viernes, 3 de julio de 2026

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 2 El Llamado Divino 1

 



II. EL LLAMADO DIVINO

 

 

II. Parte 1 – De nuevo en la carretera

 

Me encontraba de nuevo caminando por la carretera, rumbo a Cerro de Pasco, Huánuco y la selva… Antes de partir muy temprano por la mañana, doña Flora me había permitido asearme en su baño y me había invitado otra taza de café con pan, en agradecimiento yo le ayudé a lavar su vajilla. Mientras ordenábamos su cocina fui respondiendo a su curiosidad del por qué de mi viaje por aquellos parajes tan lejanos, cuando todo el mundo moría, más bien, por ir a la capital; le contesté que estaba en busca de trabajo y que Lima, para mí, era toda una locura… También le conté esa historia de la misión cristiana y que nunca había imaginado viajar con el río Rímac y el río Yauli… Ahora te espera un buen trecho con el río Mantaro, me dijo… y quedé maravillada de saber que mi viaje aún seguiría al lado de un río… 

 

(3)  Yo soy el río. Pero a veces soy bravo y fuerte, pero a veces no respeto ni a la vida ni a la muerte. Bajo por las atropelladas cascadas, bajo con furia y con rencor, golpeo contra las piedras más y más, las hago una a una, pedazos interminables. Los animales huyen, huyen huyendo cuando me desbordo por los campos, cuando siembro de piedras pequeñas las laderas, cuando inundo las casas y los pastos, cuando inundo las puertas y sus corazones, los cuerpos y sus corazones. (…)”.

 

Un río es todos los ríos… me había dicho el río Yauli…, ¿habría algún secreto mágico en esta mística sentencia?…

 

–¿No tienes miedo de que te asalten o te hagan daño? –me preguntó doña Flora un poco preocupada, pero también un poco admirada de mi locura.

–No, no tengo miedo –le respondí–…, aunque a veces sí…, pero generalmente no. Siento que el río me protege, que los árboles me protegen, que el cielo y las montañas me protegen, siento que nuestra madre tierra me protege…  

–¡Oh!… Ya me hubiera gustado hacer algo así también, en mis tiempos –me dijo doña Flora–… ¿Y tu madre?…, ¿tienes hermanos?…, ¿familia?… –y mi voz se quebró…, se entrecortó al responder…

–Sí tengo familia: madre, hermanas y hermanos…, ellos viven en Arequipa –y le conté brevemente de todos ellos…    

 

Le conté que mi madre Elvira Pereda Marcelo (1926-2014) era del norte del Perú, del poblado de Calipuy en el distrito de Santiago de Chuco –tierra del poeta César Abraham Vallejo Mendoza (1892-1938)–, departamento de La Libertad. Y que mi padre Donato Abarca Roselló (1910-1990) era del sur, del distrito de Arapa, a orillas de la laguna Arapa –cerca del gran Titicaca donde nacieron Manco Cápac y Mama Ocllo, hijos de la Luna y del Sol–, provincia de Azángaro, departamento de Puno –tierra del poeta Carlos Dante Nava Silva (1898-1958)–. Le conté también que mis padres se conocieron en Santiago de Chuco, que somos ocho hermanos… Cuatro mujeres, las mayores, nacidas en el sur del Perú: Mery, Edith y yo nacidas en Juliaca, departamento de Puno; y Silvana nacida en Urcos, departamento de Cuzco. Y cuatro varones, los menores, nacidos en el norte: Víctor, Jorge y Rafael nacidos en Huamachuco; y Enrique nacido en Santiago de Chuco; ambas ciudades en el departamento de La Libertad.  

 





Y recordé cuando mi tía Olga Escobedo de Miñano, prima de mamá, nos contó alguna vez que Donato había raptado a Elvira o simplemente que ella se había ido con él, porque mi madre les había puesto muy en claro a todos los viejos (las tías y los tíos) que ella se casaba con Donato, les guste o no les guste, ¡total!…, ya tenía veintidós años… y mi padre tenía treinta y ocho, edad que a nadie gustaba ni que se supiese poco de él, más allá de que fuese sargento de la Guardia Civil del Perú. Era el año 1948 en que mis padres se casaron por la iglesia en Santiago de Chuco, fue una ceremonia muy íntima sin la presencia familiar. Sin embargo, se casaron por lo civil catorce años después, en 1962 (cuando mi padre por fin obtuvo el divorcio de su primer matrimonio), en el distrito minero de Quiruvilca, camino a Trujillo, también sin la presencia familiar; apenas los acompañó mi tía Yolanda Calonge Marcelo (media hermana de mamá, por parte de nuestra abuelita Zaroma Catalina Marcelo Padilla y Carlos Calonge) y su esposo, Juan Julio Aranda, quien firmó como testigo.


Mi madre era de armas tomar…, abandonó a toda su familia para irse con Donatello. Primero se fueron a Huaraz (departamento de Ancash) y luego a Juliaca, Puno, Cuzco…; después se fueron a Huamachuco, Santiago de Chuco; y luego, mi madre nos trasladó a todos a Arequipa…, y fue de aquí que emigramos todos a la bellisísima Estocolmo…, al otro lado del mundo… Mi madre era una guerrera a más no poder, nos sacó adelante a sus ocho hijos, ella sola…, toda una guerrera… Vivió su papel de madre guerrera con excelencia…, impecable…, maravillosa…, cometiendo un solo error, uno solo, grave, gravísimo (aparentemente inofensivo), amarnos demasiado a sus ocho hijos y olvidarse de sí misma…

 

Al despedirnos, doña Flora me obsequió un pequeño calendario del año en curso, aun cuando ya estaba finalizando; en el reverso tenía impreso el Salmo 23 de David como si estuviera volando sobre un campo bordeado por un río… El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace descansar y me guia hacia arroyos de tranquilas aguas... ¡Oh, qué maravilloso salmo!, ¡qué bello lo sentí!..., era muy a la medida de mi propio mundo..., se lo agradecí tanto a doña Flora... Entonces recordé que con Mara ya habíamos leído este hermoso salmo que ahora llegaba de nuevo a mis manos, tan sorpresiva y extraordinariamente; era igual que la bella poesía que Mara me había regalado, eran lo mismo; ambos me daban fuerza, valor y tranquilidad para seguir mi camino, ambos eran perfectos protectores y guías para vivir en la forma que yo había elegido, vivir de la naturaleza madre que todo nos da... si sabemos cuidarla, claro está.  

 

–Que Dios y el universo te protejan y te ayuden a llegar a tu destino –exclamó doña Flora dándome su santa bendición y yo continué mi camino.

 

Hacía un poco de frío y no pasaba ningún vehículo, pero yo tampoco tenía prisa; más bien, tenía todo el tiempo del mundo para seguir caminando, pensando, recordando…; aunque al mismo tiempo, también luchase con mis pensamientos y recuerdos porque quería fijar toda mi atención en el momento presente, en la carretera, en el paisaje que de nuevo me llevaba a mi querida sierra del norte, empeñado en hacerme evocar cómo fue que nos trasladamos de Huamachuco a Santiago de Chuco donde terminé mi infancia, y luego de Santiago a Arequipa donde terminé mis estudios secundarios y universitarios. Este 1983 había sido la puerta mágica de nuevos acontecimientos en mi vida, estaba cumpliendo mis sueños más preciados, ya desde el año anterior en que había terminado mi flamante carrera de arquitectura, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa (UNSA), solo había quedado pendiente hacer mi tesis y no estaba muy segura de querer hacerla. Luego viajé a Lima en busca de trabajo. Me hospedé en casa de mi hermana Silvia y su familia; y un día, Silvana me llevó a visitar a nuestro abuelo Santiago y a nuestras pequeñas tías, Mara y Elo, a quienes yo ya había conocido algunos años atrás. En Lima trabajé esporádicamente en mi nueva profesión y también vendiendo libros; después viajé a Santiago de Chuco y Huamachuco para rememorar mis increíbles años de infancia; preparándome para recorrer nuevos caminos, cada vez más lejos de mi tierra y de mis seres queridos. Finalmente, retorné a Arequipa para renovar mi pasaporte, despedirme de mi madre y de mis herman@s; y de nuevo regresé a Lima para despedirme de Mara... Ahora yo estaba por aquí…, alejándome cada vez más y más…

 

Después de haber vivido seis preciosos años en Huamachuco tuvimos que trasladarnos a Santiago de Chuco, porque el presidente de la república, en ese entonces el arquitecto Fernando Belaúnde Terry, había nombrado a mi padre subprefecto o su representante en esa provincia; ya que mis padres eran militantes de su partido Acción Popular desde 1960 en que habían llegado a Huamachuco; mi padre era el secretario general del partido en la provincia y mi madre era secretaria de asuntos femeninos.

