VII.
Parte 4 – Por fin, mi gran viaje a India
Llegó el gran día tan
esperado por mí, fue después de la fiesta de mi cumpleaños en que me despedí de
mi madre, mis hermanos, sus novias y de mi pequeña Elvirita... Mi madre me despidió
en casa como si fuera uno más de mis tantos viajes, como si yo iba a volver...;
en realidad, yo no sabía si iba a volver, yo sentía que estaba partiendo del todo... Con Deepak también ya nos
habíamos despedido. Así que esa tarde me acompañaron, mi hermana Silvana y
Tauna, al puerto terminal de donde salían los barcos de la naviera Viking
Line, ubicado cerca de Gamla Stan. Eran las cuatro de la tarde, yo partiría
a las seis y viajaría toda la noche. Y de nuevo me acompañó el grave conflicto
de vivir la felicidad y el dolor simultáneos; la felicidad más grande por dar
rienda suelta a mis alas, y el dolor más profundo por la separación de mi madre
a quien todavía seguía amando con mucho apego; y sobre todo porque me sentía
responsable de ella, más que mis hermanos, por lo soltera que yo era...; pese a
que, realmente, la responsabilidad por el cuidado de nuestra madre recaía, de
igual a igual, en los ocho hermanos… Y a ese sentimiento doloroso, se sumó mi
dolor por separarme de Elvirita, ¡ooh, diosas y dioses!..., yo tenía que ser
muy fuerte para no retroceder en mi camino…, diciéndome a mí misma entre
lágrimas... No no, no volveré a amar a
nadie más... Elvirita será la última… Ja, ja, ja..., lo fue sin duda alguna..., pero por un tiempo...
Yo iba vestida casi toda
de negro, jean, polera, chompa y casaca de cuero; mas, mis botines eran de
color marrón claro, sin cordones…, me gustaban mucho...; mis ojotas iban en mi
mochila de viaje, también de color negra; además, llevaba una mochila pequeña
color roja, para mis salidas diarias o paseos o caminatas.
Ese barco del Viking
Line era un barco inmenso, de seis o siete pisos, mis barcos de la Amazonía
quedaban pequeñitos ante su inmensidad. Cuando llegó el momento de subir a ese gran
barco, abracé primero a Tauna y luego a mi hermana..., lloramos... No dejes
de escribirnos ni llamarnos por teléfono, me recomendaba Silvana, y yo le prometía
que sí, sí, yo estaría siempre en contacto con ellos. Y así fue...
Subí al gran barco y fue
otro mundo..., de inmediato me llevaron a mi camarote que compartiría con una
muchacha rusa. Dejé mi mochila y me fui a caminar por la cubierta..., ya nos
habíamos alejado bastante del puerto... Había un hermoso crepúsculo, pronto
saldrían las estrellas y el frío de la noche nos haría buscar abrigo... Era
grandioso este comienzo de mi gran viaje..., totalmente auspicioso, era un
regalo del universo… Poco a poco fui adquiriendo más confianza y seguridad en
mis propias riendas y el temor fue desvaneciéndose, y fui sintiéndome la
protagonista de una gran película de aventuras... Fui a merodear por las
instalaciones de este maravilloso barco que parecía una ciudadela de lujo, sin
tener que bajar la guardia, me mantenía siempre atenta... Entré a una despampanante
discoteca psicodélica, donde escuché y medio bailé el Dancing Queen de
ABBA que estaba terminando…, y comenzando luego, el famoso Eagle,
Águila, queriendo alimentarse de mis nostalgias, a flor de piel, por mi querida
familia. Pasé por el salón de juegos y vídeo juegos observando las ruletas, los
dados y naipes…, todo… todo era un lujo…; pasé por las tiendas duty free...; y,
volví a mi camarote... La muchacha rusa ya estaba durmiendo; y yo, antes de
dormir me entretuve en un mar de pensamientos y recuerdos, repasando hechos y
voces recientes de mis seres más queridos…; incluso volví a recordar aquella extraña
revelación de Tauna, de que son seis familias (de occidente), de las más
asquerosamente ricas, las que gobiernan el mundo…
Llegamos a Helsinki
temprano por la mañana, tuve tiempo de recorrer el centro de la ciudad, pues
viajaría en el tren de la noche a Leningrado y luego viajaría a Moscú. En
Leningrado pasé una noche en un hotel, de allí llamé por teléfono a mi madre
para reportarme y saber que ella se encontraba bien, lo mismo que Elvirita, mi secretaria; me causaba tanta gracia
que así la llamasen mis hermanos porque siempre andábamos juntas. Mi madre me
reconfortó diciéndome que Elita se encontraba bien, que no me preocupara, que ella
estaba bien acompañada y que no sufriría mi ausencia…, lo que a ratos me
tranquilizaba… Entonces, mi madre me dio dos gratas noticias: que Jorge y Natik
habían conseguido su residencia en Suecia, y que Sasha me esperaría en Moscú y
sería mi anfitrión; así que, en casa, todos estaban felices, nuestra madre se
encontraba más tranquila, y yo, no lo podía creer… Efectivamente..., Sasha me
esperaba en la Estación Leningradsky –la estación de ferrocarril más
antigua de Moscú y una de las nueve que tiene la capital– situada en la Plaza
Komsomólskaya, ubicada al noreste del centro de la ciudad, a unos 3
kilómetros de la famosa Plaza Roja… Y me llevó a la residencia estudiantil
de la Universidad Patrice Lumumba, donde me instaló en su propio cuarto que
había compartido con mi hermano Jorge, y que ahora compartía con otro amigo; y
como ambos habían salido de vacaciones, yo podía quedarme en ese cuarto por
espacio de un mes… ¡Increíble!..., por supuesto que acepté de inmediato... No
lo podía creer..., no lo podía creer... Sasha me hizo conocer la universidad Patrice
Lumumba, la Plaza Roja, el Kremlin, el mausoleo de Lenin..., la bellísima
Catedral de San Basilio, el Café Pushkin... donde escuché la maravillosa Nathalie de Gilbert Bécaud en francés –y
lejanos recuerdos afloraron en mi corazón (ver Anexo 7, Maryland y
los Amarus)–, el famoso Kasachok…,
Moskau de Dschinguis Khan... Y, luego, por mi parte…, volví una y otra vez
al centro para seguir deambulando como en un sueño…; tan fuerte era mi
conmoción que simplemente lloraba y lloraba, lloraba cada vez que me emocionaba...
Una tarde, mientras me
encontraba circunvalando la bellísima Catedral de San Basilio..., se me acercó
un joven ofreciéndome unos libros de manera furtiva..., de inmediato me atrajo
uno, porque estaba la misma Catedral de San Basilio en su carátula y el título
era El Peregrino Ruso, en inglés...; le regateé un poco el precio y él
accedió...; y aquella joya literaria vino a parar a mis manos y a mi equipaje.
Nunca había escuchado de este libro de autor anónimo, lo leí durante toda mi
estadía de un mes en Moscú. Es un clásico de la espiritualidad cristiana
oriental.
El Peregrino Ruso es la
historia de un hombre que quería aprender a orar. Un día había escuchado que en
la Biblia se aconseja que debemos “orar
sin cesar”, entonces buscó a muchos maestros para que le explicaran esta
enseñanza, pero ninguno lo satisfizo, hasta que encontró a un “staretz” (monje)
que le enseñó la oración de Jesús, la sencilla y muy reverente repetición del
nombre de Jesús... “Señor Jesucristo, por
favor, ten piedad de mí, pecador”... A partir de entonces, esa oración de
Jesús se apoderó de su mente y corazón... La invocación del nombre divino, es
un acto que constituye el “recuerdo”
de la Divinidad Suprema..., esa es la esencia de sus enseñanzas... El camino
del Peregrino Ruso es un camino espiritual, un manual para aprender a orar...
Mas, a pesar que en aquel tiempo yo no tenía ningún interés por orar, me sentí
identificada con aquel peregrino en cuanto a su peregrinaje, él se dirigía a
Jerusalén, meta de su viaje...; y yo me dirigía a India, aunque dando un gran
rodeo por aquel mundo que me parecía haberlo caminado en vidas anteriores..., y
que ahora solo estaba volviendo sobre mis pasos...
Sasha se portó muy bien
conmigo, fue mi guía turístico además de mi anfitrión..., pero no nos entendimos
más allá de eso; sin embargo, yo notaba que él también estaba en su propia
búsqueda... En realidad, ¿quién no está en su propia búsqueda... de lo que sea?... En lo que a mí respecta,
mi búsqueda ya estaba siendo cada vez más clara, yo estaba buscando el camino
místico o espiritual, que es completamente opuesto al camino material, que hoy
en día solo nos ofrece su sistema ateo-capitalista-depredador que embota los
sentidos. Yo buscaba un camino trascendente que me condujese al centro del
laberinto de mi propia mente..., para convivir con mis dos mundos –interior y
exterior– en perfecta complementariedad y armonía... Cómo es afuera, es adentro…, y viceversa. Así lo sentía..., así era para mí...
Moscú era una gran
metrópoli más... con sus edificios modernos un tanto serios y sus grandes
avenidas…, en medio de su orgulloso patrimonio histórico de cúpulas curvadas y
coloridas. Y su gente…, caminaba a toda prisa…; a todos los veía iguales y
también serios..., ¿o sería mi imaginación?... Sus ushankas (sombreros) también
eran iguales como sus autos... ¡Y la multitud de gente que había en las
estaciones y trenes de su metro!... ¡Era demasiado para mí!... Aquel palacio
subterráneo o palacio del pueblo, alberga, además, muchas estaciones
que son verdaderos museos por sus columnas de mármol, techos altos, candelabros
gigantes de cristal y bronce dorado… Grandes esculturas, murales y mosaicos
cuentan la historia del país... Mas, con nadie podía contactar..., era muy
difícil encontrar a alguien que hablase inglés..., así que no nos entendíamos
para nada; lo cual también me encantaba pues yo no era muy sociable que
digamos, mis hermanos ya me decían: antisocial,
nihilista, anarquista, incomprendida, ja, ja, ja..., que solo a mí podía
gustarme un “neurótico” como Herman Hesse... Me decían de todo..., para lo que me importaba..., ¡ja!...;
pero mi madre siempre me defendía de esos ataques..., les pedía respeto para
mí... ¡Aah, mi madre!..., nadie podía evitar que en medio de nuestras fiestas
terminásemos filosofando con mis hermanos, y por tanto, discutiendo nuestros
puntos de vista...
