña se tratase, como si fuera un@ de mis querid@s sobrin@s, como si fuera
Vane…, ¿por qué no?, me dije, puedo acariciarla con amor, amor
puro…, y puse mi mano en su frente…, lo hice con naturalidad, con cariño…, era
como acariciar con dulzura a un bebé… De pronto, ella me tocó la mano que la
estaba acariciando la frente, los cabellos… ¡Me respondió!…, sentí como una
corriente eléctrica recorrerme todo el cuerpo. Calma, me dijo
ella en el pensamiento, calma… y me calmé… Ella sostuvo mi mano
entre las suyas, luego se la llevó a su mejilla y después se quedó con ella
sobre la grama. Yo sentía que ella me comprendía perfectamente, comprendía el
gran dolor que me estaba atormentando por la separación de mis seres queridos…
Estiré las piernas respirando profundamente, apagando
aquel impulso repentino y pasajero de querer ir a toda costa con la Maga…, ella
también se movió… Yo sabía que ella tenía marcado su camino y que yo también
estaba haciendo el mío…, ella tenía su propia misión que cumplir y yo tenía que
cumplir los tres deseos más caros de mi vida…, ese era nuestro destino,
teníamos que volver a separarnos…, así lo sentía… Luego, nos quedamos quietas y
en silencio por un largo rato, cada una en su propio mundo de pensamientos,
recuerdos, sueños…; mostrando dolorosamente la naturaleza impenetrable de nuestra
mente, que nos separa de todo... También nos habíamos dormido, algo más de
quince minutos o quizá menos, pero cuando despertamos, fue como si de un largo
caminar hubiéramos regresado nuevamente a tomarnos de las manos, y estirarnos
cómodamente sobre la grama, liberando nuestros corazones hacia el cielo...; y
bajando luego, desde la cumbre de las grandes montañas como ríos felices que
van a dar al mar. Así, en un viaje por otras dimensiones, subimos de nuevo del
mar a la cumbre de las grandes montañas para volver al cielo, a nuestro origen…,
al lugar de donde todos hemos venido, nuestro hogar, dulce hogar…, hogar
sagrado, eterno y amado, nuestra inconcebible aldea mágica, mística…, así lo
sentía yo y sentía que ella también lo sentía así.
Ya sería un poco más de las tres de la tarde cuando
la Maga y yo decidimos continuar nuestro caminar… Nos levantamos, nos
desperezamos y continuamos caminando hacia afuera…, hacia el umbral…, para
dirigirnos al centro de la ciudad por la acera, por la pista…; a veces
callábamos, a veces hablábamos, pero estábamos felices de habernos encontrado…,
de habernos conocido… En un momento, ella se acercó a mí y me acarició la
espalda, yo también la abracé por la cintura y reímos; así caminamos unos
cuantos pasos para seguir caminando separadas y juntas al mismo tiempo…, la
sentía tan pero tan cercana a mí… Al día siguiente, ella viajaría muy temprano
por la madrugada a un poblado del interior, quien sabe por cuánto tiempo iría
de viaje con sus cuatro amigos, compañeros de la universidad; no, no era
posible que yo la acompañase, ni siquiera lo mencionamos; yo tenía que seguir
mi camino y ella el suyo…, nuestros caminos volvían a separarse… Nos despedimos
en el corazón de Pucallpa, fue un abrazo fraterno, emocionado, me dejé llevar;
por un momento yo sentí una profunda tristeza…, pero por otro, me sentí
aliviada, liberada, plena…, había sentido que mi tiempo en este rincón de la
selva había terminado, así que en algún momento iría a conocer el río y luego
me iría quien sabe a dónde…
Fin de LA SEPARACIÓN



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