 

Antes del traslado, mi padre tuvo que viajar a Santiago de Chuco para concretar el alquiler de nuestra nueva vivienda y su nueva oficina, por lo que le rogué..., casi le zapateé un buen rato para que me llevara con él, pues yo quería conocer dónde íbamos a vivir; no podía comprender por qué teníamos que trasladarnos a Santiago si en Huamachuco estábamos viviendo tan felices; además me gustaba mucho viajar con mi padre…, yo lo amaba mucho y también lo admiraba… Cuando llegamos a Santiago fue un golpe casi mortal para mí… El pueblo era más pequeño, su Plaza de Armas también era más pequeña, todo lo veía más pequeño y feo… No había pinos altos ni flores fragantes, no había cerro Sazón ni Cacañán, no había Agua de los Pajaritos ni otros puquios, ni duendes ni piratas…; y lo peor, no había radio sonora como en Huamachuco porque no había luz durante el día, solo había luz a partir de las cinco de la tarde y hasta las cinco de la mañana del día siguiente; en resumen, sentí a Santiago casi lúgubre, oscuro y frío… Pero por lo menos hay una sonora a la hora del crepúsculo, me dijo mi padre tratando de consolarme sin conseguirlo; también hay una fiesta patronal en honor al Apóstol Santiago el Mayor con sus extáticos payos; incluso tenemos los baños termales de Cachicadán; una panadería, ¡qué ni se diga!... ¡Y lo mejor!, esta es la tierra del inmortal César Vallejo…, y me recitó sus Heraldos Negros que nos manda la muerte, hasta me habló de su dulce Rita de junco y capulí, pero ni aun eso me consolaba… Recuerdo que le pedí llorando a mi padre que no nos trajese de Huamachuco, pero él insistía en que yo tenía que comprender que por su trabajo teníamos que venir a vivir aquí…, a Santiago de Chuco, sin saber que Santiago también era la tierra natal de mi querida madre…; y sobre todo, sin imaginar lo que para ella significaría volver a su pueblo querido después de diecisiete largos años de ausencia…




Volver a ver a toda su familia…, a los viejos, a su padre, a su madre, a su hermano Carlos Pereda Marcelo y a sus medias hermanas: Yolanda, Graciela, Carmela y Esperanza (hijas de mamá Zaroma con Carlos Calonge)… Cómo sería ese encuentro…, pues tarde o temprano ella tendría que ir a saludarlos a todos, le guste a mi padre o no le guste… Aunque a mi abuelo Santiago y a mi tío Carlos ya los había visto en Juliaca, Puno, en 1959 (poco antes que naciera Edith), cuando ellos fueron a visitarla y encontraron que no todo había sido color de rosa en sus asuntos monetarios; mi padre recién acababa de recibirse de escribano gracias al apoyo económico que les había brindado (a papá y mamá) mi padrino de bautizo, el hacendado Gilberto Salas; y fue mi abuelo quien le consiguió a mi padre, gracias a sus influencias, el puesto de escribano que estaba vacante en Huamachuco; así fue que nos trasladamos todos de Juliaca a Huamachuco.




Ahora, Elvira volvía a Santiago de Chuco muy bien casada con don Donato; él, hecho toda una autoridad, aparte de ser escribano de estado (título que ya no volvería a ejercer), era el representante del presidente de la república. Ya no recuerdo como fue el traslado, como fue que empacamos todo y nos vinimos. Solo recuerdo que yo estaba muy triste, inconforme, rebelde y sufría mucho… Extrañaba terriblemente a Huamachuco…, fue una experiencia traumática… Lloraba mucho por las noches, sola con mis recuerdos y sueños… La llegada de la noche era la mejor parte del día para mí, porque podía entregarme a recordar a mi amado pueblo, mi casa, mi gente, mi río, mis árboles, mi lluvia, mis cerros, mis pastos…, volando en mi alfombra mágica invisible… hasta sentir mis viajes interestelares…

 

Mi padre había alquilado para su nueva oficina y nuestra vivienda, dos pisos del lado derecho de la casa del señor Pablo Alcántara Vallejo, que aún está bien parada en la esquina de la calle Miguel Grau con el pasaje Santiago Calderón o Alameda que da al mercado, donde estaban otras tiendas conocidas; como la del señor Risco, y las del señor Pedro Pablo Vejarano y señor Aponte que estaban a ambos lados de la puerta del mercado; y al fondo, saliendo del mercado a la calle César Vallejo, estaba la casa de la familia Miñano Escobedo.






Esta casa del señor Alcántara, sigue siendo una casa grande de tres pisos con dos patios enormes al estilo de las casas coloniales, cubierta de tejas, paredes blancas; zócalos, puertas, ventanas y balcones de color marrón; el piso del interior era (aún es) de cemento pulido rojo. En la fachada principal que da a la calle Miguel Grau aún están las tres puertas y una ventana, de lo que en ese tiempo fue la gran tienda de telas del señor Alcántara; luego está el portón principal, la puerta que era de la oficina de papá (la Subprefectura) y la puerta pequeña por la que subíamos al segundo piso, donde estaba nuestra sala y dos dormitorios. Luego, podíamos bajar por otra escalera interna, que daba al zaguán, al patio y a nuestra cocina-comedor que estaba en una terracita, detrás de la oficina de papá, prácticamente debajo de estas escaleras internas; a veces también ingresábamos a nuestra vivienda por el portón o puerta principal. El baño-letrina, la lavandería y el tendedero de ropa eran de uso común, ubicados en el segundo patio, primer piso, donde el señor Alcántara también tenía su fábrica de velas y su huerta. El resto de habitaciones de esta gran casa se mantenían cerradas todo el tiempo, ya que el señor Alcántara vivía solo pues su familia vivía en Trujillo. Así que toda la casa, prácticamente, era nuestra.





Nuestra maravillosa cocina-comedor era una terracita muy cálida y acogedora, protegida por una cortina celeste que corríamos por las tardes cuando hacía un poco de frío o cuando llovía, y descorríamos cuando había sol, lo que la hacía formar parte del gran patio y su jardín lleno de flores que nos traían recuerdos de nuestro querido Huamachuco… En este patio también, los más chicos, jugábamos a todo: a las tiendas, al trompo, a las comadres con nuestra mesita y tres silletitas desplegables y toda nuestra vajilla en miniatura… Cuando jugábamos con Silvia, jugábamos a la escuela con nuestra carpeta, entonces ella era nuestra profesora y nosotros sus alumnos… Y cuando compartíamos con Mery hacíamos ejercicios de yoga, que en ese tiempo estaban muy de moda para fortalecer el cuerpo y calmar la mente. Mientras mi madre se afanaba en sus quehaceres, siempre con la ayuda de una muchacha, y mi padre trabajaba en su oficina.

 

En el segundo piso teníamos un gran salón dividido en dos ambientes (por otra cortina igual a la que teníamos en nuestra cocina-comedor): una pequeña sala de recibo y nuestro dormitorio, el de las cuatro hermanas que compartíamos con dos camas. Nuestra salita estaba equipada con muebles estilo Luis XVI, y en la pared principal colgaba un majestuoso retrato de medio cuerpo de mis padres que nos acompañaba desde Huamachuco, donde lucían jóvenes, buenmozos y elegantes. Mi madre llevaba puesto un fino vestido color naranja, cuello V, y sus joyas de oro; y mi padre vestía una camisa blanca, corbata roja y un terno azul. A la izquierda del salón teníamos una pequeña despensa con todos los papeles de papá y nuestros útiles escolares; y pasando la salita de recibo y nuestro dormitorio estaba el dormitorio de mis padres y de mis hermanos, con nuestra biblioteca infinita… Los balcones del segundo y tercer piso eran estilo francés, dos balcones eran nuestros, uno era del dormitorio de mis padres y el otro de la sala, y la tercera ventanita era de la despensa.