Así estaba siendo mi gran
viaje, a veces los recordaba a todos, me reía..., los extrañaba…, a mi madre, a
Elita, a Tina... Sí..., también estaba extrañando a Tina..., la recordaba desde
el principio, cuando nos conocimos..., recordaba cuando bailábamos juntas
felices de la vida... cuando nos amanecíamos conversando, dibujando, fumando,
escribiendo, leyendo, tomando café..., o vino, o comiendo un chocolate Marabú
con pasas y nueces...; así como hacíamos con Mara o con mis amigos los
Toños… Me encantaba abrazarla de vez en cuando y ella se dejaba abrazar como
una niña, a veces también ella me sorprendía con un fuerte abrazo y una
picardía... Tina es menor que yo en siete años, y es mucho más alta que yo, y
muy bella, bellísima..., me hacía sentir que estaba al lado de la mismísima
Greta Garbo o de Ingrid Bergman (actrices suecas) en persona...; por lo que yo
andaba muuyyy descolocada… También fueron mis amigas sus mejores amigas: Evita “Perón”
y Caroline con su bella hijita Maya de seis añitos... Y con Tina…, no nos
cansábamos de escuchar el long play del soundtrack de la película Carmen
de Carlos Saura, que ella se había prestado de otra de sus amigas… Nos
identificábamos tanto y tan plenamente con esta música, tan original y
sensible…; que yo sentía que Tina era la mismísima Carmen, la gitana de la
famosa ópera del músico compositor francés, George Bizet (1838-1875)… Así que, me
encontraba doblemente… descolocada…, ¡oh, diosas y dioses!
Ahora yo estaba viajando
de Moscú a Berlín... pasando por Varsovia... Tenía que conocer la Postdamer
Platz y La Puerta de Brandeburgo, el lugar donde se había llevado a cabo el
fantástico concierto “The Wall” de
Pink Floyd –de quien yo era fan número uno– y de muchos otros artistas
invitados... Cuando con Tina y Caroline vimos este concierto en vivo y en directo
en la TV, en Estocolmo, allá por julio de 1990..., quedé fascinada con este
espectáculo sin igual… que fue muy significativo para el mundo entero, sobre
todo para mí. Se había derribado un muro y se divisaba un nuevo orden mundial
con oriente y occidente unidos… (aunque solo fuese un breve sueño o una falsa esperanza)…
“El mundo estaba cambiando”..., se
respiraba otro aire… refrescante… Allí se presentaron: Roger Waters, Cindy
Lauper, Sinéad O'Connor, The Band, Joni Mitchell cantando su espectacular Goodbye Blue Sky, Bryan Adams y tantos
otros... Todos cantándole a la paz, al amor, a la música, a la libertad… Así
crucé The Wall, por esa gran puerta,
de oriente a occidente...; toqué los restos de ese muro, me incliné ante el río
Spree, le lancé una florecilla azul que encontré en mi camino, y compré mi
pasaje en tren, directo a París...
París era una gran
metrópoli modelo, a la que habían seguido otras ciudades del mundo en su trazo
de grandes avenidas y arquitectura de vanguardia… En verdad, no era justamente
París como ciudad lo que me atraía…, lo que realmente me atraía de Francia era
la misteriosa Catedral de Nuestra Señora de Chartres, ubicada en la ciudad de
Chartres, por su fantástico laberinto dibujado a su entrada, en el piso, con
baldosas negras y blancas, de casi trece metros de diámetro. Hasta allí tuve
que ir en tren –un viaje de poco más de una hora–, de París a Chartres, para
caminar de rodillas por los círculos de aquel enigmático laberinto, de afuera
hacia adentro –haciendo el mismo peregrinaje de aquellos
viajeros de la edad media que no podían ir a Jerusalén–, hasta llegar a su
centro que es como una gran flor de loto de seis pétalos...; allí puse mi
pequeña pirámide: El Gran Sortilegio del Destino y la destapé...; y les
pedí, con todo mi corazón a todos los presentes, a la catedral y a su
misterioso laberinto... ¡Por favor,
ayúdenme a encontrar la verdad absoluta!… Me mantuve un buen rato en esa
postura... de rodillas, con los ojos cerrados y visualizando el sagrado Yggdrasil
de mi gran pirámide. Terminado mi ritual, me senté sobre una banca para contemplar
el místico espacio donde me encontraba…, un lugar de total recogimiento, cuya
altura se perdía por los cielos…, donde las luces divinas y los ecos suaves de
la música gregoriana y de las mismas oraciones, ayudaban a los fieles a
concentrarse en su Divinidad Suprema personal y encontrarse a sí mismos junto a
ella; mientras le oraban, pedían, suplicaban... lejos del mundanal ruido...
Yo me encontraba feliz y
agradecida por aquella inolvidable experiencia..., y volví al centro de París
para recorrer los principales hitos de esta gran ciudad..., la famosa Catedral
de Notre Dame; el río Sena, donde ya no estaba la misteriosa Torre de Nesle que
guardaba los secretos amorosos de Margarita de Borgoña..., sino la popular
Torre Eiffel, de hierro… Luego, El Louvre con su gran pirámide de vidrio –allí
me filtré en un tour guiado para no perderme en el laberinto de sus obras arte–,
los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, el famoso Moulin Rouge donde había
cantado la maravillosa Edith Piaff, el barrio de Montmartre o barrio de los
artistas..., y el gran Centro Pompidou... del que tanto habían hablado mis
profesores en la facultad...
París resultaba un poco
caro para mi bolsillo, pero, aun así, me mantuve firme para completar mi rally
propuesto, conociendo por fin la Universidad de la Sorbonne ubicada en el
corazón de París, muy cerca del famoso Barrio Latino –llamado así porque en la Edad
Media, todos sus estudiantes y profesores hablaban el latín como idioma
universal–; donde había estudiado mi querida amiga la Maga, de quien yo no
tenía ni idea de su verdadero nombre..., por lo que encontrarla ahora me
resultaba un sueño casi imposible...; no me quedó más que recordarla en medio
de mis ríos peruanos y del gran río Amazonas, y en Manaus, donde nos
despedimos... Así me encontré en este recinto del conocimiento, recordando a la
Maga y dilucidando por dónde yo continuaría mi gran viaje…; si por las ciudades
que más me atraían de Italia o por Viena, capital de Austria, donde había
nacido uno de mis grandes amores platónicos: Wolfgang Amadeus Mozart. No tuve
que tirar la moneda, simplemente, en vista que me negaron la visa para entrar a
Austria; no me quedó más que dirigirme a Grecia por la ruta de Italia. Mas, en
la Estación Gare de Lyon –ubicada en el distrito 12, en la margen
derecha del río Sena, al este de París–, cuando estuve haciendo fila para
comprar mi boleto a Venecia, escuché comentar a unos jóvenes argentinos que, Amadeus, la extraordinaria e inolvidable
película de Milos Forman, había sido filmada en la ciudad de Praga, porque esta
ciudad tenía la particularidad de mantenerse tal cual en épocas pasadas, sin
ningún aviso publicitario en las fachadas de sus edificios de su centro urbano,
sin ningún cambio en su imagen urbana por los avances tecnológicos. Esta
noticia me cayó de maravilla y cambié mi ruta italiana por la de Praga, a ojos
cerrados. Fue una excelente elección..., la capital checa con su río Moldava,
su puente Carlos, su callejón del Oro, su gran Castillo, sus callecitas
medievales, su reloj astronómico y miles de turistas… me estaban esperando...
Al igual que en París,
me hospedé en un hotel de tercera, para mí era suficiente pagar cinco o diez
dólares máximo por día (o noche)... Trataba de practicar siempre mis ejercicios
de respiración, concentración y meditación que Tauna me había enseñado... Caminaba
mucho..., sobre todo por el centro… Una que otra vez llamaba a mi madre, le
enviaba postales, cartas..., lo mismo que a mis dos hermanas que se encontraban…,
Mericucha en Chile y Edith en Perú… No llevaba cámara fotográfica para no
atraer la codicia de algún amigo de lo ajeno...
Mis alimentos eran
sencillos, casi nunca entraba a un restaurante; más bien compraba lo que
necesitaba en los supermercados: pan, leche, mantequilla, queso, yogurt,
jamonada..., vegetales..., fruta..., casi siempre esta era mi comida; no me faltaba
agua de la llave para llenar mi botella, y de vez en cuando compraba una
cerveza o un almuerzo para llevar, y comer en un parque o en cualquier otro
bello lugar al aire libre... El centro de Praga fue mi lugar favorito durante
esos siete días que estuve por allí..., me gustaba pasear por el bello puente
Carlos y contemplar sus grandes estatuas...; ver cómo los pintores diestros
caricaturizaban a los turistas, ganando diez dólares por retrato, toda una
fortuna... Así me dirigía hacia el Castillo..., a ese impenetrable castillo de
la novela de Franz Kafka…, símbolo del poder de los más codiciosos;
reflexionando que también es un símbolo espiritual, el de Santa Teresa de Jesús.
Mas, a este castillo interior de Santa Teresa uno puede acceder con solo orar a
la Divinidad Suprema de su corazón, principio y fin de todas las cosas, principio
femenino y masculino de toda existencia…; para servirle con amor y devoción… Este
encuentro con nuestra Divinidad Suprema personal, dice Santa Teresa, es vivir
el verdadero amor, divino y eterno, el éxtasis supremo… o bienaventuranza continua,
plenos de dicha…, esa es la felicidad última…, la última autorrealización, el
encuentro con nuestro origen divino.
Luego, le hice honor a Franz
Kafka visitando su casa museo muy cerca del reloj astronómico, y recordando sus
otras novelas… un tanto surrealistas –como la Metamorfosis, por ejemplo–;
donde critica el capitalismo, la modernidad industrial con su consecuente
alienación del ser humano, reducido a un mero instrumento de trabajo, a una
mera unidad de producción, despojado de humanidad y desechable como un vil insecto. La obra de Kafka revela lo absurdo de esta existencia, la
angustia provocada por el infinito y nuestra ignorancia, y la risa como vía de
escape de tan maquiavélico absurdo.
Tal vez la vida sea solo un gran juego..., me decía yo misma para
mis adentros...; también le había dicho lo mismo el río hablador a mi madre
querida… en uno de mis más fantásticos sueños… ¿No ves que la vida no es más que un dulce juego?... Así, entre
estas cavilaciones que turisteaban por mi mente, me encontré de pronto,
viajando por las capitales de Europa del este, dejándome llevar por los precios
de oferta de los pasajes en tren...
Visité Budapest,
Bucarest, Sofía y Estambul o Istanbul (la antigua Bizancio)... puerta de Europa
a Asia…
VII.
Parte 5 – Cruzando el mar Mediterráneo
No comprendía cómo había
llegado a Estambul..., me sentía un miserable punto en medio de la
inmensidad... Veía mis mapas y me sorprendía que estuviese caminando sola en un
lugar tan lejano del mundo y tan desconocido para mí..., por más que estuviese
cerca de la tierra de mi querido Massoud Khodabandelou..., cerca de la tierra
de Las mil y una noches..., yo
continuaba perdida en el laberinto de mi propia búsqueda... Llevaba ya dos días
en Istanbul y fui presa de un gran desánimo, sentía que yo no tenía salida,
que estaba más atrapada que nunca en un mundo hostil y sin sentido... Me
sentí tan, pero tan profundamente abatida, que no me di cuenta cuando llegué a
la bellísima Basílica de Santa Sofía..., una antigua basílica ortodoxa
convertida en mezquita...; no lo podía creer... ¡Ooh, diosas y dioses!..., era
una preciosura de arquitectura..., tan distinta a las catedrales cristianas de
nave y crucero, pero igual de bella..., y no me cansaba de observar su exterior
e interior... Como en todas las mezquitas, el nombre de Ala está escrito en
árabe por doquier..., no hay imágenes... ni mujeres, muy pocas se veían
caminando por sus recintos... o raramente... Tal vez deba continuar mi viaje a India por aquí, por Turquía,
pensé..., de ser así, ya no iría a Grecia
ni Egipto...; sino, viajaría por Siria, Irak, Irán, Afganistán, Pakistán y...,
llegaría a India... ¡Conocería Irán!,
la tierra de Massoud y de Las mil y una noches...; lo que sonaba a una muy encantadora y tentadora invitación, ya que
también me atraía mucho la antigua Persia…
Mas, el destino o el
universo, nuevamente me señalarían a Grecia y Egipto como mis siguientes
paradas olímpicas...; pues las fuentes decían que era riesgoso viajar por esos
países del Medio Oriente, porque estaban en continuo conflicto, en disputas
petroleras y por el control de la región, azuzados por el siempre agresivo y
belicista Estados Unidos; así que esa no era mi ruta... Mejor me quedé tres
días más en Estambul, para volver a la Basílica de Santa Sofía y corroborar que
los libros no son suficientes para sentir y comprender nuestro legado
histórico..., hace falta nuestra presencia..., estar por lo menos en el lugar
de los hechos... También me quedé para conocer el puente Gálata que une oriente
y occidente..., era inmensamente largo, allí la gente iba a pescar..., era tan
distinto al Puente Carlos de Praga... Me quedé para recorrer el tan mentado
Gran Bazar..., la Mezquita Azul y otras mezquitas...; desde cuyos minaretes se
escuchaba a un almuédano anunciando la hora de la oración... Esto llamaba mucho
mi atención, el famoso “salat”, que
son las cinco oraciones diarias del Islam (al amanecer, al mediodía, tarde,
crepúsculo y noche), obligatorio para todo musulmán. Se trata de recordar a
Alá, su Divinidad Suprema, glorificándolo con humildad y sinceridad, de estar
consciente de su presencia y omnisciencia, y de considerarse muy ínfimo ante su
majestuosidad... “En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso. La
alabanza pertenece a Alá, Señor de los mundos”… De eso se aseguraban los
fieles ingresando a una mezquita para entregarse a esta oración y meditación;
o, muchos otros que se encontraban distantes de sus templos, se arrodillaban en
el suelo –se encontraren donde se encontraren–, sobre una alfombrita que
siempre llevaban consigo debajo del brazo, orientándose fijos hacia la Meca en
actitud de recogimiento, para recitar o cantar en voz alta sus oraciones...
Parecía que el universo o el destino o la vida me
estaban mostrando “lo muy claro” que
tenían estas culturas orientales con respecto a la autorrealización, que
para lograrla es preciso orar y meditar en la Divinidad Suprema..., tantas horas al día como fuera posible, para
estar conectados continuamente con este Ser Superior... que para unos es Jesús,
para ellos es Alá... y para India, sus diferentes diosas y dioses... Pero se
tiene que orar y meditar en la Divinidad Suprema para recordarla en todo
momento de la vida, porque es parte de nuestra vida…, y hasta encontrarnos
verdaderamente con ella… Esto es vital, es una ley, un deber, es nuestro dharma
para lograr la autorrealización: la famosa y mística unión a través de
relaciones amorosas recíprocas y de servicio; que aún eran un gran enigma
para mí... porque, para empezar, ¿cómo yo iba a orar, si ni siquiera tenía una
Divinidad Suprema?... Sin darme cuenta que la Divinidad Suprema ya venía
acompañándome desde siempre; desde afuera, en su forma física o material de
madre naturaleza y universo...; y desde adentro, como el centro de mi alma, o
alma de mi alma o Alma Suprema o Superalma o Paramatma, como la llaman
Los Vedas; y al mismo tiempo, ella era la verdad absoluta que yo estaba
invocando por todos sus templos, bosques, montañas, ríos y mares...; aunque
todavía no supiese como acceder a ella para percibirla… o sentirla… y
venerarla…
Terminando mi recorrido
por Estambul compré mi pasaje en avión a Atenas, que también estaba en oferta… Parecía que el universo me regalaba esas
ofertas para mostrarme que esa parte del mundo era mi ruta, era parte de mi
camino para reencontrarme conmigo misma..., o encontrarme mí misma…, porque el
pasaje a India siempre me lo ponía caro; y no había sido posible hacer ese
viaje por barco… como cuando lo intenté por las lejanas tierras del Brasil. Por
tren era mejor, más barato, pero también más incierto, inseguro y peligroso por
las restricciones en los puestos fronterizos, debido a los conflictos y guerras
permanentes de Oriente Medio. Por lo que decidí intentar, de nuevo, viajar por
barco, desde Egipto; alguna gente decía que del Canal de Suez salían barcos
cargueros a India. Así que, cruzaría el mar Mediterráneo.
En Grecia no demoraría mucho porque mi viaje a India ya estaba demorándose, aunque para mi bien, ya que tarde o temprano terminaría enclaustrándome en la celda de algún ashram o monasterio, como era mi inconcebible anhelo…, pues cada vez se me hacía más patente el renacer de mi vocación de niña, de ser una monja…; aunque todavía no pudiese comprender del todo, la esencia y magnitud de este camino… De Atenas me interesaba conocer su gran Acrópolis y Partenón, donde habían discurrido los fundadores de nuestra cultura occidental, principalmente Sócrates y Platón. Subiría a pie por esa colina que es una réplica más de La Gran Montaña que nos lleva hasta su cima...; con mi mochila roja a cuestas, llevando mi maquetita de la gran pirámide: El Gran Sortilegio del Destino… Había muchos, muchos turistas que subían y bajaban por este camino; la entrada a la Acrópolis costaba diez dólares, y todo el día estaba literalmente llena; aun así, me incliné con total reverencia ante el Partenón, el templo consagrado a Atenea, diosa de la sabiduría; y les agradecí a ambos, a la diosa y a su templo, por haberme llevado sana, salva y agradecida hasta sus pies... También a ellos les imploré que me ayudasen a encontrar mi verdad absoluta… Esta era Grecia, la tierra de los clásicos de la literatura que aún siguen conmoviendo al mundo: Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides y otros.
Con Atenas, comprobé, una vez más, que todas las ciudades son iguales…, los mismos ruidos, el mismo olor, el mismo movimiento…; la misma diversidad cultural; la misma alta densidad de su población, y, por ende, el mismo hacinamiento y contaminación ambiental…; los mismos centros corruptos de poder político y económico; la misma infraestructura compleja de su sistema vial y de servicios de agua, luz, gas…; los mismos estruendosos laberintos en expansión, ¡sin control!…; aunque con naturales diferencias, por supuesto... Pero, llegar al puerto El Pireo sí que fue otro gran regalo del cielo..., allí estaba el gran mar Mediterráneo... ¡Ooh, diosas y dioses!, por fin había llegado al mar Mediterráneo, el inmenso mar azul lleno de blancas gaviotas y su puerto lleno de barcos que llegaban y partían en todo momento, hacia aquellas maravillosas islas del Mediterráneo. Había mucha gente, muchos turistas y mercantes...; y yo me detuve aquí para averiguar todo sobre aquellas exóticas islas… Dormí tres noches en este espacio al aire libre, junto a otros viajeros que esperaban partir o acababan de llegar... Entonces, hice mi ruta..., iría de isla en isla hasta cruzar el Mediterráneo y llegar a Egipto...