Tenía apenas ocho años y ya sentía que la vida había sido muy dura e injusta con nosotros al separarnos de nuestro Huamachuco querido, porque yo sentía que mi madre, Mery, Silvana y Edith también sufrían esta distancia; incluso mis hermanos menores, Víctor, Jorge y Rafael –aún siendo muy pequeños–, y también mi padre; aunque él, acostumbrado a su vida errante, solo nos consolaba diciéndonos: Ya se acostumbrarán… Pero yo no quería acostumbrarme… A veces con mi madre y mis hermanas recordábamos nuestra estancia en Huamachuco, escuchando en la radio nuestra música favorita de la nueva ola…: Connie Francis, Enrique Guzmán, Edith Piaf, Charles Aznavour, Los Cinco Latinos, Los Beatles, Paul Anka, Niel Sedaka, Palito Ortega, Leo Dan, El Dúo Dinámico, Marisol, Joselito… y suspirábamos… Me sorprendía la excelente memoria de mi madre para recordar nombres, hechos, fechas…; hasta nos acordábamos del gringo Sáenz, el farmacéutico, y su famoso analgésico Cryogenine; sin imaginar que ella también estaría recordando al mismo tiempo el comienzo de su juventud en Santiago, su noviazgo con mi padre y su partida del hogar paterno, sin el consentimiento de mi abuelo ni el de mis tíos y tías abuelas…, casi igual a la partida de mi tía abuela María, como nos contaba mi madre, cuando los abuelos se opusieron a su pretendiente (Anexo 2).  


Sin embargo, la belleza y amplitud de la casa de don Pablo Alcántara hizo que poco a poco yo me fuera habituando a sus espacios y los amara…, y fuera separándome poco a poco de mi Huamachuco querido; descubriendo con gran asombro que había empezado a amar mi nuevo hogar, mi Santiago querido…, porque allí estaba mi hogar, mi nido..., mi hogar que era mi madre, mi padre y mis herman@s… Y donde también me estaba acompañando feliz con las famosas Aventuras de Naricita de Monteiro Lobato…, con La Divina Comedia de Dante Alighieri y Ulises de Homero –en versiones resumidas e ilustradas–, con los libros de Ciro Alegría y otros autores peruanos, también con libros secretos que encontraba en la biblioteca de mis padres como los de Vargas Vila y aquellos que incursionaban por el poder de la mente (Dale Carnegie, Norman Vicent Peale, José Silva)... Y con las enciclopedias que hojeaba por las noches en el dormitorio de mis padres, en especial El Mundo Pintoresco…, fue allí que descubrí la existencia del sol de medianoche en los países nórdicos… y de la mística India, el país por el que los españoles se habían embarcado y llegado a nuestras cálidas tierras en busca del codiciado té, canela, clavo de olor, pimienta y otras especias; y también de gemas y demás piedras preciosas… Yo me sentía muy fascinada con esta cultura que era completamente diferente a la nuestra tan mundana y profana…, allí eran muy conscientes de lo sagrado y divino, por tanto, lo adoraban y amaban... Su vestimenta, sus templos, sus diosas y dioses, su visión del mundo…, su yoga…, todo, todo era diferente… y todo eso me atraía... Me impresionaba mucho la existencia de sus divinidades en parejas, diosas y dioses… Así nació mi curiosidad y deseo por conocer esta mística India, a quien sentía indirectamente responsable de nuestros trescientos años de cautiverio…, y hacia ella me estaba dirigiendo para verla con mis propios ojos...

 

Al cabo de un año nos trasladamos a la casa del señor Calonge, que aún está más o menos parada en la esquina de la calle Mariano Melgar (hoy, Paco Yunque) con la calle Mariscal Castilla, dando la fachada principal de dos pisos a la calle Mariano Melgar, donde estaba el portón principal por el que ingresábamos; y la oficina de papá, la Subprefectura, daba a la calle Mariscal Castilla.

 

La casa del señor Calonge era mucho más antigua que la del señor Alcántara (a la fecha, justamente, la zona donde vivíamos ya no existe, en su lugar hay una nueva construcción). Era una casa de estilo colonial, de adobe, cubierta de tejas, con dos patios enormes y un exuberante jardín en el centro del primer patio. Las paredes de su fachada eran blancas y sus puertas y ventanas de color canela; en el interior, el piso era de ladrillo, y sus puertas y ventanas también eran de color canela… Nuevamente ocupamos la parte derecha de la casa que era de un solo piso; y una vez más, la distribución de nuestros ambientes y objetos fue similar a la que tuvimos en casa del señor Alcántara, solo que ahora mis hermanas mayores tenían su propio cuarto, lo mismo que Edith y yo. Aquí también, el resto de la casa se mantenía completamente cerrada… como en la casa de don Pablo Alcántara…, solo vivíamos nosotros, así que toda la casa era nuestra. Aquí en esta casa, prácticamente, nació Enrique, el último de mis hermanos.

 

Ingresando por el portón y el zaguán, al lado derecho, había un pozo y una pileta de agua, donde lavábamos la ropa; luego, subiendo unas cuantas gradas (por ese mismo lado) había una terraza muy acogedora a la que daba un gran salón, que mis padres habían dividido, con una de sus cortinas celestes, en dos ambientes: la sala y su dormitorio (tal como habían hecho en la casa de don Pablo Alcántara); ese dormitorio era a su vez de mis hermanos menores y se conectaba con la oficina de papá. Al lado derecho de la sala estaba el dormitorio de mis hermanas mayores con su ventana que daba a la terraza, que, a su vez, era nuestro lugar de estudio. A la izquierda de esta terraza mis padres habían vuelto a ubicar la cocina y el comedor, protegidos con su misma cortina celeste (tal como habían hecho en la casa de don Pablo Alcántara); y pasando por la cocina-comedor, al fondo, lo que parecía ser una despensa, pasó a ser mi cuarto y el de Edith. Todos estos ambientes eran muy antiguos, sobrios y elegantes; sus paredes altas estaban decoradas con delicadas cornisas y tapizadas con finos y primorosos papeles de inigualables diseños que les daba un aire aristocrático.





El baño-letrina y el tendedero de ropa también eran de uso común, ubicados en el segundo patio donde había una huerta y un corral; mis padres empezaron a criar allí sus animales, no nos faltaban gallinas, pollos, pavos, cuyes, conejos… y de vez en cuando una oveja, un chivo o un cerdo. Durante el día todos ocupábamos esa letrina, y por las noches usábamos generalmente una bacinilla para evitar hacer una caminata tan larga hasta el baño. Sin embargo, yo solía hacer esa caminata hasta el baño por las noches, acompañándome de una vela y fósforos que llevaba casi temblando para poner a prueba todo mi valor…; ya que a veces, en el camino, sentía extrañas miradas que trataban de asustarme, pero no lo conseguían porque… ¡yo era la más fuerte!… Así lo sentía…, así me animaba y cantaba…, cantaba mucho para protegerme de aquellas densas y temibles tinieblas… Mantelito blanco, Mambrú se fue a la guerra, Dominique nique nique, El chachachá del tren, El chorrito, Zaña… y todo lo que podía cantar, todo lo que me gustaba y estaba de moda… A veces también, escuchábamos ruidos en los diferentes aposentos de la casa, escuchábamos pasos, voces, gemidos, llantos… Yo sentía erizárseme el cuerpo y ponérseme los pelos de punta… Entonces iba despacio a donde estaba mi madre o mi padre para contarles lo sucedido. Mi madre decía: Deben ser las almas, que en paz descansen. En cambio, mi padre decía: ¡Tonterías! Deben ser ratas, no les den la menor importancia. Entonces, yo sentía que verdaderamente eran almas cuando se me erizaba el cuerpo…, y que eran ratas cuando no sentía nada… Pero a veces, yo sentía que era el alma de mi tía Libia Calonge caminando por el segundo piso del primer patio...