Así fue que me eché a la mar...
Empecé por Mikonos, belleza entre las
islas, tuve que quedarme aquí casi una semana, tenía que recorrer sus estrechas
callecitas laberínticas, de edificaciones blancas y recuadros (de sus puertas y
ventanas) de colores..., aquí escuché alucinada Zorba, el griego, entre otros sirtakis de su música folclórica... Recordé
a Mara y a la Maga..., recordé a mi madre, a mis herman@s y sobrin@s..., a Deepak
y a Tauna..., recordé a Elvirita y a Tina..., hasta César Vallejo estuvo
presente con su poesía... Qué estará
haciendo a esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me
asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí... Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar; de su sabor a cañas de mayo del lugar…
Luego, la isla de Naxos, Santorini,
Rodas... también otra belleza de isla... con sus edificaciones de piedra y su muralla
también de piedra… interminable..., por donde circunvalé tocándola,
agradeciéndola, sintiendo que yo había estado allí en algún momento de la
historia de mi vida; no tenía duda, me lo decía el dolor agudo que sentía en el
pecho, y que afloraba en lágrimas incontenibles por mi asombrado y conmovido
rostro...; y cuando llegué a donde había estado el gran Coloso de Rodas..., lo
vi..., lo vi donde ahora ya no hay nada más que el viento..., desde hace mucho
que ya no está el gran Coloso que había sido el inmenso faro de los mercantes...;
mas, yo sentía que ya antes había estado en la isla de Rodas, me lo decía el
corazón..., ahora solo estaba recordando... También me quedé aquí unos días en
una hospedería del YMCA, fue una experiencia única compartir esta estancia con
otros viajeros como si se tratara de un gran campamento...
Después, partí a la isla de Creta para
conocer el famoso laberinto del Minotauro, e intentar dilucidar o decifrar
sobre sus restos, su poderoso significado simbólico que me producía un gran
efecto... Algunos decían que Heraklion, capital de Creta, había sido construido
sobre el mismo laberinto que construyó el arquitecto Dédalo, por orden del rey
Minos para ocultar al Minotauro... Con estos recuerdos del famoso mito subí la colina
de Cnosos, para conocer el fantástico palacio hoy en ruinas… y mirar al cielo y
a la tierra a través del tiempo..., preguntándome… ¿No habré sido yo, en vidas pasadas, un ciudadano de aquellas
metrópolis que ahora estaba recorriendo?, o, ¿un simple albañil, una aldeana,
un agricultor o un pescador?... ¿Por qué sentía que mis manos habían labrado
aquellas milenarias piedras?...
Tampoco podía dejar de visitar el viejo
monasterio de Arkadi, hoy museo, ubicado en una meseta rodeada de olivos y
montañas… Yo necesitaba, aunque sea por un momento, un poco de aire de
recogimiento..., aunque hubiese siempre tanta gente... En este monasterio
entablé conversación con un joven coreano, algo inusual de mi parte, pues el
trayecto yo lo hacía siempre sola, conmigo misma... Este joven me preguntó, are
you going to India in search of enlightenment?... “Enlightenment?”, repetí
algo confundida…
Tuve que buscar en mi diccionario el
significado de esta nueva palabra para mí..., para quedar muy confundida... ¿Qué
es la “iluminación”?..., y, ¿la
autorrealización?...; él no podía responderme porque apenas sabía del camino
espiritual o más bien, no sabía nada, pero me decía que había mucha gente que
iba a India en busca de la iluminación, especialmente a Puthaparti –una ciudad
sagrada en el estado de Andhra Pradesh, sureste de India–, para conocer a
Sathya Sai Baba quien mostraba ese camino. Por ello, creo que confundí a Sathya
Sai Baba con Srila Prabhupada, pensando que él era el guru de los hare hare…,
sin haber visto siquiera, en ningún momento, alguna foto suya… Y marqué a Puthaparti
como parte de mi camino.
Me quedé durmiendo un par de noches en el
puerto de Heraklion esperando un barco que me llevara a Egipto..., y de allí,
partiría a India sea como sea... Yo estaba esperando exclusivamente el barco Ariadna...,
en ese barco yo quería viajar a Egipto... Ariadna había sido la guía de Teseo
para llegar al centro del laberinto..., y sentía que este hecho me ayudaría a
llegar a mi propio centro para acabar con aquel enigmático ser, el famoso
Minotauro, en torno al cual se tejían muchos mitos y leyendas…; sin embargo,
para mí…, no era más que mi otro yo, aquel yo/ego falso, el usurpador de mi
alma que me impedía ser yo misma…
La travesía en el Ariadna fue
sencillamente de lo más espectacular... Viajamos durante el día..., eran horas
y horas de tan solo cielo y mar... Mar... Mar extenso, mar azul..., cielo
claro, luminoso con las nubes doradas por el sol...; sin ver tierra por ningún
lado..., más que cielo y agua, cielo y mar... azul…, azul…, vientos..., aves…,
y muy de vez en cuando… otro barco… Más que nunca quería recordar la historia
de aquellos tiempos en que no existía el tren ni el avión..., sino tan solo las
aguas como principal medio de comunicación en este majestuoso rincón del
mundo... De esta zona mediterránea provienen nuestras casonas solariegas –cuyos
espacios se distribuyen alrededor de un patio– en occidente, en Latinoamérica,
en Perú…, en Santiago de Chuco y Huamachuco…; y estas a su vez, tienen su
origen en Asia, unos dicen que, en India, otros dicen que en China…
Y yo, en medio de tales aguas azules...,
ya podía divisar claramente, al otro lado del mar, el gran faro de Alejandría y
su gran biblioteca, ambos destruidos por las guerras, el fuego y el tiempo...;
pero que actualmente, había grandes proyectos de reconstruirlos en
conmemoración a su existencia, como invaluables patrimonios de la humanidad.
Ya pronto mis ojos contemplarían, en vivo
y en directo, la Gran Pirámide, ¡mi siguiente parada olímpica!
Cuando llegamos al puerto de Alejandría,
tomé un bus directo al Cairo; y luego, en su estación de buses, tomé un taxi
que me llevó a un hotel cerca de la meseta de Giza donde se encuentran las
fabulosas Pirámides, aquellas enormes tumbas de piedra construidas hace más de
4,500 años para los faraones…, y yo las visitaría tan pronto como amaneciera. El
acceso también costaba diez dólares... Pasé todo un día en Giza visitando
aquellas construcciones que tanto me habían atraído en mi época de
estudiante..., en especial la Gran Pirámide y la Gran Esfinge... Todo era
igual, igual que en las postales y en los libros, pero a su vez, diferente,
claro está... Ahora, yo me encontraba aquí, en este lugar tantas veces soñado y
siendo acariciada por su arena que se levantaba con el viento...; por fin yo
podía ver mi maquetita de la Gran Pirámide, llamada El Gran Sortilegio del Destino, en su tamaño original... Sin dar más rodeo a los pensamientos
y emociones, me dirigí a la entrada de la Gran Pirámide, la Pirámide de
Keops...
Había muchos visitantes..., subimos un
buen grupo de personas hasta el acceso de la pirámide... Todo estaba indicado
allí, las tres galerías que llevaban a tres cámaras: la cámara del Rey, la
cámara de la Reina y la cámara subterránea, y los ductos de ventilación; se
comentaba también la existencia de una cámara secreta. Lamentablemente, el
acceso a la cámara subterránea estaba cerrada temporalmente “por refacción”.
Visité las dos cámaras superiores tratando de recrear su historia y simbolismo,
escuchando a los guías turísticos; y cuando por fin, me hube llenado de las
vibraciones de sus piedras gigantes, de sus formas y texturas; salí de estas
galerías, para escabullirme, en un descuido de los guardias, por la galería que
llevaba a la cámara subterránea, cruzando las cintas que prohibían su acceso.
El hecho era de vida o muerte para mí, no podía irme sin llegar al punto álgido
de mi peregrinación..., la cámara subterránea era el lugar donde llevaría a
cabo mi gran ritual y su invocación. La galería descendía por unos ciento y
tantos escalones tipo rampa..., todo estaba oscuro..., apenas se veía una
ventanita en lo alto que comunicaba con el mundo exterior... Bajé tan rápido
como pude para que nadie pudiera descubrirme, mientras más abajo me encontraba,
más tétrico y oscuro... Ya era difícil que alguien pudiera divisarme desde
arriba..., de rato en rato me alumbraba con la luz de mi pequeña linternita...,
hasta que se acabaron los peldaños e ingresé a un espacio de tamaño moderado,
como un salón…, sin duda era la famosa cámara subterránea, o tal vez la cámara secreta, me dije...; y allí me dispuse a llevar
a cabo mi ritual..., aunque con un poco de temor..., temor que iba creciendo
sin que yo pudiera controlarlo… Empezaron a temblarme las piernas y el cuerpo
todo, sentía que me faltaba el oxígeno..., por un momento estuve a punto de
abandonarlo todo y huir..., para volver al mundo de arriba, de afuera; pero
no…, yo ya estaba allí adentro y abajo..., solo tenía que armarme de valor...