 

Fue en este tiempo en que mi padre se dedicó a amoblar la casa; mandó hacer roperos, mesas de noche iguales para todas las camas, una cómoda y un escritorio mediano para mis hermanas mayores, otro pequeño para Edith y para mí, y una carpeta para mis hermanos menores. También un par de mesas y una vitrina para el comedor donde guardaríamos la vajilla. Todo de madera.

 

En tanto, nuevos cantautores se ponían de moda…: Pepe Cipolla, Los Doltons, Raphael, Rocío Dúrcal, Adamo, Julio Iglesias, Los Iracundos, Los Ángeles Negros, Hilda Aguirre, Rubén Vásquez, Los Grecos…; a quienes escuchábamos en el nuevo tocadiscos marca Philips que papá había comprado. Incluso, nos gustaba escuchar la música que le gustaba tanto a él como a mamá, como los boleros de Javier Solís, del trío Los Panchos y Lucho Gatica; los tangos de Libertad Lamarque y Carlos Gardel; las rancheras de Flor Silvestre, La Florecita, Chavela Vargas, Lucha Villa…, Pedro Infante, Antonio Aguilar, José Alfredo Jiménez, Miguel Aceves Mejía... Las marineras norteñas y la música folklórica de Theodoro Valcárcel de Puno; y otros más…

 

Un día, papá llegó a casa con un álbum de inglés, de seis discos con su respectivo manual y diccionario, pues era curso obligatorio en el colegio. Silvana fue la más feliz con ese regalo porque ella quería aprender otros idiomas.

 

Al cabo de dos años, nos trasladamos a la hermosa casa del señor Geldres, ubicada en la calle Tomás Ganoza, como bajando hacia el río Patarata; pero la Subprefectura quedó funcionando en casa del señor Calonge. Esta casa aún se mantiene bien con sus dos pisos…, era nuestra cuarta vivienda que papá había alquilado esta vez en forma completa (a excepción de un par de cuartos), no era muy grande como las anteriores donde habíamos vivido, pero era más moderna, el baño tenía inodoro, lavabo y ducha.

 

Aquí todos estábamos felices porque, por fin, estábamos cumpliendo nuestro sueño de tener nuestros propios cuartos, sin divisiones de cortinas, como había sido el caso del dormitorio de mis hermanos, y anteriormente el nuestro, de las cuatro hermanas (en la casa Alcántara). Incluso teníamos un horno de adobe en la cocina, que era lo que siempre mi madre había querido tener (recordando su tiempo en la casa hacienda de Calipuy), y en el que se dedicó a hornear sus deliciosos e inolvidables panes de todo tipo: pan de trigo, pan de agua, pan semita, pan de yema, bizcochos, bizcochos de chancay, alfajores, hojarascas, roscas, rosquetes y vasitas…

También teníamos un corral.

 

Mas, esta hermosa estadía no duraría mucho tiempo ya que todos tendríamos que vivir el famoso drama del dolor de la separación. Esta vez, mis hermanas mayores y yo nos separaríamos no solo de Santiago de Chuco, nuestro terruño, sino también de nuestra querida madre, nuestro hogar, nuestro nido…, y de nuestra amada última casa… donde todos habíamos vivido en forma muy sencilla, pero muy… muy felices, poco más de un año...

 



 



 II. Parte 2 – Nuestro nuevo gran viaje

 

La carretera seguía su rumbo con su paisaje serrano, acompañada a veces por el río Mantaro..., a veces la cruzaban vacas con sus arrieros y perros; y otras, bandadas de aves que se perdían entre las hojas de los árboles de aquí, allá y acullá. El cielo estaba azul y luminoso, las nubes blancas y resplandecientes, el sol estaba en lo alto y yo había entrado en calor por la larga caminata; pero me sentía bien, me sentía como aquellos caminantes que aún transitan por los caminos del inca o Qhapac Ñan..., que habían sido tan recorridos por nuestros chasquis o mensajeros de correos, a través de toda nuestra América Latina o Abya Yala...

 


También me sentía como aquellos peregrinos de la edad media que hacían sus largos viajes a pie hasta el santuario de su devoción, ya sea para lograr su indulgencia plenaria o que les otorgue algo a cambio de tal sacrificio…, o para ofrecerse a sí mism@s... Y también recordaba a Abraham llevando a su pueblo a aquella “ciudad estable y permanente cuyo arquitecto y constructor es Dios”... Como reza el adagio: “el fin es la causa de todas las causas”... Por lo que no me preocupaba si ningún vehículo me llevara un tramo más hacia mi destino..., yo lo estaba haciendo, tenía todo el tiempo del mundo para seguir caminando tranquila, con entusiamo…, pensando y recordando aquellas bases de nuestra vida que el destino nos deparó.

 

Nuestro drama familiar empezó con el golpe de estado del general Juan Velazco Alvarado en octubre de 1968, este fue el hecho más devastador que nos lanzó a lo incierto y nos abandonó en lo impredecible. Mi padre había perdido su empleo de subprefecto, y casi todo el año 1969 él pasó la mayor parte de su tiempo en Lima tratando de recuperar su cargo sin conseguirlo, eran largos períodos de espera y una serie de trámites. Luego supimos que había viajado a Puno y Juliaca para vender un terreno que había comprado con mi madre cuando ambos residían por esas tierras. Algunas malas lenguas dijeron que se había acompañado de una de mis profesoras…, pero eso no podía ser porque yo sabía y sentía que él amaba a mi madre, que ambos se amaban y nos amaban; además, mi padre estaba sin trabajo y no podía darse esos lujos. Sin embargo, así fue, lamentablemente esas habladurías resultaron ser ciertas… Mi padre era de vivir el momento, ya se lo había dicho alguna vez mi madre… porque no se preocupaba si luego tendríamos que comer o no, parecía no ser consciente de que la indemnización que había recibido del gobierno se le estaba esfumando de las manos, no quiso invertirlo como era el sano consejo y sueño de mi madre: comprar un departamento en el residencial San Felipe, en el distrito de Magdalena del Mar, en Lima, para estabilizarnos en la capital y mis hermanas estudiasen allí, en la Universidad Mayor de San Marcos… Estos fueron algunos de los hechos adversos que empezaron a resquebrajar la unión de mis padres…, aunque con el tiempo comprendí que estos no habían sido sus primeros desacuerdos… Creo que a mi padre le asustaba un poco la idea de perderse en el laberinto de la gran ciudad, por eso había decidido de un momento a otro que todos nos fuéramos a vivir a Puno, donde él trabajaría de escribano. Primero nos llevaría, a mis hermanas mayores y a mí (porque nuevamente yo le había exigido que me llevara), para que ellas fuesen postulando a la Universidad del Altiplano del Puno; luego nos reuniríamos todos en Puno…, porque sí o sí, mis padres querían que mis hermanas estudiasen en la universidad; en verdad, todos, los ocho hermanos, éramos conscientes de que teníamos que seguir ese camino.

 

Así, emprendimos este gran viaje, mi padre, mis dos hermanas mayores y yo, desde Santiago de Chuco hasta Puno, en bus, pasando por Trujillo, Lima y Arequipa. En Lima, nos hospedamos en casa de mi tío Eleuterio Roselló, primo de papá, casi todo el mes de febrero de 1970, para que mi padre continuase con sus trámites en el Ministerio del Interior. Luego, aun cuando él no había recuperado su empleo, viajamos en bus a Puno, quedándonos unos días en Arequipa, en el Gran Hotel de la calle Ejercicios (hoy Álvarez Thomas); conociendo el patrimonio histórico de esta bella y blanca ciudad de sillar, como los Claustros de la Compañía y el Monasterio de Santa Catalina que recién, ambos, estaban aperturándose por primera vez al mundo. Degustando sus novedosos platos típicos como el rocoto relleno, pastel de papa, chupe de camarones, adobo, ocopa, locro, choclo con queso, mote de habas, chicha de guiñapo (maíz morado) y otros… Escuchando los hits del momento..., Ven que estoy hirviendo de Los Iracundos, Ella ya me olvidó de Leonardo Favio, Y volveré de Los Ángeles Negros... y otros…; en nuestro tocadiscos Philips que Silvana cargaba junto a su equipaje… (hoy nos basta con llevar un celular).

 

Llegamos a Puno y nos hospedamos en casa de mi tía Lucila Ponce de León Roselló, también prima de papá. Desafortunadamente, mis hermanas habían llegado tarde a los exámenes de admisión en la Universidad del Altiplano, pues ya se habían llevado a cabo; por lo que mi tía Lucila regañó duramente a mi padre por la demora, y prácticamente le ordenó que de inmediato llevara a mis hermanas a Arequipa, para que postulasen a la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA) y no perdiesen el año, y él así lo hizo. A mí me dejó en Puno, matriculada en el tercer año de media en el colegio Santa Rosa de monjas dominicas, y viviendo en un cuarto alquilado en la calle San Antonio (a una cuadra de la Plaza de Armas), con mi prima hermana Carlota Sotomayor Abarca, hija de su hermana Dolores, hasta que él regresase, pues ese cuarto sería su nueva oficina de escribano. Pero cuando mi padre y mis hermanas estuvieron en Arequipa, llamaron a mi padre del Ministerio del Interior de Lima, y él se fue allá; dejando a mis hermanas pensionadas en casa de nuestro primo Justo Pachari Roselló con su esposa Zoila Dávila, en la urbanización Los Cedros D2 en la Antiquilla, distrito de Yanahuara… ¡Total!…, toda la familia estaba disgregada… Mi madre con mis hermanos pequeños en Santiago de Chuco, Mery y Silvia en Arequipa, yo en Puno y mi padre quien sabe dónde…  

 

Esta separación fue más traumática que la anterior porque estaba de por medio mi madre y mis hermanos pequeños… Me sentía morir…, todas las noches iba a la catedral a pedirles a Jesús y a la Virgen María, que, por favor, terminasen con aquella terrible angustia que todos estábamos sufriendo por nuestra dolorosa separación...; mas, parecía que ellos no sentían nuestra agonía... ¡Oh, madre!… ¡Madre! ¡Qué soledad es tu ausencia!… Una tristeza infinita como nunca hubo solo en la separación… Melancólicos son mis días, recuerdos son mis noches, destrozada es mi vida que esta ausencia la destruye… ¡Oh, madre, madre!… sencillamente me ahogaba de dolor y llanto… Me había separado de mi madre por primera vez..., por cegadez… ¡Oh, madre!… Madre..., bendecido sea el día en que te vea para poder decirte con el alma: Madre, tu alma es mi vida y tu vida es mi tesoro... ¡Oh, diosas y dioses!… Cómo veía a mi madre por todas partes a donde yo iba, hasta en el cielo estaba su bello rostro acongojado con lágrimas en los ojos, con Enrique de año y medio entre sus brazos, mientras nosotras los mirábamos desde la ventana del Agreda (el ómnibus), despidiéndonos… ¿Cómo iba a imaginar que ese sería el viaje más largo de todos y que no íbamos a volver? ¿Cómo iba a imaginar que estaba rompiendo mi cascarón para aprender a volar?… A veces lamentaba haber cometido tal locura, pero es que, en ese momento, mi deseo de viajar con mi padre y mis hermanas, para conocer Lima, Arequipa, Puno… fue tan fuerte…, que no medí las consecuencias; y, por último, no tenía ni idea que había que medirlas… Sufrí lo indecible…, sin más palabras…  

 

Hasta que por fin…, luego de seis largos meses de dolorosa separación, mi madre no pudo más y se aventuró a venir sola desde Santiago hasta Arequipa, para vernos a sus tres hijas siquiera por una semana; nos encontró viviendo en el distrito de Miraflores, en la calle Espinar 408, casa de la abuelita Nieves, mamá del tío Eloy Roselló, primo de papá. Mi madre había dejado a mis hermanos pequeños bajo el cuidado de su hermano, mi tío Carlos, y de su esposa, mi tía Consuelo Vejarano Ulloa (quienes también tenían varios hijos contemporáneos a nosotros: Elena, Zaroma, Haydeé, Carlos y Orlando), con el fin de venir a vernos y comunicarnos su firme decisión de trasladarnos todos definitivamente a Arequipa, pues mis hermanas habían ingresado a la UNSA. Mery, que en ese entonces tenía diecinueve años, y Silvia diecisiete, habían empezado a estudiar enfermería y sociología, respectivamente; yo tenía trece años y estaba matriculada en tercer año de media en el colegio nacional Micaela Bastidas, porque Mery me había hecho el traslado, ya que a mediados de junio yo me había venido sola de Puno…, pues ya no quería estar más lejos de mis hermanas, las extrañaba muchísimo; además, ya no teníamos que comer con Carlota, sentía que mi padre nos había abandonado… Entonces, Justo Pachari habló con la abuelita Nieves para que nos alquilara un cuarto en su casa y viviéramos nosotras tres. Mi madre y mi padre seguían nuestros pasos a través de nuestras cartas.

 

En aquella oportunidad en que vino mi madre, me trajo Las mil y una noches de la editorial Tor, me dijo que ya era tiempo que yo misma lo leyera, que de ese modo estaríamos juntas y yo sería muy fuerte para soportar esa enorme distancia que aún nos faltaba por vivir; fueron siete cálidos días y noches en que dormimos muy abrazaditas, entrelazándonos en el calor de nuestros brazos y piernas…, yo, descansando mi cabeza en su corazón... ¡Ooh!, cómo recordaba y aún recuerdo su calor, su aroma…, olor de madre, calor de Elvira…; en ese entonces todavía me besaba, me abrazaba mucho…, me besaba con pasión… y yo también la besaba y abrazaba con toda mi alma…, con todo mi amor… Con el tiempo…, esos abrazos fuertes, de enamoradas, se fueron perdiendo con el tiempo, solo nos dábamos un beso en la mejilla cuando me iba al colegio o cuando regresaba, y luego a la universidad…, pero mi amor por ella siempre estaba allí, fuerte…, tan fuerte como ahora, aunque ya no estemos juntas físicamente… Mientras tanto, Mery y Silvia tenían que alquilar una casa o un apartamento para cuando viniese toda la familia a Arequipa. Y como ya queríamos algo mejor que el cuartito de la casa de la abuelita Nieves, Mery alquiló un pequeño departamentito en la calle Puno 541, también en el distrito de Miraflores, en una casona de tipo colonial, de la familia Pinto; esperando poder alquilar más adelante una casa o un departamento más grande para toda la familia, como era nuestro deseo y necesidad. En tanto, nos enteramos que mi padre había sido restituido en su cargo de subprefecto en la provincia de Huanta en Ayacucho, desde donde nos envió unos hermosos muebles de madera para nuestra salita en la calle Puno, eran desarmables, con cojines rojos… En esos días escuchábamos Ay, ay, muchacho de la cantante italiana Rita Pavone…; y yo iba comprendiendo las ventajas de vivir en casas alquiladas, pues teníamos la opción de conocer nuevos espacios… que nos brindaban nuevas experiencias; finalmente, al no tener ningún arraigo de vivienda pudimos recorrer más fácilmente otros caminos.