Me acomodé con mi mochila roja en el centro de aquel insólito recinto, me puse
de rodillas y prendí una vela, pero esta no duraba mucho tiempo prendida, se
apagaba como si la soplara un extraño viento... Saqué mi querida maquetita de
la gran pirámide y la destapé..., yo calculaba que me encontraba justo debajo
del vértice superior de la gran pirámide, y solo tenía que hacer coincidir el
Yggdrasil de mi maquetita con aquel misterioso vértice; mientras pronunciaba mi
gran invocación a la luz de la vela que luchaba por mantener su llama ardiente,
prendiendo un fósforo tras otro...
¡Poder de la tierra y del agua!
¡Poder del fuego y del aire!
Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas
Les ordenan hacer, así como yo deseara
¡Que me protejan de los poderes ocultos!
¡Que me protejan de la mala intención!
Alfa y Omega les ordenan, ¡muestren que así lo harán!
Por favor, ¡ayúdenme a encontrar la verdad absoluta!...
De pronto, ya no pude prender más
fósforos..., las manos me temblaban..., estaba sudando, me faltaba el aire,
estaba sintiendo extrañas presencias en la oscuridad y a mi alrededor... ¡Los guardias!, exclamé para mis
adentros... ¡Me descubrieron!..., y
casi me desmayo cuando corrió por mi mente, como una película, el rollo de mi
osada infracción..., me multarán, me
llevarán a prisión, me deportarán... De repente, alguien detrás mío me
cubrió los ojos con un paño suave y lo ató por detrás de mi cabeza..., ¡me
quedé inmóvil!, ¡en shock!, ¡hasta mis pensamientos se paralizaron!... Horrorizada,
quise quitarme esa venda de los ojos, pero alguien llevó mis manos a tocar una
gran piedra delante mío... ¡donde había estado mi pirámide!..., me estremecí
como los mil rayos de una noche tormentosa..., no lograba superar ese momento
que estaba a punto de volverme loca..., ¿estaba yo alucinando? ¿Quiénes eran
aquellas personas?, ¿qué querían de mí?, ¿qué era esa piedra?, ¿y mi
pirámide?... Luego, me pusieron en mi mano izquierda un cincel y en la derecha
un martillo..., y escuché claramente una voz que me decía desde el frente, como
una orden... “Tu tarea es convertir esta
piedra bruta en una obra de arte”... Luego..., el silencio se ocupó de
grabar en mi mente aquel inusitado mandato... y la voz continuó..., “Eres una albañil esforzándose en construir
su propio templo místico, el altar de tus sacrificios dentro de ti misma”...
¡Ooh, diosas y dioses!..., eso fue demasiado para mí..., sencillamente me
derrumbé y empecé a llorar a mares..., sintiendo que esa era la verdad que me acompañaba
desde siempre y que ahora se estaba haciendo consciente...; por eso yo había
recorrido aquellos templos buscando lo que había olvidado o perdido..., aunque
su significado completo continuase velado para mí... Continué llorando… y al
secarme los ojos, vi que ya no llevaba la venda..., todo era silencio y
oscuridad..., busqué mi pequeña linterna en mis bolsillos y alumbré a mi
alrededor para no ver a nadie, solo había quedado aquella piedra simbólica y
sobre ella un cincel y un martillo... Casi con los ojos desorbitados, sin
comprender mucho lo que había ocurrido, hui de aquel recinto tan rápido como
pude..., para descubrir horrorizada en medio de la huida que había dejado mi
pirámide quizás tirada en el suelo, tuve que regresar por ella casi al borde
del colapso, y casi gateando la recuperé... Mi pequeña gran pirámide..., mi preciado
objetito de meditación, en ese entonces...
A duras penas me mantuve en las afueras
de la Gran Pirámide tratando de asimilar lo que realmente había vivido... ¿Fue una alucinación? ¡Fue una alucinación!,
me repetía a mí misma tratando de explicarme lo ocurrido..., pero la piedra...,
el martillo y el cincel habían sido reales... aún podía sentirlos en mis
manos... ¡No había sido una alucinación!... ¿Quiénes habían sido aquellas
personas que se me habían presentado?...
¿Habían sido reales?... Y pasaron por mi mente antiguas logias,
sociedades secretas, iniciaciones místicas... de las que tanto se hablaban que
tenían su sede secreta en la Gran Pirámide... Todo era posible en esa dimensión
invisible..., sutil, oculta…, desconocida... Realmente, ¿yo había cruzado uno
de esos portales que nos conectan con esos mundos?...; hasta comparé aquella
piedra que tuve delante mío con la piedra filosofal de los alquimistas, cuyo
secreto es transformar la materia en espíritu..., el metal inferior en oro...
¿No será que nosotros, el ser humano, tiene que vivir esa transformación, pulir
su propia piedra en bruto hasta convertirse en un diamante..., un ser divino?...
Como un sueño reviví las imágenes de mi pasar por aquel mundo antiguo, como un
artesano o una artesana que había trabajado en la construcción de muchos,
muchos templos en la historia, para construir al mismo tiempo su propio templo
interior... Me sentía fulminada por antiguas vivencias inconcebibles…, y ahogué
mis exclamaciones para mantenerme a la altura de aquel fantástico y temerario
ritual, que tan misericordiosamente se me había concedido vivir...
Luego de un buen descanso, tomé mi
refrigerio y me dirigí a la Gran Esfinge y demás pabellones... Me sentía
optimista, feliz, a pesar del gran susto que yo acababa de vivir; lo que yo había
hecho había sido una locura, pero había valido la pena porque sentía que esa
locura me otorgaría la gracia de conectarme con la verdad absoluta... Y en la
Gran Esfinge, encontré la inmortal cita de Sócrates en su contexto completo...,
“Conócete a ti mismo implica conocer también
el universo y los dioses”.
Llegué rendida al hotel. Esa noche estuve
muy inquieta hasta el amanecer..., sentía extrañas energías que se movían
dentro de mi cuerpo, o tal vez, yo estaba empezando a ser consciente de las
energías que movían mi cuerpo, adoptando extrañas posturas de torsión y sobre
todo de flexión hacia atrás, eran las famosas posturas de yoga las que yo
estaba haciendo... Dormí muy poco. Al día siguiente, temprano por la mañana fui
a encontrarme con el gran río Nilo…, y casi me da un patatús, había mucha,
mucha basura en sus orillas...; recordé cómo nuestro río Rímac en Lima también se
encontraba en la misma situación… ¿Cómo era posible esto? ¿Cómo?..., no me
cabían más preguntas y no pude evitar llorar mucho al visualizarlo en sus
épocas de bonanza, cuando era venerado por los hombres y estos construían
templos en sus orillas..., cuando estaba en pleno auge, con sus barcos de buena
fortuna y su valle fértil en medio del desierto... Me incliné ante su bondadoso
espíritu y lo abracé... Un río es todos
los ríos, me había dicho el río Yauli en la Oroya, Perú..., y le dejé
florecillas silvestres nadando en sus milenarias aguas, aguas que yo ya no
recorrería para llegar a aquellas urbes históricas que se ubicaban río
arriba...; donde se encontraban los famosos templos de Karnak y Luxor unidos
por la avenida de las esfinges, el templo de Hatshepsut y los Colosos Memnon,
los dos templos de Abu Simbel excavados en la roca... y tantos otros... Me
moría por navegar esas aguas río arriba... hasta llegar a su origen...; pero no
me atreví, sentía que se me estaban acabando los dólares del bolsillo secreto
que me había hecho con la ayuda de mi madre, en dos de mis pantalones... ¡Ay,
mi madre, mi madre Elvira!... Pero visité el Museo Egipcio y algunas de sus
decenas de mezquitas en la ciudad del Cairo, en algunas no me dejaron entrar...
Aquí, a diferencia de Estambul, hombres y mujeres vestían más ropas
tradicionales..., aunque de repente uno se topaba con un Kentucky o un Mc
Donald´s, lo cual ya ni contrastaba... Aquí también se escuchaba el salat...
Al terminar mi tour en El Cairo, viajé a
la ciudad de Suez para embarcarme en un carguero a India por el Canal de Suez;
pero me di con la inesperada sorpresa que el puerto estaba prácticamente amurallado
y el acceso muy difícil... Mas, apenas hube contactado con la administración
del puerto, puse a prueba todos los argumentos habidos y por haber para que me
llevaran en uno de esos cargueros, pero no fue posible; me dijeron que los cargueros
tenían prohibido llevar pasajeros, así que no me quedó más remedio que pensar
en comprar un pasaje en avión a India, así me quedase sin dinero. En buena hora no navegué río arriba por el
Nilo, me dije, y compré el pasaje del primer avión que saldría de Suez a
India, y que era a Bombay (hoy Mumbai); no lo dudé ni un segundo… ¡Por fin tenía
mi pasaje a India! ¡E ingresaría por Bombay!..., ¡la tierra de Deepak!... Era
una mística señal, mi viaje a India ya era un hecho, me parecía un sueño, no lo
podía creer…
VII.
Parte 6 – En India, de ashram en ashram
Lo primero que me impresionó al subir al
Air India fueron sus aeromozas, todas vestidas de sari color rojo jaspeado de
verde, y con un puntito rojo entre sus cejas... Me sirvieron un refrigerio
vegetariano..., yo tenía que pellizcarme de rato de rato en rato para comprobar
que mi vuelo no era un sueño... A mi lado iba un señor mayor muy distinguido de
corte indio (¿o hindú?), vestido a lo occidental…, iba escuchando música de
India en un pequeño tocasete…, muy, pero muy encantadora…; pero, a muy bajito
volúmen… ¡Ooh, diosas y dioses!... ¡Qué maravilla de música!... No dudé en
pedirle de inmediato que, por mí, él podía aumentarle todo el volumen que
quisiera…; y reímos juntos de esta complicidad… Amablemente, él me explicó que se
trataba de una raga, música clásica India: Raga Piloo (o Mishra
Piloo), una composición tradicional de la música clásica indostaní. En su
versión más famosa –en Occidente– fue compuesta e interpretada por el célebre
músico y sitarista indio Ravi Shankar (1920-2012). La pieza destaca
especialmente por su interpretación conjunta, a dúo, con el legendario violinista
estadounidense Yehudi Menuhin (1916-1999).