 

Cuatro meses después, finalizando el año escolar, Silvia viajó feliz a Santiago de Chuco para ayudarle a mi madre con el traslado definitivo. Mi padre, ni noticias, empezamos a sentir su abandono…; y con Mery no habíamos podido conseguir, por falta de dinero, un lugar mejor para cuando llegase toda la familia, seguíamos en el mismo departamentito de la calle Puno…

 

Llegado el momento del gran viaje, se vinieron todos en el camión de mi tío Néstor Pereda, primo de nuestra querida madre, con casi todas nuestras cosas; muchas otras mamá tuvo que venderlas por el traslado, como la vitrina, los muebles de sala estilo Luis XVI (pues ya teníamos nuevos muebles), el escritorio grande de papá (nos quedamos con el mediano y el pequeño)… Después, se trajeron todo lo que pudieron: la mesa de madera del comedor con sus seis sillas, la carpeta, la silla giratoria de papá, el estante que fue nuestro nuevo aparador, nuestras camas con sus colchones (nosotras teníamos dos camas, en una dormía Silvia y en la otra, Mery y yo), las cuatro mesitas de noche, la cómoda de mis hermanas mayores, la cómoda pequeña que ahora pasaría a ser de mis hermanos menores, el ropero grande de tres cuerpos con espejo en el centro, el ropero de dos cuerpos, el roperito de campaña de papá que ahora también sería de los chicos, los dos baúles grandes con ropas y frazadas, el baúl mediano con nuestra biblioteca infinita, el baúl pequeño con la vajilla fina, dos cajas de máquina Singer (en una vino la máquina de coser que ya venía desde Juliaca, y en la otra vinieron los papeles, periódicos, más libros y demás enseres de papá)…, hasta trajeron nuestra mesita con sus tres silletitas desplegables que eran parte esencial de nuestros maravillosos juegos de niños… También trajeron nuestra querida cocina Philips y nuestro par de hornillos marca Primus, que le sacaban de apuro a mamá cuando se le terminaba el querosene de la cocina… Y las ollas de mi madre…, su dichosa olla de presión, su olla de leche, otra de arroz, otra de guisos, su sartén negra negra, su tetera...; sus tazones, sus condimenteros, su vajilla de loza y cubiertos de alpaca… Su licuadora..., sus planchas…, su plancha de carbón con su gallito que aseguraba la tapa y su plancha eléctrica marca Philips… También trajeron nuestros radios, el grande y el portátil, todo… marca Philips; una de las máquinas de escribir marca Olympia, porque la otra siempre la llevaba papá en sus viajes. Las dos lámparas de kerosene, las dos pequeñas maletas, el maletín de herramientas… Dicho sea de paso, yo también le estaba muy agradecida a mi madre por haberme traído todo lo mío: la ropa que había dejado, mi medalla y aretitos de oro, mis libros, algunos cuadernos, mi única muñeca, mis muñequitos de Disneylandia, mis tres rompecabezas, mi zoológico, mi álbum de botánica y mis colecciones (de monedas, estampillas y trípticos turísticos de los veinticuatro departamentos del Perú); aunque no llegaron mis más preciados cómics que coleccionaba con tanto afán: Los Picapiedra, La pequeña Lulú, Daniel el travieso, El pato Donald, Mickey Mouse, Superman, La Mujer Maravilla, Archie, Condorito, Mafalda

 


El viaje desde Santiago hasta Arequipa duró casi dos semanas… Mi madre lo había organizado todo con excelencia, tenía la experiencia de anteriores traslados con mi padre, quien a su vez tenía la experiencia de sus propios traslados… Ahora, ella sola había tomado la resolución de llevar a cabo esta idea inicial de mi padre. Mi madre nos llevó del pueblo a la gran ciudad…, quería que sus ocho hijos fuésemos profesionales, autosuficientes, libres e independientes. Este fue otro gran viaje nuestro…, espectacular…, así lo sentía cuando mi madre y mis hermanos nos contaban cómo fue que viajaron en el camión..., no había duda que todos habíamos sufrido lo indecible por esta separación; mas, sin imaginar nunca que en esta separación mi padre iría a abandonarnos por completo, que esta blanca ciudad sería nuestra nueva amada residencia, y que luego, nosotros también tomaríamos rumbos diferentes en busca de nuestros propios caminos… 

 

Por fin, llegó el camión sorpresivamente y nos encontramos todos juntos de nuevo…, en ese entonces escuchábamos Te necesito de Buddy Richard y El monte azul de Luis Lastarria… Nuestra felicidad era tanta, pero tanta, que no reparábamos en cómo estábamos de apretados, ni en la nueva vida que tendríamos que enfrentar… Nosotros los más chicos estábamos de vacaciones y solo queríamos jugar…, nos faltaba tiempo para jugar…, jugábamos a las escuelas, a las tiendas, a los bancos, a la burocracia…; usando todos los enseres de escritorio de papá, su máquina de escribir, sus sellos, tampones, cortapapeles, pisapapeles, agendas…, sus escritorios, su silla giratoria… Nos encantaba firmar documentos…, para ello nos gustaba cambiarnos de nombre y apellidos; a veces escogíamos los apellidos de nuestros padrinos de bautizo o aspirantes a nuestros padrinos; y éramos: Enrique Meza, Rafael Mantilla, Jorge Ledesma, Víctor Pinillos, Edith Ruiz y yo, Salas. Nuestro juego favorito: contar muchos billetes de papel…, nuestro juego más preciado… Monopoly…, ¡cómo le poníamos pasión a la compra y venta de propiedades!… Qué importaba que estuviésemos apiñados en el pequeño apartamentito de dos piezas y una cocinita, que Mery había alquilado a precio de oferta en la calle Puno. Mi padre, que luego había sido trasladado a la provincia de Bolívar en el departamento de La Libertad, nos redujo casi a cero (de un momento a otro y sin ninguna explicación) la pensión que nos enviaba. Mi tío Carlos tuvo que vender un terreno que tenía con mi madre en Curampa (Santiago de Chuco), para enviarle la parte que le correspondía; con ese dinero mamá compró un camarote para mis cuatro hermanos, una cama para Edith y para mí, una mesa de comedor de ocho sillas color rojo (la otra mesa de madera quedó como auxiliar), ropa para mis hermanas que estaban en la universidad, el famoso Monopoly y una bicicleta para nosotros los más chicos. Con los meses…, mamá también tuvo que vender el escritorio mediano y la silla giratoria de papá, y otras cosas para evitar que nos faltara incluso para los pasajes… En tanto, le exigíamos por cartas a papá que por favor nos enviara dinero.




La casona de la familia Pinto era de un solo piso, sus ambientes se distribuían alrededor de dos patios separados por un desnivel donde había un pequeño pasaje con tres gradas, una enorme tinaja y un caño donde todos nos abastecíamos de agua. En el primer patio de forma cuadrangular vivía la familia Pinto a la izquierda, y algunos inquilinos a la derecha incluido el SUTEP (Sindicato Único de Trabajadores de Educación en Perú) que tenía allí su sede, hacia la calle. En el segundo patio de forma alargada, se alineaban cinco departamentos a su derecha, de dos piezas cada uno, y sus respectivas cocinitas al frente, a la izquierda del patio. En el centro de este patio alargado lavábamos y tendíamos nuestra ropa, el baño estaba ubicado al fondo y era de uso común. Nosotros estábamos ocupando el primer departamento de este segundo patio. Cuando por fin, los vecinos del penúltimo departamento desocuparon ese piso, nosotros pasamos a ocuparlo de inmediato porque mi mami ya lo tenía reservado para hacer allí el comedor, en la primera habitación, y su dormitorio y el de mis hermanos en la segunda habitación, la cocinita quedaba al frente saliendo al patio. Y en el primer departamento hicimos, la sala en la primera habitación y el dormitorio de las cuatro hermanas en la segunda habitación (aunque Silvia prefirió irse al dormitorio de mamá y mis hermanos), y en su cocinita pasando el patio, hicimos el depósito para guardar las cajas de papeles y pertenencias de papá y otras cosas que no usábamos por el momento. Así, pasamos a ser, prácticamente, nosotras hijas, vecinas de nuestra madre y hermanos, lo que contribuyó en nuestra forma independiente de vivir.




Nuestros espacios en la calle Puno fueron perfectos. Todo el tiempo estábamos bajo los rayos del sol y de la luna, como lo habíamos estado en Huamachuco y en Santiago de Chuco. Solo que aquí, en esta gran casa también de estilo colonial, teníamos vecinos; con quienes a veces nos llevábamos muy bien y otras también, nos peleábamos... Fueron hermosos tiempos... Fue una gran felicidad para mi madre compartir con mis hermanos, todo el tiempo, su amado dormitorio…; lo mismo para mis hermanos…, porque éramos de los niños que quieren dormir al lado de sus mayores, todos juntos compartiendo la noche…; hasta que va llegando la adolescencia y uno va deseando tener su propio cuarto (aun cuando la psicología moderna aconseje o sugiera que los niños duerman solos desde temprana edad, en sus propios cuartos, para desarrollar su autonomía, ¿será?…).