No hablamos más, él y yo…
Nos dedicamos a escuchar a aquel melódico
sitar… conversando, muy feliz, espontáneo y desenvuelto, con ese poderoso violín
acurrucándolo…; acariciándose ambos, mutuamente…, amándose… increíblemente…
como la Maga y yo…, como Mara y yo…
Como si fuera un sueño…
Y, en el fondo… la tabla y la tambura…
Hicimos escala en el aeropuerto de Dubai
(uno de los siete emiratos que conforman los Emiratos Árabes Unidos); mas,
aquel distinguido caballero y yo, nos mantuvimos cada uno por su lado… En este
aeropuerto, de mucho lujo –quizá por ello, fue un poquito chocante para mi
gusto–, podían verse hombres vestidos de túnica blanca y turbante, y mujeres
con el rostro cubierto por velos de sobrios colores..., algunos llevaban un
pequeño rosario en sus manos y oraban... Había salas de oración y grandes
pantallas que anunciaban destinos totalmente nuevos para mí... Mas, para cuando
de nuevo subimos al avión, ya me había olvidado de aquella adormecedora melodía
del sitar y el violín… Llegamos a Bombay a la hora del crepúsculo... y..., para
sorpresa mía…, antes de bajar del avión, aquel distinguido caballero con quien
había compartido asiento, me obsequió su joya musical… ¡Una copia del casete de
Raga Piloo!…, Bienvenida a India, me dijo, y yo enmudecí…, le sonreí…
sumamente admirada y agradecida…, y nos despedimos. Mucho, mucho tiempo escucharía
esta divina joya, sin imaginar, siquiera, que muchos años después volvería a
escucharla en la versión de Anoushka Shankar (1981), la misma hija de Ravi
Shankar, acompañada de la incomparable violinista moldava Patricia Kopatchinskaja
(1977).
Después de pasar la aduana me encontré
entre miles de manos que la gente nos extendía a los recién llegados pidiendo
limosna: “paisa, paisa, paisa”...
Luego, me ubiqué en un lugar desde donde podía observarlo todo para ir
conociendo dónde me encontraba... En India, claro..., pero todavía seguía
pensando que todo eso no era más que un osado sueño… Vi que uno podía quedarse a
dormir en el aeropuerto hasta el día siguiente y así lo hice..., me acomodé junto
a otros viajeros que comentaban su peregrinaje a diversos lugares
(considerados) santos del sur de India..., sobre todo: Goa, Pune, Puttaparti, Pondicherry
(hoy Puducherry) y otros. Casi a las diez de la noche pasaron tres o cuatro
mendicantes cobrándonos “por la estadía” como si fueran dueños del aeropuerto, y
sin tener otra alternativa, tuvimos que pagarles dos dólares cada uno.
Al día siguiente me instalé en un hotel y
me fui a recorrer la ciudad, poco a poco se me aclararía el camino... Me encantaba
ver a todas las mujeres vestidas con hermosos saris, bellísimos...,
coloridos..., o con punyabis..., y todas vestían con pulseras tintineras en sus
brazos y tobillos que resaltaban su exótica piel oscura (solo los turistas
vestíamos con “ropa occidental”); y los hombres…, muy pocos eran los que
vestían dhoti y kurta..., la mayoría vestía a lo “occidental”, con pantalón y
camisa... Pagué un tour por toda la ciudad para turistas nacionales, porque
también hay otros tours –más sofisticados y caros– para turistas extranjeros.
Así fue que visité los museos y reconociendo los diferentes dioses y diosas del
panteón hindú, entre esculturas y pinturas..., y sus maravillosos templos por
donde pasábamos... Aquel tour por Bombay también me permitió conocer su paisaje
urbano, que para nada es diferente de nuestras grandes ciudades “en vías de desarrollo”... hacia la tan
engañosa prosperidad material del capitalismo global, carente de espiritualidad,
y donde la gente aún suele tirar los papeles y cáscaras de fruta en la calle, lo
que es sancionado en Estocolmo y otras ciudades de Europa.
En su mayoría, la gente comentaba de la
divinidad de Sathya Sai Baba (1926-2011), decía que era un santo, un guru, un guía
espiritual, y me animaba a que yo visitase su ashram o monasterio para
conocerlo, y recibir sus bendiciones para alcanzar –un día– la iluminación;
decía que venían a verlo de todas partes del mundo. Nuevamente pensé que se
referían a Srila Prabhupada, porque los noticieros del mundo occidental se
habían referido a él como un gran congregador de multitudes; así que, como yo
no recordaba el nombre de Srila Prabhupada, seguí confundiéndolo con Sathya Sai
Baba. Entonces decidí ir a su ashram a conocerlo, por fin, personalmente, yo
escucharía de sus propios labios aquello que había hecho furor en occidente, en
los años sesenta, el famoso boom del Bhakti Yoga y su maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna
hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare...; también le
preguntaría cuál es su conexión con las famosas posturas de yoga, la iluminación,
la autorrealización, y, sobre todo, con la Verdad Absoluta… Pero antes, ya que
yo pasaría por Pune, allí me detendría un par de días para conocer el ashram de
Osho Rajneesh, otro santo o guru o guía espiritual, de quien yo también recién
estaba escuchando, era nuevo para mí…
En la estación de trenes encontré la
misma historia de los mendicantes del aeropuerto, cobrando a los viajeros por
pernoctar allí y extendiéndonos la mano a diestra y siniestra, yo seguí casi
por inercia a un grupo de viajeros que también iba a Pune... El viaje en tren fue
maravilloso..., casi cuatro horas…, sin palabras… Luego de haber usado
antiguamente los caballos para trasladarnos de un lugar a otro, nos hubiéramos
quedado solo con el tren, ¿para qué más?..., ¿para qué tanto?; pero luego
vinieron los autos y los buses que, hoy en día, pueblan nuestro planeta y
nuestras grandes ciudades, robándonos todo aire y sano espacio... Llegamos a
Pune y me seguía el mismo olor de los bocadillos que vendían los ambulantes en
Bombay. Todo era distinto en India, distinto a nuestros choclos con queso, a
nuestras papitas rellenas, o papitas con chuño y huevo duro, a nuestros panes
de tres puntas…, a nuestras emolientes, nuestra chicha morada…; hay tanto para
enumerar... Aquí todo era distinto, pero yo no me atrevía a probar nada, nada
de nada…, creo que me volví un poco recelosa de tomar los alimentos en la
calle, en cualquier sitio, mi madre nos había enseñado eso... y yo le daba toda
la razón del mundo, ¿cómo íbamos a tomar alimentos sin saber cómo habrían sido
preparados?... Así que, yo prefería la fruta, la leche, panes, jamón y queso de
los supermercados.
Cuando llegamos a Pune, me dirigí
directamente al ashram de Osho Rajneesh (1931-1990) en el barrio de Koregaon
Park. No tenía ningún interés por conocer alguna otra parte de la populosa
ciudad. Fueron casi cinco kilómetros de caminata, desde la estación del tren
hasta el ashram. Valió la pena..., fue una increíble experiencia. Ver a Osho en
recepción, en una fotografía grande de cuerpo entero con sus ojos oscuros
resplandecientes, me inspiró confianza; mas, Osho ya no estaba en este mundo,
había dejado el cuerpo en 1990. Por eso, creo que, la gente se dirigía más al
ashram de Satya Sai Baba, porque él todavía estaba presente en este plano
terrenal.
Diferente a como me lo había imaginado,
tuve que pagar cinco dólares para pasar una noche en el ashram, incluídas las
tres comidas del día. Me quedé un par de noches allí, durmiendo en el suelo,
sobre una esterilla. Tenía que ver cómo era la vida en un ashram o monasterio,
al que, por fin, tenía la gracia de ingresar porque estos eran abiertos a la
comunidad –sin importar religión ni casta–, muy diferentes a los monasterios o
conventos de occidente…; aunque uno tuviese que pagar por permanecer allí,
mientras no se observase una iniciación o ingreso formal… Y, ¿cómo serían los
demás ashrams?, ¿iguales o diferentes?... Entonces, me acordé también de
aquellas carmelitas descalzas del castillo interior de Santa Teresa de Jesús...
Después, un joven vestido de túnica color granate nos dio la bienvenida, a un
buen grupo de recién llegados, enseñándonos lo que era un ashram en India…
Quedé maravillada con sus explicaciones tan oportunas, para comprender estos
lugares sagrados… Yo no podía sentir mejor bienvenida que esta…
Un ashram es la morada de una persona
santa o guru o maestro espiritual, donde, bajo su guía, sus discípulos y
aspirantes a discípulos practican la vida espiritual; que consiste en el
estudio, comprensión y práctica de su filosofía basada en los textos sagrados
de Los Vedas, siguiendo determinada línea de pensamiento…, para alcanzar el
objetivo de la vida humana que es la autorrealización. Los practicantes
aprenden hábitos saludables, siguen una dieta vegetariana, y una disciplina
adecuada para controlar sus sentidos y desarrollar las más altas virtudes
(sencillez o desapego material, perseverancia, fortaleza, humildad, paciencia,
tolerancia…); a través de la meditación y ocupación en una causa superior, que
es el servicio amoroso a la Divinidad Suprema del corazón, para desarrollar
finalmente, la perfección de su amor espiritual por ella... De esta manera, yo
reconocía, como en un shock o brusco despertar, que, precisamente por eso es
que yo venía soñando con conocer y/o vivir en un ashram o monasterio, porque
allí, en sus textos sagrados y forma de vida se encontraba la sabiduría divina,
la verdad absoluta…
Felizmente me sentí libre de caminar a mi
antojo, luego de dejar mi mochila en un cuartito compartido con una japonesa… ¡Ooh,
diosas y dioses!, había huéspedes de todas partes del mundo, en su mayoría
mochileros, pero se veía que la japonesa tenía dinero; para bien o para mal, no
tuvimos ningún interés de comunicarnos ella y yo, más allá del saludo. Después
de caminar un buen rato entre los senderos llenos de arbustos y flores llegué al
gran salón de meditación, donde había hombres y mujeres vestidos con ropa color
marrón o granate, en diversas actividades…; algunos estaban haciendo poses de
yoga, otros estaban meditando sentados sobre esterillas en el piso, otros bailando
suavemente y otros frenéticamente... casi al borde de la locura... Me acerqué a
un muchacho que estaba observando desde el umbral de la puerta de entrada y le
pregunté:
–Can I
ask you something? –y él asintió un poco distraído. Iba a preguntarle qué
era ese salón o qué estaban haciendo allí esos muchachos, pero él contestó
rápidamente en perfecto español, descubriéndose como español por su acento.
–Están
practicando diferentes formas de meditación –me dijo.
–¿Así
también se puede meditar? –le pregunté un poco desconcertada, señalando
con mi mirada a aquellos que bailaban sin control, gritando, riendo o sacudiéndose…;
pues siempre había escuchado que la meditación se practica sentados y en plena
quietud.
–¡Claro!,
esa es la meditación activa o dinámica de Osho –me explicó–. Se trata de una
catarsis…, extenuarse al máximo para que uno pueda arrojar toda la basura de su
mente, liberarse de todo el estrés y tensiones de su cuerpo, romper con todos los patrones físicos y mentales,
y llegar al estado de “no-mente”, donde uno puede observar la vida con claridad
desde el silencio interior y no desde la lógica.
–¿La
“no-mente”? –volví
a preguntar confusa.
–Sí. Meditación
es parar, es dejar de pensar, es mantenerse en silencio, muy necesario, no solo
para contrarrestar esta vida hiperactiva que nos está llevando al caos, sin paz
ni felicidad; sino para que cada
persona logre vivir de manera auténtica, libre de las imposiciones de la
sociedad, de la religión y del pasado. Osho promueve la aceptación de uno mismo
y sostiene que la alegría y la celebración son el estado natural del ser
humano.
Confieso que, aunque sus respuestas me
tenían confundida, alguna parte de mi cerebro lo comprendía perfectamente. Osho
decía que estamos viviendo ciegos en un mundo tan hermoso, que teníamos que
despertar o hacernos conscientes del gozo de la vida, no ser solo simples
espectadores autómatas; sino, sobre todo, partícipes de ella para vivir el
éxtasis pleno. Sí, teníamos que despertar, eso también decían muchos pensadores
en occidente, que estábamos viviendo como dormidos o que éramos autómatas...; pero,
¿cómo despertar?... Algunos decían que eran los gurus o maestros o guías
espirituales de India los que poseían este secreto del despertar espiritual…
Mas, a pesar que a mí me gusta bailar mucho, no era lo mío en ese momento ni en
tales circunstancias; me atraían más las posturas del yoga y la meditación en
sí, aunque para mí seguían siendo un misterio..., y más ahora cuando ya practicaba
el tratak, que es una forma de meditación visual. Son diferentes formas de meditación había
dicho este joven español; diferentes procesos, pero todos nos llevan a percibir
que somos almas espirituales y que el sentido de nuestra vida es contactar con
nuestra Divinidad Suprema personal, este encuentro amoroso es el éxtasis
supremo.
Por la noche, a la hora de la cena, me
dejaron, con el postre, una invitación para asistir a una sesión de Tantra Yoga,
otra forma de meditación... Decidí ir a ver en qué consistía, pues, a
pesar de haber leído algo al respecto en los libros de Mircea Eliade, el yoga
todavía seguía siendo un enigma para mí. Cuando llegué al lugar especial que me
habían invitado, cobraban una entrada de cinco dólares por la clase o la
experiencia; yo estuve dudosa; más, en ese momento llegó también el joven
español y pude preguntarle si sabía de qué se trataba ese Tantra Yoga, aunque
este muchacho se mostraba novicio en el ashram, se notaba que sabía más cosas.
Osho sostiene que la energía sexual no
debe reprimirse, dijo, sino
entenderse y transformarse para trascender hacia niveles más elevados de
conciencia, integrando lo terrenal y lo espiritual en la figura de “Zorba el
Buda”, que es el arquetipo del “hombre nuevo” que busca equilibrar los
placeres terrenales y materiales, simbolizados por Zorba el griego; con la paz
interior, la iluminación y la espiritualidad, simbolizadas por Buda…
¡Ooh, diosas y dioses!...
No podía creer lo que yo estaba
escuchando…
Comprenderán ustedes, querid@s amig@s…
que, ¡casi me da un reverendo patatuz cuando escuché este significado de mi Zorba
el griego… Zorba representa el disfrute de la vida, el baile, la comida, la
música y el contacto con el mundo físico. Es el gozo por lo material y lo
humano. Buda representa el despertar espiritual, la meditación, la serenidad y
la autoconciencia más allá de lo material. Osho sostiene el equilibrio entre
ambos, que no es necesario renunciar al mundo terrenal para ser espiritual;
sino que el cuerpo y el alma deben estar unidos, y que al integrar la energía y
la vitalidad de un “Zorba”, se construyen los cimientos sólidos para alcanzar
el estado elevado de un “Buda”.
Osho aboga por la libertad plena, lo que incluye el disfrute sexual en
su máxima expresión, Tantra Yoga nos enseña cómo alcanzar el éxtasis espiritual
a través del sexo, o, mejor dicho, de la alquimia sexual, o de la transmutación
de la energía sexual en espiritual para vincularnos con la energía primigenia
representada por Shakti y Shiva; lo que me pareció muy descolocado…,
porque, no me parecía que con simples encuentros sexuales ocasionales, uno podría
transmutar su energía sexual en energía divina, tendría que haber por lo menos
el requisito básico, el amor…; en fin… Pero tal filosofía tenía sus adeptos;
así que había gente que estaba interesada en entrar a aquella sesión de Tantra
Yoga…; mas, esa práctica no era para mí; primero, porque yo no tenía que bajar
la guardia en ningún momento, tenía que seguir mi intuición, y segundo porque
yo ya había terminado con todo tipo de relaciones sexuales en mi vida... En
medio de estos pensamientos, reconocí a la japonesa entre los que iban
ingresando, todos llevaban ropa blanca. Esa noche, la japonesa no vino a dormir
al cuarto. Al día siguiente, durante el desayuno, me tocó escuchar el
comentario de unas muchachas europeas, que decían que la japonesa era una
geisha que había ido allí a perfeccionarse con el Tantra Yoga, dijeron que este
yoga era como el “post grado del Kamasutra” y rieron divertidas...
Al tercer día, cuando ya me iba, me
despedí del joven español a quien encontré de nuevo en la salida. Conversamos
un poco, él me dijo que aún se quedaría allí por una semana más, luego iría a
Goa; y yo le dije que estaba yendo a Puttaparthi a conocer a Sathya Sai Baba...
Él también me recomendó que visitara Pondicherry, el ashram de Sri Aurobindo y
la Madre…; y me fui pensando que ya solo en el ashram de Osho había bastante diversidad...;
pero para mí, otro era el camino... Lamenté mucho no haber conversado más con
aquel joven español, pues yo tenía muchas preguntas en la cabeza... autorrealización, iluminación, éxtasis
espiritual, ¿eran una misma cosa o eran diferentes metas? ¿O eran caminos
para llegar a una única meta?, y otras preguntas más...
De Pune a Puttaparthi son cuatro horas de
viaje en tren... El tren iba atestado; en el vagón donde yo iba, uno de tercera,
no había ningún extranjero, excepto yo, que iba junto a los hindúes y sus
animales... ¡Oh!, recordé mis viajes en camión por las rutas del Perú...,
especialmente en uno donde yo iba en la parte de atrás, sentada sobre unas
cajas de Leche Gloria...., recordando mi vida con mi madre y mis herman@s y
sobrin@s..., allá en Arequipa..., en la calle Puno..., a la hora del
almuerzo..., y me puse a llorar como una magdalena...; estaba extrañando no solo
a mi madre, a mis herman@s y sobrin@s, sino también a mi Arequipa querida...;
pero yo superaría ese dolor de la separación, requisito indispensable para
transitar por el reino del espíritu... De repente, sentí que yo no estaba
encajando en aquella realidad presente como lo había esperado..., estaba empezando
a sentir que un abismo me separaba de aquella gente misteriosa, su mismo
lenguaje ya me distanciaba de ellos mismos..., a quienes yo sentía guardianes de invaluables secretos, que
quizá yo nunca llegaría a comprender... ¿Acaso yo encontraría aquí, en India,
ese estilo de vida tan diferente al nuestro en occidente, que yo estaba
buscando?... Las dudas me atormentaban… Ya desde Bombay estaba viendo la fuerte
influencia de occidente sobre oriente..., lo que me ponía en guardia... Hasta
Pune era una ciudad en crecimiento industrial acelerado... ¿Cómo sería
Puttaparthi? ¡Ooh, diosas y dioses!... ¿Qué iba a ser de mí?...
Cuando llegué a la estación de trenes de
Puttaparthi, vi que era muy parecido a Pune, no obstante, gracias a diosas y dioses,
en menor escala... Tuve que tomar un bus para ir al mismo pueblo, allí me
indicaron donde estaba ubicado el famoso ashram de Sai Baba…, en pleno centro
del pueblo, pasando por una gran feria que robaba mis sentidos… ¡Qué no había
en esta gran feria!... Había mucha comida, ropa, libros, inciensos, joyas,
adornos, postales, afiches de Sai Baba por doquier, con su nombre y todo...