 

En estos dos departamentitos sencillos e independientes el uno del otro, vivimos todos juntos durante casi veinte años..., entre los cuales fuimos creciendo..., saliendo y volviendo…

 

Mi adolescencia que por entonces transcurría solitaria…, se iluminó un buen día con la presencia de tres bellísimos muchachos –también adolescentes– que fueron mis primeros amigos de barrio durante tres maravillosos años, después de los cuales fuimos distanciándonos poco a poco por mis estudios en la universidad, también porque formaba parte de otros grupos y porque salía con otros amigos, incluso con hombres mayores. Rubén, Jaime y Toño fueron los amigos más queridos de mi adolescencia, también fueron amigos de mis hermanas, y mis hermanos menores los apodaron “cariñosamente” los Toños… Entonces, yo acababa de terminar el colegio, estaba por cumplir dieciséis años y me preparaba para postular a la UNSA. Con los Toños y El Tocadiscos de Pepe Jarufe –programa de la una de la tarde de radio Continental–, me inicié en el maravilloso mundo de la música rock/pop con Pink Floyd, Led Zeppelín, Rolling Stones, David Bowie, Rod Stewart, We all together, Stories, Lobo…, con la música de Woodstock 1969, con la ópera rock Jesus Christ Superstar...; y también en las fiestas sociales con tragos, cigarros y muuyyy de vez en cuando… cannabis…; mientras que por otros contornos…, a los dieciocho años yo me iniciaba en el sexo… Al mismo tiempo que les iba prestando a los Toños, los libros de la biblioteca de mi padre (que prácticamente era más mía que de mis herman@s) para luego comentarlos, intercambiar ideas, pensamientos, opiniones. Leíamos mucho... El retrato de Dorian Gray, Orgullo y Prejuicio, Cumbres Borrascosas, Crimen y Castigo, Ana Karenina, El amante de Lady Chatterley, La Quintrala, Safo, La importancia de vivir, El Túnel, etc… Estábamos descubriendo el mundo y yo me estaba descubriendo a mí misma, experimentando todo lo que encontraba a mi paso, como el gusano que se alimenta de todo lo que encuentra en su camino… Nuevas puertas, nuevos horizontes me iban liberando poco a poco de las morales establecidas, preconcebidas, estereotipadas, relativas, para vivir simplemente todo aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí…

 

Hasta que por fin llegó a mi puerta El lobo estepario del escritor alemán Herman Hesse, 1877-1962 (gracias a Godo, uno de mis amantes secretos), y con él, también me llegó el fascinante oráculo chino I Ching. Después, encontré en la biblioteca de mi facultad, El hombre y sus símbolos de Carl Jung…, y el mensaje de la liberación interior se me fue tornando cada vez más claro… Finalmente, cuando yo incursionaba cada vez más por el sexo libre de todo pudor con mis más secretos amigos/amantes…, encantada con mi nuevo grupo musical favorito ABBA de Suecia…; llegó Hernán, el tan añorado enamorado para satisfacer mi más íntimo deseo de vivir la ilusión del primer amor…; que luego pasa por la etapa de noviazgo, casamiento, hijos y por último…, el envejecimiento y la muerte…; en ese entonces, él era un subteniente del ejército, tenía veintitrés años y yo veintidós. Pero felizmente nosotros no pasamos del noviazgo porque yo sentía que mi realización no era a través del matrimonio ni de ser madre…, sino todo lo contrario…; sentía que ser esposa y madre era esclavizante…, y yo quería… liberarme…

 

Así pasó mi adolescencia, con mi familia en Arequipa y Santiago de Chuco en mis recuerdos… A pesar de estar con mi madre, herman@s, amigos y amantes no podía olvidar a Santiago, no podía…, lo extrañaba mucho…, aunque cada vez menos, pero soñaba con mi regreso… En cuánto podía me subía a mi alfombra voladora y recorría por todos sus rincones…, por cada calle, cada árbol, cada casa, familia, rostro, nombre…, sonido, sabor, olor…, olor a barro, humo, eucalipto, pasto, bosta de vaca, caballos, gallinas, cuyes…; y los inmortalizaba en mi corazón porque mi corazón era del campo…, hasta que poco a poco también fui acostumbrándome a vivir en la bella ciudad de Arequipa, porque allí estaba mi hogar…, mi hogar que era mi madre y mis herman@s…, solo faltaba mi padre…

 

 

II. Parte 3 – Maléficus y el valle encantado

 

Había caminado mucho… cuando a lo lejos, al lado derecho de la carretera, vi de nuevo el gran río Mantaro deteniendo súbitamente el fluir de mis recuerdos, para enfocarme de lleno en su magnífica presencia que bordeaba un extenso campo…, ¡un valle!… Sí, ¡era el mismo valle del calendario con el Salmo 23!… ¡Un magnífico paisaje! ¡Un escenario colosal!… Y al lado izquierdo de la carretera vi en la cima de un cerro o colina escarpada y floreada, un extraño edificio antiguo, de piedra, amurallado, parecía una acrópolis con su templo a la Diosa de la Sabiduría..., o un castillo de agraciadas torres y almenas que se estiraban hacia el cielo..., lo que me llamó irresistiblemente la atención y hacia él me dirigí.

 

Mas, al momento salió a mi encuentro un pequeño halcón viejo y gris revoloteando frente a mis narices, tratando de impedir mi paso, Aleph se escondió en su agujero de inmediato y yo sintiendo un poco de temor, retrocedí… Felizmente apareció una hermosa aldeana ya entrada en años, resplandeciente con su bello traje… de flores coloridas bordadas en su blusa blanca, en su larga falda negra y sombrero de paño gris; quien sostuvo al halcón sobre su hombro y me preguntó muy solícita y amable:

 

–¿A dónde vas hermosa niña? –lo dijo en voz alta, pero al mismo tiempo, sentí que me dijo en su pensamiento, algo alarmada: “¿tan confiadamente?

–Voy a aquella colina –le respondí también muy cordialmente, señalando la colina con mi mirada. 

–¿Y a qué vas a esa colina? –me preguntó muy bajito, casi muy cerca al oído.

–Quiero conocer ese castillo que está en su cima –le contesté muy decidida.

–¿Qué castillo? –me preguntó extrañada como si no hubiera tal castillo– ¿Es que no sabes que por aquí no se va a ninguna parte? ¡Este es un callejón sin salida! –exclamó.

–¡Ooh! –ahogué mi desconcierto… Creo que esta mujer está más loca que yo, pensé… observando aquella maravillosa colina escarpada con su misterioso castillo en su cima, ambos expandiéndose ampliamente ante nuestros negros ojos…

–Este es el valle encantado de Maléficus –dijo, e hizo una larga pausa ante mi semblante repentinamente empalidecido…

–¿Maléficus? –le pregunté asombrada– ¿El cruel y devastador brujo? –No, no, ella no era una loca, ella era una de las guardianas del valle– ¿El mismísimo patriarcado depredador, jugarreta insoportable de la incomprensible Maya, la terrible energía ilusoria que tiene cautivo y cubierto a este mundo?… ¿Ese que odia a muerte a las mujeres?…

–Sí, hermosa niña, sí; ese mismo ser despreciable usurpador del trono sagrado, poseído por el demonio, que mantiene a toda la humanidad cautiva, hechizada para que lo sirva y adore únicamente a él, como si él fuera el amo y señor de todo cuanto existe en esta tierra, principalmente de las mujeres, la fuente del placer que lo posee… ¿Lo conoces? –me preguntó casi susurrándome.

–Vengo de lidiar con él –le respondí sorprendiéndola…

–¡Ooh! –exclamó ella, sin ocultar su turbulencia…

–Fue una dura batalla…, hasta ahora tengo el corazón destrozado por haber dejado a mi madre, a mis herman@s y a Mara en sus dominios…; pero no podía ser de otro modo, no… Yo ya no podía quedarme ni un minuto más en su estúpido sistema carente de sentido, de paz, de sabiduría, de amor… ¿Cómo podría quedarme en un lugar donde la muerte es la única perspectiva de hombres dementes que solo quieren gozar de los sentidos, de un sexo decadente y una codicia de dinero y poder sin límites?… Por supuesto que a mí no iba a someterme nunca ese nauseabundo sistema patriarcal capitalista degenerado que camina hacia la muerte... ¡Yo soy mucho más fuerte!…

–¡Ooh, niña, niña de loco afán! –exclamó la bella aldeana maravillada y sonriente–... ya veo que nada ni nadie podrá detenerte… ¡Quién sabe si tú eres la elegida para liberarnos de estos nefastos encantamientos!