Pero..., ¡Sathya Sai Baba no tenía nada de aquel rostro que vi en aquel templo
Hare Krishna de Arequipa! ¡Él no era Srila Prabhupada!... ¡Ooh, diosas y dioses!,
eso me causó mucha impresión y una gran desilusión..., mucho pesar… Sathya Sai
Baba no era Srila Prabhupada..., ¿cómo pude haberme confundido tanto de esta manera;
más bien, se parecía al cantante mollendino Homero, de Arequipa, Perú... Me
sentí un poco abatida y perdida... sin saber que hacer ni a donde ir, me sentí
muy desolada y sentí un poco de temor... Y apenas hube sentido este sentimiento
cuando vi un póster de Sai Baba que colgaba muy sobresaliente en un stand…, con
un mensaje que decía: “¿Por qué temer
cuando yo estoy aquí?”... ¡Ooh, diosas y dioses!, esta frase vino a mí como
una tabla salvadora, me cayó como anillo al dedo, me tranquilizó tanto, que
poco a poco empecé a ver el lado bueno de mi desilusión, conocería a Sai Baba
en persona y a él le haría mi lista de preguntas... Decidí ir directo a su ashram.
Mientras más miraba a Sai Baba, más me causaba gracia su peluca abultada, ensortijada
y parada… libremente..., como la de una persona asustada..., ja, ja, ja…
Igual que en el ashram de Osho, me
cobraron cinco dólares por noche. Pagué por dos noches y compartí un cuartito
con una muchacha española y otra venezolana, quienes me señalaron una esterilla
sobre el piso, para que descargara allí mi mochila y mi bolsa de dormir. Ellas
ya habían estado antes en este ashram, así que me guiaron en la programación de
las actividades más increíbles de mi estadía, principalmente en la primera del
día: la meditación de la madrugada en el templo, para lo cual tuvimos que
dormir supertemprano para levantarnos supertemprano...
A las dos de la mañana nos congregamos mucha
gente en los atrios de ambos lados del templo, en el atrio de la derecha
esperaban los hombres y nosotras en el lado opuesto; todos sentados en el
suelo, uno detrás de otro, conforme íbamos llegando, muchos orando en sus
rosarios..., esperando que se abran las puertas del templo para ingresar... Estas
se abrieron como a las cuatro de la mañana e ingresamos en silencio, en orden,
una detrás de otra, y en el interior del templo también nos ordenamos en dos
grupos, el de varones a la derecha y el de mujeres a la izquierda, conforme íbamos
entrando. Al frente del templo había dos fotos de tamaño natural, una era de Sathya
Sai Baba y la otra era de Sai Baba de Shirdi, su anterior reencarnación, esta
sería su última. Las paredes del templo estaban adornadas con pinturas
sencillas y en la cornisa se veían figuras de diferentes diosas y dioses y
pavos reales. Cuando el templo estuvo lleno se cerraron sus puertas, y cuando
se escucharon las primeras notas de un piano que Sai Baba tocaba en el segundo
piso, pronunciamos (hombres y mujeres) en voz alta la mística semilla de todos
los mantras: ¡Ooooooooommmmmmmm! ¡Ooooooooommmmmmmm! ¡Ooooooooommmmmmmm! …
Fuerte, largo y profundo… Inhalando y exhalando…
Fue una experiencia magistral…, sin
igual... El primer om me tocó el corazón de manera muy fuerte y sensible
que me hizo llorar muuyyy emocionada..., sentía que había traspasado mares y
montañas solo para llegar aquí y escuchar y cantar este sonido primordial del
universo... Lo pronunciamos dieciséis veces, sintiendo en mi interior que ese
mantra yo ya lo conocía, yo lo había cantado alguna vez en algún lugar del
tiempo... Al cabo del último om se entonaron un par de canciones o rezos, y
luego se abrieron las puertas del templo para salir y dispersarnos... A mí y a
otras mujeres nos llevaron a realizar diferentes servicios (seva), por
un camino distinto al de los hombres… A mí me tocó pelar maní en un gran salón,
mientras una de ellas me explicaba la importancia del servicio desinteresado
para poder despertar amor por el prójimo, la naturaleza, el universo y la
Divinidad Suprema del corazón; mientras la mayoría entonaba hermosas
canciones ya sea en hindi o en telegú que es el dialecto propio de Puthaparti…,
hasta las nueve de la mañana, hora en que la gente del pueblo se congregaba
nuevamente; esta vez, en el espacio central abierto del ashram para recibir el
darshan de Sathya Sai Baba, es decir, la bendición de su presencia… Yo solo
lo vi de lejos, nunca pude acercarme a él ni escucharlo más que a través de sus
casetes; pues en sus darshans él solo caminaba en silencio, recibiendo la
inmensidad de cartas que le entregaban los presentes, repartiendo vibhuti (cenizas)
a algunos cuantos, y seleccionando a otros tantos para tener una entrevista
personal con ellos en el interior del templo y hacerles milagros, eso decía la gente… O sea que me desilusioné
nuevamente… porque no fue posible acercarme a él ni siquiera para hacerle una
sola pregunta: “¿qué debo hacer?”… No había nada más que hacer... Sin
embargo, me propuse a descansar allí, en Puttaparthi, siquiera por unos buenos
días, para lo cual, al tercer día alquilé un cuartito de lo más simple por una
noche –lo que me resultaba más barato que estar en el ashram–, para salir al
día siguiente a buscar un mejor cuarto donde pernoctar por más tiempo…; con el
fin de participar más de las actividades del ashram, desde la madrugada hasta
el darshan de Sai Baba, haciendo entremedio, de manera desinteresada, el
servicio que me indicaran; quien sabe si la vida me sorprendería con una misericordiosa
invitación suya… Quería conocer todo lo que me fuera posible…
Aquella misma tarde, cuando más perfumado
estaba el crepúsculo, con aquellos tan recordados aromas del jazmín y otras
flores y rosas…, y los eternos aromas del incienso y las velas –India huele a
jazmín, velas e incienso–; me encontré en una librería hojeando Las Bodas
Alquímicas de Christian Rosenkreuz, en inglés… Y para deleite mío me encontré
con un particular volante ¡en español!, que titulaba: La Transformación
Interior y revelaba la esencia de la tradición Rosacruz, un proceso de
transmutación de la conciencia… El contenido era tan valioso e imposible de
asimilar en una sola lectura, que opté por llevármelo prestado, para copiarlo
todo en mi cuaderno de anotaciones diarias… Todo lo que decía aquel enigmático
volante, me hacía pensar y repensar mil veces en su contenido, tratando de
comprenderlo…, no tenía duda de que necesitaba de una guía que me ayudase en
dicha comprensión…; por lo que, días después, cuando regresé a la librería para
devolver el volante a su lugar, le pregunté al librero si conocía esta
misteriosa sabiduría…
¡Claro!, me contestó el librero, rebosante de satisfacción… La
sabiduría de los Rosacruces es la misma sabiduría de Los Vedas, trata de
los misterios del ser humano, de la naturaleza y del universo, que se ha
transmitido de iniciado a iniciado a través de los siglos, desde la más remota
antigüedad. Y me explicó que el ser original o real o auténtico del ser
humano, es el alma, que es un segmento del Alma Universal o Alma Suprema, al
que también se le conoce como el Maestro Interno. El propósito de los
Rosacruces, es disciplinar al ser externo y objetivo a través del método que la
Orden nos brinda –conocimiento, principios, disciplina y ejercicios– para
desarrollar discernimiento, ampliar nuestra conciencia y darle mayor crédito y
libertad de expresión a este Ser Interno que habita dentro de nosotros. La
sabiduría no es algo que viene de afuera, porque se encuentra potencialmente en
nuestro interior ya que somos partes de esa gran energía del Alma Universal; sin
embargo, no somos conscientes de ello. Mas, el proceso de evolución consiste en
ir despertando y expresando esa sabiduría interior, para aprender a escuchar
las palabras de nuestro Maestro Interno.
Este proceso de transformación no implica
la destrucción del ser externo, sino que lo educa o disciplina para que deje de
ser el tirano en la vida del ser humano y se convierta en el lúcido y fiel servidor
del alma. La transformación interior consiste en pasar de vivir gobernados por
la consciencia objetiva, a vivir alineados con la guía divina del Maestro
Interno. Es a través de la orientación del Maestro Interno, de sus mensajes, de
su inspiración y susurros de advertencia y prevención, que podemos guiarnos correctamente
en nuestra vida, enfrentándonos a sus pruebas, desafíos, problemas y obstáculos;
con discernimiento, comprensión, paciencia, tolerancia, rectitud, constancia,
humildad, fortaleza, silencio y discreción…, para superarlos y lograr nuestras
metas y autorrealización final. El neófito debe aprender a callar y digerir sus
experiencias internamente sin buscar la validación de los demás, así como el
fuego alquímico necesita un recipiente cerrado para concentrar el calor. La
transformación Rosacruz consiste en renacer con la nueva consciencia del
Maestro Interno o Alma Suprema o Superalma o Paramatma, es un proceso de
autoconocimiento donde el ser humano se convierte en el arquitecto consciente
de su propio templo espiritual, porque aún el verdadero y más sublime
conocimiento, no sirve de nada si no genera un cambio radical de mente y
corazón, y ese nuevo estado de conciencia.
Así fui comprendiendo, poco a poco, lo
que la madre naturaleza, el universo y mi guía interno iban mostrándome… Todo,
todo seguía pareciéndome un alucinante sueño…
Fin de LA INICIACIÓN