–¿Yo?… ¡Aah, gentil dama del saber!… Por favor, no nos dejemos llevar más por el delirio…

–¿Por qué no?… Quien vence a Maléficus libera a la humanidad de su cautiverio, autodestrucción y suicidio… Y ya es tiempo de que se cumpla la profecía…

–¿La profecía? ¿Qué profecía?

–¡El fin de Maléficus y Maya! ¡Está a la vuelta de toda esquina!

–¡Oh, noble mujer del maravilloso campo! Yo solo quiero llegar a la cima de esa magnífica colina, para contemplar este bello paisaje y purificarme con el viento y el cielo que está a punto de llover. Por favor, déjame pasar –le supliqué.

–¡Por supuesto que puedes pasar! –dijo ella con altura– El universo ha escuchado tu pedido y va a cumplir los tres deseos más caros de tu vida.

–¡Ooh! –exclamé un poco temerosa… ¿Cómo es posible que ella sepa de mis más íntimos secretos?…, me pregunté a mí misma. 

–La Divinidad Suprema está en todas partes –me dijo como si hubiera leído mis pensamientos–, solo tienes que invocarla para acercarte cada vez más a ella –y agregó, levantando su mano derecha a la altura del hombro mostrándome su palma con sus dedos ligeramente doblados–. Que la Divinidad Suprema te colme de fortaleza y sabiduría para llegar a tu destino.

–¡Oh, gracias, gracias noble mujer! –le respondí inclinándome, con mi mano derecha en mi corazón y la otra en la misma postura del dar bendiciones que ella me estaba irradiando.

 

E ingresé a este fantástico valle de jardines de flores, pájaros y mariposas brillantes, nunca vistos…, por donde aún se pasea regia una música cautivadora que viene de aquella colina, de aquel castillo, de una flauta o de una quena… Me dirigí hacia a ella como las abejas a la miel, dejando volar mis sentidos por la magia de aquella fascinante energía divina…, que de pronto…, inesperadamente…, se transformó en un tétrico silencio… torturador…, demasiado calcinante…, donde nubes nefastas cubrieron el cielo… causándome una gran depresión… ¡Aaah!…, luego vino a mí, sin qué ni por qué, un estruendoso ruido desconocido sin que mis sienes heridas pudieran soportarlo, tuve que tomar mi cabeza fuertemente con mis manos para cubrir mis oídos intentando apagar aquella terrible pesadilla…; más, fue inevitable que mis ojos espantados vieran a aquel monstruoso zumbido de millares y millares de insectos, mariposas y pájaros despavoridos que pasaron huyendo y chillando por sobre mi cabeza, dejando mis pelos de punta… estremecidos de terror…, inmovilizándome, dejándome peor que a una piedra sin vida… Las flores enloquecidas se arrancaron de la tierra para correr con el tormentoso río turbio, hasta perderse juntos en la lejanía y desaparecer… La tierra empezó a crujir y rugir bajo mis pies…, temblando y abriéndose… entregada al poder devastador de su propia energía contenida…, ahora liberada…, expandiéndose en altísimos árboles que por ningún lado dejaban pasar al sol… Todo aquel fantástico jardín que minutos antes me había cautivado con su magia esplendorosa, se había transformado en el más espantoso bosque de las tinieblas, de sonidos por demás tétricos y laberínticos, de miradas extrañas que huían aterrorizadas a esconderse…; porque pronto… pasaría Maléficus, el rey de los demonios, el mismísimo patriarcado, el más cruel y malvado de todos los brujos, inspeccionando su desventurado reino… Así lo había anunciado la temible ráfaga del demonio de los vientos al abrir la tempestad de la noche…, y…, cuando extendió su alfombra siniestra haciendo un sinfín de aspavientos, apareció, ante el horror de todos los presentes, aquel malvado de mirada pérfida y grotesca, Maléficus…; destellando su odio fulminante…, ondeando su brillante capa negra y su látigo demoledor y despiadado…, expandiéndolos como hacen las aves gigantes al abrir sus amplias alas, estirando sus brazos en alto, blandiéndolos a diestra y siniestra… con morbosa carcajada…, gritando lascivo y lujurioso… con el sadismo más ruin escurriéndosele por la boca…

 

–¡Yo soy el amo y dios de todas las mujeres! –dijo mostrando su ridícula verga a todos los presentes– ¡Todas las mujeres son mías! ¡Míaaas! ¡Todas son mis esclavas! ¡Mis huecos!… ¡Me gusta ponerlas de cuatro patas como los animales, para tirármelas de los crines y violarlas con mi poderosa verga metiéndosela hasta por el culo! ¡Y joderlas así, azotándolas todo lo que se me plazca, las veces que se me plazca y donde se me plazca! ¡Yo soy su amo! ¡Ellas son mis sumisas!

 

¡Ooh, qué visión para más esperpéntica, maléfica y desagradable!... Pero no pudo conmigo ese demonio violador, abusador y desgraciado, ni su sistema patriarcal capitalista degenerado... No me vio... y se perdió entre sus propios olores nauseabundos, azotando a todo ser viviente que encontraba a su paso, repitiendo su despreciable deseo depravado que lo había enloquecido, y lo había convertido en un monstruoso animal depredador… muuyyy peligroso...; había que transformarlo urgentemente en un hombre sano, bueno y noble…; pero, ¿cómo?...

 

De pronto, se escuchó una voz lastimera que venía cantando desde lo más profundo de ese bosque oscuro… ¡Yo soy de todos los tiempos!…, clamaba la voz… ¡Yo soy de todos los tiempos!…, repetía, mientras iba acercándose…, cambiando de rostro y cuerpo en infinitos rostros e infinitas ropas de hombres y mujeres de todos los siglos…; hasta que solo quedó una mujer sola frente a mí provocándome una gran conmoción… ¡Era mi madre! ¡Mi madre quien estaba cantando la canción de la tristeza!

 

–¡Oh, Madre Mía!… ¡Virgen Santísima! ¿Qué tanto mal he hecho para merecer tanto infortunio?… A los cinco años fui arrancada de los brazos de mi amada madre para crecer bajo la dureza de mis tías posesivas y controladoras; después, el padre de mis ocho hijos, mi único marido, se fue con otra, una más joven que yo; y ahora mis hijos también se van, día a día… uno por uno se me va…, tal como el agua se desliza entre mis dedos… ¡Oh, Madre mía! ¡Virgen Santísima!… Si no puedo cambiar el curso de los acontecimientos…, entonces haz por lo menos que las acepte o tolere sin más sufrimiento…

–¡Madre! –exclamé con mucho dolor al sentir su pesar…

–¡Hija! –exclamó mi madre angustiada.

–¡Madre! –volví a exclamar alarmada–. ¿Dónde estás? ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?

–¡Oh, hija! ¡Hija querida, te extraño tanto! –y su voz se ahogó en llanto…, y yo…, me desesperé sintiendo que algo malo le estaba pasando a mi madre…

–¡Oh, madre! ¡Madre! –mi corazón se estrujó ante su llanto y me llené de dolor…

–¡Por favor, vuelve! –me pidió mi madre con sus ojitos llenos de esperanza…

–¡Oh, madre! ¡No puedo volver! ¡No puedo volver! ¡Yo también los amo y extraño a todos, pero no puedo volver! ¡Tengo que encontrar la salida de este mundo mortal!…

 

Y mi madre se perdió en el fondo de su tristeza y de la oscuridad del mundo…, dejándome más sola y vacía que nunca…, muy herida y abatida porque yo no podía hacer nada para salvarla de esas terribles energías nefastas, que se estaban apoderando de ella y la estaban llevando sin piedad… ¡Oh madre! ¡Madre!… Solo puedo recordarte con el corazón estrujado, adolorido…, casi muerto…, recordarte sola…, sola con nuestros abandonos, sola, luchando sola por el pan de cada día… Pero yo sentía que tú también tenías la esperanza de que algún día volveríamos a estar juntas..., quien sabe... Entonces, me moví, tenía que moverme, caminar, sin importar que fuera a tientas y tropezando… 



 

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